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Las vueltas que da la vida.

Es una frase hecha, pero a María le salió del alma, cuando en la cola del hambre se encontró con Andrea, una amiga de la infancia cuyos padres nadaban en la abundancia. Se saludaron con cariño, pero se dio cuenta de que frente a ella , su amiga se sentía avergonzada e incómoda. La dejó pasar, porque ella no tenía nada que hacer; los días, desde que estaba en el paro, eran como chicle que se estiraban y se le hacían eternos, si no fuera por la portería. María le comentó, para romper el hielo, que sus padres se habían matado en un accidente y que la pensión de orfandad era una miseria, pero que había conseguido una portería en el barrio de Salamanca y con eso iba tirando, porque tenía que alimentar a cuatro hermanos y no se había casado porque, a consecuencia de aquel accidente, había perdido un ojo y se había quemado media cara, que llevaba tapada por una melena castaña. La cola avanzaba despacio y el sol calentaba que daba gusto. Andrea la escuchaba en silencio, con la cabeza baja. María no quiso preguntar; se veía que Andrea lo estaba pasando mal, pero que estaba procesando todo lo que le había ocurrido a ella, que no era precisamente un camino de rosas. De pronto se echó a llorar y se rompió; su fragilidad la conmovió profundamente. María la rodeó con sus brazos. Con voz entrecortada, Andrea le contó que su padre se había arruinado a pesar de sus chanchullos, de sus negocios negros y que se había pegado un tiro habiendo dejado a su familia desamparada, pero que ella había podido terminar la carrera de derecho y que estaba de pasante en un despacho de abogados, aunque todavía no le pagaban nada porque estaba en prácticas. ¡Mujer, eso es pasajero, ya verás como dentro de nada las cosas cambiarán para bien! Ahora la cola iba avanzando con más rapidez y dentro de nada se despedirían y cada una seguiría con sus vidas. Andrea salió con las bolsas llenas y se despidió con un te llamaré. María le sonrió mientras Andrea pensaba que no tenía derecho a quejarse, que siempre hay gente que lo está pasando peor.

El desconcierto de Lobo

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Lobo se encontraba en una situación inusual. El tiempo pasado en la lobera cuando el frío invadía la tierra dejaba paso a una primavera inaceptable. Jamás había vivido algo parecido. Sus pezuñas se hundían en el barro y notaba que en el aire, a veces, olía diferente; constató que ya no nevaba y que las tormentas invernales habían desaparecido para dar paso a otra estación. Y su memoria animal o su instinto le empujaba a subir a los riscos en busca de presas. Lobo se despertaba con un rugir de tripas que le anunciaba algo inevitable e ineludible: tenía un hambre canina que tenía que saciar. Y menos mal que, ya viejo, no tenía alrededor pequeños lobeznos que alimentar. Por un instante añoró tiempos pasados, pero recordó que entonces las estaciones se sucedían de forma regular. Hacía tiempo que no aullaba a la luna y ahora, que ya era el momento, sucedía algo que no sabía explicar. Un día notaba calor y al siguiente una lluvia torrencial que salpicaba hasta su guarida le dejaba inerte en el fondo contemplando con asombro esa tormenta propia de los trópicos. Su pensamiento, entonces ensimismado, le llevó a la conclusión de que el tiempo se había vuelto loco o que él estaba como una cabra. ¡Y esto último si que no!

El croar de las ranas

Veía las ramas de la palmera que subía desde abajo, desde el jardín. La había visto crecer sin complejos, sabiendo que no había techo, que podía ascender tanto como quisiera, que podría llenarse de dátiles amarillos, tantos como pudiera. Así, dado que su naturaleza lo hacía posible. Tenía la mano sobre la almohada y sobre ella la cara vuelta hacia la ventana. La veía mecerse por el viento. La tramontana era tan fuerte que doblaba los acebuches hacia la tierra, los doblegaba, pero no a la palmera, que era fuerte, vigorosa. En el estanque las ranas croaban a su antojo, pero no esta noche de tormenta. Tampoco se oía ningún grillo, claro que no era tiempo de grillos, solo de viento fuerte y huracanado, que era como el aullido de los lobos, solo que en la isla no los había. Con los ojos muy abiertos, oía ese lamento del viento, feroz y extenuante. Quiso que fuera verano para ver las fustas llenas de dátiles, quiso que cesara el viento y por unos instantes accedió a su deseo para sonar con más fuerza y se tapó la cabeza con la manta. Y ni aun así dejo de oírlo. Era Wagner y las walkirias, era el cabalgar atronador de un tropel de caballos, furiosos pero libres, y esa idea por un instante la animó. Supo que esa noche no dormiría a pesar de que papá entró para arroparla y darle las buenas noches. Cuando él se fue, cesó la ´tramontana de repente y comenzaron a croar las ranas. Con esa música se dormiría como cada noche. Y soñaría con los patos que se bañaban en el estanque.

