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El abejorro

Soñaba el abejorro mientras zumbaba alrededor de las flores; debajo de los macizos, a la sombra, buscaba el reposo del guerrero. La tierra húmeda tras el abundante riego matutino era el lugar donde  se repondría de su incesante agitar de alas. Un montón de hojas secas de la bignonia lo acogió. Y su cuerpo se aquietó por unos instantes. No muy lejos las avispas en su incesar sonoro le perturbaron el descanso y deseó emigrar a tierras lejanas, lejos de humedales, porque sabiamente sabía que donde hay agua hay bichos indeseables.  Nadia, desde la tumbona, lo observó en su huida precipitada y se alegró de que por fin las avispas volvieran a libar el néctar de las flores.

El naufragio

El sol bruñía los acantilados; había salido de entre las nubes tras una noche de tormenta donde los rayos iluminaban por segundos el cabo de Favàritx. Las olas, ahora mansas, fatigadas, lamían la orilla con desgana. La espuma sin fuerza eran burbujas rotas sobre los maderos que iban apareciendo aquí y allá. Desde el cantíl un hombre encorvado observaba los restos del naufragio; los años lo habían doblegado como solo sabía hacer la tramontana con los árboles de la isla. Era viejo, patizambo y por equipaje llevaba una gran joroba, pero en otro tiempo había sido marino mercante del Patriakos, un barco griego, con el que recorrió medio mundo. Era viejo, lo sabía, pero seguía llevando el mar en el azul de sus ojos apagados. Se sentó sobre una roca, encendió una pipa de espuma de mar que amarilleaba por el uso. ¡Cómo le gustaba observar los restos de un naufragio! Ese ir y venir de trozos, restos sin rumbo y sin sentido, y le gustaba imaginar qué era cada pedazo, qué había sido y cuál su función en el orden programado de la nave. Un trozo de maroma se deshilachaba sobre la arena como la trenza de una muchacha, igual a la de aquella rubia norteña que le esperaba en el puerto de Eskorpios cada primavera. Sonrió recordando sus años mozos mientras el humo le hacía toser y maldecir en arameo.

Lobo Lunar

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Lobo Lunar encendía la noche con sus aullidos; a su alrededor el mundo  enpequeñecia, y cuando salia solo de la lobera, cuando la manada dormia, era un rehén  de su propio miedo. Sobre el peñasco habitaba el azul y mientras la luna se recortaba, él veía mundos gigantes que se aproximaban a la tierra. Era el sueño que despierto le perseguía, que le mantenía no obstante aferrado a la tierra, paralizado, pero lúcido añorando esas otras lunas que jamás visitaría; ellas flotaban a su alrededor como globos gigantes y el eco de sus aullidos resonaban en un espacio cada vez más finito. Sentía que a medida que envejecía su tiempo menguaba, que él se enfriaba como un río de lava y que solidificado no podría presenciar tanta belleza

El desconocido

La miró desde lejos sin reconocerla. La luz del mediodía, filtrada como  a través de un papel japonés, era suave. María se dio la vuelta. La vio correr entre los árboles y cómo se giraba de vez en cuando como huyendo de algo o de alguien. Ahora, ella dio un traspiés y pensó que se caería, pero se apoyó con fuerza contra un tronco, abrazándolo. Encendió un cigarrillo, pero sin dejar de observarla. El viento susurraba entre las hojas y le enredó el cabello que le tapaba la cara. Corría y corría asustada. Él pensó que sentía miedo, un miedo irracional. Desde donde estaba, podía mirarla sin problema mientras hacía aros con el humo, que se iban desvaneciendo en el aire. Por un instante se olvidó de ella, que seguía corriendo como poseída. Después ella se enredó con algo parecido a raíces vegetales que se ocultaban entre la hojarasca del suelo; un hombre al que no reconoció la tomó entre sus brazos. Entonces María despertó y él se desprendió del sueño.

El aniversario

El sol se colaba a través de la persiana en haces desordenados; un polvillo dorado inundaba el espacio entre la cómoda y los sillones. Le dolía el brazo doblado bajo la almohada, pero se quedó quieta, agazapada en sus recuerdos; veía las hojas de la bignonia, y los gorriones dando saltitos en el alféizar de la ventana. El día amenazaba por hacerse presente a su pesar. Cerró los ojos aun sabiendo que ya no podría acudir al sueño que últimamente le cerraba el paso, de modo que las noches se le hacían eternas y los días insoportables. El reloj de péndulo de la escalera dio la hora, que sonó a amenaza. Sin ya recurso alguno, sin ganas, se tiró de la cama y abrió la ducha: el agua corría mientras una cucaracha daba vueltas en el remolino; sintió nauseas y un escalofrío. Tras cerrar la puerta bajó las escaleras hacia el café negro, humeante que necesitaba. Se derrumbó en el sillón de mimbre que Pablo se había empeñado en poner en la cocina. “Así, cuando te canses, te sientas y listo”, le había dicho frente a sus protestas. Cerró los ojos y dijo en voz alta: Pablo, como si él pudiera acudir a rescatarla; después, más bajito, fue como una letanía: Pablo, Pablo, Pablo…. El sonido del teléfono la devolvió a la realidad. “Mamá, te recogemos en media hora”. “Tan pronto”, se oyó decir. Su hija tenía razón, después el cementerio se ponía imposible de gente. Luego se enfadó y dijo en voz alta, como si él pudiera oírla: ¡”Pablo, a quién se le ocurre morirse el Día de Todos los Santos”!

