Bárbara Carpi, autorretrato

Bárbara Carpi:

Bárbara Carpi: «Autorretrato». 1996. Óleo sobre lienzo. Colección privada.

Tenía entonces 22 años, todo hay que decirlo, y venía de vivir mi primera experiencia parisina, casi nada. Muy gauguiniano y con acentos vangoghianos, que era lo que entonces me apasionaba. Retratarse a uno mismo tiene la dificultad añadida de no caer en la tentación edonista de embellecer lo que la naturaleza nos ha dado. No era esa, pues, mi intención, pero en todo caso los colores de esos dos pintores, a los que todavía adoro, favorecen a cualquiera. En mi descargo, también, ¿quién no ha tenido unos bonitos 20 años?.

Ensalada de cous-cous y setas

Receta y foto: Bárbara

Receta y foto: Bárbara

 

 Tanto ir de acá para allá con  los venecianos me ha abierto el apetito. El cous-cous es un elemento que casa bien con casi todo. Esta receta veraniega es tan sencilla que no nos complica las vacaciones, y tanto recién hecha como del tiempo está buena y se hace en un santiamén.

Ingredientes: Setas de cardo, cous-cous (de ese tipo ya casi hecho), pimienta, aceite de oliva virgen extra, mantequilla, hierbabuena y vinagreta con vinagre de Módena y miel (la venden ya hecha)

Limpiamos las setas con un paño limpio, nunca debajo del grifo, que es un pelín  sacrilegio. Las cortamos en juliana y las salteamos en una sartén con sal y pimienta; las reservamos. Hacemos el cous-cous siguiendo las instrucciones del paquete, en unos 5 minutos estará listo. Mezclamos con las setas y agregamos las hojas de hierbabuena picadas o no (yo las prefiero enteras). Regamos, sin pasarse, con la vinagreta hecha con la miel y el vinagre de Módena. Esta tontería a mí me encanta. Si queremos aligerar la receta podemos sustituir la mantequilla por aceite de oliva; respecto de la miel es cuestión de no poner mucha cantidad, lo justo para que aporte ese punto dulce. Para los amantes del picante, se puede dar un toque a las setas con un poco de ajo y guindillas. ¡Buen provecho!

Un hermoso Tintoretto

Tintoretto: "Dama enseñando el pecho". Óleo sobre lienzo. 61 x 65. Museo del Prado , Madrid.

Tintoretto: «Dama enseñando el pecho». Óleo sobre lienzo. 61 x 65. Museo del Prado, Madrid. 

 

Este hermoso retrato de Tintoretto es mi preferido. Cuantas veces he visitado la pinacoteca de El Prado siempre he tenido que contemplarlo en una cita ineludible. Un cuadro se puede analizar de formas muy diversas: situándolo en la historia, formal, conceptual y analíticamente, viendo su estado de conservación, los pigmentos utilizados, las posibles arrepentimientos, los reentelados, craquelados… Mas ese análisis, uniendo, centrando, aclarando, definiendo, nada tiene que ver con el sentimiento que en nosotros provoca. Cuando lo veo, la emoción me clava en el suelo y es como si me dijese a mí misma: «Otra vez puedo disfrutar de toda su belleza», como si temiera que fuera la última vez.  Es de un clasicismo tan actual, que resulta arrebatador, su intemporalidad es sorprendente y la suavidad que trasmite el ropaje de la dama lo hace con la textura de la seda. La armonía de color se extiende desde el fondo hasta la carne en unos cálidos tonos rosados, conjugando los mismos pigmentos en una sinfonía tonal prodigiosa. Entonces puedo marcharme feliz.

Los «ingrávidos» de Tintoretto

Tintoretto: "El origen de la Vía Láctea". Circa 1575.

Tintoretto: «El origen de la Vía Láctea». Circa 1575. Óleo sobre lienzo. 149 x 168. National Gallery, Londres.

 

Tintoretto: Venus, Baco y Ariadna". 1578. Oleo sobre lienzo. Palacio Ducal, Venecia.

Tintoretto: «Venus, Baco y Ariadna». 1578. Óleo sobre lienzo. Palacio Ducal, Venecia.

