Giorgio de Chirico, el arte metafísico

De Chirico: "Canto d'amore" 1914. Óleo sobre lienzo, 73 x 59. MoMA.

De Chirico: «Canto d’amore» 1914. Óleo sobre lienzo, 73 x 59. MoMA.

 

De Chirico: "Héctor y Andrómaca", 1912. Óleo sobre panel. Galleria Nazionale d'Arte Moderna e Contemporanea, Roma.

De Chirico: «Héctor y Andrómaca», 1912. Óleo sobre panel. Galleria Nazionale d’Arte Moderna e Contemporanea, Roma.

Se puede considerar a De Chirico el creador del arte metafísico, que algunos datan alrededor de 1910, año en que su pintura ya contiene los elementos esenciales de este movimiento vanguardista y años antes del manifiesto llamado «Nosotros los metafísicos», publicado en 1919 y firmado por él y por Carrá. El movimiento tuvo poco recorrido, disolviéndose un año después. En sus años de adolescencia, en Florencia, estudió a fondo el arte renacentista en la Academia de Bellas Artes pero, buscando una enseñanza más disciplinada, con posterioridad se matriculó en la Academia de Bellas Artes de Munich; de esos años recibe también la influencia de filósofos como Schopenhauer y Nietzsche. Pero qué es el nuevo movimiento y qué persigue. De  Chirico nos dice: «Yo solo empezaba a distinguir los primeros fantasmas de un arte más completo, más profundo, más complicado y, en una palabra (…) más metafísico». Y aunque él rechaza el sueño como fuente de creación, en su pintura encontramos unos claros elementos surrealistas, de modo que se anticipa a ellos con la inclusión de objetos simbólicos, elementos arquitectónicos, arquerías clásicas, maniquíes extraños a los que dota de otros significados… Y, como siempre, el gran Apollinaire quedó fascinado por su obra, a la que apoyó con gran interés; hay que ver lo que le deben los grandes pintores vanguardistas al poeta Apollinaire, a su generosidad entusiasta. El clasicismo de De Chirico conquistó a los críticos parisinos y a Picasso y a Braque como no podía ser menos. El pintor griego, de origen italiano, se formó a conciencia dibujando y copiando desde Atenas, Florencia y Munich el arte del mundo clásico, y no se equivocó.

Giacometti en su taller

Alberto Giacometti. Foto: Doisneau.

Alberto Giacometti. Foto: Doisneau.

 

Original foto de Doisneau captando a Alberto Giacometti en su pequeño estudio de París, que no cambió desde que llegara a la Ciudad Luz con 27 años.

Mark Rothko

Mark Rothko : "Centro blanco (amarillo, rosa y lavanda sobre rosa) Óleo sobre lienzo. 1950. 214 x 174 cm. Colección privada

Mark Rothko : «Centro blanco (amarillo, rosa y lavanda sobre rosa) Óleo sobre lienzo. 1950. 214 x 174 cm. Colección privada

 

Mark Rothko : "Orange and blue"

Mark Rothko : «Orange and blue»

 

Mark Rothko :"Untitled (negro, rojo,negro sobre marrón"

Mark Rothko :»Untitled (negro, rojo, negro sobre marrón»

 

Para sentir el gran hallazgo de Rothko hay que escuchar su «música, su palabra» cuando dice lo que es la pintura para él: «no hay nada como una buena pintura acerca de nada» y «no importa lo que un pintor pinta mientras esté bien pintado». Un observador plantado delante de una de sus obras pensaría : «¡Claro como él no pinta nada más que masas de color!». Este comentario grueso nos lleva a considerar lo que fue la ruptura de los artistas americanos con la hegemonía de París, donde la composición y el contenido de las obras eran elementos incuestionables. La II Guerra Mundial propició que tanto la dorada época del cine como el nuevo arte plástico se alimentaran con la savia nueva venida de Europa. Ese es el caso de Rothko, hijo de emigrantes rusos judíos, y la de su generación que crearon la Escuela de Nueva York, caracterizada por una nueva forma de hacer, fresca, inmediata, nacida de la improvisación frente a la reflexión muy meditada; artistas de la pintura de acción, de la contemplación o del grafismo hicieron posible el gran salto. La pintura americana, ahora, es el resultado de la expresión incontrolada de la individualidad apoyada en el subconsciente.

El mismo observador plantado ante uno de los grandes paneles de Rothko de finales de los cuarenta y de la década de los cincuenta, sus  años de madurez, si continuara escuchando la «música, la palabra» del pintor escucharía esto: «Pinto imágenes muy grandes porque quiero crear un estado de gran intimidad». El gran hallazgo de Rothko es que crea campos rectangulares de colores luminosos, que parecen flotar sobre la superficie del lienzo, la llena de poesía y de tonalidad  musical, y lo consigue con veladuras y fundiendo los límites o enmarcándolos con un borde blanco, enfatizando la sensación del cuadro dentro del cuadro.

