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Los gorriones II

De momento la escopeta de perdigones no me ha servido para nada. Los vecinos de enfrente, unos franceses que solo vienen en verano, tienen las ventanas abiertas de par en par, como ahora. Yo acecho esas dos ventanas con la escopeta sobre las rodillas, pero me canso y desespero. Los gorriones, durante todo el invierno, se fortifican en esos poyetes y me miran con descaro por culpa de esas persianas cerradas a cal y canto; ellos saben que solo cuando llegan las invasiones turísticas con el calor, están a salvo. Como ahora. Se pitorrean de mi, lo sé y lo siento. Lo noto. Ni siquiera teniendo el toldo abierto, me dejan en paz. Los veo posados en el muro lateral del vecino de la derecha cuyo piso ha pasado a ser del banco y por tanto está en el limbo financiero y como consecuencia sin habitantes. Y de allí tienen el descaro de subirse al toldo y noto sus patitas bailando sobre la tela que oscila sobre mi cabeza. Y yo con la escopeta sobre las rodillas y sin poder disparar. Y para colmo los vecinos franceses me empiezan a mirar con desconfianza. ¡Estoy por tomar un camino!

Los gorriones.

Amelia se pasaba el día con la fregona en la mano; desde que habían instalado las placas solares en los tejados, los gorriones habían hecho sus nidos entre las tejas y las placas; calentitos, iban de un tejado a otro visitando a sus congéneres con una algarabía insoportable. Amelia, en el patio interior de su casa, se sentía invadida; ese patio era la envidia de sus vecinos, pues sus plantas crecían como una selva lujuriosa formando un espacio único, diseñado por ella con mimo a través de los años. Los gorriones se posaban en los tubos negros del vecino de arriba y la amenazaban, los muy ladinos, con sus cagadas; desde lo alto lanzaban sus excrementos y por la noche, si ella no estuviera al acecho con el mocho, el suelo estaría lleno de manchas negras y los cojines, todo el santo día en la lavadora. Tanto piar día y noche le llegó a resultar insoportable. Un día se cayó un polluelo y muerto tuvo que tirarlo a la basura; era horriblemente feo, pelado y deforme. Sintió nauseas y devolvió el desayuno. Amelia llegó a odiar no solo a los gorriones sino a todo tipo de animales con plumas; los mirlos, sin ir más lejos, con esos picos naranja, tan bonitos, a ella no la engañaban, eran aún peores que los gorriones porque el tamaño de sus mierdas eran XXL Amelia frotaba el suelo con furia y de tanta lejia las losas perdían el brillo. Un día decidió irse de caza y se compró una escopeta de perdigones.

Mahón en lo alto.

La mano grande de papá me sujetaba del bañador; me cogía por la espalda y yo braceaba intentando aprender a nadar. Por aquellos años el agua del puerto estaba limpia. Recuerdo que el día anterior cruzamos el puerto en una barqueta; el cielo estaba gris, pero luego el sol se hizo presente con rayos-flechas que nos atravesaban. Detrás de nosotros, la casa blanca con el porche desde donde mamá nos miraba. Habíamos bajado la escalera con sus escalones también encalados que mantenía la casa arriba, arriba. Y el agua que me entraba en los ojos y papá. En el cielo patinaban las gaviotas que iban y venían desde la base americana. Cerraba la boca para no tragar agua. Veía todo Mahón en lo alto y el campanario de Santa María cómo se anegaba a medida que yo avanzaba; parpadeaba para limpiar aquel hermoso paisaje, para no perderme aquella visión que después siempre me ha acompañado. Teníamos todo el verano por delante y toda la paciencia de papá, que auyentó mi miedo al agua; y ella fue desde ese verano mi mayor pasión, mi elemento, mi patria allí donde estuviera: Papá y Mahón en lo alto.¡Ah, y los mejillones en las bateas!

Te veo.

Es raro el día que no te vea. En esta postura que tengo que adoptar necesariamente, casi siempre estás presente. Y, cuando tu presencia se hace evidente, se podría decir que me siento aliviada. Y esto sucede con las pequeñas cosas cotidianas. Nos tranquilizan como si ellas, al formar parte del dia a día, hicieran que los nervios se relajaran. Entonces la sensación es de que todo está bien. Ahora que te descubro, como cada mañana, me siento tranquila, Tú vas trazando, se supone que siguiendo un cierto orden que yo no acierto a descubrir, un camino prefijado. Y ese itinerário es tan cambiante, fluctúa tanto que he llegado a pensar que no tiene sentido o que yo a estas horas tan tempranas no tengo la mente despierta. El caso es que mi semi somnolencia y tu frenética actividad forman parte de dos mundos tan diferentes, que solo coinciden en los instantes en que sentada en el w. c. te veo. Y te sigo con la mirada como buscas el orificio de entrada, justo en el marco de la puerta.Y has desaparecido. Hoy solo era una hormiga, pero hay días en las que se juntan varias y todas buscando la entrada al hormiguero o la salida, que con ellas nunca se sabe.

La «Tramuntana».

