Un año antes del nacimiento del genial pintor, su madre dio a luz a un niño que nació muerto y al que pusieron el nombre de Vincent. No mucho antes los niños nacidos muertos, con el dolor que eso suponía, no eran socialmente objeto de duelo, más bien al contrario, se pasaba de puntillas y se soslayaba el hecho. Pero, por entonces, en la burguesía se instaló un cambio radical, de modo que Anna, la madre del pintor, hizo instalar en el pequeño cementerio protestante, junto a la iglesia, en la tumba de su hijo una gran lápida con la inscripción de «Dejad que los niños se acerquen a mí», el año, 1852 y el nombre: Vincent van Gogh. Al año siguiente nació otro niño al que pusieron el nombre del hermano muerto: Vincent. Por tradición, los niños debían heredar los nombres de los abuelos y Anna, sometida a las normas más estrictas durante toda su vida, lo dio por hecho: su nuevo hijo debía llamarse Vincent Willem. Cuentan varios biógrafos que durante años, Vincent, para ir al colegio, tenía que pasar por delante del cementerio y ver la tumba con su nombre: Vincent van Gogh. Supongo que algo tremendo para un niño. Dalí fue otro caso parecido, tuvo que asumir el nombre heredado de su hermano muerto y de arrastrar toda su vida su sombra. Siempre he detestado el hecho de repetir los nombres dentro de una misma familia… ¡Dejad que los niños tengan la propia identidad que supone un nombre; para qué un infante tiene que recordar al abuelo o al padre o al tío, que a lo mejor eran insufribles!









