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Caravaggio: «Baco»

Caravaggio: "Baco". Óleo sobre lienzo,95 x85 cm. 1596. Galleria degli Uffizi. Florencia.

Caravaggio: «Baco». Óleo sobre lienzo,95 x85 cm. 1596. Galleria degli Uffizi. Florencia.

 

Magistral esta representación del dios Baco que se aparta de los cánones de su época. Caravaggio fue un pintor libre que pintaba su verdad, lo que veía, apartándose así del realismo idealista del Renacimiento; buscando sus modelos entre sus amigos, entre las prostitutas, entre los compañeros de juergas nocturnas; los lances, riñas, peleas en los bajos fondos condicionaron el final de su vida, por todo lo cual, hoy diríamos que fue un rebelde que pintó como vivió. El naturalismo con que están realizados los distintos elementos de este bodegón, la copa de vino que ofrece al espectador, los pámpanos, la botella nada tiene que ver con el aristocrático ideal del renacimiento, ni el rostro sensual del muchacho responde al canon mitológico del dios. La tremenda ambigüedad sexual convierte a esta tela en una obra inquietante; se piensa que el muchacho de rostro regordete, que muestra la rojez de la piel atribuible al vino -más que el tono «rosado de las mejillas», que contrasta fuertemente con la blancura de la piel del torso-, de mirada sensual y de labios carnosos, cuya identidad se cree era la de un «castrato» o bien que era un autorretrato debido a la postura frontal del personaje, ya que se retrató frente a un espejo. Sea como sea, el resultado es una soberbia obra alrededor de ese dios cercano, profano y tremendamente inquietante.

Su otro «Baco», pintado con anterioridad a este, «Baco enfermo», hoy en la Galleria Borghese de Roma, sí se sabe con certeza que es un autorretrato, y para mí que guarda mucha similitud en los rasgos con el  de 1596; de todas maneras ambos son la expresión del genio del lombardo Michelangelo Merisi, nacido en el pueblo de Caravaggio.

Delacroix: «Frédéric Chopin»

Delaroix: "Frédéric Chopin". 45 X 37. Museo del Louvre.

Delacroix: «Frédéric Chopin». 45 x 37. Museo del Louvre.

 

Delacroix, Chopin y George Sand, un pintor, un músico y una escritora fueron los protagonista de este retrato. El maestro Delacroix pintó pocos retratos, pero este influyó  grandemente en los impresionistas. La amistad entre los tres se inicia en 1838, año en que se conocen; el genial músico polaco y su compañera, la escritora francesa, fueron la encarnación del espíritu romántico, su relación y sus vidas casi un alegato vivo. Cuando la amistad, el vínculo más noble, fuerte y desinteresado que pueda darse, une a esos tres seres fuera de lo común, lo hace para siempre, hasta la muerte del músico. Baste decir que en el estudio de Delacroix se instaló un piano para que Chopin pudiera tocar sus maravillosas improvisaciones, componer y deleitarlos; de igual manera la pareja tenía en su casa un taller para que el pintor, otro romántico declarado, pudiera trabajar a su antojo. Este cuadro tiene su historia; en un principio era un retrato de mayor tamaño en el que aparecían George Sand y Chopin separados por un piano, cuando se produce la ruptura entre ellos, el lienzo se cortó, separando físicamente a la pareja; la parte de la escritora se conserva en el Museo de Ordrugaard de Copenhague en Dinamarca.

Para algunos el retrato de Chopin está inacabado, quizá por la soltura con que está resuelta la cabeza, por los vigorosos trazos de cabello o por el protagonismo de la luz que enmarcan los rasgos sustituyendo al dibujo o a las líneas bien perfiladas. Una línea en diagonal, descendente, constituye el eje del rostro bellamente, magistralmente realizado.

 

 

Los caballos de Velázquez

Velázquez: "Retrato ecuestre de Isabel de Borbón". Museo del Prado.

Velázquez: detalle del «Retrato ecuestre de Isabel de Borbón». Museo del Prado.

