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Albert Gleizes, pintor y teórico cubista

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Retrato de un médico militar, 1914. Guggenheim, N.Y.

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Composición para jazz, 1915. Guggenheim N.Y.

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Retrato de Igor Stravinsky, 1914

Albert Gleizes sobre todo es conocido como teórico del cubismo y por haber escrito, junto a su amigo  Jean Metzinger, el libro “Sobre el cubismo y los medios para comprenderlo”, obra imprescindible que se publicó en 1912. Estudiante poco aplicado, se alista en el ejército donde estuvo cuatro años, después se vuelca en la pintura de forma ya irrevocable. Nació en París, en 1881, en una época y un lugar que propiciaba, naturalmente, lo que vendría después y, como otros muchos, se inicia en el impresionismo; solo con 21 años expone en la Société Nationale des Beaux Arts  la obra “La Seine à Asnières” de factura claramente impresionista. Al año siguiente expone ya en el “Salón de Otoño” y a partir de ahí su pintura cambiaría con la influencia de Léger, Delaunay y Metzinger. Tras un intento fallido de pintar libremente, sin concesiones comerciales, junto con un grupo de artistas y poetas que se reunían en una casona de Créteil, se instala en una comuna en Montparnasse, La Ruche. En 1910, antes de escribir su famoso libro en colaboración con Metzinger, comienza a pintar como los cubistas y dos años más tarde se une al grupo de Puteaux, conocido como Section d’Or, dirigido por Jacques Villon y su hermano Duchamp. En 1913 expone en varias colectivas en N.Y.. Tras conocer en el frente, durante la primera guerra mundial, a Jean Cocteau, le diseña la escenografía y el vestuario de la obra “Sueño de una noche de verano” de W. Shakespeare. Después de la guerra, se traslada con su mujer y su hija a N.Y. En Barcelona se les unieron Picabia, su esposa y Marie Laurencin; juntos pasaron el verano en Tossa de Mar. En diciembre expuso en la Galería Dalmau de Barcelona. Vuelve a N.Y. y viaja por las Bermudas. Tras regresar a Francia publica “La pintura y sus leyes”. Funda una colonia de artistas en el valle del Ródano. Viajó dando conferencias y, en 1930, Peggy Guggenheim compró muchas de sus obras que forman parte de la colección de la rica americana. Fue galardonado con la Legión de Honor y hoy está considerado un renovador del arte religioso. Murió en Aviñón, departamento de Vaucluse, en junio de 1953.

Matissse y “Las flores del mal”

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En múltiples ocasiones las firmas más reputadas de los pintores se han puesto al servicio de las obras insignes de la literatura; así la pintura y la literatura se alían para producir obras para deleite de todos, aficionados y coleccionistas. Ya hemos visto, en su momento, las ilustraciones de Dalí para “El don Juan Tenorio” y “Alicia”, y la “Lisístrata” de Picasso… Pero ha habido otras muchas, como sucede con la obra de Baudelaire “Las flores del mal”, que ha tenido muchas versiones ilustradas, como la de Rodín o esta de retratos esquemáticos de Matisse desprovistos de todo artificio, donde la línea pura y simple es la única protagonista. Esta versión se publicó en 1947 por la Bibliothéque Française.

Dalí y Lewis Carol

 

 

 

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Para celebrar el 150 aniversario de la publicación del libro “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carol se hizo una edición muy especial, que contaba con ilustraciones de Salvador Dalí;  la iniciativa partió de un editor de Random House e impresa por Princeton University Press en los años sesenta. Cada uno de los ejemplares fue firmado por Dalí y venía con una introducción de Marcos Burstein, presidente de la Sociedad Lewis Carol de América del Norte y del matemático Thomas Banchoff. Sin duda es una edición muy codiciada por los coleccionistas.

Picasso y la Lisístrata de Aristófanes

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En 1934 aparece en N.Y. una versión de la Lisístrata de Aristófanes publicada por la asociación de bibliófilos estadounidenses, ilustrada con seis grabados de Picasso al modo neoclásico del pintor. La edición, como no cabía ser menos, es reducida y exclusiva. Aristófanes estrena su obra en Atenas en el año 411 en plena guerra del Peloponeso entre espartanos y atenienes que venía enfrentando a todo el mundo heleno desde hacía veinte años. El nombre de Lisístrata, que significa “la que disuelve los ejércitos”, ya es toda una promesa de su contenido antibelicista; la guerra parecía no tener fin y las hostilidades entre las dos potencias griegas conllevaba una devastadora destrucción que abarcaba  toda la cuenca oriental del Mediterráneo. Curiosamente esta obra, ilustrada por Picasso, se estrena en vísperas de que estallara en España la guerra civil y en un periodo de entreguerras mundiales. Estos tres primeros grabados, como los otros tres restantes, se caracterizan por la simplicidad de las líneas y el equilibrio en la composición. En el primer grabado aparece Lisístrata convenciendo en asamblea tanto a espartanas como a atenienses para que se abstengan de tener relaciones sexuales con sus maridos hasta que ellos no pongan fin a las hostilidades. En el segundo, aparece un encuentro erótico frustrado, siguiendo las directrices marcadas por Lisístrata. Y en el tercero se muestra la desesperación de los hombres ante una huelga insólita. Toda una solución.