El espejo roto (relato corto)

Las avispas zumbaban allá abajo. En el jardín, los helechos formaban un alto tapiz; los gorriones iban de un árbol a otro en vuelos cortos sin aparente sentido. Las arañas tejían sus telas y, a pesar de ese trajín, todo parecía paralizado, sordo, sin sonido. Pero al salir, al abrir la puerta el sol la cegó y se paró aturdida, mareada. El día había comenzado sin ella. Y ella se volvió arrepentida. Dentro de la casa bajó las persianas. En la cocina miró por la ventana, el toldo del patio interior la protegía de la luz y se quedó quieta en la puerta; bajó los escalones y se dejó caer en la tumbona, El toldo estaba sucio, pensó al mirar hacia arriba. De las cocinas vecinas le llegaba los ruidos apagados, aún era temprano, se dijo, aunque algunas cocinaban ya preparando las comidas. Ella no tenía para quién cocinar, mejor, pensó; encendió un cigarrillo y tiró la ceniza sobre las piedras blancas. Pensó en los cantos rodados de los ríos, en el canal y en los baños del verano, allá en el pueblo de sus abuelos. Sintió su vida de pronto como una losa. Y se pensó como un espejo roto.

Acunándose (relato corto)

Despegados, así lo dijo él. Se lo dijo por la mañana, mientras ella de espaldas preparaba el desayuno de los niños. Una greña del pelo le caía sobre la cara y el sudor de la frente le entraba en los ojos. Recordó que aquel día la radio había anunciado los cuarenta grados, mientras él le reprochaba su ausencia, su desgana, su despego. Oyó las gritos de los niños que, desde el jardín, jugaban y se perseguían alrededor de la charca. Julián, el niño del vecino, saltaba sobre el agua sucia. Andrea entró, hecha un mar de lágrimas, porque Antonio la había empujado sobre la gravilla y le sangraba la rodilla; la sentó en la mesa, le sonó la nariz y le curó la herida mientras las gotas saladas le escocían los ojos; se restregó la cara con el dorso de la manga mientras oyó el portazo de la puerta. ¡Vete a la mierda!, pensó llena de rencor. Sentada ya en la oscuridad del patio, buscando algo de frescor, pensó también  en que nadie la había avisado, en que nadie le había dicho que ese era el futuro que le esperaba. Los niños dormían, oyó a los grillos y sintió que el calor pegajoso no daba tregua alguna. Sabía que no podría dormir y supo que aquel portazo iba a ser definitivo, que él no volvería y se sintió tan aliviada que comenzó a cantar bajito una nana como acunándose a sí misma.

Cosas que pasan(relato corto)

Apenas fue como una ráfaga de aire. Aquella mañana un hombre cualquiera tropezó con una piedra al ir al trabajo. A punto estuvo de caer, pero un hombre desconocido le sujetó por la espalda; cuando se giró agradecido, aquel hombre había acelerado el paso y apenas tuvo tiempo de darle las gracias. El reloj de la plaza dio la hora y supo que llegaba con retraso. Ese hombre cualquiera que estuvo a punto de caer, a su vez aceleró el paso y mientras lo hacía se dio cuenta de que su reloj atrasaba un cuarto de hora. Sin duda se había dormido y temió llegar tarde a la oficina. A medida que avanzaba por la ancha avenida de plátanos y de castaños de indias oyó de nuevo el reloj que dio los cuartos; con gesto mecánico miró su muñeca desnuda. No llevaba reloj. Empezó a sudar y viendo que el tiempo se le echaba encima comenzó a correr. Cansado por el esfuerzo se paró y se encontró de nuevo en medio de la plaza, y de la torre se oyeron nueve campanadas. Avanzó y avanzó exhausto y se halló  enfrente de su casa. Subió las escaleras que encontró llenas de gente y llegó a su dormitorio; tendido en la cama estaba él con el rostro pálido; le estaban amortajando. En la mesilla de noche el reloj marcaba las nueve en punto,

Lobo lunar

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Lobo olisqueó la primavera; su sensible olfato de radar rastreaba kilómetros y kilómetros a la redonda con solo levantar la cabeza. Al salir de la lobera, sorteaba en su carrera los charcos que la lluvia de la noche anterior habían formado aquí y allá. Gotas de rocío brillaban como luceros de la mañana y sintió las que se estiraban desde las hojas de los robles hasta caer sobre su lomo como lágrimas matutinas. Se desperezó arqueando su cuerpo al tiempo que su estómago vacío le mandó un aviso urgente; sus patas traseras, como flechas en un arco tensado al máximo, le lanzó sobre las rocas de aquel risco desde donde divisaba todo el valle. Había comenzado la caza.

Lobo Lunar

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Lobo Lunar seguía soñando en la lobera. Desde afuera, el gemido del viento helado se colaba por las rendijas y hendiduras horadadas de las rocas. Era lo más parecido al silbido del pastor que recordaba. En su sueño profundo del invierno, los badajos de los cencerros de las ovejas sonaban como cristal del hielo de las charcas; se miraba en los trozos multiplicadores donde la Luna se reflejaba partida en mil pedazos para que él la recompusiera y los fuera ordenando para saber que habría otras lunas, y otras y otras. Ahora el tiempo era una línea continua hasta que los hielos se aflojaran dejando charcos dulces de aroma de sangre caliente y el balido de las ovejas horrorizadas. Pero aún no era el tiempo del sacrificio, era tiempo de soñar tiempos pasados donde aullaba a la Luna mientras ella, plena, radiante, lo miraba desde arriba sin saber nada del depredador que la adoraba.