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Cesare Pavese, poesía

De la tierra y la muerte

Tú no conoces las colinas donde se derramó la sangre.

Todos huimos,

todos arrojamos

el arma y el nombre. Una mujer

nos miraba al huir.

Solo uno de nosotros

se paró con el puño cerrado,

vio el cielo vacío,

inclinó la cabeza y murió

bajo el muro, callando.

Ahora no es más que un guiñapo de sangre

y su nombre. Una mujer

nos espera en las colinas.

Del libro “Poesías completas”. Edición de Italo Calvino que fue el que ordenó cronológicamente los poemas. Colección Visor.

Modigliani

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Foto, Bárbara

Los Incorporales

Sobre la tumba de Modigliani

una rosa amarilla y ese gesto

que la sostiene.

La joven atrapada, se levanta

cuando alguien corporal invade

su ternura, su homenaje…

Al rato vuelve a su sepultura.

Y sin embargo

no ve a los otros…

Y la rosa amarilla y ese gesto

que la sostiene.

Del Libro “Los poemas de Nina” de Bárbara Carpi.

Sylvia Plath

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YO QUIERO. YO QUIERO

Abriendo la boca, el pequeño dios inmenso,

calvo a pesar de su cabeza infantil,

pidió a gritos el pecho de su madre.

Los dos volcanes secos se cuartearon y escupieron,

la arena abrasó los labios sedientos de leche.

El niño dios pidió entonces sangre a su padre,

que puso a trabajar a la avispa, al lobo y al tiburón,

Y luego ideó el pico del alcatraz.

Sin una lágrima en los ojos, el inveterado patriarca

creó a los hombres de carne y hueso,

púas en la corona de alambre enrojecido,

espinas en el tallo de la rosa encarnada.

“Poesía completa”. Edición de Ted Hughes. Traducción de Xoán Abeleida. Bartleby Editores. Madrid 2008.

La prematura muerte de Sylvia Plath, a los 31 años, no ha impedido que sea considerada una de las grandes poetas del siglo pasado. Sylvia se suicidó metiendo la cabeza en el horno de gas mientras sus dos hijos jugaban en otra habitación. Es la primera obra póstuma a la que se le concedió el premio Pulitzer. Este volumen que recoge toda su poesía fue reunida en 1981 por su ex marido, el también poeta Ted Hughes.

Grises, 1917, Cavafis

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Dibujo a lápiz de Aurelio Serrano

GRISES

Mirando un ópalo casi gris

recordé unos hermosos ojos grises

que  vi hará unos veinte años…

Nos amamos un mes.

Marchó después a Esmirna, creo,

a trabajar allí y no nos vimos más.

Se habrán empañado  -si vive- aquellos ojos;

ajado estará aquel hermoso rostro.

 

Guárdalos tú, memoria mía, como eran.

Y cuando de mi amor puedas, memoria,

cuando puedas, tráemelo de nuevo esta noche.

Del libro C. P. Cavafis, Poesía completa de Alianza Literaria.

Max Jacob, poeta en su época

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En la biblioteca de mis padres, antes del confinamiento, me encontré esta joya que tampoco sé de quien era pues venia con una firma desconocida por mi y editada en España en 1924. Esta obra,  “Le cornet à dés”, “El cubilete de dados”, poemas en prosa, es posiblemente la más influyente de toda su producción, que abarca, además de cuentos y textos diversos, una novela autobiográfica. Su corta producción, no obstante, no impide que Max Jacob, solo por el  prólogo-manifiesto de esta obra, se haya convertido en un escritor de culto y que este sea el prólogo más conocido y lúcido de los escritos en el siglo pasado sobre la creación. Este poeta surrealista, oriundo de la Bretaña (Quimper, !876-Drancy, 1944) trabó amistad  en París con Pablo Picasso y Apollinaire, quienes le aconsejaron que dejase su empleo en un almacén y se dedicase a vivir como un artista, cosa que hizo en Montparnasse y que suponía las consabidas penalidades. Pintó, escribió, ayunó y malvivió aunque apoyado por su fe, que le hizo convertirse al catolicismo, siendo Picaso su padrino en 1915. En 1917 escribió esta obra y “Le laboratoire central”, en 1921, “Visions Infernales”, en 1924, y “Les penitents en maillot rose”, en 1925. Bajo el titulo de “Meditaciones de un judío converso” publicó diversos textos, cuentos y novelas en tres volúmenes que dedicó al monje Matorel. Se retiró a vivir a Saint-Benoit del Loire desde donde realizó varias salidas al extranjero, pero donde fijó su residencia definitiva hasta que los nazis le detuvieron y lo deportaron al campo de Drancy, donde murió de una pulmonía.

