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El río

El agua llegaba a los lavaderos desde arriba, porque el río circulaba rodeando la montaña y serpenteando hacia el pueblo. Las mujeres llevaban los canastos de ropa de dos en dos. Iban por el sendero de tierra cantando o parloteando; sus risas se oían casi desde las piscinas municipales vacías, ahora, en el invierno. Se había canalizado el río, ordenado y amansada el agua, que desde los caños surgía heladora. Las manos con sabañones, frotaban la ropa con jabón Lagarto, que hacía poca espuma, pero que era el mejor. El cierzo soplaba con ganas y los cantos subían de tono cuando el frío las atenazaba. Había que golpear la ropa con brío, como si su rabia se centrara en ese punto y no en sus condiciones de trabajo. ¡Y menos mal, dijo María, que han techado los lavaderos, que si no…! porque el cielo amenazaba lluvia. “Y si llueve, ¿dónde se secará la ropa? ¡Maldita sea!” . María “La Coja”, a la vuelta, se emparejó con la Marta, que era más o menos de su misma estatura, que cuando iba con Ana “la Larga” todo el peso de la ropa mojada caía de su lado y eso si que no, que luego le dolía la pierna durante una semana. Cuando entraban en el pueblo comenzó a tronar y vieron un rayo encender la mañana que se había enfoscado. Con el peso de la ropa mojada llegaron a punto para tender la ropa en las falsas de las casas de los señores, allí donde se curaban los jamones y los chorizos al lado de las tinajas de las aceitunas y de los queso en aceite. En la cocina, María se untó las manos con manteca de cerdo; los sabañones la martirizaban como si hubiera hecho mucho mal en otras vidas, eso pensó, y cada vez se convencía más de que el purgatorio estaba aquí si es que ese invento de los curas existía.

La olla

La bandada de mirlos le hizo levantar la cabeza. ¡Los muy ladinos siempre dejaban sus cagadas por el suelo y ahora encima de los cojines de los sillones del jardín! Estaba harta. Un día de estos cogería la escopeta de perdigones y ya verían lo que es bueno. La olla a presión silbaba la monserga de siempre y también estaba hasta el moño de ese aparato que Silvestre le trajo un día como quien regala un abrigo de visón; y es que lo estaba viendo venir, como aquel día, tan ufano, con aquella caja enorme que dejó encima de la mesa de la cocina y, claro, me temí lo peor. Nadie deja un regalo que valga la pena encima de… en fin, se me hace mala sangre y la olla pita que te pita. No si un día de estos la tiraré a la basura, pero no quiero ni pensar la pelotera que me iba a montar. Después de treinta años y me regala ese adefesio que me da cada susto… El otro día sin ir más lejos estuvo a punto de explotar, pero nada, esos aparatos infernales son más duros que los chuscos de pan de la posguerra. Total, que mientras barro los excrementos que los mirlos han dejado en el jardín con la escoba vietnamita, su último regalo, exótico eso sí, decido que me voy a ir a casa de la vecina de palique un rato y que le den morcilla a la olla a presión.

El miedo

El tiempo no estaba para bromas; negros nubarrones se acercaban desde la costa. El mar rompía en los acantilados y el bramido del viento se le unía como en un abrazo. Marta sonrío, nada la hacía más feliz que una buena tormenta; salió fuera de la casa hacia la leñera. Encendería una buena chimenea, llenaría la bañera mientras los relámpagos harían palidecer las velas; algunas se apagarían y un escalofrío le recorrería la espalda. El miedo la hacía sentirse más viva que nunca. Y mientras corría el agua, mientras abría la ventana del baño, pensó que Hitchcock era el mago, su Merlín particular. Una ráfaga de aire hizo batir las contraventanas de madera; encendió las velas y se sumergió en el agua fría como un cuchillo.

