El universo ornamental de Gaudí se nutre de la naturaleza tanto vegetal como animal, reverenciando la belleza del mundo creado.
Toda la fuerza de esa mirada que contempló las injusticias y batalló para transformar la vida de los demás. Hace un mes y dos días se apagó esa hermosa mirada que ilumina, ya, la de tantas personas. La dulzura de esa mirada y de su acento canario, su empatía y su talante cordial hacían de él un ser cercano y cariñoso; lo dicen todos los que lo trataron, un ser con luz propia. Me lo imagino como estudiante de derecho en La Laguna, entre las brumas de esa ciudad, en alto, con acentos coloniales, forjando su pensamiento ético, su inquebrantable decisión de lucha por los derechos civiles. No en vano fue secretario de Movimientos Sociales y Relaciones con las ONG y miembro de la Ejecutiva Federal de PSOE; y él, el que convenció al entonces presidente Zapatero de que se debía aprobar la ley de matrimonio homosexual. Una ley que ha cumplido diez años y que ha sido inspiración y precursora de otras en todo el mundo. Pocas veces los españoles nos hemos sentido más orgullosos de una ley que por fin iba a hacer justicia. Una ley que nos hace iguales. Pedro Zerolo hizo de los derechos civiles su lucha valiente y tenaz, de su vida un ejemplo de insobornable ética. La sociedad avanza gracias al tesón de seres como Pedro y, aunque nos falte esa mirada, su obra está ahí para hacer mejor las vidas de los demás.
Tengo un problema a pesar de la ola de calor insoportable, sigo teniendo necesidad de comer a mis horas; claro que me abstengo de pensar en los platos contundentes que me gustan y, para subsistir, nada mejor que una ensalada como esta, sana, poco calórica -solo faltaría- y poco gravosa para el bolsillo.
Ingredientes: 1 cebolleta, 1 bote de judías blancas ya cocidas, algas, tápenas, mostaza de Dijon, mojo rojo, aceite de oliva, vinagre de manzana.
En un bol ponemos las judías blancas lavadas y escurridas. Las aliñamos con un chorrito de aceite, vinagre y mostaza; agregamos la cebolleta cortada, así como las algas hidratadas en agua durante media hora y las tápenas en la cantidad que queramos. Sazonamos con mojo rojo y removemos para mezclar bien todos los ingredientes. Así de sencillo. Metemos la ensalada en la nevera durante unas horas antes de servirla y de un día para otro está estupenda.
Un dato: las judías blancas ayudan a perder peso.
La línea suelta, mágica de los grandes maestros del Renacimiento italiano como Tiziano, Veronés y Tintoretto, que tanto admiraba Rubens, tiene en común el don inasible que hace tan actual lo clásico: la perfección de unos trazos que el pintor flamenco del siglo XVII hace suyos.
Admirables estos dos dibujos de Rubens desde los que emerge toda su extraordinaria sensibilidad.
No es, ya se ve claramente, pero estos días cualquier cosa nos lleva a Grecia. Con lo que está cayendo lo mejor ha sido la consulta al pueblo, digo yo que para eso somos demócratas. No me voy a posicionar a favor o en contra de tal o cual postura, sí firmemente en la consulta en las urnas. Si pertenecer a la UE supone cesión de soberanía, vale, pero nunca a costa de ceder el poder, todo el poder, que reside en el pueblo; los europarlamentarios están elegidos democráticamente, vale, pero en cuestiones fundamentales no se puede soslayar este paso por las urnas. Que otros pretendan tener cautivas las voces de los pueblos, no.
Roger de la Pasture o lo que es lo mismo (traducido al flamenco) Rogier Van der Weyden, pintor flamenco, maestro indiscutible -sin olvidar a Jan Van Eyck- de mediados del siglo XV fue el genio que más influyó en toda la pintura europea de su tiempo. Discípulo aventajado de Robert Campin dota a su pintura de una carga dramática intensa y de una emotiva muestra de sentimientos. El realismo de las figuras volumétricas, la viveza de los colores prodigiosos (los azules y verdes de pigmentos de piedras semipreciosas) y el detalle de las ricas telas en sus plegados, la perfecta composición de las distintas figuras hace que ante esta obra nos sintamos sobrecogidos, no tanto por el tema religioso, como por lo que de sobrenatural tiene; tal maestría parece de otro mundo. Al sellar el fondo con panes de oro y evitar así posibles distracciones, coloca todas las figuras en primer plano, sin que ninguna estorbe la visión de las otras. En El desposorio de la Virgen (Museo del Prado) coloca una figura de espaldas en primer plano, cerrando y unificando el espacio de forma magistral.
