Diego Rivera cubista

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Marinero almorzando, 1914

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Paisaje zapatista (El guerrillero), 1915

La época cubista de Diego Rivera coincide con su estancia en Madrid y París. Gracias a una beca, el muralista mexicano viaja a Europa y se impregna de lo que allí se está fraguando. Y aunque él con posterioridad no da importancia a ese periodo que abarca desde 1907 a 1921, en realidad el conjunto cubista de su obra se centra entre 1913 y 1918, la crítica cada vez más tienen en consideración estas obras por su indudable calidad. La relación entre Picasso y Rivera tuvo sus altibajos debido a una posible “copia” por parte del malagueño de la forma en que el mexicano pintó las hojas de los árboles de su cuadro “Paisaje zapatista”, aunque después, pelillos a la mar, Rivera en su biografía se confiesa agradecido por tener a Picasso como amigo. El cubismo de Rivera posee la singularidad del color, apartándose de los colores apagados propios del movimiento y que defendían Picasso y Braque, y se acerca a las tonalidades encendidas que propondría Juan Gris en Nature morte et paysage, Place Ravignan, aunque son menos conocidas que las sombrías naturalezas muertas del autor. Se puede considerar que el cubismo de Rivera se aparta de lo establecido, es heterodoxo y en realidad una mezcla del cubismo sintético, analítico y del movimiento futurista. El pintor investiga sobre la cuarta dimensión, el eterno problema del tiempo en relación al espacio; pero su interés costumbrista subyace desde siempre. De esta etapa cubista con personalidad propia son “Terrasse du Café” y “Retrato de Martín Luis Guzmán”. Después, sobre 1915, Diego Rivera se confiesa desilusionado al considerar que el cubismo había perdido su carácter subversivo.

Picasso trabajando

 

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Picasso en su taller

 

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Picasso trabajando  y Jacqueline leyendo

En la primera fotografía, primer plano de Picasso en plena faena, luciendo piernas y trasero; en la segunda con su última mujer Jacqueline.

Gabriele Münter

 

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Autoretrato, 1909

El expresionismo alemán no contó con demasiadas mujeres en sus filas; Gabriele es una de las pocas artistas que se unió a dicho movimiento. Nació en Berlín en 1877 y fue primero alumna y después compañera sentimental de Wassily Kandinsky. Antes del estallido de la Primera Guerra Mundial participó activamente en distintos movimientos artísticos como el Jinete Azul (Der Blaue Reiter). Estudió en la escuela de dibujo de Düsseldorf  y posteriormente, en 1901, en la escuela de Phalanx donde Kandinsky le dio clases convirtiéndose en su colaboradora. Juntos viajan por Italia, Austria, Bélgica, Túnez, volviendo a Múnich, donde se establecen. En el pueblo bávaro de Murnau se compró una casa, lugar de encuentro con el pintor, con Marianne Werefkin y Alexef von Jawlensky en los veranos siguientes a 1909. En 1909 y 1910 expone con la Neue Künstiervereinigung de Múnich. Y participa en las exposiciones y en el almanaque de Der Blaue Reiter. Al comienzo de la Primera Guerra Mundial  se traslada con su pareja a Suiza y más tarde sola a Copenhague. Al poco tiempo su relación con Kandinsky terminaría y ella opta por regresar a Murnau una vez finalizada la guerra. Ya en 1927 su vida se une al historiador de arte y filósofo Johannes Eichner hasta la muerte de este. El arte de Münter evolucionó hacia la simplificación de las formas, como se percibe claramente sobre todo en sus paisajes. Tras la Segunda Guerra Mundial, una vez reivindicado el expresionismo alemán, es cuando se comienza a valorar el trabajo de esta artista que, como muchas otras, vivieron a la sombra de sus parejas durante demasiado tiempo y el tiempo es, precisamente lo que está haciendo que las cosas, por derecho, se pongan en su lugar.

Münter Gabriele, Der blaue See

El lago azul

Toulouse- Lautrec, en Picardía

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El artista retratado por su amigo de la infancia Maurice Guibert en las playas de Le Grotoy en Picardía en unas imágenes poco habituales. Los últimos años de la vida del pintor fueron de locura y juergas continuas quizás apurando lo que le quedaba de una existencia de por si dolorosa. Su sentido del humor queda patente en todas y cada una de las fotos que le hizo Guibert disfrazado o riéndose hasta de su sombra.

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Matisse y Lydia Delectorskaya

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“Le Rêve”, 1935. Modelo Lydia D.

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“Grand nu couché”, 1935. Modelo Lydia D.

