Como Polifemo veo, plenamente feliz, con un ojo; dentro de unos días me operarán del otro y espero ese prodigio repetido contando las horas. Esta serie de fotos me recordarán siempre que lo velado también tiene su belleza, su parte de misterio, que a todo se le puede buscar el lado positivo y su peculiar razón de ser.
No es un adiós
Desde que la Estirga Burlona comenzó su andadura, casi a diario se ha asomado a esta ventana, salvo en los dos últimos meses en los que un quebranto de salud me lo ha impedido hacer de forma regular; ahora entro en quirófano para pulir y dar esplendor a mis ojos y dejarlos como nuevos, eso dicen y eso espero, de modo que hasta noviembre esto se queda así, con estas dos imágenes que a modo de un hasta luego os brindo para que no nos olvidéis.
Barbara Hepworth, grande entre los grandes
Su nombre, Barbara Hepworth, está unido al de los grandes escultores de todos los tiempos. Nacida en Yorkshire, Inglaterra, en 1903, donde tuvo sus raíces, es no obstante el paisaje de Cornualles, donde se afincó y vivió hasta su muerte a la edad de 72 años, el que la ata a la naturaleza, al mar. Comenzó trabajando la madera, materia viva, pero a lo largo de su vida el metal, sobre todo a partir de los años 50 y después el bronce, de cuya fundición se encargaba personalmente, le proporcionaron el material que la artista necesitaba para modular la expansión de su obra; la Hepworth realizaba sus maquetas en madera, acariciando y como en comunión con la materia para transformar las formas orgánicas en sus obras inspiradas en la naturaleza que la belleza de Saint Ives les regalaba a ella y a su marido Ben Nicholson. Los monolitos diseminados por Cornualles es otro imán que los une a ese rincón de Inglaterra para siempre. Los dos creadores pertenecen al círculo de Braque, Mondrian, Brancusi, Henry Moore y Naum Gabo. Antes de afincarse definitivamente en Saint Ives, la escultora pasa largas temporadas en Florencia, Roma y Carrara, famosa por sus mármoles.
Su obra se encuentra en los más famosos museos del mundo como la Tate Gallery, la National Gallery of Modern Art de Edimburgo o la Art Gallery de Ontario entre otros. Murió en un incendio originado en su taller de Saint Ives, hoy bajo la tutela de la Tate Gallery de Londres.
Fantástica, soberbia la línea depurada de sus formas.
Jugando al escondite
Pavo estofado con patatas panaderas
Esta receta, como la inmensa mayoría de las que propongo, es muy casera, de andar por casa y fácil, sin grandes complicaciones. El pavo, como carne magra que es, además de económica, no aporta grasas inconvenientes y poco deseables, de modo que es un comodín. Se puede dejar hecha la víspera añadiéndole las patatas al día siguiente en el momento de servir.
Ingredientes: Unas zanahorias, varias cebolletas tiernas, muslos de pavo, pimienta, 1 hoja de laurel, un poco de salsa de tomate frito, cúrcuma, un vaso de vino blanco, harina, aceite de oliva, patatas, 1 cucharada de postre de mostaza de Dijon.
Salpimentamos los muslos de pavo, los enharinamos ligeramente y los doramos en una cazuela con tres cucharadas de aceite de oliva. Los reservamos. En el mismo aceite sofreímos las cebolletas cortadas en rodajas junto con las partes verdes, que aquí desechamos normalmente y que se utilizan mucho en la cocina oriental. Añadimos las zanahorias cortadas en daditos, rehogamos todo. añadimos el vino blanco, la hoja de laurel, la salsa de tomate y los muslos de pavo. Cubrimos de agua y cocemos a fuego vivo, y a los 10 minutos bajamos a medio. Vamos controlando el caldo. Bajamos el fuego y dejamos que se vaya haciendo hasta que la carne esté blanda y la salsa tenga consistencia. Mientras, pelamos y cortamos las patatas, que hacemos en el microondas durante 9-10 minutos; después las doramos ligeramente en una sartén, con lo que conseguimos que no tengan nada de grasa y por tanto calorías; las salpimentamos y las servimos como acompañamiento del estofado.
Henry Moore: lo cóncavo y lo convexo

Henry Moore: «Figura reclinada, formas externas», 1953-57. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.
