De momento la escopeta de perdigones no me ha servido para nada. Los vecinos de enfrente, unos franceses que solo vienen en verano, tienen las ventanas abiertas de par en par, como ahora. Yo acecho esas dos ventanas con la escopeta sobre las rodillas, pero me canso y desespero. Los gorriones, durante todo el invierno, se fortifican en esos poyetes y me miran con descaro por culpa de esas persianas cerradas a cal y canto; ellos saben que solo cuando llegan las invasiones turísticas con el calor, están a salvo. Como ahora. Se pitorrean de mi, lo sé y lo siento. Lo noto. Ni siquiera teniendo el toldo abierto, me dejan en paz. Los veo posados en el muro lateral del vecino de la derecha cuyo piso ha pasado a ser del banco y por tanto está en el limbo financiero y como consecuencia sin habitantes. Y de allí tienen el descaro de subirse al toldo y noto sus patitas bailando sobre la tela que oscila sobre mi cabeza. Y yo con la escopeta sobre las rodillas y sin poder disparar. Y para colmo los vecinos franceses me empiezan a mirar con desconfianza. ¡Estoy por tomar un camino!