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Lobo lunar y el turrón

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Aquel verano comenzó mal, pues ya la primavera marcó unos registros más propios del mes de agosto. Lobo se refugiaba en lo más profundo de la lobera intentando paliar aquel calor tan sofocante y aletargado soñaba, pero lo hacía con unos sueños las más de las veces inquietantes. Al principio oía voces de pastores que gritaban con miedo: «que viene el lobo, que viene el lobo..», alertando a los vecinos, que recogían presurosos los rebaños de las ovejas que triscaban por los riscos más próximos. Pero este sueño, sin ser bueno no era el peor; el más terrible se produjo en el mes de mayo, cuando en sueños no paraba de oír: «El lobo sian tutón sian tutón» una y otra vez. Medio dormido se repetía: «el lobo sian tutón sian tutón» y al despertar todo era desasosiego. Al final de mes las cosas fueron a peor; entonces oía unas voces de niños que alrededor de un abeto de Navidad cantaban a grito pelado: «el lobo qué buen turrón, qué buen turrón». Tardaría días, meses, quizás años en descubrir el significado y a día de hoy todavía no tenía del todo claro qué era aquello del «turrón».

Lobo Lunar en el Sena

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Bajo el puente de hierro, bajo Le Pont aux Double, lobo miraba melancólico las aguas del Sena. El quai estaba tranquilo, solo a lo lejos se oían los últimos claxons de los coches que, de retirada, blandían las banderas de los distintos partidos que habían sembrado la noche de eslóganes. Los de Macron estaban eufóricos y los de Le Pen también. Todos felices y contentos. Cerca de allí, al otro lado del Sena, en el Hôtel de Ville todo dormía a pesar de los malos resultados, como si tras la tormenta saliera el sol a gusto de todos. Lobo, escéptico, creyó ver su imagen reflejada en el agua, a pesar de que el río de verdes esmeraldinas aguas, bajara sucio tras la contienda electoral.

Lobo Lunar en los campos de lavanda

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En lo alto del risco, lobo no daba crédito. A sus pies habían extendido una alfombra de bellísimo color que se movía según el viento. Al principio pensó, mirando hacia la llanura, que sus ojos legañosos y cansados le jugaban una mala pasada. Y, parado y como petrificado, no podía apartar la mirada del valle que seguía meciéndose en ondas de un lila intenso. Permaneció tenso y perplejo durante un tiempo que no supo precisar, pero sus músculos rígidos hicieron que se sintiera maltrecho, terriblemente cansado. Lo que vino después fue una ráfaga persistente que lo envolvió por completo: un aroma intenso a lavanda lo dejó exhausto y sin aliento. Ese día soñó que estaba en la Provenza.

Navidad y Lobo Lunar

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Lobo lunar estaba más que arto; en el bosque se había sentido invadido. Cada año era peor que el anterior. La primera señal fueron las marcas en el barro, luego el ruido ensordecedor. Huyó lo más rápido que pudo hacia la cumbre, saltando de risco en risco, sin mirar atrás. De día era insufrible, los árboles caían como heridos por un rayo; la noche le daba un respiro y aun así su sueño era inquieto y sus ojos cerrados se movían dentro de aquella pesadilla. Miraba, en su sueño, cómo los leñadores entraban en su lobera, hasta ahí se sentía vulnerable. Al despertar, angustiado, ponían en alerta todos sus sentidos; olisqueaba el aire que llegaba desde los cuatro puntos cardinales, igual de dañino o más cada amanecer. Desde el valle nevado se iluminaban miles de bombillas pequeñas como luciérnagas intermitentes y esas señales le decían: huye, escapa, corre. Luego veía venir los camiones que subían hasta el bosque como lombrices que serpenteaban por el camino y a los hombres que talaban los árboles sin compasión como cada año por esas fechas. Diciembre era el mes y la nieve su peor pesadilla.

Lobo lunar en su exilio

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Era la noche del 21 de septiembre, Lobo, embelesado, había estado aullando a aquella luna llena, resplandeciente y hermosa como nunca. Se había despachado a gusto y había aullado como un loco un rato largo. Ninguna nube se atrevía a tapar aquella visión tan hermosa. Sobre el risco, se había sentido el más feliz y solitario lobo lunar. Ninguno de sus congéneres osaba acompañarlo en esas escapadas nocturnas cuando la Luna encendía el cielo. Era su ceremonia, su ofrenda y era cuando él se sentía más un extraterrestre exilado de su hogar. Algún día volvería a su planeta, satélite decían…, qué sabrían ellos… Lo que les unía era algo que nadie entendería, porque los lobos no eran de aquí sino de allá, donde brillan más las estrellas que la acompañan en el espacio absolutamente oscuro y enigmático.

