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De película de Hitchcock

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Foto, Jero García

La reunión de pájaros, en este caso palomas, nos evoca la película de Hitchcock en la que dicha reunión nada bueno presagiaba. Si bien es cierto que esa quietud era inquietante porque los pájaros como convocados, por no se sabe que impulso, de repente se volvían furiosos atacantes de los humanos, al mismo tiempo que se precipitaban y chocaban contra los objetos de manera que, a la vez, parecía un suicidio colectivo. La comunicación entre animales de una misma especie es bien sabida como en el caso de los delfines y, me pregunto si sucede en todas ellas. Lo curioso de la película “Los pájaros” es que estos parecen obedecer una orden, pero de quién… o mejor dicho por qué sienten la necesidad de atacar si no son atacados, si no lo hacen como lo harían los depredadores… En fin como diría mi admirado Julio Cortázar: ¡me encantan los puntos suspensivos! Y a ti Jero un sinfín de gracias por tus fotos tan evocadoras.

EL vuelo de la gaviota

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Foto, Jesús Juárez.

¡Qué ganas ya de mar, de aire que sabe a sal, de olas y de pájaros marinos que planean sobre las olas! Todo esto me sugiere esta preciosa foto de Jesús, mil gracias, como siempre. Si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, sobra lo que pueda decir, ella lo dice todo.

LA SALAMANQUESA

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Fotos Bárbara

Sé que por el jardín de casa hay varias salamanquesas que de vez en cuando se dejan ver como esta. Y ahora debe ser época de cría porque las he visto muy pequeñitas. En Aragón las llaman dragones y eso me hace mucha gracia. Guapas, lo que se dicen guapas no son, pero si muy majas porque se comen mosquitos y otros bichejos desagradables. A mi desde siempre me han gustado mucho, pero son tan rápidas y se esconden al menor ruido, que no me da tiempo de poder contemplarlas como quisiera. Creo que les encanta tomar el sol, lástima que sean tan vergonzosas.

El desconcierto de Lobo

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Lobo se encontraba en una situación inusual. El tiempo pasado en la lobera cuando el frío invadía la tierra dejaba paso a una primavera inaceptable. Jamás había vivido algo parecido. Sus pezuñas se hundían en el barro y notaba que en el aire, a veces, olía diferente; constató que ya no nevaba y que las tormentas invernales habían desaparecido para dar paso a otra estación. Y su memoria animal o su instinto le empujaba a subir a los riscos en busca de presas. Lobo se despertaba con un rugir de tripas que le anunciaba algo inevitable e ineludible: tenía un hambre canina que tenía que saciar. Y menos mal que, ya viejo, no tenía alrededor pequeños lobeznos que alimentar. Por un instante añoró tiempos pasados, pero recordó que entonces las estaciones se sucedían de forma regular. Hacía tiempo que no aullaba a la luna y ahora, que ya era el momento, sucedía algo que no sabía explicar. Un día notaba calor y al siguiente una lluvia torrencial que salpicaba hasta su guarida le dejaba inerte en el fondo contemplando con asombro esa tormenta propia de los trópicos. Su pensamiento, entonces ensimismado, le llevó a la conclusión de que el tiempo se había vuelto loco o que él estaba como una cabra. ¡Y esto último si que no!

Una tortuga que es tortugo

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Foto, Jero

El término animalista, la verdad, no me suena bien, no me gusta, pero como ahora todo se simplifica estilo sajón, pues eso. Yo me siento defensora de los animales, los adoro, pero no me veo como “animalista”, será por la edad. El caso es que me chiflan las tortugas y los caracoles, las dos especies tan tranquilas, llevando a cuestas su casa, lo cual me parece el summum de la inteligencia y progreso, y si no, piensen que son los únicos animales que van con su rulotte a todas partes. Que hace mal tiempo, pues adentro y listo. Por su forma de vida vegetariana, no hacen daño a nadie salvo a los tomates y a las lechugas; no sufren estrés, pues su andar lento contribuye a ello de forma importante. Sexualmente tampoco tienen aceleros, eso de aquí te pillo y aquí te mato, no, nada de eso, podían estar de coyunda horas y horas. En verano, en las noches calurosas los sacaba del terrario y los dejaba pacer a su antojo, los regaba bien y se quedaban en la gloria. De la vida sexual de las tortugas no sé nada, pues siempre que he tenido ha sido de una en una. Esta de la foto, que es tortugo, me la envía Jero desde Ceuta y, como es casi inevitable, se llama Legionario. Por qué digo esto último, pues porque una de las sedes de la Legión ha estado y está en Ceuta, ciudad que, dicho sea de paso, César Manrique dejó preciosa. ¡Y qué bonita su concha! Y conste que por naturaleza soy pacifista cien por cien.