El observador entonces al oír: » El arte es una nueva aventura que nos lleva a un mundo desconocido… Nuestra tarea como artista es hacer que la gente vea el mundo tal como lo vemos nosotros», entonces, a lo mejor con otros ojos pueda empezar a «sentir» las masas de color de Rothko.

 

Henri Rousseau II

Henri Rousseau

Henri Rousseau : «Combate de un tigre y un búfalo». 1891. Óleo sobre lienzo, 46 x 55. Hermitage Museum.

 

Henri Rousseau : "Los flamencos".Óleo sobre lienzo, 114 x 163. Colección privada.

Henri Rousseau : «Los flamencos». Óleo sobre lienzo, 114 x 163. Colección privada.

 

Enri Rousseau :"Autoretrato" . 1903. Óleo sobre lienzo. 23 x 19. Museo Picasso (París)

Enri Rousseau :»Autorretrato» . 1903. Óleo sobre lienzo. 23 x 19. Museo Picasso (París)

 

Rousseau (1844-1910)  vivió durante años de su trabajo en servicios de inspección aduanera, de ahí su apodo, pero a partir de 1893 abandonó su trabajo para dedicarse por completo a la pintura, haciendo retratos y enseñando música y pintura en su academia, aun sin tener ninguna preparación académica; con dificultad e ignorado, incluso ridiculizado por los críticos, se fue abriendo camino con un estilo puramente ingenuista, de representación detallista y unos colores al servicio de un lirismo poético muy personal. Desde 1905 crea sus extraordinarias escenas selváticas con fieras y una vegetación exuberante con flores y plantas imaginarias en un ambiente fabuloso poco cercano a la realidad. Su realidad soñada es la misma que alentó el arte de Chagall; se trata de un mundo ingenuo, naïf donde lo alegórico se combina con su esfuerzo para que sus obras sean reales por su minuciosidad; de hecho su realidad quería que fuera «vista» «presencial, cuando lo que consigue es que sea cada vez más visionaria. Admirado como revolucionario por los cubistas, su camino lleva a la pintura naïf a su más alta cota; lo onírico lo hermana con los surrealistas de forma inequívoca.

Henri Rousseau I

Henri Rousseau: "La encantadora de serpientes"

Henri Rousseau: «La encantadora de serpientes» . Óleo sobre lienzo. 169 x 190. Musée d’Orsay (París)

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Henri Rousseau

Henri Rousseau: «La jungla ecuatorial» .1909. Óleo sobre lienzo. 140 x 129. National Galery of Art Washington.

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Henri Rousseau: «El sueño». Óleo sobre lienzo, 204 x 298. 1910.  MoMA. N. Y.

Henri Rousseau, apodado «el Aduanero» nació en Laval en 1844 y murió en París en 1910, fue un pintor francés que suscitó la admiración de Gauguin, Degas, Picasso y Apollinaire entre otros muchos que formaban parte de la vida cultural y de vanguardia de aquellos años venturosos. Aunque denostado por la crítica en un principio, fue aceptado como un creador original por los grandes que entonces triunfaban en París. Picasso fue un buen coleccionista de su obra y una muestra de ello es el autorretrato del pintor hoy en el Museo Picasso de París. A su muerte, sus amigos encargaron a Brancusi la ejecución de su lápida sepulcral, según palabras de Brassaï, el pintor catalán Ortiz de Zárate, que vivía en Montparnasse, grabó en ella el poema que Apollinaire le dedicó:

Inscripción para la tumba del pintor Henri Rousseau, aduanero

Gentil Rousseau tú nos escuchas

Te saludamos

Delaunay su mujer el señor Queval y yo

Deja entrar nuestro equipaje exento de derechos a las puertas del cielo

Te llevaremos pinceles telas y colores

A fin de que tu ocio sagrado allí en la luz real

Lo consagres a pintar como cuando hiciste mi retrato

La cara de las estrellas

El crítico y poeta, el teórico de las vanguardias parisinas Apollinaire  fue su gran defensor y descubridor, su amigo fiel que permitió que su extraordinaria obra naïf se diera a conocer. Rousseau descansa muy cerca de la tumba de su amigo Alfred Jarry.

Billie Holiday

Billie Holidey

Billie Holiday

 