Y voló

Se alejó sin echar la vista atrás. Ni siquiera dio un portazo, cerró la puerta como si se fuera a hacer la compra, pero su frente alta le otorgó un cierto aire decisorio. Cualquiera de los vecinos que la hubiesen visto pasar no hubieran pensado que algo en su interior la atormentaba; solo la comisura de sus labios apretados podrían haber delatado que algo no iba bien. Sin embargo al traspasar el prado y subir la cuesta desde donde se veía a las vacas pastar, se detuvo y su cuerpo se dobló fatigado, apoyó las manos en las rodillas y luego se estiró mirando al cielo. Todo estaba como siempre,  y eso fue lo que más fuerzas le dio para seguir adelante. El aire cargado de humedad llenó sus pulmones. Oía los cencerros del rebaño y a los leñadores cortar los troncos para el invierno. Kepa al pasar le dijo: ¡Apa! y ella musitó un: ¡Bueno!, pero tan quedo que ni el aire la oyó. Se acercó al acantilado, abrió los brazos y se lanzó al vacío. Y comenzó a volar hasta que la mar la recibió  sin juzgarla, solo lamió sus heridas aquellas que no se ven, pero que la estaban destrozando.

El abejorro

Soñaba el abejorro mientras zumbaba alrededor de las flores; debajo de los macizos, a la sombra, buscaba el reposo del guerrero. La tierra húmeda tras el abundante riego matutino era el lugar donde  se repondría de su incesante agitar de alas. Un montón de hojas secas de la bignonia lo acogió. Y su cuerpo se aquietó por unos instantes. No muy lejos las avispas en su incesar sonoro le perturbaron el descanso y deseó emigrar a tierras lejanas, lejos de humedales, porque sabiamente sabía que donde hay agua hay bichos indeseables.  Nadia, desde la tumbona, lo observó en su huida precipitada y se alegró de que por fin las avispas volvieran a libar el néctar de las flores.

El naufragio

El sol bruñía los acantilados; había salido de entre las nubes tras una noche de tormenta donde los rayos iluminaban por segundos el cabo de Favàritx. Las olas, ahora mansas, fatigadas, lamían la orilla con desgana. La espuma sin fuerza eran burbujas rotas sobre los maderos que iban apareciendo aquí y allá. Desde el cantíl un hombre encorvado observaba los restos del naufragio; los años lo habían doblegado como solo sabía hacer la tramontana con los árboles de la isla. Era viejo, patizambo y por equipaje llevaba una gran joroba, pero en otro tiempo había sido marino mercante del Patriakos, un barco griego, con el que recorrió medio mundo. Era viejo, lo sabía, pero seguía llevando el mar en el azul de sus ojos apagados. Se sentó sobre una roca, encendió una pipa de espuma de mar que amarilleaba por el uso. ¡Cómo le gustaba observar los restos de un naufragio! Ese ir y venir de trozos, restos sin rumbo y sin sentido, y le gustaba imaginar qué era cada pedazo, qué había sido y cuál su función en el orden programado de la nave. Un trozo de maroma se deshilachaba sobre la arena como la trenza de una muchacha, igual a la de aquella rubia norteña que le esperaba en el puerto de Eskorpios cada primavera. Sonrió recordando sus años mozos mientras el humo le hacía toser y maldecir en arameo.

Lobo Lunar

8

Lobo Lunar encendía la noche con sus aullidos; a su alrededor el mundo  enpequeñecia, y cuando salia solo de la lobera, cuando la manada dormia, era un rehén  de su propio miedo. Sobre el peñasco habitaba el azul y mientras la luna se recortaba, él veía mundos gigantes que se aproximaban a la tierra. Era el sueño que despierto le perseguía, que le mantenía no obstante aferrado a la tierra, paralizado, pero lúcido añorando esas otras lunas que jamás visitaría; ellas flotaban a su alrededor como globos gigantes y el eco de sus aullidos resonaban en un espacio cada vez más finito. Sentía que a medida que envejecía su tiempo menguaba, que él se enfriaba como un río de lava y que solidificado no podría presenciar tanta belleza

