
Dalias. Foto: Bárbara
Son días de poda. Las lantanas, ahora, son solo troncos leñosos casi a ras de suelo. Parece mentira que en un espacio pequeño, como es este, quepan tantas hojas; tantas, que al abrir la puerta de la casa se cuelen un montón de ellas. Con el jardincillo pelado, aún se nota más el frío. Miro las dalias o mejor dicho, lo que queda de ellas y me sorprende ver que a pesar de tanta desolación están brotando tallos verdes y que incluso una gitanilla, a mis espaldas, luce brotes que explotarán en flores rosas. Y me digo, para mis adentros: ¡que fuerza tiene la naturaleza! y que la vida se abre paso sin pedir permiso. Y me alegro de que eso sea así y de que todo siga su curso… Ya me imagino las dalias naranjas y amarillas junto con las de color de rosa, cuando en abril, con la primavera caminando hacia el verano, nos regale los mejores colores de una paleta tan difícil de imitar. Y yo sola me sonrío pensando en el esfuerzo inútil de los pintores… entre los que me encuentro.