 

Tintoretto debía tener complejo de Ícaro -es una licencia socarrona-, pues en sus composiciones en diagonal o en zig-zag gustaba de colocar cupidos, angelotes que volaban -eso es lo que se espera de ellos-, pero, y ahí viene lo curioso, es que se saltaba las leyes de la gravedad con personajes que, por muy dioses o diosas que fueran, volaban con una gracilidad asombrosa. Dos ejemplos: en el Nacimiento de la Vía Láctea todos, animales y personas, flotan en el éter, salvo la diosa Hera esposa de Zeus de cuyo pecho brota la leche (en la tradición cristiana la Virgen María), origen de la Vía Láctea; Hermes, el mensajero de los dioses le había colocado a Hércules cuando ella se encontraba dormida para que así obtuviera la inmortalidad ya que este era hijo bastardo de Zeus y la mortal Alcmena. La leche se derramó cuando retiro bruscamente de su pecho al niño. En el cuadro de abajo, Ariadna flota que da gusto, posando ligeramente su mano en la diosa Venus mientras sostiene una corona sobre la cabeza de la deidad. Dos magistrales obras donde destaca el hermoso color propio de la escuela veneciana.

Jacopo Comin, «Tintoretto»

Tintoretto: "la última cena". 1592-94. Óleo sobre lienzo, 365 x 568 cm, San Giorggio Maiore. Venecia

Tintoretto: «La última cena». 1592-94. Óleo sobre lienzo, 365 x 568 cm, San Giorgio Maggiore. Venecia

 

Singular y peculiar composición en diagonal donde la figura de Jesús no ocupa el centro; de ambiente abigarrado, esta Última Cena, con un exceso de personajes no habituales en la mayoría de las representaciones al uso, parece más un acto social refinado; no hay más que apreciar los detalles de los ropajes y de la  mesa bien surtida, que chocan por su opulencia con la mayoría de versiones, al tiempo que en la parte superior del cuadro unos seres casi transparentes, a modo de espíritus celestiales, sobrevuelan la escena. La ingravidez es una cualidad que encontramos, representada en carne y hueso, en más de una obra de este gran artista de la escuela veneciana, aun no siendo estas de carácter religioso, y esta licencia etérea es realmente sorprendente y encantadora. En su estética se aprecia la influencia de Miguel Ángel y se anuncian las formas manieristas.  Posiblemente fue Tintoretto el último gran pintor del  Renacimiento italiano.

Hasta 2007 a Tintoretto se le apodaba Jacopo Robusti por su padre, que defendió con vigor las puertas de Padua frente a las tropas imperiales. Su verdadero apellido, «Comin», fue descubierto por el jefe del departamento de Pintura Italiana del Museo del Prado de Madrid y se hizo público en la retrospectiva que le dedicó el Museo en 2007.

La higuera

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Me han regalado esta higuera verdal, esa que da higos y no brevas, y desde que llegó no paro de mirar los higos, que se asoman por la ventana del comedor; por la noche, con la fresca -es un decir-, desde la tumbona la observo y me siento como una niña con zapatos nuevos. Los árboles, esos seres vivos que nos acompañan, son el mejor regalo que una puede recibir.

Tiziano Vecellio

Tiziano: "Sísifo".1543. Óleo sobre tela, 234 x 216. Museo del Prado.

Tiziano: «Sísifo». 1549. Óleo sobre tela, 237  x 216. Museo del Prado.

 

Tiziano, junto con el Veronés y Tintoretto, forman parte fundamental de la llamada Escuela Veneciana. Desde muy joven entró a aprender el oficio de pintor en distintos talleres de la ciudad de los canales; decantándose, según Vasari, por el maestro Giorgione y por el nuevo estilo del Cinquecento. En esta obra, hoy en el Museo del Prado, Tiziano, admirador de la «Metamorfosis» de Ovidio, nos describe el sufrimiento de Sísifo obligado eternamente por haber engañado a los dioses, a subir una gran roca hasta la cima de una montaña, objetivo nunca logrado por rodar esta siempre antes de llegar a la cima. Aunque el cuerpo de Sísifo netamente musculado, nos recuerda el influjo de Miguel Ángel, el tratamiento del color mediante fuertes pinceladas rojas y amarillas de las lenguas de fuego y lava que caen desde la montaña, nos dice que el efecto que pretende es otro. La luz magistral que rodea al personaje mitológico de frente y por detrás de la roca, nos hablan de una atmósfera dramática que se irá perdiendo, en la pintura  posterior del maestro, donde se van difuminando los contornos, con líneas menos definidas, para dar paso a un predominio del color, es decir, un nuevo paso hacia adelante que llegará hasta los impresionistas.

María de Hungría, hermana de Carlos V,  le encargó esta obra junto a las tres otras «Furias» destinadas al Palacio de Binche. En 1558 esta las legó a su sobrino Felipe II, que las destinó al Alcázar de Madrid; después se colgaron en el Buen Retiro, pasando con posterioridad por el Palacio Real antes de finalizar en el Museo del Prado.

