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Henri Michaux

Henri Michaux:

Henri Michaux: Sin título, 1955. Acuarela y gouache sobre papel Arches, 37 x 56.

 

Henri Michaux:

Henri Michaux: “Composition”, 1959. Tinta china sobre papel japonés, 42 x 58.

 

Henri Michaux es una figura controvertida de las letras francesas. Aunque nacido belga, obtuvo la nacionalidad francesa en 1954 y, diez años después, es galardonado con el Gran Premio Nacional de las Letras francesas. El mundo de Michaux, poblado de palabras e imágenes, está influido por El Bosco, Lautréamont, William Blake y Goya, además de los surrealistas y de Jarry. Realidad extrema y pesadilla, ironía, sarcasmo y desgarrado lamento son algunos de los ingredientes de su poética, del que ha sido considerado uno de los grandes poetas del siglo pasado. El mundo sensorial experimentado por Michaux en una busqueda interior sin fin se veía potenciado por las drogas, como la mescalina o el cannabis, volcando sus experiencias en libros como “Les grandes épreuves de l’esprit”, “Misérable miracle” y “L’infinit turbulent”. Viajero infatigable, su posición y relación con el mundo físico es igualmente registrado y analizado en una visión paralela. Artista independiente y sin adscripción a movimiento alguno es una nota suelta de absoluta libertad y soledad buscada. Enigma y secreto que él cultivó, presiden su vida, y su primer libro, “Qui je fus”, publicado en 1927, ya desconcertó tanto a los lectores como a la crítica; tuvieron que pasar treinta años para que Gäetan Picon lo considerara uno de los cuatro grandes de la última poesía francesa junto a René Chard, Francis Ponge y Jacques Prevért. Pero Michaux no solo fue un poeta, sino que la pintura forma parte, desde mediados de los cuarenta, de su quehacer, creando un universo que tiene a Miró como inspiración y el automatismo surrealista como un medio para una ejecución rápida, concentrada de signos, manchas que derivarán en la abstracción. No es extraño que admirara la caligrafía japonesa y que inventara su propia caligrafía en un nuevo lenguaje. La poesía deliberadamente prosaica y su combinación con dibujos dieron un impulso renovador al panorama artístico en el que iba alternando sus exposiciones con sus breves “plaquettes” poéticas como esta:

Yo era una palabra que intentaba avanzar a la velocidad del pensamiento.

Las amigas del pensamiento estaban presentes. Ni una quiso apostar por mí, y

eran más de seiscientas mil que me miraban riéndose.

Le Lapin agile (Le Lapin à Gill) II

Interior de "El Lapin agile". Escuchando al Père Frédé, Midigliani, Francis Cascs, Paul Fosrt y Gaston Conté

Interior de “Le Lapin agile”. Escuchando al Père Frédé, Modigliani, Francis Casco, Paul Fort y Gaston Conté

La historia del más famoso cabaret de Montmartre, “Le Lapin Agile”, se remonta al año 1872 cuando el lugar se llamaba “À ma campagne” y su propietaria era una antigua bailarina de cancan llamada Adèle. En 1880 se conocía como “Cabaret des assassins” y su propietario encargó al caricaturista André Gill un cartel para la fachada de su local; el artista pintó un conejo escapándose de una cazuela. El cartel tuvo tanto éxito que se empezó a conocer como “Le Lapin à Gill” (El conejo de Gill) que con el transcurso del tiempo se convirtió en “Le Lapin agile” (El conejo ágil).

André Gill. öleo sobre tabla. 151 x 111. Museo de Monmartre.

André Gill. öleo sobre tabla. 151 x 111. Museo de Montmartre.

A principios del siglo pasado, el matrimonio Berthe Sébource y Frédéric Gerad, apodado Le Père Frédé, se hacen cargo del cabaret. Le Père Frédé, personaje pintoresco, reunía en el local a artistas como Braque, Modigliani, Max Jacob, Picasso, Utrillo, Apollinaire… junto a su fauna particular, una corneja amaestrada, el mono Théodule, la cabra Blanchette, un perro, varios ratones blancos y, el más famoso de todos, el asno Lolo, nombrado el pintor Boronali por un grupo que frecuentaba el local; al burro le ataron un pincel en el rabo con el que pintó un lienzo que llevaron y se expuso en el Salón de los Independientes, con el título: “Coucher du soleil sur l’Adriatique”, que tuvo un gran éxito de crítica. Le Père Frédé, excéntrico y peculiar, calzaba zuecos y lucía una larguísima barba blanca, alimentaba a sus artistas a cambio de poemas, canciones, dibujos y cuadros que se colgaban en las paredes del local.