 

Cuento carcelario

El orden de los números

 

Benicio miraba la superficie blanca del dado. Lo lanzaba contra la pared y así mataba el rato. Benicio Allegue escupió y el salivazo dejó colgando un hilo de baba que al trasluz se mantuvo quieto. Antón más quieto que la baba que colgaba frente a su cara, más quieto que el semen de un muerto, se rascó de pronto la entrepierna. Benicio le lanzó el dado con rabia y dijo: “subnormal”. Entonces el mar bramó y la espuma batió el islote; Antón se lo imaginó como una ubre que flotaba en medio de la nada, en un mar de leche blanca que lanzaba en las rocas su espuma rizada, pero tiesa, como almidonada. Lo cierto es que aquello era un jodido islote que solo flotaba para sustentar a los penados. Y sintió el mar con dolor; lo único que sentía ya era aquel mar furioso, que estaba tan presente, tan cercano, tan inaccesible y el aire salado que curtía los rostros incluso allá dentro. Y lo sintió en su piel que se había vuelto más sensible que sus ojos, que apenas distinguían nada. Aquella mañana parecía, tras la puerta cerrada, como si el mundo diera sus últimos suspiros; se adivinaban acontecimientos inciertos y el trasiego de mudanzas. Benicio recogió el dado del suelo. Afuera los ruidos se sucedían, pero nada tenían que ver con los sonidos habituales que marcaban las guardias y las comidas. Benicio apretó su mano para sentir en su puño cerrado el orden de los números. El bramido del mar le sobresaltó más que el chirrido del cerrojo; el sargento Servando Espeleta le observó con regocijo. De modo que era cierto -pensó- el mar hablaba a su manera y su canto era lúgubre. “Miserere novis, coñonovis, per seculam culovis, et seculovis et coñovis…” y soltó una carcajada que le sobresalto más que todos los sonidos de la tierra. Apretó el puño y  lanzó el dado sobre un desconchón de la pared y este, rodando, se plantó en un seis. Lo miró como si nunca antes lo hubiera visto. Y se lo guardó en el bolsillo. El gallo de la veleta de la torre marcaba el tiempo: soplaba la tramontana. Antón se impacientaba; a las seis les daban un café caliente con un chusco de pan duro de la víspera, pero ese día algo no marchaba bien; abrió su boca desdentada para decir: “Me cago en sus muertos, tengo hambre”. Y se sopló el brazo de abajo a arriba espantando moscas imaginarias. El sargento lo miró con desprecio. Benicio tuvo la certeza de los números y que su rutina era lo único soportable. Benicio como un mono se encaramó hasta los barrotes y acertó a ver un barco de mercancías que tendría que pasar la cuarentena en la isla del Lazareto. De un salto volvió al suelo. Condescendiente el sargento lo observaba sin prisa. Volvió a lanzar el dado. Antón lo miró sin verlo y dijo: “un seis”. ¿Y tú que sabes, cabronazo? Volvía a salir un seis. y Benicio, incrédulo, se precipitó a recogerlo. Respiró fuerte, agitado, y se paró a escuchar como alguien corría por el patio central. Al instante, el sargento Servando Espeleta dejó el paso al guarda que los sacó de la celda. El reloj de la torre dio las seis. En el patio del penal cuatro hombres de cara a la pared esperaban su llegada, la orden, y el ruido de los fusiles. Benicio se puso firme y dijo su jaculatoria: “misererenovis…! Ese día fueron seis los ejecutados, que cayeron desmadejados sobre la tierra reseca. Las primeras luces se habrían paso en un cielo azul cobalto oscuro. El dado rodó desde la mano, ahora abierta, del último fusilado hasta la puntera de uno de los zapatos del sargento Espeleta. Un seis, negro y rotundo llenando toda la cara del dado fue lo que vio Benicio antes de que sus cuencas se volvieran para mirar hacia adentro por toda la eternidad.

De  mi libro “Cuentos de Sanvián”

Matisse y James Joyce

 

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Para los devotos lectores del “Ulysses” de James Joyce y que al mismo tiempo sientan pasión por el arte, poseer una edición de la novela ilustrada por Matisse debe ser toda una joya. En 1935 el pintor recibió el encargo de ilustrar la novela más famosa y discutida del escritor irlandés que transcurre en Dublín en un solo día. El “Ulysses”, ya lo sabemos, no es de lectura fácil; el caso es que Matisse no quiso leer el libro, por las razones que fuesen y fue directamente a la fuente: la “Odisea” de Homero. Este dato, curiosamente, añade una peculiaridad a esta edición de coleccionista. No era la primera vez que Matisse se volcaba en ilustrar un libro muy conocido; con anterioridad había ilustrado “Las flores del mal” de Baudelaire mas esta vez el regreso a casa del personaje –Stephen Dedalus- parte de un libro clásico de cuya autoría se tienen serias dudas. George Macey, el editor norteamericano que tuvo la feliz idea de unir a Joyce y a Matisse en esta “odisea”, debió prever el precio desorbitado que la edición primera, que constaba de 1.000 copias firmadas por el artista y 250 firmadas por Joyce, alcanzaria en el mercado.

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Polifemo y Galatea

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Portada

El mito de Polifemo es recogido por Góngora en este poema escrito en octavas reales que  pronto se hizo famoso en el Madrid de 1612. El mito de Polifemo aparece ya en los orígenes de la literatura desde la Odisea de Homero y otros poetas griegos y latinos. El argumento es bien sencillo: es una historia de amor no correspondido que termina en tragedia. Se trata de un triángulo amoroso en el que aparece la bella Galatea enamorada de Acis y el gigante Polifemo que encarna la fealdad física con un solo ojo en mitad de la frente. Polifemo, al sentirse rechazado por Galatea, se venga de una manera muy cruel: decide matar a Acis arrojándole una piedra enorme, pero Galatea le pide a los dioses que conviertan a su amado en arroyo, cosa que le conceden. Esta figura del cíclope, la atracción por personajes monstruosos, más adelante será también una constante en el Barroco y se puede decir que llega hasta nuestros días. El poema tiene una belleza descriptiva notabilísima.

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Facsimil de “El Polifemo de don Luis de Góngora comentado”. Extramuros edición S. L. Sevilla 2008