Aurelio Serrano Ortiz: «28-02-2014». De la serie «Unidades», lápiz sobre papel.

Miró :»Caracol, mujer, flor, estrella», óleo sobre tela (195 x 172). 1934. Fundación Joan Miró, Barcelona.
A Miró y Kandinsky les unió una gran amistad y reconocimiento mutuo. Miró manifestó su admiración dedicándole uno de sus cuadros, «Este es el color de mis sueños», fechado en 1925, en azul, el color preferido del ruso, pero no fue hasta 1933 cuando se conocieron y trabaron amistad. A pesar de sus discrepancias con el automatismo pictórico del surrealismo, Kandinsky, no pudo sustraerse a la influencia de alguno de sus pintores como Miró. En 1935 el ruso y su mujer Nina visitaron Mallorca invitados por los Miró.
En 1940, el mallorquín estaba inmerso en un mundo de formas orgánicas, las «Costelaciones» y trabajaba su mundo poético en Varengeville (Normandia); Kandinsky le hizo una visita y pudo contemplar el mundo mironiano poblado de figuras fantásticas. En su última etapa el pintor ruso compuso su obra en eso que los críticos han llamado «Abstracción biomórfica» para la que son vitales el brillante colorido de la pintura eslava popular y su interés por los temas científicos. Desde los tiempos de la Bauhaus, en la que impartió clases como profesor, se sintió fascinado por la botánica, la zoología y la embriología…; los seres microscópicos, la búsqueda de lo invisible, es un universo que generó no solo en él la fascinación: Leger, Arp, Miró atienden a la necesidad de una búsqueda distinta. Kandinsky, en su última etapa, llena su obra de formas orgánicas que invaden su quehacer en detrimento de las formas geométricas anteriores en la Bauhaus dando rienda suelta a un mundo onírico, fantástico, lejos de los avatares que la ocupación nazi imponía. Refugiado en Nuilly-sur-Seine su creatividad se reflejó en más de un centenar de acuarelas, dibujos, litografías y 44 lienzos de alegre ironía.
Brassaï, conoció a Picasso en su estudio sito en al número 23 de la rue de la Boétie, cuando este acababa de cumplir cincuenta años; rico, famoso, había adquirido Boisgeloup, un castillo en Normandía, y se estaba preparando la primera gran exposición retrospectiva de su obra en la galería Georges Petit. La época de los cubistas y de los surrealistas se centra alrededor de la rue de la Boétie que fue como un imán para los galeristas y los marchantes, los cuales anteriormente se habían situado en la rue Laffitte y sus aledaños cuando triunfaban los impresionistas y los fauves. El primero en instalarse fue John Hessel, seguido de Paul Rosenberg y su hermano Léonce… Solo Vollard se dirigió hacia la orilla izquierda.
Brassaï fue llamado en setiembre de 1943 al estudio de Picasso con la idea de que fotografiara la obra escultórica de Picasso desconocida o aún poco conocida. Las fotos, una treintena, aparecerían en el número 1 de una nueva revista de arte, la después prestigiosa, Minotaure, editada por Albert Skira y siendo su director artístico Tériade. Después de este primer ejemplar, Matisse, Derain, Dalí, André Masson, Magritte… fueron los que aportaron su particular versión del minotauro que aparecía en las distintas portadas.
Brassaï fotografió en Boisgeloup las esculturas de Picasso, pero también su estudio, al pintor delante del caballete, con sus amigos, las zapatillas de cuadros, a Sabartés, a los amigos»actores» de su obra de teatro «Le désir attrapé par la queue»… todo lo que era su mundo; él mantuvo su amistad con el pintor durante toda su vida, pero cuando aparece Dora Maar se mantuvo al margen para que ella tomara el relevo y se encargara de ser su fotógrafa «oficial» para evitar recelos. De entre todas las cosas que Brassaï fotografió, estas manos, moldes y vaciados en yeso del pintor.
Manos carnosas, con el monte de Venus prominente, según los entendidos reflejo de una sensualidad desbordante, dedos pegados, unidos… en fin yo no soy experta, pero se ven tan claramente las líneas que el que quiera y sepa las puede interpretar…
Del libro «Conversaciones con Picasso» de Brassaï, que el autor dedica: «A picasso en sus ochenta y tres años -tan llenos- este manojo de momentos vueltos a vivir». Editado por Aguilar S.A. de Ediciones, Madrid, 1966.
¡Magnífico e interesante libro vivido!
Esta obra de Gauguin de 1892, realizada en su paraíso salvaje, Taití, lugar soñado durante mucho tiempo y centro al que todas sus coordenadas vitales conducían, contiene un elocuente parecido con las pinturas egipcias, sobre todo en los gestos, en el posicionamiento de las manos y pies, las figuras hieráticas, planas y en el color oscuro de la piel. Todo ello contribuye a ese aire de primitivismo muy acusado e incluso a una cierta estética naïf. Personalmente encuentro que tiene mucho encanto y que en él aflora el embrujo que el arte egipcio ha ejercido en todos los artistas de todas las épocas a pesar de ellos mismos, irremediable e inconscientemente.
Una de las seis litografías que Odilon Redon dedicó a Poe no como ilustraciones de los poemas del gran poeta sino como homenaje y como reconocimiento de la pasión que este sentía por lo sobrenatural y extraordinario. Curiosísima litografía donde el ojo, que era un tema recurrente en el pintor, tenía, según estuviera abierto o cerrado, distintos significados; abierto, como conciencia universal y cerrado, como soledad y vida interior.
