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Lobo lunar

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Lobo estaba inquieto. La niebla de los últimos días había sido tan espesa que se había dado de bruces con los troncos que los leñadores había apilado cerca del cruce de Sanvián. Se sentía magullado y herido en su amor propio; esto último le dolía más. De una de su patas delanteras corría un hilo de sangre negra que se lamió a medida que fluía despacio, con pereza. Buscó un claro en el bosque y se sentó a esperar. La noche encendía las luciérnagas; rogó al santo patrón de los lobos para que el viento disipara las nubes espesas. Pasaban las horas y el día le amenazaba con paso apresurado; llegó a oír los latidos de su corazón en medio de aquel claro tan negro como sus pensamientos; el sueño le iba venciendo. De repente un viento racheado comenzó a desmigar las nubes que se iban deshilachando; desde las copas, algunos jirones colgaban con desgana, estirándose hasta deshacerse. Fue entonces cuando apareció la Luna, con alivio se desperezó estirando su cuerpo fibroso, alargó el cuello todo lo que pudo y emitió un largo y profundo aullido que estremeció el silencio. Ahora podría descansar.

Lobo Lunar

Lobo Lunar

Lobo Lunar

Lobo sintió que, por momentos, se le iba ablandando el cerebro, que no el corazón; se sabía ser pensante  anarquista, por tanto perfectamente capacitado para la reflexión, y aunque de perfil se palpó la grasa visceral, pensó que los juegos de asociaciones le funcionaban, de momento. Aun así se sintió andropáusico abrumado por la disminución de los estrógenos y  pensó en las placas de adipocitos, en los ateromas que obstruían sus arterias… El reloj de cuco dio las tres y la lechuza en su nido en aquel claro del bosque hizo “chut”. Una idea se iba abriendo paso en su cerebro acorchado: que, como ser pensante, un exceso de razonamiento no le tenía por qué perjudicar su cerco a las caperucitas.

Lobo Lunar

Rapsodia precoz que alcanzaba los linderos, Lobo reconoció a la legua los rasgos diferenciales; suspiró y después vomitó o suspiró las resinas y el ámbar dorado de los amaneceres, y decidió posponer el asunto para mejor momento; unos cuantos ciclos entre la manada y listo.

La vio venir adjetivando revuelos, ondas, remolinos rojos… el amor brujo y sus trenzas bajo lenguas de fuego; ¡uff, el cannabis de la abuelita traidora…! El clic en el cerebro y caput: listo para la siesta de la que no se volvía intacto.

Lobo Lunar

 

 

 

En noches así, Lobo Lunar se vestía de Caperucita y aullaba que daba pena; dipsomaníaco, bebía sin pausa un Martini seco tras otro, cazando al vuelo y zampando las aceitunas que giraban en el aire.

Moraleja: ninguna, ¡cosas del verano!

Lobo lunar

 

 

 

Mientras la abuela se moría de aburrimiento en la cama, Lobo lunar intentaba silbar juntando los labios, pusch, ssiff, schif.. ; el viento ululaba, uh, uh, uh…; Tambor el conejo golpeaba la txalaparta, pam pam pam…; Verde, la rana, croaba, croa, croa, croa…;  Grio, el grillo, cri, cri, cri… en el regazo de Caperucita que seguía el compás  con el pie. Lobo alzó la batuta y la orquesta dejó de afinar; comenzaba el concierto en clave de sol más o menos así;  croacricricri uhuh crischifpampam croacripampampam croacricripampamschif schif…

¡Basta! -gritó la abuela. Fue lo último que dijo.

Lobo lunar en París

El circular armónico de la tortuga le irritó y la fustigó con ortigas furiosas o la instigó furiosamente, que daba igual; ella circulaba místicamente alrededor de la marquesina del Metropolitano: bajar no podía, luego, subir tampoco. Lobo lunar fascinado por la polifonía de lo imposible oyó el órgano de catedral y el escalofrío metálico de la luna; sintió en su cabeza un disparo como el latigazo de un metrónomo y la fustigó y la instigó hasta verla girar y girar circulando boca arriba por la línea siete dirección La Courneuve.

Lobo Lunar

 

Voraces los corderos sobre zancos insaciables, balsámicos pasos que avanzan alrededor de la última llama azul. Por zonas desérticas, senos de leche en la Vía Láctea, acompañan el cadalso furtivo; circunspecto en la danza, Lobo Lunar sorteaba las flechas envenenadas.