Lobo Lunar

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El calor lo tenía amodorrado. De día salía apenas de la lobera solo lo hacía cuando los rayos del sol declinaban. Era entonces, cuando amparado por las sombras, saltaba entre los riscos buscando algo que llevarse a la boca. Se daba cuenta que ya sus facultades menguaban porque la mayoría de las veces las presas más insignificantes se le escapaban. Los conejos, que no hacía mucho eran su mayor fuente de proteínas, corrían a toda velocidad metiéndose en sus guaridas. Se sentía tan humillado y avergonzado que había días que hubiera preferido seguir durmiendo aunque las tripas le sonaran como una sinfonía dodecafónica. ¡Qué triste llegar a viejo! penaba en esos momentos de tristeza. Ya ni siguiera salir a aullarle a la luna le producía satisfacción alguna.

El desconcierto de Lobo

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Lobo se encontraba en una situación inusual. El tiempo pasado en la lobera cuando el frío invadía la tierra dejaba paso a una primavera inaceptable. Jamás había vivido algo parecido. Sus pezuñas se hundían en el barro y notaba que en el aire, a veces, olía diferente; constató que ya no nevaba y que las tormentas invernales habían desaparecido para dar paso a otra estación. Y su memoria animal o su instinto le empujaba a subir a los riscos en busca de presas. Lobo se despertaba con un rugir de tripas que le anunciaba algo inevitable e ineludible: tenía un hambre canina que tenía que saciar. Y menos mal que, ya viejo, no tenía alrededor pequeños lobeznos que alimentar. Por un instante añoró tiempos pasados, pero recordó que entonces las estaciones se sucedían de forma regular. Hacía tiempo que no aullaba a la luna y ahora, que ya era el momento, sucedía algo que no sabía explicar. Un día notaba calor y al siguiente una lluvia torrencial que salpicaba hasta su guarida le dejaba inerte en el fondo contemplando con asombro esa tormenta propia de los trópicos. Su pensamiento, entonces ensimismado, le llevó a la conclusión de que el tiempo se había vuelto loco o que él estaba como una cabra. ¡Y esto último si que no!

Lobo lunar

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Lobo lunar estaba inquieto; dentro de la lobera la oscuridad había ocupado cada rincón, cada recoveco y, como si tuviera un reloj dentro de su organismo, pensó y sintió que debía acudir a su cita. La nieve cubría los campos y las ramas de los árboles se doblaban por el peso. Corrió a toda velocidad temiendo llegar tarde, pero no, sobre lo alto de la colina la pudo contemplar en toda su plenitud, redonda y llena, irradiando la luz plateada que la distinguía de todo lo demás. Y vio el cielo plagado de estrellas que titilaban como si le guiñaran los ojos, y vio a Marte con aquel color anaranjado que no distinguía muy bien pues era daltónico, pero la luna estaba ahí para él, brillando solo para él y aulló, le aulló de felicidad, pleno también como siempre que ella, luna llena, le miraba desde lo alto más hermosa que nunca.

Lobo Lunar

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Lobo Lunar encendía la noche con sus aullidos; a su alrededor el mundo  enpequeñecia, y cuando salia solo de la lobera, cuando la manada dormia, era un rehén  de su propio miedo. Sobre el peñasco habitaba el azul y mientras la luna se recortaba, él veía mundos gigantes que se aproximaban a la tierra. Era el sueño que despierto le perseguía, que le mantenía no obstante aferrado a la tierra, paralizado, pero lúcido añorando esas otras lunas que jamás visitaría; ellas flotaban a su alrededor como globos gigantes y el eco de sus aullidos resonaban en un espacio cada vez más finito. Sentía que a medida que envejecía su tiempo menguaba, que él se enfriaba como un río de lava y que solidificado no podría presenciar tanta belleza

Lobo lunar

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Lobo olisqueó la primavera; su sensible olfato de radar rastreaba kilómetros y kilómetros a la redonda con solo levantar la cabeza. Al salir de la lobera, sorteaba en su carrera los charcos que la lluvia de la noche anterior habían formado aquí y allá. Gotas de rocío brillaban como luceros de la mañana y sintió las que se estiraban desde las hojas de los robles hasta caer sobre su lomo como lágrimas matutinas. Se desperezó arqueando su cuerpo al tiempo que su estómago vacío le mandó un aviso urgente; sus patas traseras, como flechas en un arco tensado al máximo, le lanzó sobre las rocas de aquel risco desde donde divisaba todo el valle. Había comenzado la caza.