Interior del establecimiento

Interior del establecimiento

En las humildes paredes del local se colgaron cuadros que hoy están en los mejores museos del mundo. Picasso colaboró con dos obras,  entre ellas la excelente “La femme à la corneille”, retrato de Margot Luc, hija de Berthe, y de la corneja amaestrada, a caballo entre la época azul y rosa.

Tertulia en el exterior.

Tertulia en el exterior. Modigliani junto al Père Frédé

En la actualidad está abierto al público, si tienen curiosidad está en el número 22 se la rue des Saules, al lado de los viñedos más antiguos de París.

Edgar Degas : más que bailarinas

Degas: "La tina", pastel sobre cartón, 1886. Museo d'Orsay, París.

Degas: “La tina”, pastel sobre cartón, 1886. Museo d’Orsay, París.

Edgar Degas (París, 1834-1917) fue enterrado en el cementerio de Montmartre, en el panteón familiar, en la intimidad y alguien del pequeño cortejo, en el que se encontraba su buen amigo Manet,  dijo: “Le gustaba mucho dibujar…”; creo que fue su amigo Forain el que lo dijo, como si resumiera una labor marcada por la línea. Dibujó y dibujó, tal como le había aconsejado su admirado Ingres en 1825: “Dibuje líneas, muchas líneas, ya sea de memoria o del natural”, Y así lo hizo. A Degas se le debe la más exacta y perfecta definición del arte : “El arte es el dominio del dolor por la belleza”. Dedicado en cuerpo y alma a la pintura, tras varios años en Roma, Nápoles y Florencia, copiando y estudiando a los maestros Tiziano, Veronés, Tintoretto, los frescos de Giotto en Asís, Botticelli, Mantegna…, se instala en Montmartre. En aquel momento las tertulias allí se celebraban en el café Guerbois en la avenida Clichy, lugar de encuentro de los impresionistas, entre cuyos contertulios se encontraban Manet, Cézanne, Pissarro, Sisley y los poetas Mallarmé, Paul Valéry…; Degas, como el mismo Manet, mantuvo, no obstante, sus propios criterios, como su rechazo a pintar al aire libre; en ese sentido se les puede clasificar más como pintores de caballete, de estudio.

En 1863, Félix Nadar era el fotógrafo de moda en París; los pintores vanguardistas se dieron cuenta de que la fotografía cambiaría la estética de la pintura; Degas fue de los pocos pintores que así lo reconocieron y pretendió captar la figura en movimiento al darse cuenta de las posibilidades que ofrecía la fotografía, con la que podría investigar la relación entre la figura y el espacio desde otra perspectiva. Con esa mirada nueva abrió puertas a la modernidad, consiguiendo llevar el realismo plástico a su apogeo, siempre desde su particular concepción del impresionismo.  La serie de bailarinas tuvo tal éxito en un París dominado por el baile de la Opera, los cafés-concierto que su marchante, el gran Durand-Ruel, le vendía todo lo que salía de su taller de la calle Victor Massé. La alta burguesía que compraba esos cuadros tenían a las bailarinas como objetos eróticos. En ese sentido sus desnudos causaron escándalo en la crítica más conservadora.

En esta admirable obra, “La tina”, el espectador observa a la muchacha desde arriba, captada en un momento íntimo. El pintor une en este cuadro dos géneros, la naturaleza muerta y el desnudo, con una disposición del espacio magistral, las curvas de la tina y de la mujer, las líneas verticales, la disposición de los objetos sobre esa mesa y el mango del cepillo que sobresale de la cómoda como nexo de unión de los dos espacios.

Manet: retrato de Berthe Morisot

Manet: "Berthe Morisot con sombrero negro"

Manet: “Berthe Morisot con sombrero negro”. Colección privada, París.

Edouart Manet se sirvió de la belleza de su cuñada, la pintora impresionista Berthe Morisot, para realizar unos magníficos retratos dentro del estilo realista; quizás el más conocido de todos sea este de “Berthe Morisot con sombrero negro”. La pintora se casó con el hermano pequeño de Édouart, Eugéne Manet.  Manet, considerado uno de los maestros del impresionismo, no se sentía dentro del movimiento. Fue su cuñada quién le instó a que saliera a pintar al aire libre al modo de estos. Entre ambos pintores se dio una gran complicidad y respeto mutuo. “Berthe  Morisot con sombrero negro” fue pintado en 1872; la pincelada suelta y la factura del retrato le debe a Velázquez parte de su delicado misterio.

“El nacimiento de Venus” de Sandro Botticelli

Fragmento de “El nacimiento de Venus” de Sandro Botticelli, Galería de los Uffizi. Florencia.

