Edgar Degas (París, 1834-1917) fue enterrado en el cementerio de Montmartre, en el panteón familiar, en la intimidad y alguien del pequeño cortejo, en el que se encontraba su buen amigo Manet, dijo: «Le gustaba mucho dibujar…»; creo que fue su amigo Forain el que lo dijo, como si resumiera una labor marcada por la línea. Dibujó y dibujó, tal como le había aconsejado su admirado Ingres en 1825: «Dibuje líneas, muchas líneas, ya sea de memoria o del natural», Y así lo hizo. A Degas se le debe la más exacta y perfecta definición del arte : «El arte es el dominio del dolor por la belleza». Dedicado en cuerpo y alma a la pintura, tras varios años en Roma, Nápoles y Florencia, copiando y estudiando a los maestros Tiziano, Veronés, Tintoretto, los frescos de Giotto en Asís, Botticelli, Mantegna…, se instala en Montmartre. En aquel momento las tertulias allí se celebraban en el café Guerbois en la avenida Clichy, lugar de encuentro de los impresionistas, entre cuyos contertulios se encontraban Manet, Cézanne, Pissarro, Sisley y los poetas Mallarmé, Paul Valéry…; Degas, como el mismo Manet, mantuvo, no obstante, sus propios criterios, como su rechazo a pintar al aire libre; en ese sentido se les puede clasificar más como pintores de caballete, de estudio.
En 1863, Félix Nadar era el fotógrafo de moda en París; los pintores vanguardistas se dieron cuenta de que la fotografía cambiaría la estética de la pintura; Degas fue de los pocos pintores que así lo reconocieron y pretendió captar la figura en movimiento al darse cuenta de las posibilidades que ofrecía la fotografía, con la que podría investigar la relación entre la figura y el espacio desde otra perspectiva. Con esa mirada nueva abrió puertas a la modernidad, consiguiendo llevar el realismo plástico a su apogeo, siempre desde su particular concepción del impresionismo. La serie de bailarinas tuvo tal éxito en un París dominado por el baile de la Opera, los cafés-concierto que su marchante, el gran Durand-Ruel, le vendía todo lo que salía de su taller de la calle Victor Massé. La alta burguesía que compraba esos cuadros tenían a las bailarinas como objetos eróticos. En ese sentido sus desnudos causaron escándalo en la crítica más conservadora.
En esta admirable obra, «La tina», el espectador observa a la muchacha desde arriba, captada en un momento íntimo. El pintor une en este cuadro dos géneros, la naturaleza muerta y el desnudo, con una disposición del espacio magistral, las curvas de la tina y de la mujer, las líneas verticales, la disposición de los objetos sobre esa mesa y el mango del cepillo que sobresale de la cómoda como nexo de unión de los dos espacios.