En ocasiones la habitación se llenaba de luz. Sonaba la «Tramuntana» y las contraventanas de madera golpeaban la pared blanca de cal. Rayos y truenos se sucedían y yo no podía dormir; en la cama de al lado tú dormias plácidamente. Las tormentas de allí, de la isla, me transportaban al infierno, tenía miedo y tu sueño placentero me irritaba más que nada en este mundo. Tenía que venir papá y calmar el terror infantil que estremecía mi cuerpo y me hacía sudar. Papá, sentado en la cama, me subía el embozo y, en voz baja, para no despertarte, me contaba «el cuento de los bocadillos», el mejor de los cuentos, el que Sherezade ni podía haber imaginado. Por el rabillo del ojo miraba hacia tu cama por ver si te estabas perdiendo este momento que no quería compartir con nadie y menos contigo, mi hermana mayor, la perfecta.

Como un pajarito.

Marieta dormitaba en su gabinete. A las cinco de la tarde una tormenta eléctrica sacudió la tierra y a ella le pareció el fin del mundo; un rayo iluminó la pequeña estancia y el trueno que siguió la despertó del todo. Apresurada, salió al vestíbulo como si la casa se fuera a derrumbar sobre su cabeza y temerosa llamó a su inquilina en vano; ella regaba las plantas en el patio interior ajena a sus llamadas; en vista de lo cual se puso un chubasquero, cogió un paraguas y las katiuskas de las niñas y se fue corriendo al colegio. Menuda, con su pelo blanco, andada como un chorlitejo chico a pequeños saltitos, ya digo como un pajarito. Se había arrogado el papel de abuela de aquellas niñas, que ahora eran las que daban sentido a su vida de viuda, sin hijos, de anciana solitaria.

Siguiendo las huellas del maestro Cortázar.

Buscaba por todo el Barrio Latino y por Montparnasse la huella del escritor. Amaba sus cronopios y famas y recorría sin descanso la calle donde vivió su personaje favorito, de tal forma que, cuando enfilaba la rue Lagrange, sonaba música de jazz. Sin darse cuanta se había convertido en el perseguidor cuando se sentaba en el pequeño velador del café Le Metro. Aquel día de cielo incierto donde lo brumoso persistía borrando los contornos de las esquinas, decidió darse una vuelta por el cementerio de Montparnasse, aun sabiendo que era un suicidio enmascarado. No obstante ascendió sin dudarlo por la calle y se sintió aliviado cuando el cuervo le fue guiando hasta la tumba; y allí se posó sobre la lápida para que él pudiese reposar junto a su maestro enhebrador de historias de cronopios y de famas.

El pájaro negro.

Aquel pájaro trazó un circulo en el cielo. Después desapareció hacia la derecha extendiendo las alas, planeando sobre el tejado rojo, sobre la cúpula de ladrillos cuya la campana volteó a las doce; su sonido sobresalto a los gorriones que salieron volando en todas direcciones. Pero aquel pájaro siguió el rumbo trazado en el mapa azul, limpio de nubes. Y siguió sobrevolando el río que sinuoso discurría por entre los cañaverales, dejando atrás el tejado rojo, la cúpula y la campana. Aquel pájaro negro, por fin, se posó sobre el sombrero de paja del espantapájaros y grazno aliviado.

«Pessigolles»

El barco correo entre las islas pasó de largo. Sentada en aquel bar del pequeño puerto de Ciutadella, lo vio; recortado sobre el negro, la popa era como una gaviota que dobló enseguida la costa y se perdió en la noche. Las notas de una habanera, desde dentro del local, le hizo sonreír; se imaginó a su padre que los domingos preparaba la paella y canturreaba: «Un señó demunt un ruc…» en un menorquín que desconocía y como su risa se mezclaba con las «pessigolles», las cosquillas, que intentaba hacerle mientras ella se escapaba riendo y el perro daba saltos alrededor del fuego, olisqueando el arroz que olía a gloria. Se pidió una «pallofa», olió el gin y mentalmente brindó por él. Miró hacia el puente que llevaba a su infancia, al carrer de santa Bárbara, a un tiempo feliz desaparecido como aquel barco en la noche. Seguían las habaneras y las flores blancas de las alcaparras perfumaban su recuerdo en aquel bar del pequeño puerto de Ciutadella.

Sonaba Pau Casals.

La sonata para violonchelo solo de Juan Sebastian Bach le llegaba desde lejos; las avispas zumbaban cerca de la higuera y ella se abandonaba bajo un cielo azul. Tenía el libro abierto sobre el regazo y la hamaca la inducía despacio hacia el sueño. Todo se conjugaba para que ella se dejara llevar, pero justo en ese momento, un ruido, proveniente de la cocina, seguida de un maullido le chafó la mañana. Un humo negro, igual que el gato, salió desde el pasillo de losas verdes donde estaba el pozo y las provisiones. El chico del colmado las había amontonado con cuidado, pero había dejado la puerta abierta. Oyó el ruido metálico de las cacerolas y vio la cola negra chamuscada que dejó en el aire un tufillo poco grato. En el suelo los garbanzos y los fideos se mezclaban con los huesos de caña, el ternasco, y los chorizos; la panceta voló por el aire con tal precisión que el gato solo tuvo que dar un salto para hacerse con el botín. La mañana no había terminado bien a pesar de la sonata, de Pau Casals y de aquel concierto en la Casa Blanca.