Tiziano: "El hombre del guante".1523. Óleo sobre lienzo,  100 x 89. Museo del Louvre.

Tiziano: «El hombre del guante». 1523. Óleo sobre lienzo, 100 x 89. Museo del Louvre.

Magnifico guante y soberbio retrato anterior al de Sísifo, que podemos admirar en el Louvre.

Epitafio de Julio Cortázar

Julio Cortázar

Julio Cortázar

 

Lo cuenta el mismo Julio Cortázar en «Cartas a los Jonquières». Un día, estando en un bar de la Place Pigalle, se le ocurrió su epitafio, que rezaba así: «Julio Cortázar, cualquier ranita le ganaba». Este epitafio críptico, -ignoro su significado- no se llegó a utilizar, pero ahí queda como curiosidad.

Lobo Lunar

Lobo Lunar

Lobo Lunar

Lobo sintió que, por momentos, se le iba ablandando el cerebro, que no el corazón; se sabía ser pensante  anarquista, por tanto perfectamente capacitado para la reflexión, y aunque de perfil se palpó la grasa visceral, pensó que los juegos de asociaciones le funcionaban, de momento. Aun así se sintió andropáusico abrumado por la disminución de los estrógenos y  pensó en las placas de adipocitos, en los ateromas que obstruían sus arterias… El reloj de cuco dio las tres y la lechuza en su nido en aquel claro del bosque hizo «chut». Una idea se iba abriendo paso en su cerebro acorchado: que, como ser pensante, un exceso de razonamiento no le tenía por qué perjudicar su cerco a las caperucitas.

Isidre Nonell ( Barcelona 1872-1911)

"Gitana (Consuelo)" (1904), oli sobre tela (Museu de l'Empordà de Figueres),  de l'exposició "Nonell, figures i espais", a la Fontana d'Or de Girona.

 Isidre Nonell: «Gitana» (Consuelo)». 1904, óleo sobre tela. Museu de l’Empordà de Figueres.

 

Isidre Nonell

Isidre Nonell : «Consuelo», 1902, óleo sobre tela,  72 x 59. Colección privada,

 

Isidre Nonell

Isidre Nonell: «Consuelo». 1903, 65 x 50, óleo sobre tela. Colección privada.

 

La manera en que Isidre Nonell trata la figura, a partir de 1900 es un referente para mí; lo fue cuando comencé a plantearme lo figurativo allá por los años 70. Antes de 1900, Isidre Nonell formaba parte de un grupo llamado la «Colla del Safrá» (Grupo del azafrán) formado por pintores como Joaquim Mir, Canals, Pichot… que pintaban paisajes por los alrededores de Barcelona preocupados por la luz, los cambios cromáticos al dictado del posimpresionismo, buscando los efectos atmosféricos en tonos cálidos, de ahí el nombre del grupo. Isidre Nonell también formó parte del mítico «Quatre gats» junto con Picasso y Rusiñol en ese ambiente  de efervescencia creativa de la época en Barcelona. Si para Picasso su estancia en Horta del Ebro marca el momento de reflexión que dará sus frutos  en el cubismo, para Nonell la estadía en Caldes de Boí, pequeño pueblo de los Pirineos, donde muchos de sus habitantes padecían de cretinismo, afectará de modo esencial en el tema de sus obras posteriores: los marginados y más desfavorecidos de la sociedad. A partir de entonces se centra en la figura humana con una manera nueva de hacer, el volumen de sus mendigos, de sus gitanas en actitudes claras de tristeza y abatimiento sobrecogen por la  atmósfera de soledad, de abandono; al comienzo su paleta se torna oscura, pero tras dos largas estancias en París en 1900 comienza su nueva etapa con sus famosas gitanas por el contacto con la pintura francesa más moderna; mientras, Picasso se sumerge de otra manera en su época azul seguida de la rosa, aunque ambos comparten su interés por los  personajes marginados. El eco de la crítica burguesa catalana es negativa para Nonell, que muestra una realidad que no les gusta: su pintura es una provocación. Nonell muere prematuramente con 38 años tras obtener un gran éxito, en 1910, en una exposición en Faianç Catalá de Barcelona que supuso su reconocimiento de público y crítica.

La línea magistral de Nonell, que delimita el sufrimiento de ese volumen rotundo y sin nada anecdótico que nos aleje de la esencia, es portentoso. Nada sobra y nada falta para bajar el volumen de la marginalidad. Las gitanas no son en él nada folclórico. Me resulta difícil expresar mejor mi admiración.