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Escondite.

Detrás de las plantas, lo que no se ve se oculta en la sombra, un espacio pleno de silencio, de rumores intuidos, de pájaros callados, de aguas cansadas en aljibes bañados por el sol.

Rosa de pitiminí.

Tuve dos rosales de pitiminí, uno amarillo y este rosa, pero se perdieron los dos. Me queda el recuerdo y las fotos. Y ahora que los he repuesto, las obras de la fachada de casa han llenado la tierra de cal. ¡Y vuelta a empezar!

Laurel rosa.

En otro post anterior ya comenté que siempre me ha gustado tener laureles en casa; estos rosas me recuerdan a unos que vímos enfrente de la abadia de Montmajour proxima a Arles a donde iba de paseo Van Gogh con su amigo el subteniente de los suavos.

Laurel.

Siempre me ha gustado tener laureles en casa; los he tenido con flores blancas, rojas, lilas… quizás las más bonitas, para mi, son estas últimas.

Las flores de la bignonia.

Siempre me he preguntado el porqué nuestra bignonia florece en septiembre, cuando hay otras cerca que lo hacen a principio de verano. Y no es que me moleste mucho solo que pienso que la nuestra es un poco gandula o es que se duerme en los laureles…. por cierto que estas son del año pasado.

Las nubes.

Las nubes, esponjosas como algodón de azúcar, adquieren a veces formas caprichosas y jugar a «ver» figuras es divertido y entretenido. Este no era el caso, pero ellas flotaban sobre un azul limpio, casi velazqueño, que contrastaba con el verde de los árboles y el dorado de las moreras en otoño.

Dalias.

Desde siempre las dalias han sido mis flores preferidas y estas de color lila son especialmente bonitas. La primavera nos regala maravillas que por ser habituales no dejan de entusiasmarnos; de frente o ligeramente ladeada esta última ofrece a la vista sus pétalos casi tubulares como un ejercicio de anticipación al cierre que se adivina