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El espejo roto (relato corto)

Las avispas zumbaban allá abajo. En el jardín, los helechos formaban un alto tapiz; los gorriones iban de un árbol a otro en vuelos cortos sin aparente sentido. Las arañas tejían sus telas y, a pesar de ese trajín, todo parecía paralizado, sordo, sin sonido. Pero al salir, al abrir la puerta el sol la cegó y se paró aturdida, mareada. El día había comenzado sin ella. Y ella se volvió arrepentida. Dentro de la casa bajó las persianas. En la cocina miró por la ventana, el toldo del patio interior la protegía de la luz y se quedó quieta en la puerta; bajó los escalones y se dejó caer en la tumbona, El toldo estaba sucio, pensó al mirar hacia arriba. De las cocinas vecinas le llegaba los ruidos apagados, aún era temprano, se dijo, aunque algunas cocinaban ya preparando las comidas. Ella no tenía para quién cocinar, mejor, pensó; encendió un cigarrillo y tiró la ceniza sobre las piedras blancas. Pensó en los cantos rodados de los ríos, en el canal y en los baños del verano, allá en el pueblo de sus abuelos. Sintió su vida de pronto como una losa. Y se pensó como un espejo roto.

Acunándose (relato corto)

Despegados, así lo dijo él. Se lo dijo por la mañana, mientras ella de espaldas preparaba el desayuno de los niños. Una greña del pelo le caía sobre la cara y el sudor de la frente le entraba en los ojos. Recordó que aquel día la radio había anunciado los cuarenta grados, mientras él le reprochaba su ausencia, su desgana, su despego. Oyó las gritos de los niños que, desde el jardín, jugaban y se perseguían alrededor de la charca. Julián, el niño del vecino, saltaba sobre el agua sucia. Andrea entró, hecha un mar de lágrimas, porque Antonio la había empujado sobre la gravilla y le sangraba la rodilla; la sentó en la mesa, le sonó la nariz y le curó la herida mientras las gotas saladas le escocían los ojos; se restregó la cara con el dorso de la manga mientras oyó el portazo de la puerta. ¡Vete a la mierda!, pensó llena de rencor. Sentada ya en la oscuridad del patio, buscando algo de frescor, pensó también  en que nadie la había avisado, en que nadie le había dicho que ese era el futuro que le esperaba. Los niños dormían, oyó a los grillos y sintió que el calor pegajoso no daba tregua alguna. Sabía que no podría dormir y supo que aquel portazo iba a ser definitivo, que él no volvería y se sintió tan aliviada que comenzó a cantar bajito una nana como acunándose a sí misma.

Cosas que pasan(relato corto)

Apenas fue como una ráfaga de aire. Aquella mañana un hombre cualquiera tropezó con una piedra al ir al trabajo. A punto estuvo de caer, pero un hombre desconocido le sujetó por la espalda; cuando se giró agradecido, aquel hombre había acelerado el paso y apenas tuvo tiempo de darle las gracias. El reloj de la plaza dio la hora y supo que llegaba con retraso. Ese hombre cualquiera que estuvo a punto de caer, a su vez aceleró el paso y mientras lo hacía se dio cuenta de que su reloj atrasaba un cuarto de hora. Sin duda se había dormido y temió llegar tarde a la oficina. A medida que avanzaba por la ancha avenida de plátanos y de castaños de indias oyó de nuevo el reloj que dio los cuartos; con gesto mecánico miró su muñeca desnuda. No llevaba reloj. Empezó a sudar y viendo que el tiempo se le echaba encima comenzó a correr. Cansado por el esfuerzo se paró y se encontró de nuevo en medio de la plaza, y de la torre se oyeron nueve campanadas. Avanzó y avanzó exhausto y se halló  enfrente de su casa. Subió las escaleras que encontró llenas de gente y llegó a su dormitorio; tendido en la cama estaba él con el rostro pálido; le estaban amortajando. En la mesilla de noche el reloj marcaba las nueve en punto,