“El cubilete de dados”, con poemas en prosa, contiene en sus páginas una mezcla de misticismo y de humor fantástico; fue una obra de total inspiración para los poetas posteriores, sobre todos para los surrealistas. Algunas parecen greguerías al modo de Gómez de la Serna. No puedo resistirme a poner una de las joyas que contiene las páginas de este libro:

“Sucede que cuando tú roncas el mundo material despierta al otro” o este “Saltad a la comba al bajar la escalera y no pondréis en ella los pies”…

Para muchos Max Jacob está considerado un poeta cubista quizás por su forma de vertebrar o examinar la realidad desde distintos ángulos o planos y por que además se relacionó sobre todo con dadaístas y cubistas aunque esto último no quiere decir nada a la hora de analizar su obra.

Juana J. Marín Saura, poeta

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Foto: Bárbara

La obra poética de Juana J. Marín Saura es de una sensibilidad, grandeza y delicadeza que a estas alturas no voy a descubrir. Ante una gran persona y artista lo mejor es, porque yo me veo incapaz de analizar o desmenuzar su obra como lo haría un crítico, oír, leer la musicalidad de sus versos y penetrar en su mundo lleno de sutiles percepciones. Hoy más que nunca necesitamos de la poesía, alimentarnos de ella para encontrar un poco de paz en estos tiempos de zozobra. Estos dos poemas inéditos, además, son un regalo que debo agradecerle a su generosidad. Y vienen encabezados con una cita  de Cesare Pavesse que dice así:

“La poesía es una defensa contra las ofensas de la vida”

COMO ALAS transparentes

de múltiples insectos…

en vuestro pensamiento instalo

                                 mi pequeño hogar

Avanzo… giro… retrocedo…

 

Y este otro poema:

DE la bóveda celeste

                          cuelgo mil besos

Tomad del cielo vuestra parte.

 

Nicanor Parra

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Nicanor Parra: “Antipoemas. Antología (1944-1969)”. Seix Barral. Barcelona, 1972.

 

Ha muerto Nicanor Parra, el gran poeta chileno, el hacedor de los antipoemas. La fecunda ironía, la parodia, el prosaísmo, el nihilismo, la esencia de lo humano que Parra deposita en lo cercano, en lo cotidiano, es lo que le hace decir en uno de sus versos: “No creo ni en la Vía Láctea”. La historia de la poesía chilena se nutre de cuatro grandísimos poetas, Mistral, Neruda, Parra y ciertamente Huidobro. Neruda es un cantor telúrico, la voz cósmica, la entraña de la tierra, mientras que Parra es la desmitificación, la fidelidad a la vida inmediata; tan diferentes y tan complementarios. Los jóvenes poetas se sienten atraídos por ese lenguaje directo de Parra. El mismo Parra define el antipoema así: “a la postre, no es otra cosa que el poema tradicional enriquecido con la savia surrealista -surrealismo criollo o como queráis llamarlo- … que “debe aún ser resuelto desde el punto de vista psicológico y social del país y del continente al que pertenecemos, para que pueda ser considerado como un verdadero ideal poético”. Personalmente me gustan estos versos del poema dedicados a su hermana, la grandísima, también, Violeta Parra:

DEFENSA DE VIOLETA PARRA

Dulce vecina de la verde selva

Huésped eterno del abril florido

Grande enemiga de la zarzamora

Violeta Parra

Jardinera

locera

costurera

Bailarina del agua transparente

Árbol lleno de pájaros cantores

Violeta Parra

 

O estos otros del poema: CARTAS DEL POETA QUE DUERME EN UNA SILLA

Jóvenes

Escriban lo que quieran

En el estilo que les parezca mejor

Han pasado demasiada sangre bajo los puentes

para seguir creyendo -creo yo

Que sólo se puede seguir un camino:

En poesía se permite todo.

 