El Descendimiento tuvo muchos pretendientes, entre ellos Felipe II que, al no conseguirlo, hizo hacer una copia para el Monasterio de El Escorial; hasta 1574 el cuadro no pudo ser adquirido por la corona española gracias a María de Austria. Ahora se puede admirar en el Museo del Prado maravillosamente restaurado. Para cualquier persona que sienta pasión por el arte, entrar en los talleres de restauración del Prado es un sueño; yo pude hacerlo cuando precisamente se estaba limpiando esta maravilla; es de esos momentos en los que una se siente anonadada, emocionada, insignificante y clavada al suelo sin ni siquiera querer respirar: momento inolvidable.
La hoja del plátano, así ondeando al viento como una bandera vegetal para saludar y dar las gracias a todos los amigos y seguidores de la Estirga Burlona que lo han hecho posible. Sé de buena tinta que ella, subida a una de las torres de Notre Dame, está muy contenta observando a los miles de turistas que en el Parvis esperan su turno para subir hasta lo alto. Y desde allí os manda un beso y yo, emocionada, un millón de gracias.
La expresión «estar hecho un pincel» en España significa estar impecablemente vestido, lo mismo que Matisse trabajando en su taller, con botas, chaqueta y no sé si pajarita. Siempre se ha dicho que el pintor tenía el aspecto pulcro de un profesor de la Sorbona y no de un pintor bohemio. Sea como sea Matisse «está hecho un pincel» y, con ellos en la mano, la frase le sienta muy bien.
La gran Frida Khalo dijo cosas muy hermosas, pero hay dos que demuestran su gran sentido del humor. Una de ellas: «Quise ahogar mis penas en licor, pero las condenadas aprendieron a nadar» . Y esta otra: «Doctor si me deja tomar este tequila le prometo no beber en mi funeral».

Cristóbal Hall : «Retrato de Mariano de Cossío», c. 1925. Óleo sobre lienzo, 61 X 51 cm. Colección particular, La Laguna.
El pintor inglés Cristóbal Hall se enamoró de España. Hijo de un noble que fue ministro de la corona tuvo lo que hoy calificaríamos de una vida azarosa, pero apasionante. Herido y mutilado en la Gran Guerra tuvo que pasar dos años en un hospital militar. Se recuperó en casa de Carl Gustav Jung, amigo de la familia, e inició una serie de viajes por Francia y España. En su estudio de Valladolid, allá por la segunda mitad de los años veinte, se reunían, junto con los hermanos Cossío, el poeta Jorge Guillén, el músico Félix Antonio, el pintor Sinforiano del Toro… unidos por las ansias de la renovación artística que recorría Europa. Gran amigo del pintor Mariano de Cossío, Hall fue el impulsor de su carrera; gracias a su aliento, comenzó a pintar de forma continuada y a demostrar su enorme talento, que permaneció oculto durante años por la guerra civil española; como para tantos artistas, la guerra fue demoledora. La amistad entre ambos y el talento dieron como resultado estas dos obras: el retrato que Hall le hizo y el autorretrato de Mariano de Cossío, en última instancia también responsabilidad del pintor inglés, por ser el motor impulsor de la obra de su amigo, aunque el autorretrato esté fechado, años después, en 1943.
Mariano de Cossío perteneció a una fecunda familia de intelectuales vinculados a la Institución Libre de Enseñanza, a la Residencia de Estudiantes de Madrid y a la generación del 27.
Dos retratos, dos amigos y una amistad; un inglés del condado de Kent y un vallisoletano. Un solo modelo: Mariano de Cossío.