El desconocido

La miró desde lejos sin reconocerla. La luz del mediodía, filtrada como  a través de un papel japonés, era suave. María se dio la vuelta. La vio correr entre los árboles y cómo se giraba de vez en cuando como huyendo de algo o de alguien. Ahora, ella dio un traspiés y pensó que se caería, pero se apoyó con fuerza contra un tronco, abrazándolo. Encendió un cigarrillo, pero sin dejar de observarla. El viento susurraba entre las hojas y le enredó el cabello que le tapaba la cara. Corría y corría asustada. Él pensó que sentía miedo, un miedo irracional. Desde donde estaba, podía mirarla sin problema mientras hacía aros con el humo, que se iban desvaneciendo en el aire. Por un instante se olvidó de ella, que seguía corriendo como poseída. Después ella se enredó con algo parecido a raíces vegetales que se ocultaban entre la hojarasca del suelo; un hombre al que no reconoció la tomó entre sus brazos. Entonces María despertó y él se desprendió del sueño.

El aniversario

El sol se colaba a través de la persiana en haces desordenados; un polvillo dorado inundaba el espacio entre la cómoda y los sillones. Le dolía el brazo doblado bajo la almohada, pero se quedó quieta, agazapada en sus recuerdos; veía las hojas de la bignonia, y los gorriones dando saltitos en el alféizar de la ventana. El día amenazaba por hacerse presente a su pesar. Cerró los ojos aun sabiendo que ya no podría acudir al sueño que últimamente le cerraba el paso, de modo que las noches se le hacían eternas y los días insoportables. El reloj de péndulo de la escalera dio la hora, que sonó a amenaza. Sin ya recurso alguno, sin ganas, se tiró de la cama y abrió la ducha: el agua corría mientras una cucaracha daba vueltas en el remolino; sintió nauseas y un escalofrío. Tras cerrar la puerta bajó las escaleras hacia el café negro, humeante que necesitaba. Se derrumbó en el sillón de mimbre que Pablo se había empeñado en poner en la cocina. “Así, cuando te canses, te sientas y listo”, le había dicho frente a sus protestas. Cerró los ojos y dijo en voz alta: Pablo, como si él pudiera acudir a rescatarla; después, más bajito, fue como una letanía: Pablo, Pablo, Pablo…. El sonido del teléfono la devolvió a la realidad. “Mamá, te recogemos en media hora”. “Tan pronto”, se oyó decir. Su hija tenía razón, después el cementerio se ponía imposible de gente. Luego se enfadó y dijo en voz alta, como si él pudiera oírla: ¡”Pablo, a quién se le ocurre morirse el Día de Todos los Santos”!

El espejo roto (relato corto)

Las avispas zumbaban allá abajo. En el jardín, los helechos formaban un alto tapiz; los gorriones iban de un árbol a otro en vuelos cortos sin aparente sentido. Las arañas tejían sus telas y, a pesar de ese trajín, todo parecía paralizado, sordo, sin sonido. Pero al salir, al abrir la puerta el sol la cegó y se paró aturdida, mareada. El día había comenzado sin ella. Y ella se volvió arrepentida. Dentro de la casa bajó las persianas. En la cocina miró por la ventana, el toldo del patio interior la protegía de la luz y se quedó quieta en la puerta; bajó los escalones y se dejó caer en la tumbona, El toldo estaba sucio, pensó al mirar hacia arriba. De las cocinas vecinas le llegaba los ruidos apagados, aún era temprano, se dijo, aunque algunas cocinaban ya preparando las comidas. Ella no tenía para quién cocinar, mejor, pensó; encendió un cigarrillo y tiró la ceniza sobre las piedras blancas. Pensó en los cantos rodados de los ríos, en el canal y en los baños del verano, allá en el pueblo de sus abuelos. Sintió su vida de pronto como una losa. Y se pensó como un espejo roto.