El café»asiático».

El café asiático nace en Cartagena y tiene su origen a principios del siglo pasado cuando atracaban en el puerto los barcos mercantes cuyos marineros asiáticos tomaban el café a bordo con leche condensada porque esta leche no se estropeaba. Este café con su presentación en capas se consigue por la diferente densidad de sus ingredientes. Existen copas especiales con las distintas marcas para no tener que estar midiendo. El diseño de la copa se hizo en 1908 y tiene forma de campana de cristal grueso conocido originalmente como «copa campana fuerte».

Los ingredientes del café asiático son: 1 café expreso concentrado con una buena crema del propio café porque si es muy líquido y sin crema se nos mezclaràn con los licores, 50 ml. de leche condensada, 20 ml. de brandy, 10 ml. de Licor 43, canela en polvo, limón rallado o corteza de limón y unos granos de café.

Preparación: Ponemos primero la leche condensada, a continuación echamos cuidadosamente los licores, primero el brandy y luego el Licor 43, de modo que ya tenemos tres capas de nuestro café, a continuación el café expreso con cuidado con una cuchara volteada que toque el borde de la capa del Licor 43. Dejaremos caer el café lentamente a través de la cuchara que iremos subiendo a medida que suba el nivel del café y finalmente lo decoramos con un poco de canela en polvo y la corteza de limón, dejando caer unos granos de café a modo de decoración. Se sirve bien caliente y cuidadosamente para que no se mezclen las distintas capas.

Laurel rosa.

En otro post anterior ya comenté que siempre me ha gustado tener laureles en casa; estos rosas me recuerdan a unos que vímos enfrente de la abadia de Montmajour proxima a Arles a donde iba de paseo Van Gogh con su amigo el subteniente de los suavos.

Los gorriones.

Amelia se pasaba el día con la fregona en la mano; desde que habían instalado las placas solares en los tejados, los gorriones habían hecho sus nidos entre las tejas y las placas; calentitos, iban de un tejado a otro visitando a sus congéneres con una algarabía insoportable. Amelia, en el patio interior de su casa, se sentía invadida; ese patio era la envidia de sus vecinos, pues sus plantas crecían como una selva lujuriosa formando un espacio único, diseñado por ella con mimo a través de los años. Los gorriones se posaban en los tubos negros del vecino de arriba y la amenazaban, los muy ladinos, con sus cagadas; desde lo alto lanzaban sus excrementos y por la noche, si ella no estuviera al acecho con el mocho, el suelo estaría lleno de manchas negras y los cojines, todo el santo día en la lavadora. Tanto piar día y noche le llegó a resultar insoportable. Un día se cayó un polluelo y muerto tuvo que tirarlo a la basura; era horriblemente feo, pelado y deforme. Sintió nauseas y devolvió el desayuno. Amelia llegó a odiar no solo a los gorriones sino a todo tipo de animales con plumas; los mirlos, sin ir más lejos, con esos picos naranja, tan bonitos, a ella no la engañaban, eran aún peores que los gorriones porque el tamaño de sus mierdas eran XXL Amelia frotaba el suelo con furia y de tanta lejia las losas perdían el brillo. Un día decidió irse de caza y se compró una escopeta de perdigones.

Han Kang, Premio Nobel de Literatura 2024. «Guardé el anochecer en el cajón».

Estoy deslumbrada tras la lectura de este poemario de Han Kang. Y siento la necesidad de buscar algunas de sus novelas. Esta autora de Corea del Sur (1970) ha estado dando clases como profesora en el Departamento de Escritura del Intituto de las Artes Creativas de Seúl hasta 2018 y en la actualidad se dedica exclusivamente a la escritura. Traducida a más de treinta idiomas, sus novelas más conocidas son: «La clase de griego», «La vegetariana», «Imposible decir adiós», «Actos humanos» y «Blanco». Ha recibido, aparte del Nobel, innumerables premios. Una escritora contemporánea imprescindible que hay que degustar y paladear despacio, con una escritura esencialmente oriental, precisa, concreta, concisa y muy hermosa.

Laurel.

Siempre me ha gustado tener laureles en casa; los he tenido con flores blancas, rojas, lilas… quizás las más bonitas, para mi, son estas últimas.

Las flores de la bignonia.

Siempre me he preguntado el porqué nuestra bignonia florece en septiembre, cuando hay otras cerca que lo hacen a principio de verano. Y no es que me moleste mucho solo que pienso que la nuestra es un poco gandula o es que se duerme en los laureles…. por cierto que estas son del año pasado.

Medallones de lomo de cerdo al brandy.

Receta sencilla donde las haya y rápida de hacer. El resultado inmejorable.

Ingredientes: 2 cebollas grandes, 1 lomo de cerdo, aceite de oliva virgen extra, pasas, brandy de Jerez Baco, sal y pimienta negra.

Cortamos el lomo en medallones gruesos. En un cuenco pequeño ponemos un generoso puñado de pasas y las bañamos en brandy. En una sartén pochamos dos cebollas grandes cortadas en palmera en dos cucharadas colmadas de aceite de oliva y dejamos hasta que tomen color. Reservamos. En la misma sartén doramos los medallones por ambos lados. Pasamos los medallones, así, sellados, en una cazuela junto con la cebolla y agregamos un buen chorro de brandy de Jerez y el puñado de pasas. Dejamos que el alcohol se evapore y añadimos un poco de agua. Dejamos que se vaya haciendo la carne y se concentre la salsa a la que el dulzor de las pasas le aporta un punto excelente.

La Alhambra.

Fotos Noa Serrano Plaza.

El murmullo del agua, los setos recortados, los tulipanes, los dientes de león, los tagetes, la arquitectura nazarí, todo se confabula para crear lo más parecido al paraíso en la Tierra. Los árabes sabían mucho de eso y nos dejaron una cultura y unas obras de arte que hacen de Granada una ciudad imprescindible. Dicen que Boadil el Chico lloró al tener que abandonarla y no era para menos. Conocí, por casualidad, en París a un profesor musulmán que decía sin el menor rubor que «algún día recuperarían Granada». Yo aluciné, pero menos mal que, a día de hoy, sigue siendo muy española. ¡Mil gracias, Noa, por esas fotos tan bonitas!

Las nubes.

Las nubes, esponjosas como algodón de azúcar, adquieren a veces formas caprichosas y jugar a «ver» figuras es divertido y entretenido. Este no era el caso, pero ellas flotaban sobre un azul limpio, casi velazqueño, que contrastaba con el verde de los árboles y el dorado de las moreras en otoño.