La escultura, debida a Bek, representa a Amenofis IV y se encuentra en el museo de El Cairo. Este faraón de la XVIII dinastía, nieto del gran Tuthmosis, fue el artífice de la gran revolución religiosa y estética que comenzó por sustituir Tebas, la hasta entonces capital del imperio, por la ciudad a la que hoy llamamos Tell-el-Amarna. Cambió su nombre por el de Akhenatón y la religión politeísta por otra monoteísta en la que el único dios es el disco solar Atón que con sus rayos propicia la vida y el crecimiento de todos los seres vivos. Al abandonar la idealización de las formas, los artistas se ciñeron a un realismo antes nunca visto; desconcierta el realismo que nos muestra a un faraón de hombros caídos, pecho hundido, con un cuello enorme, brazos muy delgados, piernas cortas y un vientre abultado… Su aspecto andrógino, lejos de los modelos atléticos o robustos anteriores, algunos lo atribuyen además al hecho de encarnar lo femenino y lo masculino.
En la tumba de Ay en Tell-el- Amarna se encuentra el conocido y hermoso himno al sol, El Gran Himno a Atón y que comienza así:
¡Qué hermoso te levantas en el horizonte del cielo,
Oh viviente Atón, creador de la vida!
Cuando amaneces en el cielo oriental
Tú llenas todos los países con tu belleza.
Eres hermoso, grande, radiante,
por encima de todas las tierras.
Esta pintura de Carl Spitzweg perteneciente al romanticismo alemán, «El poeta pobre», tiene un marcado matiz humorístico propio del costumbrismo típico de dicho movimiento. Personalmente me divierte muchísimo; el poeta más pobre que una rata demuestra muy gráficamente que en todas las épocas y países el saber, la cultura y la creación conlleva penuria, miseria y ningún reconocimiento salvo que exista un mecenazgo, algo que ha pasado a la historia… El cuadro tiene mucha gracia a pesar de la triste realidad que muestra.
Delacroix (1798-1863) fue el pintor francés más personal de la época. Coincidió en el taller de Guerin con Géricault, que fue el fundador del romanticismo pictórico en Francia e, influenciado por «Le Radeau de la Meduse», expuso con poco más de veinte años «Dante y Virgilio atravesando la laguna que rodea la ciudad infernal de Ditis», sacado de la Divina Comedia, que tuvo un enorme éxito y obtuvo el título de «Manifiesto de la estética nueva» . Fue realmente con esta obra con la que se dio a conocer en 1822.
En el salón del pintor napoleónico barón Gérard conoció a Merimée y a Stendhal con los que tuvo una gran amistad. Luis Felipe lo tomó bajo su protección una vez que llegó al trono tras la Revolución de julio de 1830. En el Salón de 1831 expuso una de sus pinturas más famosas: «La Libertad guiando al pueblo», donde la Libertad está representada por una mujer tocada con el gorro frigio enarbolando la bandera tricolor sobre las barricadas, contrastado el desnudo alegórico con el traje del burgués y del obrero y las torres de Notre Dame como fondo de una ciudad humeante.
Estamos en el año del Greco y la ciudad de Toledo le rinde homenaje merecidísimo. Todo aquel que pueda acercarse a visitar la ciudad para contemplar las distintas exposiciones y los lugares donde dejó su huella el pintor cretense, como su casa convertida en Museo desde 1910 situada en la judería que perteneció al mecenas Samuel Levi, el Hospital Tavera, cuyo retablo proyectó el Greco y realizó su hijo Jorge Manuel -allí se conserva una de las pocas esculturas que realizara, el «Cristo Resucitado»-, la Catedral… ; se encontrarán además con el añadido de ver los bellos paisajes y el contorno de una ciudad encantadora encaramada en lo alto con el Tajo a los pies.
En «Vista y plano de Toledo» (1608-1614), conservado en su casa Museo, nos encontramos con sus figuras idealizadas y estilizadas, y la descripción meticulosa de las casas, palacios e iglesias, la alegoría del río Tajo, el plano que porta el Niño …, una obra compleja que dio lugar a numerosas interpretaciones: para unos era una obra inacabada; para otros, un precedente de los paisajes de Cézanne y de la corriente impresionista.
El dramatismo y movimiento que caracteriza a las figuras del pintor de Candia (hoy Heraklión) los traslada al paisaje, dotándolo de toda la fuerza interior al enfatizar su representación dramática antes que la descriptiva en los pocos que realizó. Esta forma de tratar el paisaje dotándolo de una atmósfera onírica, angustiada, fue muy valorada por los pintores simbolistas del siglo XIX y con posterioridad otros pintores impresionistas, posimpresionistas y expresionistas bebieron de estos, considerados primeros paisajes españoles y, más concretamente, su «Vista de Toledo», fechado en 1597-1599.
Este cuadro «Toledo», hoy en el Museo Metropolitano de N.Y. , cumple todos esos requisitos antes citados y yo añadiría que el color verde aplicado sin matices, además, lo hace absolutamente moderno, actual, destacando también ese hermosísimo cielo cargado de expresividad emotiva que me lleva a los cielos de otro pintor personalísimo, Van Gogh, evidentemente no en la forma sino en el tortuoso sentimiento proyectado.