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Las lechuzas

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Desde la tumbona, el cielo, por la contaminación lumínica, es una masa difusa. Solo a lo lejos se veía el resplandor de la ciudad causante de esa carencia a la que estamos acostumbrados. Hacía solo unos días que habíamos vuelto de Lanzarote, donde por primera vez en toda mi larga vida había asistido al resplandor de la oscuridad, al hecho asombroso de ver el cielo tal como es: un tapiz cuajado de estrellas que titilan sin parar. Íbamos andando por una carretera desierta desde la urbanización al pueblo costero más cercano con idea de cenar allí; el campo era un desierto de lava volcánica sin ningún signo de civilización en kilómetros a la redonda, nada ni una casa, solo cielo y tierra y al mirarlo me sentí tan abrumada por aquella inesperada belleza que rompí a llorar; el corazón me latía con fuerza, hipnotizada no podía apartar la vista hasta que sentí dolor en el cuello. Y ganas de caer de rodillas y rendir así mi homenaje al espectáculo más hermoso que nunca había visto. ¡Qué pequeños somos, pensé!, al tiempo que me invadía un extraño sentimiento de serena felicidad. Después, fue una borrachera de sensaciones. Sabía que nunca podría olvidar esa noche en la que descubrí el firmamento. Ahora, observo desde la terraza del ático el mismo cielo, pero al que hemos tapado en pago por la “civilización”. Aun así la noche es tranquila; en la terraza y en silencio miramos sin ver más que eso que se parecía al cielo, pero que no es más que un remedo. De pronto, desde detrás de una de las chimeneas del tejado, dos lechuzas pasaron por encima de nuestras cabezas en un vuelo rasante que nos dejó sin palabras.¡ Qué hermosas eran! Sin duda era un regalo de la diosa de ojos glaucos, Atenea, que se repitió varias noches seguidas.

Sobre la farola

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Fotos, Bárbara

Esta pareja de palomas acuden todos los días a tomar el sol o a descansar sobre esta farola delante de casa. Ayer por fin les pude hacer unas fotos porque ellas no se están quietas mucho tiempo. Delante de casa hay unos eucaliptos enormes y de ahí van y vienen en un vuelo que se repite una y otra vez. Curiosamente acuden siempre a la misma farola, teniendo como tienen donde elegir, debe ser que les gusta esta orientación, cualquiera sabe. Una de ellas, como sabiendo que les observaba, se giró y me dio la espalda o el culo con total desprecio. Igual quería mantener el anonimato y tiene todo el derecho, quién soy yo para romper su intimidad…

La danza de las medusas

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De pequeña, cuando vivíamos en Ciudadela, en la isla de Menorca, íbamos a bañarnos a una cala próxima donde, a veces, alguien conseguía coger alguna y las metía en un cubo; para los niños era todo un espectáculo salvo si te rozaba alguna, entonces llorabas a rabiar. Las hay tan bonitas que parece que no son de este mundo, parecen naves espaciales trasparentes y las hay tantas y tan variadas, que en sus movimientos propulsores imitan una danza que solo ellas conocen; si pudiera ponerles música les pondría algún vals de los Strauss por sus cadenciales movimientos.

Cielo y tierra

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Fotos, Jero.

Mi querido primo Jero me ha enviado estas dos fotos. La primera, espectacular, con esos dos pájaros y esa estela de un avión. A veces me pregunto qué sentirán las aves en general cuando ven su medio invadido por pájaros metálicos, tan raros, que hacen un ruido ensordecedor. Y la segunda creo que no la he puesto, pero si es así no me importa demasiado, porque las amapolas son, con su fragilidad, una de mis flores preferidas, aunque de todas las dalias y los crisantemos se llevan la palma para mí.

No siempre el pez grande se come a los pequeños

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Fotografía, Jero García

Bonita  y refrescante fotografía que desmiente el dicho de que el pez grande se come al pequeño; en este caso o es un ejemplo de buena convivencia o es que el grande estaba haciendo ya la digestión después de haberse dado un buen festín. ¡Me encantan tus fotos Jero! Mi abuelo materno, gran amante de los animales, en el jardín de su casa tenía un estanque con carpas y cuando decidía limpiar el estanque las llevaba a la bañera del aseo, de modo que más de una vez cuando iba a ducharme me encontraba con las carpas nadando a sus anchas. El abuelo también era cazador y tuvo siempre perros de raza y el que yo recuerdo era un setter de caza, precioso de color canela, que cuando oía el primer disparo salía  escopeteado hacia la casa, nunca mejor dicho, se ve que el pobre a pesar de su pedigrí era más bien pacifista y eso de la sangre ajena le gustaba poco, cosa que a mi entender decía mucho a su favor.