Escultor británico (1898-1986) cuya fama internacional le vino de la mano de la concesión del Premio Internacional de Escultura de la Bienal de Venecia de 1948, Moore está considerado uno de los escultores más importantes del siglo pasado. Después de la Primera guerra mundial, en la que participó, se dedicó a la escultura; en el Leeds College of Art and Design conoció a la también escultora Bárbara Hepworth, con la que le unió una gran amistad. Sus viajes por Italia, Francia y España le permitieron el conocimiento de los clásicos, lo que junto al estudio del arte primitivo y de las colecciones etnográficas del Victoria and Albert Museum y del Británico de las culturas prehispánicas configuraron su forma de sentir que la escultura debía expresar una gran energía interior, del mismo modo que buscaba la inspiración en las formas que la naturaleza otorga a las conchas, guijarros, troncos, huesos… sin duda la figura humana; sobre todo las figuras yacentes y las maternidades ocuparon un lugar preferente, pero desechando la belleza al estilo clásico. A partir de 1940 comienza a horadar sus figuras de manera que lo cóncavo y lo convexo, el vacío, los perfiles curvos envolventes y la monumentalidad de sus obras sobrecogen por el ritmo y la estabilidad conseguida al mismo tiempo. Quiero subrayar que ya un año antes, Bárbara Hepworth ya había horadado sus esculturas… y no añado más. Escultores como Brancussi, Epstein y Dobson ejercieron una influencia notable en su quehacer. Aunque utilizó diversos materiales, como piedra, madera, bronce, cemento endurecido, prefirió el bronce y la piedra y el tallado directo durante muchos años. La masa, el volumen y su relación con el hueco definen la obra de Moore, su fuerza y espiritualidad. En su casa de Perry Green trabajaron como ayudantes Anthony Caro y Richard Wentworth entre otros. La obra de Moore preside espacios abiertos repartidos por muchos países, siendo enorme su influencia en la escultura moderna.
Los amantes retratados: Auguste y Camille
Ambos artistas, Auguste Rodin y Camille Claudel, hicieron el retrato del otro; curiosamente la cabeza delicadísima de ella contrasta con la fuerza del trabajo de Camille; esa forma de pellizcar el barro sin ahorrar aristas también lo encontramos en algunos trabajos de él, como en «La que una vez fue la bella mujer del herrero», extrahordinaria escultura que la podrían haber firmado cualquiera de los dos.
Un otoño sigiloso…
Camille Claudel o la vibración de la carne
Camille Claudel o la desdicha; difícilmente una vida puede ser tan terriblemente desgraciada. Camille, como Juana de Arco en la hoguera, el personaje que su hermano el escritor Paul Claudel recreara en su obra de teatro del mismo nombre, sufrió en vida todos los escarnios y tormentos que una mujer sensible de gran talento podría soportar. Nada se le ahorró; tuvo el infortunio de poseer el genio de un gran artista alojado en el cuerpo de una mujer y el desastre añadido de enamorarse de otro genio creador, Rodin. El impulso que Rodin infundió a la escultura moderna no es ajena al de Camille, ambos compartieron ideas estéticas, taller y trabajo, la pasión que no da tregua; vasos comunicantes donde no se sabe donde empieza y acaba la obra de cada uno. Rodin la traicionó con la que sería su mujer como persona y como artista al igual que su familia, que la internó en el manicomio de Montdesvergues donde permaneció durante treinta años hasta su muerte. Sola, incomunicada, abandonada. Puedo imaginar la locura sobrevenida y el dolor. Lo más paradójico es que la mayor colección de sus esculturas que se conservan se encuentren hoy en el Museo Rodin. La que otorga vida al barro, a la piedra, muerta en vida, condenada como Juana de Arco a padecer todos los tormentos.
Y ambos, Rodin y ella, en sus creaciones, insuflando el temblor a la carne, porque en las esculturas más llenas de vida de Camille, como en estas de Clotho, la carne vibra, los músculos imperfectos, que los años deshacen, como inacabados muestran la flacidez, la crudeza del paso del tiempo, con un realismo totalmente actual, sin concesiones al preciosismo.
Alfons Mucha, modernista checo
Pintor checo extraordinariamente dotado para el dibujo, Mucha es uno de los más conocidos artistas modernistas que vivió los años iniciales de penuria en Montmatre, donde conoció a Gauguin y se empapó del ambiente bohemio, y cuya fama posterior traspasó el atlántico exponiendo en N.Y. en 1905. El cartel que hizo para una obra de teatro de Sarah Bernhardt obtuvo tanto éxito que trabajó durante seis años para el teatro. Los encargos le llovieron por todas partes y en 1900 es requerido para participar en la Exposición Universal de 1900. En 1908 realiza su última gran obra modernista, la decoración del German Theatre de Munich. Desde 1910 hasta el 1928 dedica toda su energía a la pintura de veinte enormes lienzos que narran la Epopeya Eslava desde la Antigüedad y que entrega a la ciudad de Praga. A los 79 años es interrogado por la Gestapo, muriendo poco después.




