Las lechuzas

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Desde la tumbona, el cielo, por la contaminación lumínica, es una masa difusa. Solo a lo lejos se veía el resplandor de la ciudad causante de esa carencia a la que estamos acostumbrados. Hacía solo unos días que habíamos vuelto de Lanzarote, donde por primera vez en toda mi larga vida había asistido al resplandor de la oscuridad, al hecho asombroso de ver el cielo tal como es: un tapiz cuajado de estrellas que titilan sin parar. Íbamos andando por una carretera desierta desde la urbanización al pueblo costero más cercano con idea de cenar allí; el campo era un desierto de lava volcánica sin ningún signo de civilización en kilómetros a la redonda, nada ni una casa, solo cielo y tierra y al mirarlo me sentí tan abrumada por aquella inesperada belleza que rompí a llorar; el corazón me latía con fuerza, hipnotizada no podía apartar la vista hasta que sentí dolor en el cuello. Y ganas de caer de rodillas y rendir así mi homenaje al espectáculo más hermoso que nunca había visto. ¡Qué pequeños somos, pensé!, al tiempo que me invadía un extraño sentimiento de serena felicidad. Después, fue una borrachera de sensaciones. Sabía que nunca podría olvidar esa noche en la que descubrí el firmamento. Ahora, observo desde la terraza del ático el mismo cielo, pero al que hemos tapado en pago por la “civilización”. Aun así la noche es tranquila; en la terraza y en silencio miramos sin ver más que eso que se parecía al cielo, pero que no es más que un remedo. De pronto, desde detrás de una de las chimeneas del tejado, dos lechuzas pasaron por encima de nuestras cabezas en un vuelo rasante que nos dejó sin palabras.¡ Qué hermosas eran! Sin duda era un regalo de la diosa de ojos glaucos, Atenea, que se repitió varias noches seguidas.

El río

El agua llegaba a los lavaderos desde arriba, porque el río circulaba rodeando la montaña y serpenteando hacia el pueblo. Las mujeres llevaban los canastos de ropa de dos en dos. Iban por el sendero de tierra cantando o parloteando; sus risas se oían casi desde las piscinas municipales vacías, ahora, en el invierno. Se había canalizado el río, ordenado y amansada el agua, que desde los caños surgía heladora. Las manos con sabañones, frotaban la ropa con jabón Lagarto, que hacía poca espuma, pero que era el mejor. El cierzo soplaba con ganas y los cantos subían de tono cuando el frío las atenazaba. Había que golpear la ropa con brío, como si su rabia se centrara en ese punto y no en sus condiciones de trabajo. ¡Y menos mal, dijo María, que han techado los lavaderos, que si no…! porque el cielo amenazaba lluvia. “Y si llueve, ¿dónde se secará la ropa? ¡Maldita sea!” . María “La Coja”, a la vuelta, se emparejó con la Marta, que era más o menos de su misma estatura, que cuando iba con Ana “la Larga” todo el peso de la ropa mojada caía de su lado y eso si que no, que luego le dolía la pierna durante una semana. Cuando entraban en el pueblo comenzó a tronar y vieron un rayo encender la mañana que se había enfoscado. Con el peso de la ropa mojada llegaron a punto para tender la ropa en las falsas de las casas de los señores, allí donde se curaban los jamones y los chorizos al lado de las tinajas de las aceitunas y de los queso en aceite. En la cocina, María se untó las manos con manteca de cerdo; los sabañones la martirizaban como si hubiera hecho mucho mal en otras vidas, eso pensó, y cada vez se convencía más de que el purgatorio estaba aquí si es que ese invento de los curas existía.

La olla

La bandada de mirlos le hizo levantar la cabeza. ¡Los muy ladinos siempre dejaban sus cagadas por el suelo y ahora encima de los cojines de los sillones del jardín! Estaba harta. Un día de estos cogería la escopeta de perdigones y ya verían lo que es bueno. La olla a presión silbaba la monserga de siempre y también estaba hasta el moño de ese aparato que Silvestre le trajo un día como quien regala un abrigo de visón; y es que lo estaba viendo venir, como aquel día, tan ufano, con aquella caja enorme que dejó encima de la mesa de la cocina y, claro, me temí lo peor. Nadie deja un regalo que valga la pena encima de… en fin, se me hace mala sangre y la olla pita que te pita. No si un día de estos la tiraré a la basura, pero no quiero ni pensar la pelotera que me iba a montar. Después de treinta años y me regala ese adefesio que me da cada susto… El otro día sin ir más lejos estuvo a punto de explotar, pero nada, esos aparatos infernales son más duros que los chuscos de pan de la posguerra. Total, que mientras barro los excrementos que los mirlos han dejado en el jardín con la escoba vietnamita, su último regalo, exótico eso sí, decido que me voy a ir a casa de la vecina de palique un rato y que le den morcilla a la olla a presión.