Acmeísmo

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Anna Ajmátova

El acmeísmo es una corriente literaria rusa que surge en 1911 durante el llamado Siglo de Plata, en contraposición al simbolismo. El nombre proviene del termino griego “acme” que significa florecimiento, grado sumo de algo.  En el otoño de 1912 un grupo de poetas jóvenes, huyendo del romanticismo místico de los simbolistas, se reunieron en casa de Gumilev con la idea de crear una nueva corriente que se basase en un mundo concreto y real, lejos de lo que significa la búsqueda de la esencia oculta de las cosas, de modo que rechazan de plano lo inconcreto y, por el contrario, buscan la claridad, la lógica y la concreción. Los acmeístas  se consideran unos artesanos de la palabra y por ello llaman a sus reuniones “Taller de los poetas”. Los poetas rusos que se consideran a sí mismos acmeístas son: Ajmátova, Narbur, Gumilev, Gorodetsky, Zenkevich y Mandelshtam. Al año siguiente aparece el primer número de la revista “Apollón” con sendos artículos de Gumilev y de Gorodetsky, que son considerados como manifiestos del movimiento. En las reuniones del “Taller de los poetas”, Gumilev dirigía de alguna forma los debates y analizaba largamente el porqué una obra se la podía considerar buena o mala. Los poetas acmeístas también se reunían en “El perro vagabundo”, un bar testigo de lo que Anna Amátova expresó de la siguiente manera: “Todos estamos ebrios, perdidos” y afirmaba rotundamente: “Sí, yo amaba aquellos encuentros nocturnos”; y ciertamente aquellas reuniones se prolongaban hasta el amanecer. En aquel celebre café no solo iban los acmeístas, también los simbolistas, los futuristas alrededor de Maiakoski, así como los seguidores de Igor Sevirianin y de Jlébnikov. Todos los poetas de Petersburgo veían nacer un nuevo día en aquel mítico café.

Anna Ajmátova

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“Anna Ajmátova” dibujo de Amadeo Modigliani

Anna Ajmátova pertenece al movimiento acmeísta, el cual defiende la concisión de estilo, la economía del lenguaje, la exactitud del concepto y una preferencia por la imagen frente a la metáfora. Nacida en Kiev en 1889, Anna Andriéievna Gorenko vivió una época de hielo en la que la prosa vencía a la poesía o, mejor dicho, el prosaísmo sobre la poesía; su marido, el también poeta Gumiliov, fue fusilado acusado de conspiración y su hijo  varias veces encarcelado a pesar de las infructuosas gestiones de Gorki.  Anna vivió su drama personal, padeció el sitio de Leningrado, como el de muchas madres rusas, pero jamás renegó de su pueblo, cuyo destino abrazaba. Stalin y Zadanov la silenciaron y despreciaron, pero el pueblo ruso la compensó con creces: sus poemas corrían de mano en mano en los círculos literarios y las ediciones se agotaban enseguida. Una de sus obras más conocidas, “Requiem”, la escribió a petición de una mujer del pueblo que la reconoce cuando hacían cola para ir a ver a sus hijos encarcelados.

Te llevaron al alba,

yo fui detrás, como a unos funerales,

niños lloraban en un cuarto oscuro,

goteaba un cirio ante una imagen.

En tus labios lo frío del icono.

No olvido de tu frente los sudores.

Mujer también, cual las de los Arqueros,

aullaré frente al Kremlim y sus torres.

Del libro de Anna Amátova ” Requiem”. 1935. Los arqueros, o Streltsi, eran la guardia personal de los Zares que, tras rebelarse contra Pedro El Grande, los mandó fusilar en  un número aproximado de dos mil.

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Edición de Barcelona 1967.

 

Modigliani y Anna Ajmátova

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“Anna Ajmátova (Retrato de mujer rosa)”, 1915, Amadeo Modigliani

Una gran poeta y un gran pintor que se conocen en el París de 1910 y viven una corta pero apasionada relación amorosa. Así se podría resumir  el encuentro entre estos dos artistas y que, sin embargo, en el caso de Anna dejó una profunda huella que refleja en este poema:

En la oscura neblina de París

quizás otra vez Modigliani

camine imperceptible tras de mí.

Su triste naturaleza

incluso en el sueño me inquieta

de ser culpable de muchas desdichas

Pero para mí -su mujer egipcia- él es

la música que toca el viejo en el organillo.

Todo el rumor de París se esconde bajo esa música,

como el rumor de un mar subterráneo

que ha bebido del dolor

el mal y la vergüenza.

Anna Ajmátova, (variante de un  borrador de “Poema sin héroe”)

 

Fue en la primavera de 1910; se conocieron cuando ella llega a París con su marido, el también poeta acmeísta Nikolái Gumiliov. Y cuando ella regresa a Rusia él le escribe durante aquel invierno diciéndole cosas como estas: “Usted se quedó en mí como una obsesión”.  Un año después, en 1911, Anna se escapa y vuelve a París para verlo. Paseaban por el Barrio Latino, por las orillas del Sena, por el Jardín de Luxemburgo y visitaban el Museo del Louvre, sobre todo el ala egipcia, pues él estaba fascinado por el arte del país de los faraones. Según cuenta la poeta, él debió de  hacerle unos dieciséis dibujos y que estos los hacía de memoria. Me los imagino paseando por París como una joven pareja de enamorados; él tenía veintiséis y ella veintiuno. Después de esa escapada, jamás volvieron a encontrarse.

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“Desnudo con gato”, 1910.Carboncillo y lápiz sobre papel. Museo Sonmaya, México D. F.