Las lechuzas

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Desde la tumbona, el cielo, por la contaminación lumínica, es una masa difusa. Solo a lo lejos se veía el resplandor de la ciudad causante de esa carencia a la que estamos acostumbrados. Hacía solo unos días que habíamos vuelto de Lanzarote, donde por primera vez en toda mi larga vida había asistido al resplandor de la oscuridad, al hecho asombroso de ver el cielo tal como es: un tapiz cuajado de estrellas que titilan sin parar. Íbamos andando por una carretera desierta desde la urbanización al pueblo costero más cercano con idea de cenar allí; el campo era un desierto de lava volcánica sin ningún signo de civilización en kilómetros a la redonda, nada ni una casa, solo cielo y tierra y al mirarlo me sentí tan abrumada por aquella inesperada belleza que rompí a llorar; el corazón me latía con fuerza, hipnotizada no podía apartar la vista hasta que sentí dolor en el cuello. Y ganas de caer de rodillas y rendir así mi homenaje al espectáculo más hermoso que nunca había visto. ¡Qué pequeños somos, pensé!, al tiempo que me invadía un extraño sentimiento de serena felicidad. Después, fue una borrachera de sensaciones. Sabía que nunca podría olvidar esa noche en la que descubrí el firmamento. Ahora, observo desde la terraza del ático el mismo cielo, pero al que hemos tapado en pago por la “civilización”. Aun así la noche es tranquila; en la terraza y en silencio miramos sin ver más que eso que se parecía al cielo, pero que no es más que un remedo. De pronto, desde detrás de una de las chimeneas del tejado, dos lechuzas pasaron por encima de nuestras cabezas en un vuelo rasante que nos dejó sin palabras.¡ Qué hermosas eran! Sin duda era un regalo de la diosa de ojos glaucos, Atenea, que se repitió varias noches seguidas.

Sobre la farola

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Fotos, Bárbara

Esta pareja de palomas acuden todos los días a tomar el sol o a descansar sobre esta farola delante de casa. Ayer por fin les pude hacer unas fotos porque ellas no se están quietas mucho tiempo. Delante de casa hay unos eucaliptos enormes y de ahí van y vienen en un vuelo que se repite una y otra vez. Curiosamente acuden siempre a la misma farola, teniendo como tienen donde elegir, debe ser que les gusta esta orientación, cualquiera sabe. Una de ellas, como sabiendo que les observaba, se giró y me dio la espalda o el culo con total desprecio. Igual quería mantener el anonimato y tiene todo el derecho, quién soy yo para romper su intimidad…

Texturas

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Fotografía, Bárbara

La piel sintética es tan lograda que parece real. Si bien es cierto que no abriga como la piel auténtica. Defensora como soy de la vida animal, a estas alturas, que hay ya tanta conciencia de que es un crimen matar animales para conseguir su piel, esta manta sintética con la que me tapo y arrebujo para ver las películas que me gustan, es super agradable de tacto y, como dice mi nieta es de piel de lobo. Cuando la acaricia, pienso en mi lobo lunar y me digo que ojalá nunca se vuelva a matar a ninguno para la satisfacción egoísta y cruel de algunos.

Pavanas o gaviotas

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Pavanas sobrevolando Ceuta; otras fotos de Gero que ya es un clásico en el blog. En Ceuta a las gaviotas se les llaman pavanas, debe ser por su vuelo que tiene la cadencia de esa música y danza del Renacimiento así llamada. Quiero aclarar que en el diccionario Jero o Gero está admitido escribirlo con j o con G ¡Muchísimas gracias guapísimo!

La danza de las medusas

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De pequeña, cuando vivíamos en Ciudadela, en la isla de Menorca, íbamos a bañarnos a una cala próxima donde, a veces, alguien conseguía coger alguna y las metía en un cubo; para los niños era todo un espectáculo salvo si te rozaba alguna, entonces llorabas a rabiar. Las hay tan bonitas que parece que no son de este mundo, parecen naves espaciales trasparentes y las hay tantas y tan variadas, que en sus movimientos propulsores imitan una danza que solo ellas conocen; si pudiera ponerles música les pondría algún vals de los Strauss por sus cadenciales movimientos.