Sandro Filipepi ha pasado a la historia como Botticelli apodo con el que se conocía a su hermano mayor Giovanni por ser este -según decían las malas lenguas- como un botijo, bajito y rechoncho. Botticelli, el genial pintor del “quatrocentto”, nació en 1445 en el barrio de Santa María Novella, en Florencia. En el mismo barrio vivía la familia  de los Vespucci, amigos y protectores de los Botticelli. Sandro fue alumno del taller de Fra Filippo Lippi hasta que marchó a Spoleto. Más tarde en el taller de Verrocchio -de gran prestigio- entabla gran amistad con Leonardo da Vinci. En esa época coincidió también con Perugino.  Junto con Leonardo, se embarca en una aventura gastronómica -montaron un restaurante- que no tuvo éxito. En 1470 instala su propio taller en Florencia. Tuvo la protección de los Médicis. En la extensa producción de Botticelli destaca como obra de madurez la “Adoración de los Magos”  (Uffizi, Florencia) en donde aparece Juliano de Médicis  y un autoretrato del artista; la “Alegoría de la primavera”, pintada para la Villa di Castello  (hoy en los Uffizi), que se supone es la representación del amor entre Juliano de Médicis y Simonetta Cattaneo Vespucci; en ella las “Tres Gracias”, grupo de tres figuras femeninas, tradicionales en el arte griego y romano, tiene el virtuosismo de los velos que las envuelven logrado por ese linearismo leve que marca toda su obra; asombrosa es la composición de la “Madona del Magnificat” de los Uffuzi siguiendo el contorno del “tondo”; “Venus y Marte”, en la National Gallery de Londres, es otra de las obras más notables del genio.

Por último “El nacimiento de Venus” es para muchos la gran obra del pintor. Su modelo, Simonetta Vespucci -la neurótica fiorentina-, de gran belleza, tiene toda la fuerza viril que sus coetáneos reconocían al maestro en la ejecución de sus obras, virtud que curiosamente en el mundo contemporáneo se ha tildado de demasiado “femenina”. El elemento dinámico está presente en el viento a través de una pareja de Céfiros en vuelo, que agita el cabello de Venus, las ondas del agua y el manto de la Hora. El cuadro posee una belleza indecible: el trazado de la concha y la inestabilidad que aporta a la figura de Venus resultan portentosos. Solo “El nacimiento de Venus” justificaría una visita a los Uffizi.

El Maestro Zao Wou-ki

Zao Wou-Ki: “3-11-68” . Óleo sobre tela, 195×130 cm. Galerie de France, Paris.

Chao Wou-Ki será en Francia Zao Wou-ki, a donde llega con 27 años. Nacido en China en el seno de una familia noble, de intelectuales y banqueros, muy joven decidió dedicarse a la pintura influenciado por las obras de Cézanne, Matisse y Renoir. Procedente de China, llega a Marsella tras un viaje de más de un mes; su objetivo era París. En un principio vive en distintos lugares de Montparnasse y posteriormente encuentra un pequeño estudio en la rue du Moulin-Vert cerca del de Giacometti. Se inscribe en la Aliance Française para aprender francés. Instalado en París en 1948, comienza a pintar como los pintores franceses que tanto admiraba, pero poco a poco su sensibilidad se va encauzando hacia una abstracción muy personal llena de misticismo. La delicadeza oriental impregna sus obras de grandes formatos donde el color fuerte se degrada con una sutileza llena de matices de una gran belleza. Descubre y aprende la técnica de  la litografía, que le entusiasma. Viajero infatigable por Europa y Estados Unidos, las grandes galerías exponen su obra y traba amistad con pintores como Hartung, Miró, Tàpies, Chillida… Sus paisajes imaginarios, de una belleza incontestable, tiene una base real en los distintos países del mundo que recorre, como Canadá, México, España… Sus dibujos al modo de Matisse de su época inicial tienen la suavidad del trazo de quien domina la caligrafía china y la levedad de las aguadas. En un viaje a Suiza, conoce la obra de Paul Klee, cuyo grafismo peculiar marcará sus pinturas durante una serie de años decisivos. La obra de Zao Wou-ki, este maestro universal de la abstracción, es el resultado del feliz maridaje de la cultura francesa y la cultura milenaria china. Es poco decir que me entusiasma su pintura: me parece de una grandeza inmensa. Un dato para los cortazarianos del mundo: en “Las armas secretas” se citan unas litografías de Zao Wou-ki porque Cortázar admiraba su obra. Otro dato curioso es que,el pintor, no titulaba sus obras, solo ponía la fecha en que las terminaba.