Lobo asomó el hocico; dentro de la lobera era todo noche. Fuera, la Luna llena encendía el risco. El hambre le obligó a salir. Cazar en la oscuridad era parte de su condición, pero se sentía cansado y viejo. Aquella noche repasó sus lunas mientras bajaba hacia el valle. Las luces del pueblo se iban apagando a medida que él se iba acercando; el reloj de la torre de la iglesia dió las doce. La única farola parpadeaba. Y las moreras del paseo se agitaban mecidas por el viento. Sin ver, lobo oyó un chasquido; fue como un crujido y su fino oído le obligó a escudriñar el suelo. Había pisado algo, pero no podía ver claramente qué era. Fue entonces cuando la Luna se despojó de una nube y vio el caparazón roto de un caracol y un poco más lejos al caracol maltrecho estirándose sobre un lecho húmedo. Lobo se quedó allí sin poder hacer nada, pero lo custodió hasta que amaneció.