Billie Holiday, única e inigualable es la voz del jazz que transmite la intensidad de sus vivencias con unos tintes vocales insuperables; para Sinatra y muchos de sus admiradores de todo el mundo era la «Voz» del siglo pasado. Admiradora a su vez de Louis Amstrong dedicó su difícil vida al jazz. Ella dijo: «Cuando se es pobre, se crece deprisa»; su madre la trajo al mundo el 7 de abril de 1915 en Baltimore; rodeada de miseria, se dedicó durante un tiempo a la prostitución; aquella niña que con diez años fue violada, lanzada a la calle, sustrajo lo peor de la vida y lo vertió en desgarrado aliento, en poner sentimiento en sus canciones, porque sabía del sufrimiento. Nos queda su arte. Murió de cirrosis en julio del 59 a causa del alcohol y de las drogas. Su forma de decir las canciones, arrastrando las vocales, matizando los tonos y susurrando las notas que Lester Young hacía brotar para ella del saxofón y del clarinete, nos ha embriagado en canciones como «Strange Fruit» -considerada la mejor canción del siglo XX por Times en 1999-  y las extraordinarias «God bless the child», «I love you Porgy» y «Fine and Mellow». Su voz junto a las de Sarah Vaunghan y Ella Fitzgerald forman el trío femenino más grande que ha dado el jazz. Grabó más de doscientas canciones, ese es su legado, su riqueza inmaterial. Cuando murió, su cuenta estaba casi en números rojos…, pero nos sigue haciendo ricos a todos con su arte insuperable, íntimo y profundo, dotado de una calidez que en ella sí provoca el milagro de hacer de la voz humana el más imponente de los instrumentos musicales.

Máscara de oro de Agamenón

Máscara de oro de Agamenón

Máscara de oro de Agamenón. Museo Nacional de Arqueología de Atenas.

En Micenas, Heinrich Schliemann creyó descubrir la tumba de Agamenón en la quinta tumba. Hasta allí le había llevado un sueño que marcó toda su vida de la mano de Homero y de la Ilíada, donde se narran las hazanas gloriosas del rey camino de Troya. Una máscara de oro cubría un rostro increíblemente bien conservado. Tras el descubrimiento, el arqueólogo telegrafió al rey de Grecia: «He visto el rostro de Agamenón» Se murió creyéndolo. Fue en la acrópolis de Micenas, en el año 1878, cuando el arqueólogo prusiano pensó estar ante el cuerpo de Agamenón, pero investigaciones posteriores la datan trescientos años después de la época en que se cree que vivió este rey. Sin embargo, por la gran difusión y el impacto del hallazgo ha conservado su nombre. El descubrimiento que dio fama a Schliemann consta de un conjunto de seis tumbas de fosa vertical, el llamado círculo A, que contenía 18 individuos y unos riquísimos ajuares funerarios; las tumbas son de guerreros nobles, las cantidades de objetos de oro, espadas, joyas  de exquisito diseño así lo demuestran; no todos los cuerpos llevaban máscara de oro. El descubrimiento, que era la primera representación del arte micénico, mostraba  un pueblo dado al lujo, con una gran tradición comercial y con  influencia del arte cretense. Micenas sigue rodeada de misterio y su  inexplicable extinción, en un mito que nos atrae enormemente.

Tortilla de patatas malagueña

Tortilla malagueña. Foto: Bárbara

Tortilla malagueña. Foto: Bárbara

 

En este país, la tortilla de patatas, junto con la paella, es un comodín, algo que gusta a casi todo el mundo; algunos a la clásica le añaden rodajas de chorizo, cosa que a mi parecer enmascara el auténtico sabor de la patata. La tortilla de patatas tiene que saber a patatas, luego vienen los matices. Desde niños saboreamos la buenísima de mamá o de la abuela, la una con cebolla o sin ella; o la de mi tía Jose, que la bordaba con cebolla dorándola hasta darle un brillante tono marrón. Esta variante de Málaga es mi preferida; hay que tomarla fría y mejor de un día para otro. Una advertencia: abstenerse los que no les guste el ajo, porque la gracia de esta tortilla radica en el ajo y el perejil.

Ingredientes: patatas, dos o tres dientes de ajo, sal,  aceite de oliva, un puñado de perejil y tres huevos (la cantidad depende del tamaño de la tortilla).

Pelamos y lavamos las patatas, las cortamos en rodajas más bien finas y, cuando el aceite de la sartén esté caliente, las introducimos manteniendo la temperatura unos cinco minutos; a continuación bajamos el fuego y las sacamos cuando estén blandas y hechas. Para que suelten el aceite sobrante, las ponemos en un escurridor de verduras. Mientras, picamos los dientes de ajo con cuchillo, si lo hacemos con el leonardo quedan demasiado pequeños los trozos -el ajo se debe notar-. Picamos el perejil. Ponemos en el bol donde batiremos los huevos, el ajo y el perejil. Batimos y agregamos las patatas bien escurridas de aceite. En una sarten ponemos unas gotas de aceite; cuando esté bien caliente añadimos el contenido del bol, dejamos que se cuaje por ese lado y le damos la vuelta, bajamos el fuego para que no se queme y vuelta y vuelta… Caliente está buena, pero lo suyo es dejarla enfriar en la nevera. Deliciosa. y sanísima con todas las bondades del ajo y del perejil.

De mi estancia en el País Vasco me traje el gusto de presentar las tortillas de patatas con los pimientos de Padrón o simplemente italianos verdes; la razón del porqué era compensar la falta de cítricos, pues los pimientos tienen también mucha vitamina C… ¡qué sabia la tradición culinaria!