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Moreras otoñales

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Foto : Bárbara

 

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

No es la primera vez que lo digo, el otoño es mi estación preferida, quizá porque de forma palpable se ve como el ciclo de la vida se pone otra vez en marcha, para en la primavera volver a contemplar cómo nacen los diminutos brotes y los ves crecer día a día. El otoño es como la vejez de la naturaleza que, al igual que en los humanos, pone arrugas de sabiduría en nosotros; yo aspiro a envejecer con la misma dignidad y belleza de las moreras que hay frente a mi casa. Un rostro surcado de arrugas puede ser tan bello o más que el cutis terso de un adolescente insulso, que los hay. El paso del tiempo no nos debe asustar, pues formamos parte de ese ciclo de vida que renueva nuestro mundo y ese mundo, hay que reconocerlo, es muy hermoso.

De vuelta en casa

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

De nuevo en casa, después de unos días en Madrid y en Alcalá de Henares. En Alcalá he visto unos rosales rosas y amarillos que eran una preciosidad, pero ni tiempo he tenido para poder hacer alguna foto y lo lamento de veras; el tiempo era frío y húmedo, supongo que por la cercanía del río  Manzanares, y ha llovido de modo que tampoco he podido pasear por sus orillas embarradas. Alcalá tiene rincones increíbles para traerlos en las retinas y en la máquina; otra vez será… y a modo de reencuentro me he acordado de estas  flores de una planta carnosa que, igual que a los cactus, siempre me sorprenden por su aparente sencillez, pero de indudable belleza.

Pensamientos…azules

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Fotos: Bárbara

Tener pensamientos azules, y lo digo metafóricamente hablando, en esos días en que todo parece confabularse para que lo veamos todo negro, no estaría mal. Porque hay días en los que uno querría desaparecer del mapa y escaparse a una isla como un buen Robinson Crusoe para dedicarse a buscar cangrejos y sorber el mar con las lapas. Y a ser posible nadar en un mar revuelto hasta que la fatiga te venza y entonces flotar como una medusa y dejarte llevar…

Callejeando por Estepona

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Foto: Bárbara

La verdad es que los días pasados en la provincia de Málaga han sido un regalo para la vista. Estepona me ha encantado, pero también sus paisajes y sobre todo nuestro querido amigo con quien hemos compartido mesa, mantel, conversaciones y recuerdos de otros tiempos. Por suerte la vida pasa y los buenos amigos permanecen.

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Foto: Bárbara

De Nicolás Fernandez de Moratin, este poema de milsetecientos y pico sobre el buen yantar que el Ayuntamiento de Estepona colgó en el 2014.

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Aparte de los fritos maravillosos de la tierra, los restaurantes argentinos: una delicia.

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Foto: Bárbara

¡Y que no falten las macetas!

 

 

Málaga, el amor por las flores

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Hibisco rosa. Foto: Bárbara

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Begonias. Foto: Bárbara

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Begonias. Foto: Bárbara

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Begonias. Foto: Bárbara

 

En Estepona, localidad costera de la llamada Costa del Sol malagueña, no hay centímetro de pared ni enrejado que no luzca orgulloso infinidad de macetas que el servicio de mantenimiento del Ayuntamiento cuida con verdadero mimo. Las paredes pulcramente encaladas reflejan el sol que en este mes de septiembre calienta, pero no agobia, pues la brisa marina dulcifica el ambiente. Si uno deja el paseo marítimo y se sumerge en las callejuelas del pueblo, un sinfín de casitas blancas muestran todo el encanto de los pueblos andaluces tocados por la gracia de alguna deidad que se refleja en la multitud de maceteros, macetas y parterres cuajados de flores. Algunos rincones recuerdan las callecitas ibicencas; todo es limpio, cuidado y hermoso. Todo induce al relax y al «dolce far niente».

Otro año, Noa

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foto: Bárbara

Otro año ya, mi princesita. Otro día que pasaremos juntos, que reiremos celebrando,casi sin darnos cuenta, que despacito vas dejando atrás esa época feliz de sueños, ese territorio donde reinan los juegos y las ilusiones no se cortan un pelo. Todo lo mejor para ti, mi niña preciosa de ojos que ríen…

Calceolarias

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Calceolarias: Fotos Bárbara

La calceolaria significa «felicidad» y sus difuminaciones de color son realmente hermosas. Su nombre tiene dos derivaciones: la primera, del latín «calceolus», que significa «zapatito» por la curiosa forma de su corola, aunque se asemeja más a una bolsa o saquito que a una pantufla; y la segunda, del nombre del botánico italiano Calzolaris, un fraile que vivió en el siglo XVI. Comprende unas 200 especies y provienen de Chile, Perú, Nueva Zelanda, Brasil, Jamaica, región de los Andes, Brasil y Patagonia. Las hay que son plantitas herbáceas o arbustivas hasta de un metro de altura. Personalmente me encantan de cualquier tamaño y color, y de pequeña me parecían algo sorprendente con lo que jugar, igual que me sucedía con las diminutas flores de las lantanas en aquel jardín de ensueño de Marieta en Ciudadela; ¡Cuántas veces añoro ese lugar sobre el puerto donde hasta las prunas sabían a mar!

Un balcón florido

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Madreselvas. Foto: Bárbara

 Madreselvas en flor… Este año las madreselvas no han parado de crecer y el balcón está prácticamente cubierto y lleno de flores. Cuando las veo y me envuelve su olor, me acuerdo del tango y del gran Gardel. Por las noches, con el balcón abierto, una se siente nostálgica y las notas vienen de lejos… pero siempre con su voz. El tango para mí siempre será Gardel.

Los girasoles marchitos

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Foto: Bárbara

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Foto: Bárbara

Hay flores tan hermosas que hasta el paso del tiempo les sienta bien; ellas no necesitan cremas de belleza que rellenen los surcos, alisen y den esplendor al encanto con que la naturaleza les dota. Simplemente envejecen tan bien que da gusto verlas en su sencillez, sin artilugios, sin trampas ni cartón. Es una bonita lección que deberíamos aprender, porque no hay nada tan bello como un rostro surcado, marcado por arrugas que la vida deja…

Girasoles

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Girasoles. Foto: Bárbara

 

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Girasoles. Foto: Barbara

Acaba de caer un chaparrón primaveral, de esos cortos, pero acompañados de aparato eléctrico y he temido por los girasoles; cuando ha terminado he salido al exterior y he visto con agrado que estaban tan campantes, como si no fuera con ellos. Se ve que son fuertes y nada les asusta, aunque el giro de algunos pétalos puedan dar la impresión de que, de poder, se hubieran puesto al abrigo y salir corriendo o bien que se intentaban sacudir el agua de encima, igual que hacen los perros cuando terminas de bañarlos… En fin, son elucubraciones mías.