El miedo

El tiempo no estaba para bromas; negros nubarrones se acercaban desde la costa. El mar rompía en los acantilados y el bramido del viento se le unía como en un abrazo. Marta sonrío, nada la hacía más feliz que una buena tormenta; salió fuera de la casa hacia la leñera. Encendería una buena chimenea, llenaría la bañera mientras los relámpagos harían palidecer las velas; algunas se apagarían y un escalofrío le recorrería la espalda. El miedo la hacía sentirse más viva que nunca. Y mientras corría el agua, mientras abría la ventana del baño, pensó que Hitchcock era el mago, su Merlín particular. Una ráfaga de aire hizo batir las contraventanas de madera; encendió las velas y se sumergió en el agua fría como un cuchillo.

Y voló

Se alejó sin echar la vista atrás. Ni siquiera dio un portazo, cerró la puerta como si se fuera a hacer la compra, pero su frente alta le otorgó un cierto aire decisorio. Cualquiera de los vecinos que la hubiesen visto pasar no hubieran pensado que algo en su interior la atormentaba; solo la comisura de sus labios apretados podrían haber delatado que algo no iba bien. Sin embargo al traspasar el prado y subir la cuesta desde donde se veía a las vacas pastar, se detuvo y su cuerpo se dobló fatigado, apoyó las manos en las rodillas y luego se estiró mirando al cielo. Todo estaba como siempre,  y eso fue lo que más fuerzas le dio para seguir adelante. El aire cargado de humedad llenó sus pulmones. Oía los cencerros del rebaño y a los leñadores cortar los troncos para el invierno. Kepa al pasar le dijo: ¡Apa! y ella musitó un: ¡Bueno!, pero tan quedo que ni el aire la oyó. Se acercó al acantilado, abrió los brazos y se lanzó al vacío. Y comenzó a volar hasta que la mar la recibió  sin juzgarla, solo lamió sus heridas aquellas que no se ven, pero que la estaban destrozando.

El abejorro

Soñaba el abejorro mientras zumbaba alrededor de las flores; debajo de los macizos, a la sombra, buscaba el reposo del guerrero. La tierra húmeda tras el abundante riego matutino era el lugar donde  se repondría de su incesante agitar de alas. Un montón de hojas secas de la bignonia lo acogió. Y su cuerpo se aquietó por unos instantes. No muy lejos las avispas en su incesar sonoro le perturbaron el descanso y deseó emigrar a tierras lejanas, lejos de humedales, porque sabiamente sabía que donde hay agua hay bichos indeseables.  Nadia, desde la tumbona, lo observó en su huida precipitada y se alegró de que por fin las avispas volvieran a libar el néctar de las flores.

El naufragio

El sol bruñía los acantilados; había salido de entre las nubes tras una noche de tormenta donde los rayos iluminaban por segundos el cabo de Favàritx. Las olas, ahora mansas, fatigadas, lamían la orilla con desgana. La espuma sin fuerza eran burbujas rotas sobre los maderos que iban apareciendo aquí y allá. Desde el cantíl un hombre encorvado observaba los restos del naufragio; los años lo habían doblegado como solo sabía hacer la tramontana con los árboles de la isla. Era viejo, patizambo y por equipaje llevaba una gran joroba, pero en otro tiempo había sido marino mercante del Patriakos, un barco griego, con el que recorrió medio mundo. Era viejo, lo sabía, pero seguía llevando el mar en el azul de sus ojos apagados. Se sentó sobre una roca, encendió una pipa de espuma de mar que amarilleaba por el uso. ¡Cómo le gustaba observar los restos de un naufragio! Ese ir y venir de trozos, restos sin rumbo y sin sentido, y le gustaba imaginar qué era cada pedazo, qué había sido y cuál su función en el orden programado de la nave. Un trozo de maroma se deshilachaba sobre la arena como la trenza de una muchacha, igual a la de aquella rubia norteña que le esperaba en el puerto de Eskorpios cada primavera. Sonrió recordando sus años mozos mientras el humo le hacía toser y maldecir en arameo.