Algunos se preguntarán quién fue Lydia Delectorskaya y qué papel jugó en la vida de Matisse. Fue simplemente una modelo, como Hélène Galitzine, o su amante, como sospechaba madame Matisse, o fue el detonante para que el matrimonio se divorciara. Las cosas a veces son más sencillas de lo que parecen. Lydia, es cierto, acompañó los últimos veinte años del pintor, más concretamente desde 1932 a 1954. En principio Lydia fue su ayudante de taller; después, modelo y secretaria. Emigrante de su Siberia natal, se presenta, en 1933, como modelo y lo fue en más de cuarenta pinturas. Curiosamente, a iniciativa de madame Matisse, es contratada como modelo y ayudante de su estudio. Lydia siempre ha manifestado, no obstante, que su relación con el pintor fue siempre platónica. Lo cierto es que Matisse encuentra en ella la inspiración que plasma desde 1934 en un pastel, “Jeune femme au corsage bleu (Retrato de Lydia)”, después un óleo, “Le Chale écossais”, “Les Yeux  bleus” y una serie de dibujos. Un año más tarde “Le Rêve” inicia el principio de una larga colaboración; durante los últimos meses de ese año hace posar a Lydia y a Hélène juntas. Otra curiosidad es que cuando ella tiene 25 años y él 65, Lydia empieza a darse cuenta de la importancia del trabajo del pintor y comienza a valorarlo. Madame Matisse, con razón o sin ella, se siente traicionada y pide el divorcio en 1939. Cuando Matisse es operado de un cáncer se convierte también en enfermera y se instalan en Vence donde sigue posando para él en: “Nu Rose”, “Interieur Rouge”, “Madame L. D., vert, jaune et bleu”… Una exposición retrospectiva en Filadelfia obliga a Lydia a desplazarse muchas veces; en el año 1949 tiene una entrevista con la secretaria del Museo de Arte Moderno de París a fin de organizar una exposición. De modo que ella se convierte en indispensable y él continua con los trabajos para la capilla del Rosario de Vences y les “découpages de papiers colorés” preparados por ella. Es ella también quien le ayuda a realizar estos últimos grandes trabajos. Matisse muere el 3 de noviembre a los 84 años y Lydia, el mismo día, abandona el Régina y no asiste a los funerales. Posteriormente publica dos obras como testimonio de su colaboración con él: “L’apparente facilité, Henri Matisse”, editado por A. Maeght y diez años más tarde, “Henri Matisse, contre vents et marées: peintures et livres ilustrés de 1939 à 1943”, editado por Hansma, París. ella repartió las obras que Matisse le había regalado y vendido entre diversos museos, favoreciendo a los rusos. Muere el 16 de marzo de 1998 a la edad de 88 años. Es indudable el gran papel que Lydia jugó en la vida tanto del Matisse hombre como del artista.

Gustav Klimt, “El Beso”

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Detalle

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“El Beso”, Gustav Klimt

“El Beso” es sin duda el cuadro más conocido del pintor austriaco. Para muchos críticos de arte los personajes del cuadro son el propio pintor y la diseñadora de moda Emilie Flöge, para otros era Adele Bloch-Bauer, de la alta sociedad vienesa, y para algunos más se trataría de la que sirvió de modelo a su Danae. “El Beso” es realmente grande, mide 180 por 180 centímetros, un cuadrado perfecto, aunque a veces, para su reproducción, corten los lados. Este formidable cuadro es el inicio de su “Periodo dorado” y está inspirado en los mosaicos bizantinos; analizando la obra, se desprende que las formas de los mantos, esos diseños simples reiterativos, tienen mucho que ver con el movimiento Arts and Grafts y las espirales nos pueden remontar hasta la prehistoria. Curiosamente se compró cuando aún estaba inacabado; el Museo Belvedere pagó una cantidad inusual, 25.000 coronas -por entonces una obra de arte solía alcanzar a lo sumo unas 500 coronas-. Cuando Klimt pinta esta  conocidísima obra, había recibido feroces críticas por las pinturas en el techo de la Universidad de Viena, ridiculizadas por sus desnudos y calificadas como pornográficas; de modo que, cuando lo pinta, se encuentra en un estado de rabia y decepción. La inserción de pan de oro en sus pinturas al óleo le otorga al pintor su sello más característico, aunque también concitó críticas por utilizar lo que antes se reservaba exclusivamente a los recintos eclesiásticos. En el año 2003 se acuñó una moneda conmemorativa con un grabado de esta obra y un retrato del pintor trabajando. Comparándola con la “Mona Lisa”, el periodista A. Brijbassi dijo: “‘El Beso” de Gustav Klimt supera todas las expectativas, a diferencia de esa pequeña y decepcionante Mona Lisa”. Para gustos se hicieron los colores, como  se dice vulgarmente; creo que no son comparables…

 

Vincent van Gogh, su mirada

 

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Impresionante fotografía de Vincent en la que su intensa mirada y sus ojos transmiten ese mundo interior tan apasionante que supo legarnos. Esta fotografía es realmente una radiografía de un ser complejo lleno de luz y de sombras. En el autorretrato pintado en Saint Rémy de septiembre de 1889, la fuerza de sus pinceladas delimitan perfectamente toda el magnetismo de su mirada. En los otros dos óleos tiene además la pose que utilizó en muchos de sus autorretratos, como en este y en el siguiente con sombrero de paja, aunque en ambos su mirada se dirige directamente al espectador no como en la fotografía, en la que mira al frente.

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Autorretrato (detalle). Saint Rémy, septiembre, 1889

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