 

Esta soberbia cabeza del caballo pertenece al «Retrato ecuestre de Isabel de Borbón», esposa de Felipe IV, pintado por Velázquez (1634-1635). Los retratos ecuestres son retratos con empaque y monumentalidad; en los de Margarita de Austria y de Isabel de Borbón, grandes mantos y gualdrapas dejan ver solo la parte anterior de las cabalgaduras; en los de Felipe III y Felipe IV, en el del Conde-Duque de Olivares y también en el del Príncipe Baltasar Carlos los caballos parecen  encabritados, en movimiento, robustos, incluso potentes, rechonchos, debido, según algunos, a la altura en la cual iban a ser colgados; los de las dos parejas reales flanqueaban las puertas del Salón de Reinos; el del Príncipe Baltasar Carlos lo pinto para El Gran Salón del Palacio del Retiro. Estos retratos ecuestres fueron ampliados con tiras laterales añadidos al lienzo original.

Pero lo que quiero destacar aquí es que esta maravillosa cabeza es totalmente velazqueña,  donde se aprecia la pincelada suelta que resbala sobre la pintura, el realismo costumbrista de la escuela sevillana, la maestría del genio. Y la noble mirada del caballo… Bellísima estampa.

Marguerite Yourcenar: la dama de las letras («Negro sobre Blanco» VI)

Bárbara Carpi: de la serie Negro sobre blanco, técnica mixta sobre tela. 2013.

Bárbara Carpi: de la serie Negro sobre Blanco, técnica mixta sobre tela. 2013.

 

Marguerite Yourcenar escribía como nadie de las cosas más terribles con la poesía de los grandes poetas, con la profundidad del pensamiento de los clásicos y con la hermosura y delicadeza del arte oriental. Era un alma delicada que nada rehuía en su prosa fluida y elegante cuando dibuja sus personajes plenos dotándolos de una carnalidad real.  En «Fuegos» decía: «No hay amores estériles. Y es inútil tomar precauciones. Cuando te dejo llevo dentro de mí el dolor, como una especie de hijo terrible». Calidad y lucidez, unido a una independencia de pensamiento que la convierten en una de las plumas más notables del siglo pasado y me atrevo a decir que de los venideros. Su esmerada educación clásica y su pasión viajera la llevó, desde su Bruselas natal, a conocer Europa y Oriente Medio. De ese conocimiento y amor surgen sus «Cuentos Orientales», escritos diez años antes de la segunda guerra mundial y recopilados por primera vez en 1938. He vuelto a releerlos  y ha sido como destapar un frasco de perfume conocido y delicioso que nos lleva por China, Japón, Grecia, los Balcanes…   El primero de ellos, titulado «Cómo se salvó Wang- Fô» y que empieza así: «El anciano pintor Wang-Fô y su discípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han…», nos anuncia un relato sorprendentemente bello, como una porcelana china tan fina y exquisita que la luz la atraviesa dotándola de vida.

De Ediciones Alfaguara. 1982, Madrid. Magnífica traducción de Emma Calatayud.

Titulo original: «Nouvelles Orientales» Editions Gallimard, 1938.

Velázquez y el paisaje II

Velázquez: "El mediodía". Museo del Prado.

Velázquez: «El mediodía». Museo del Prado.

Este es el otro rincón de la Villa de los Médicis que Velázquez pintó en su segundo viaje a Italia, posiblemente motivado por el agradable recuerdo de su estancia de mayo a julio de 1630 en  la Villa de los Médicis. Esta obra, un óleo sobre lienzo de 55 x 38 cm., «El mediodía», se encuentra también en el Museo del Prado. Fue pintado al natural y con la técnica propia del impresionismo, se supone que volvió para plasmar la belleza del lugar; fuera de su época, en estos dos paisajes se anticipa casi tres siglos y además se lleva sus propias «fotografías» de Roma…

Velázquez y el paisaje

Velázquez: "Vista del jardín de la Villa Médicis" (La tarde). Óleo sobre lienzo,  48 x 42. Museo del Prado.

Velázquez: «Vista del jardín de la Villa Médicis» (La tarde). Óleo sobre lienzo, 48 x 42. Museo del Prado.

