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La primera rosa de la temporada

 

 

 

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Rosa. Foto: Bárbara

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Rosa. Foto: Bárbara

La primera rosa de la temporada me trasmite el porvenir de otras que perfumarán el jardín. En casa del abuelo no había rosas, pero si un emparrado con racimos de uva que los niños comíamos aún verdes; la infancia es impaciente y el abuelo protestaba porque no maduraban, y como iba a ser… Ayer compré peces rojos, cometas creo que se llaman, que comen como fieras, pero son pequeños aún y espero verlos crecer mientras nadan entre los papiros… de Egipto, me dijo Noa, que a sus cinco años posee la sabiduría de los críos espabilados y que a la primera todo lo graban en sus mentes receptoras. En la tienda había carpas como las que tenía el abuelo en su estanque bajo el emparrado, pero estas, las de la tienda, no se vendían, porque habían estado enfermas y estaban en cuarentena. Y mientras las observaba pensaba que, de todas maneras, en mi pequeño receptáculo se sentirían a disgusto…

 

Sigo cargando pilas

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Foto: Bárbara

 

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Foto: Bárbara

 

Por diversos asuntos que no vienen a cuento he tenido que parar y vuelvo al cabo de los días satisfecha, porque aquello que me impedía estar al pie del cañón se va resolviendo de manera satisfactoria. Y vuelvo con lo que más me gusta, que es ver como florecen los jardines y los bordillos, y las macetas rebosan alegría. No todo va a ser malo y aun así, después de un parón, una se da cuenta de que todo sigue más o menos igual, que los amigos siguen aportando cariño y esa sensación de alivio que nos hace sonreír pervive. “La amistad es la máxima bondad de la vida”, dice Epicuro en sus “Máximas capitales”, concretamente en la máxima 27, en la que afirma: “De entre las bondades que la sabiduría procura para la felicidad de la vida entera, la mayor con diferencia es la riqueza de la amistad”. La amistad es algo maravilloso que hay que cuidar, mimar y corresponder como se merece. Y aún así, o por eso mismo, echo de menos a los que ya no están… o están en una situación de riesgo… Van por ellos estas flores.

Flor de Lirio

 

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Desde siempre me han gustado mucho las ilustraciones de Botánica; son dibujos limpios y bien definidos, con un sombreado espectacular, que hacen volar la imaginación. Recuerdo los álbumes de cromos de Nestlé que coleccionábamos de pequeños los niños de mi generación; eran unos cromos preciosos, en color, y recuerdo especialmente uno de un nenúfar blanco que me fascinaba. Este dibujo es de la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana (tomo 24), Espasa Calpe S. A., Madrid, 1924.

Increíble pero cierto

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

Aunque parezca mentira, son fotografías de hoy hechas en casa; para los que aún tengan dudas del cambio climático, ahí va esta prueba. Y, aunque las neuronas patinan a cierta edad, no recuerdo haber tenido rosas ni flores de la bignonia en diciembre. Personalmente no me disgusta en absoluto, al contrario, lo único que me planteo es que, si esto sigue así, no sabré cuándo tengo que podar, porque me dará pena prescindir de ellas.

A orillas del río Bernesga

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La orilla del río. Foto: Bárbara

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Una flor a la orilla del río. Foto: Bárbara

León es una ciudad monumental muy bella con rincones excepcionales; pasear a orillas del río Bernesga es, aparte de relajante, una ocasión para conocer el espacio donde los ciudadanos pasean y hacen deporte. El barrio húmedo, así llamado no por que este cerca del río, sino porque es un lugar fantástico para beber y tapear, abarca el casco antiguo que los leoneses cuidan con mimo; subiendo desde el río por la calle Ancha hacia la Catedral, callejear es una auténtica delicia y las casas restauradas, muy bonitas, son un ejemplo de buen hacer: parece como si todas estuvieran con la cara recién lavada. En ningún sitio he visto balcones tan hermosos, cuajados de flores. Volviendo a las tapas, aquí se tapea de forma increíble; por cada caña o vino te regalan una muestra de la excelsa gastronomía de la ciudad. ¡El auténtico paraíso de las tapas! León es una ciudad ideal para vivir, a la que no me importaría trasladarme si no tuviera aquí los lazos de cariño que hacen que una eche raíces.

Los frutos de la monstera

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

No creo en las meigas, pero haberlas haylas, como dicen los gallegos. Esto parecía un atasco por causas ignotas, de naturaleza extraña y en estos día la situación me ha llevado a pensar, en vista de que llevamos a nivel nacional un atasco político semejante, a un nudo gordiano sin visos de solución a corto plazo, que el blog se había contagiado -sensible como es- del ambiente circundante. Pero hete aquí que esta noche el lío se ha resuelto por sí solo. Hay cosas que, tal como vienen, se van y todo vuelve a su cauce y a su condición natural. Los años me han concedido el don de la paciencia -alguna ventaja tiene que tener el paso del tiempo- y la verdad es que me lo he tomado como un respiro y como un descanso para mis queridos amigos. Et voilà, ya estoy aquí para seguir dando guerra!

Os agradezco de todo corazón el interés y el seguimiento que he tenido en estos días.

Sombras en la sombrilla

Fotos: Bárbara

Fotos: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Las hojas de la bignonia sobre la sombrilla dejan ese “rastro”, sombra chinesca, sutil en la tela. Me gusta mirarlas y las observo como el negativo de lo que son y esa percepción tan leve me recuerda lo oriental por su finura.