Un matrimonio entre dos creadores, dos grandísimos poetas que, aun compartiendo vidas, no siempre coinciden en el tiempo. Sylvia se suicidó en su casa inhalando monoxido de carbono con sus hijos, dos críos, en la habitación de al lado. Hoy se cree que Sylvia, una bostoniana inestable, era bipolar que, por ello, sufrió terapia electroconvulsiva y que tenía una sensibilidad a flor de piel. La muerte de su padre la afectó en gran manera, Con apenas treinta años decidió quitarse la vida en Inglaterra, donde estaba impartiendo clases. Dos años después de tener a su hijo, el matrimonio se separó. Dos temperamentos, dos personalidades que sienten, como creadores, la nacesidad de hacer, de espresar, de espresarse. Lo cotidiano, su papel de ama de casa, lo narra muy bien en sus «Diarios completos». Lavar, fregar, planchar, lo que hiciera falta y madrugar para que a la nueve de la mañana pudiera ponerse a escribir. Ya la misma Virginia Wolf reclamaba el derecho a tener una habitación propia para escribir. Estoy convencida de que la mayoría de las creadoras no deberían formar una familia, porque sus necesidades van en otras direcciones. En el ya citado anteriormente diario, la poetisa (yo no reniego de esta palabra que me parece preciosa) se juzga con una dureza demoledora, de su físico dice: «Nariz chata como una salchicha grasienta: los poros muy abiertos y llenos de pus y mugre, manchas, el extraño lunar marrón debajo de mi mejilla que quisiera haber eliminado …». Sus debilidades, sus inseguridades, la culpa, la religión, Ted, Boston, todo está narrado con una sinceridad pocas veces puesta sobre el papel, con tanta dureza. Sylvia, un ser al que le dolía la vida.