Aunque durante mucho tiempo se pensó que «Vista del jardín de la Villa Médicis. en Roma»  fue pintada por Velázquez en su primer viaje a Roma debido a que fue entonces cuando se alojó en la Villa Médicis, ahora los investigadores se decantan por datarla sobre 1650 y  dar por hecho que la realizó en su segundo viaje a Italia; la pincelada de esos años libre, suelta y en forma de coma es propia de entonces y no de 1630. Los hermosos rincones del jardín los traslada a dos obras de pequeño formato, esta, llamada también «La tarde», y otra, «El mediodía», que  son realmente dos estudios al modo impresionista, captando la luz a diversas horas del día; sin embargo, Velázquez mantiene la óptica propia del siglo XVII y su propia técnica; él distingue netamente la forma de los objetos, la atmósfera, el espacio y no los refunde como los impresionistas; pero, al igual que ellos, los pinta al aire libre, algo novedoso y que dota a estos dos paisajes de una frescura inusual; lo que se hacía antes era tomar apuntes, bocetos para luego recrear lo visto en el taller y eso se nota por la falta de naturalismo. Ademas en estos dos trabajos aparecen cuatro personajes apenas esbozados, sugeridos, una nueva forma de representar las figuras, que dejan de tener el protagonismo que anteriormente tenían dentro del paisaje. Por sus pinceladas y el estudio de la luz, Velázquez es considerado por algunos como un adelantado del impresionismo; son obras revolucionarias como el «Paisaje de Toledo» del Greco.

Matisse: las aguadas recortadas

Matisse: "Desnudo azul III". Aguada recortada, 112 > 73 cm. Museo Nacional de Arte Moderno. París.

Matisse: «Desnudo azul III». Aguada recortada, 112 x 73 cm. Museo Nacional de Arte Moderno. París.

 

La serie de los desnudos azules a la que pertenece esta obra es la consecuencia lógica de la búsqueda del color monocromo, desde los colores planos, en un principio, hasta los fondos integrados mediante el recorte. En el dibujo, el pintor comenzó valorando el papel del negro y el blanco como elementos esenciales, prescindiendo poco a poco del barroquismo de los sombreados o rayados. A partir de los años cuarenta, Matisse hizo sus primeros recortes en hojas tintadas de imprenta; esa técnica se fue depurando hasta que comenzó a utilizarla sobre papeles previamente coloreados a la aguada; lógicamente el resultado fue mucho más gratificante; entre 1952 y 1954 logra la máxima depuración y belleza. En esta serie se ve claramente como el blanco del fondo forma parte esencial, es un elemento más que aporta volumen aéreo. El recorte que generaba formas angulosas se perfeccionó al hacer deslizar de forma continua el filo de la tijera sobre la hoja de papel hasta conseguir captar el movimiento del cuerpo femenino, dotándolas de gran delicadeza.

La tijera de Matisse

Henri Matisse en 1948 recortando sus famosas aguadas

Henri Matisse en 1948 recortando sus famosas aguadas

Desde 1945, para sus dibujos, Matisse utiliza la técnica de los papeles recortados; la tijera sustituye al pincel en sus trabajos. En esta fotografía, Matisse es captado en plena faena.

Klimt: Judith II

Klimt

Klimt: «Judith II». Galería de Arte Moderno, Venecia.

 

Esta obra de Klimt de 1909, conocida también como Salomé, está realizada en óleo sobre lienzo (178 x 46 cm.). Se trata de una nueva versión del tema ya desarrollado en 1901, aunque presenta nuevas características como es el formato alargadísimo y la ornamentación típica con los elementos decorativos que le son propios. Destacaría la expresividad de las manos que son como garras que reafirman la dureza del rostro, la expresión de firme determinación, como un felino antes de atacar; conseguido su trofeo, la cabeza, sin embargo Judith-Salomé expresa  tensión y agresividad.  Siempre genial Klimt.

Negro sobre blanco V

Bárbara Carpi: de la serie "Negro sobre blanco". Foto: Bárbara.

Bárbara Carpi: de la serie «Negro sobre blanco». Foto: Bárbara.

 

 

De la serie «Negro sobre blanco». Acrílico y óleo sobre lienzo. 2013-2014. Vuelvo a mis primeras obras informalistas donde el gesto, la textura, la huella es en si misma el principio y el fin.