Matilda, una galápago feliz

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Fotografías de Jerónimo García: “Galápago”

En la primera foto se la ve tan feliz y espatarrada que hasta cierra los ojillos de puro placer. No sé bien porqué pienso que es fémina y puestos a imaginar le he bautizado con el nombre de Matilda; creo que le queda bien. No solo a los bañistas humanos nos encanta nadar, refrescarnos y relajarnos después; a esta galápago también le encanta, después del ejercicio, tomar el sol sobre esa roca, y así los mantiene cerrados también como si concentrada en el momento lo disfrutara a tope. Ellos o ellas no necesitan ni toallas ni protectores solares; la naturaleza, que es muy sabia, les ha proporcionado una concha a prueba de rayos malévolos y una piel a prueba de bombas. ¡Las hay que tienen suerte! ¡Mil gracias Jero por tus estupendas fotografías!

 

 

Mariposa

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Estas fotos son de Jerónimo García, mi querido corresponsal en Ceuta, en las que se aprecia el BN y el color. Y en este caso sí que no sé con cual quedarme, si tuviera que elegir entre una u otra, aunque posiblemente con la primera, cuya elegancia le gana al color. Es lo que tiene el BN, esa fuerza tan maravillosamente basada en los contrastes y en los grises, igual que en la vida. !Muchas gracias, Jero!

Lobo Lunar

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Lobo Lunar encendía la noche con sus aullidos; a su alrededor el mundo  enpequeñecia, y cuando salia solo de la lobera, cuando la manada dormia, era un rehén  de su propio miedo. Sobre el peñasco habitaba el azul y mientras la luna se recortaba, él veía mundos gigantes que se aproximaban a la tierra. Era el sueño que despierto le perseguía, que le mantenía no obstante aferrado a la tierra, paralizado, pero lúcido añorando esas otras lunas que jamás visitaría; ellas flotaban a su alrededor como globos gigantes y el eco de sus aullidos resonaban en un espacio cada vez más finito. Sentía que a medida que envejecía su tiempo menguaba, que él se enfriaba como un río de lava y que solidificado no podría presenciar tanta belleza

Caballitos de mar o hippocampus

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Como los camaleones, los caballitos de mar cambian de color

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Un caballo de mar pariendo

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Como una parejita dando un paseo

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Por la forma del abdomen parece un macho, el de la hembra es puntiagudo. El colorido es fabuloso.

Ahora que la palabra de moda es “fluir” y que se utiliza para todo, pues yo también fluyo y me dejo ir por el tema de los océanos. Y es aquí donde se encuentran estas otras criaturas maravillosas y bellas hasta lo impensable. En lagunas grandes de agua salada como el Mar Menor había caballitos y tuvimos uno en casa precioso disecado, que olía a pescado y a mar y que un día, ante nuestro horror, se comió la perra que entonces teníamos.

La mitología contribuye a convertir al hipocampo en uno de los más curiosos animales que existen. Su alimentación se basa en plancton y en pequeños crustáceos que ingieren enteros, ya que carecen de dientes, aspirándolos y tragándolos enteros. Su cola es prensil lo que les permite aferrarse a la vegetación marina, enroscándola a ella. Otra singularidad es que poseen en sus cabezas unos relieves llamados coronas y que son únicas en cada ejemplar. Pero lo más curioso y sorprendente es que son los machos los que se quedan preñados y paren. Tras la danza ritual de apareamiento, los hipocampos cambian de color para poder ocultarse buscando la intimidad. Y es entonces cuando la hembra deposita los huevos en el torso del macho, donde tiene una bolsa incubadora, tras haberse ambos enroscado.

Plinio el Viejo  les atribuía propiedades curativas en su Historia Natural y los chinos afrodisíacas.

 

Medusas, ese milagro

 

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Maravillosas criaturas que desde pequeña me han entusiasmado. Las hay tantas, de tantas clases, tamaños y colores que sus transparencias y movimientos sugieren todo un mundo aparte como si fueran de otro planeta, sin darnos cuenta de que realmente desconocemos parte importante de nuestros océanos. Debo decir que, si hubiera nacido en otra época, mi vida se hubiera orientado hacia la oceanografía o cualquier otra actividad que tenga que ver con el mar. El mar lo llevo en los genes, porque tuve un tío marino mercante y un abuelo gallego farero, cuando los faros no estaban automatizados casi en su totalidad. Y por suerte, de pequeña y jovencita, siempre viví a orillas del Mediterráneo y después en el Cantábrico. Sin embargo, la madurez me privó de lo que más amo, aunque ahora, sin nada que me ate a esta tierra, quisiera plantearme volver al mar al que tanto añoro. A veces pienso que, a falta de él, se me están secando las escamas del alma… y eso no me gusta un pelo.