Mahón en lo alto.

La mano grande de papá me sujetaba del bañador; me cogía por la espalda y yo braceaba intentando aprender a nadar. Por aquellos años el agua del puerto estaba limpia. Recuerdo que el día anterior cruzamos el puerto en una barqueta; el cielo estaba gris, pero luego el sol se hizo presente con rayos-flechas que nos atravesaban. Detrás de nosotros, la casa blanca con el porche desde donde mamá nos miraba. Habíamos bajado la escalera con sus escalones también encalados que mantenía la casa arriba, arriba. Y el agua que me entraba en los ojos y papá. En el cielo patinaban las gaviotas que iban y venían desde la base americana. Cerraba la boca para no tragar agua. Veía todo Mahón en lo alto y el campanario de Santa María cómo se anegaba a medida que yo avanzaba; parpadeaba para limpiar aquel hermoso paisaje, para no perderme aquella visión que después siempre me ha acompañado. Teníamos todo el verano por delante y toda la paciencia de papá, que auyentó mi miedo al agua; y ella fue desde ese verano mi mayor pasión, mi elemento, mi patria allí donde estuviera: Papá y Mahón en lo alto.¡Ah, y los mejillones en las bateas!

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