Fotografías de Dora Maar

 

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Fotografías de Dora Maar. Sigo opinando que la fotografía en blanco y negro tiene una magia que la de color no tiene. Las fotografías de Dora Maar tienen una gran calidad; en su producción hay una etapa surrealista siendo quizás una de las más conocidas la de la mano que sale de una caracola. La relación que tuvo con Picasso y su posterior ruptura la afectó en gran manera hasta el punto de retirarse y vivir enclaustrada pensando en el suicidio.

Acunándose (relato corto)

Despegados, así lo dijo él. Se lo dijo por la mañana, mientras ella de espaldas preparaba el desayuno de los niños. Una greña del pelo le caía sobre la cara y el sudor de la frente le entraba en los ojos. Recordó que aquel día la radio había anunciado los cuarenta grados, mientras él le reprochaba su ausencia, su desgana, su despego. Oyó las gritos de los niños que, desde el jardín, jugaban y se perseguían alrededor de la charca. Julián, el niño del vecino, saltaba sobre el agua sucia. Andrea entró, hecha un mar de lágrimas, porque Antonio la había empujado sobre la gravilla y le sangraba la rodilla; la sentó en la mesa, le sonó la nariz y le curó la herida mientras las gotas saladas le escocían los ojos; se restregó la cara con el dorso de la manga mientras oyó el portazo de la puerta. ¡Vete a la mierda!, pensó llena de rencor. Sentada ya en la oscuridad del patio, buscando algo de frescor, pensó también  en que nadie la había avisado, en que nadie le había dicho que ese era el futuro que le esperaba. Los niños dormían, oyó a los grillos y sintió que el calor pegajoso no daba tregua alguna. Sabía que no podría dormir y supo que aquel portazo iba a ser definitivo, que él no volvería y se sintió tan aliviada que comenzó a cantar bajito una nana como acunándose a sí misma.

La reja

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

Fin de semana de julio, vacaciones, calor, reuniones familiares, amigos… lo normal en estos días. Pero si además es el verano la estación en que cumplen años las personas que más quiero y por ese motivo pasamos horas felices juntos, pues bienvenido sea, aunque a mí es la estación climatológica que menos me gusta, porque  me agobia el calor en exceso; donde esté el otoño, que se quite todo lo demás: no hay moscas, no sudas, puedes salir a pasear a cualquier hora del día… Recuerdo el 2003 con aquella “canicule” terrible que pasamos en París; la cifra de muertos alcanzó las 15000 personas, que se dice pronto…; claro, por aquellas latitudes no están acostumbrados ni las casas acondicionadas; recuerdo ver ventiladores en los autobuses, una pesadilla. Los árabes saben mucho de como combatir el calor: las calles estrechas, las celosías, las fuentes cuyo  arrullo sonoro nos alivia hasta el alma, en fin.¡ Felices vacaciones a todos y que lo pasemos lo mejor posible!

Tagetes amarillos

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Tagetes. Foto, Bárbara

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Tagetes. Foto, Bárbara

Hacía años que no plantaba tagetes y la verdad es que los echaba de menos. Esos pompones redondos y tiesos, como diciendo: aquí estoy yo. Orgullosos, altaneros y conscientes de su belleza sencilla y cotidiana. Les pasa lo mismo que a las margaritas, blancas o amarillas, que cuando forman un macizo compacto, cuajado de flores, son una preciosidad en su sencillez y las prefiero a esas raras como las orquídeas, que ahora vemos por todos lados y, ojo, que no digo que no sean muy bonitas, pero debe ser que soy de gustos también sencillos.

Cézanne, “La route tournante”

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Cézanne, “La Route tournante”

Aunque el gran maestro brilla con luz propia en los bodegones, también pintó muchos paisajes de entre los cuales, este me gusta de manera especial. Aquí ya las casas se reducen a formas geométricas, con esa sola casa blanca con las ventanas negras. Al meterse uno en el cuadro dan ganas de seguir el sendero que él redondea hacia abajo y nos invita a seguirlo; aun así parece un paisaje ensimismado, encerrado en sí mismo, donde las cortas pinceladas verdes de la hierba y de los árboles lo dotan de movimiento. Los dos troncos de la derecha se afianzan en el suelo, cerrándose al unirse hacia arriba como sujetando la curvatura del sendero. Equilibrio perfecto en un planteamiento nada fácil; ahí es donde se muestra la maestría.

Julia Margaret Cameron, fotógrafa victoriana II

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“El Tránsito de Arturo”, 1874

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“Día de mayo”, 1866

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“Mrs. Duckworth”, 1867

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“Sir Henry Taylor”, 1867

 

Beatrice

“Beatrice”, 1866

 

Julia Margaret Cameron pertenece al movimiento “pictorialista”. Comenzó tarde su quehacer fotográfico, a los 45 años, pero su interés no cesó de crecer. Hoy es considerada una de las mejores fotógrafas victorianas. Sus magníficos retratos transmiten más que describen. Y tienen la fuerza expresiva de unos rostros que surgen de las sombras, capta lo que esos rostros le inspiran, poses y actitudes, al estilo romántico y melancólico. Su puesta en escena los hacen intemporales, como en los tres últimos, o en los temas alegóricos, como en las dos primeras fotografías, que forman parte de su gusto por los asuntos bíblicos, mitológicos o artúricos; pero sobre todo es por sus retratos por los que su figura se engrandece. La cámara que le regalaron estaba pensada para el paisaje, pero ella buscaba el desenfoque porque, a pesar de las críticas de entonces, buscaba lo etéreo, lo impreciso, el sfumato que quería lograr al modo del gran Leonardo.

 

Cosas que pasan(relato corto)

Apenas fue como una ráfaga de aire. Aquella mañana un hombre cualquiera tropezó con una piedra al ir al trabajo. A punto estuvo de caer, pero un hombre desconocido le sujetó por la espalda; cuando se giró agradecido, aquel hombre había acelerado el paso y apenas tuvo tiempo de darle las gracias. El reloj de la plaza dio la hora y supo que llegaba con retraso. Ese hombre cualquiera que estuvo a punto de caer, a su vez aceleró el paso y mientras lo hacía se dio cuenta de que su reloj atrasaba un cuarto de hora. Sin duda se había dormido y temió llegar tarde a la oficina. A medida que avanzaba por la ancha avenida de plátanos y de castaños de indias oyó de nuevo el reloj que dio los cuartos; con gesto mecánico miró su muñeca desnuda. No llevaba reloj. Empezó a sudar y viendo que el tiempo se le echaba encima comenzó a correr. Cansado por el esfuerzo se paró y se encontró de nuevo en medio de la plaza, y de la torre se oyeron nueve campanadas. Avanzó y avanzó exhausto y se halló  enfrente de su casa. Subió las escaleras que encontró llenas de gente y llegó a su dormitorio; tendido en la cama estaba él con el rostro pálido; le estaban amortajando. En la mesilla de noche el reloj marcaba las nueve en punto,