Apenas fue como una ráfaga de aire. Aquella mañana un hombre cualquiera tropezó con una piedra al ir al trabajo. A punto estuvo de caer, pero un hombre desconocido le sujetó por la espalda; cuando se giró agradecido, aquel hombre había acelerado el paso y apenas tuvo tiempo de darle las gracias. El reloj de la plaza dio la hora y supo que llegaba con retraso. Ese hombre cualquiera que estuvo a punto de caer, a su vez aceleró el paso y mientras lo hacía se dio cuenta de que su reloj atrasaba un cuarto de hora. Sin duda se había dormido y temió llegar tarde a la oficina. A medida que avanzaba por la ancha avenida de plátanos y de castaños de indias oyó de nuevo el reloj que dio los cuartos; con gesto mecánico miró su muñeca desnuda. No llevaba reloj. Empezó a sudar y viendo que el tiempo se le echaba encima comenzó a correr. Cansado por el esfuerzo se paró y se encontró de nuevo en medio de la plaza, y de la torre se oyeron nueve campanadas. Avanzó y avanzó exhausto y se halló enfrente de su casa. Subió las escaleras que encontró llenas de gente y llegó a su dormitorio; tendido en la cama estaba él con el rostro pálido; le estaban amortajando. En la mesilla de noche el reloj marcaba las nueve en punto,
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Lobo lunar

Lobo olisqueó la primavera; su sensible olfato de radar rastreaba kilómetros y kilómetros a la redonda con solo levantar la cabeza. Al salir de la lobera, sorteaba en su carrera los charcos que la lluvia de la noche anterior habían formado aquí y allá. Gotas de rocío brillaban como luceros de la mañana y sintió las que se estiraban desde las hojas de los robles hasta caer sobre su lomo como lágrimas matutinas. Se desperezó arqueando su cuerpo al tiempo que su estómago vacío le mandó un aviso urgente; sus patas traseras, como flechas en un arco tensado al máximo, le lanzó sobre las rocas de aquel risco desde donde divisaba todo el valle. Había comenzado la caza.
Lobo Lunar

Lobo Lunar seguía soñando en la lobera. Desde afuera, el gemido del viento helado se colaba por las rendijas y hendiduras horadadas de las rocas. Era lo más parecido al silbido del pastor que recordaba. En su sueño profundo del invierno, los badajos de los cencerros de las ovejas sonaban como cristal del hielo de las charcas; se miraba en los trozos multiplicadores donde la Luna se reflejaba partida en mil pedazos para que él la recompusiera y los fuera ordenando para saber que habría otras lunas, y otras y otras. Ahora el tiempo era una línea continua hasta que los hielos se aflojaran dejando charcos dulces de aroma de sangre caliente y el balido de las ovejas horrorizadas. Pero aún no era el tiempo del sacrificio, era tiempo de soñar tiempos pasados donde aullaba a la Luna mientras ella, plena, radiante, lo miraba desde arriba sin saber nada del depredador que la adoraba.
Lobo Lunar

Del lagrimar rodó una lágrima. Había bostezado con tanto esfuerzo que a esa única lágrima siguieron otras que se perdieron entre el denso pelo. Tumbado en la lobera, dormitaba mientras las moscas se cebaban sobre la carroña; el fémur de un cervatillo estaba casi roído del todo. Volvió a cerrar los ojos; el insoportable calor de aquel verano lo sumía en un sopor intolerable. Lobo soñó que corría tras una presa y que en la espesura del bosque se le escapaba. Soñó, después, en una Caperucita despistada y que él, desprovisto de ánimo, se lanzaba sobre la cesta de víveres que ella llevaba a su abuelita, de modo que pensó que eso era el anuncio de su decrepitud, mientras otra lágrima rodó entre su pelo; pero esta, de pura tristeza.
Lobo lunar

Por la boca de la lobera el frío entraba para quedarse. Lobo no dormía, sus ojos cerrados inútilmente seguían proyectando imágenes que su cerebro no podía procesar. Creyó que se moría, tenía la boca seca y pensó que tenía alucinaciones. Sus orejas tiesas oían sin querer todos los murmullos del bosque a muchos kilómetros de distancia; incluso el ligero vaivén de la hierba mecida por el viento o la caída de una simple bellota sobre el manto de las hojas. La oscuridad, la negrura de la noche no vino en su ayuda, seguía viendo imágenes que se producían a toda velocidad, tenía alucinaciones y no podía controlarlas. Quiso morir. Pero la muerte se incomoda si se la llama, la muerte es esquiva, caprichosa, terca y no hace favores a nadie. Lo supo esa terrible, larga noche. Al amanecer Lobo sintió como su cuerpo se arqueaba en convulsos espasmos; de pie, vomitó fatigosamente baba blanca y bayas rojas. Después, la muerte que había estado coqueteando por la lobera huyó como un fantasma pálido.
Lobo Lunar

Tras aquel profundo aullido, Lobo miró embelesado a la Luna. El aire se había aquietado, pero aún, las ramas de los árboles salpicaban el suelo con blancos copos de nieve; él buscó, olfateando el aire, el camino de vuelta a la lobera; el frío era polar. La sangre de la pata herida era negra, seca y aun así se lamió el pelo gris apelmazado; a lo lejos oyó los cascabeles de un trineo y creyó ver la silueta gruesa de un anciano que cabalgaba los sueños infantiles hacia caminos vedados para él. Su suerte estaba echada, maldita por su condición de predador; lo supo desde el momento en que aulló a la Luna por primera vez; inexorablemente soñaría con caperucitas.
Lobo lunar

Lobo estaba inquieto. La niebla de los últimos días había sido tan espesa que se había dado de bruces con los troncos que los leñadores había apilado cerca del cruce de Sanvián. Se sentía magullado y herido en su amor propio; esto último le dolía más. De una de su patas delanteras corría un hilo de sangre negra que se lamió a medida que fluía despacio, con pereza. Buscó un claro en el bosque y se sentó a esperar. La noche encendía las luciérnagas; rogó al santo patrón de los lobos para que el viento disipara las nubes espesas. Pasaban las horas y el día le amenazaba con paso apresurado; llegó a oír los latidos de su corazón en medio de aquel claro tan negro como sus pensamientos; el sueño le iba venciendo. De repente un viento racheado comenzó a desmigar las nubes que se iban deshilachando; desde las copas, algunos jirones colgaban con desgana, estirándose hasta deshacerse. Fue entonces cuando apareció la Luna, con alivio se desperezó estirando su cuerpo fibroso, alargó el cuello todo lo que pudo y emitió un largo y profundo aullido que estremeció el silencio. Ahora podría descansar.
Lobo Lunar
Lobo sintió que, por momentos, se le iba ablandando el cerebro, que no el corazón; se sabía ser pensante anarquista, por tanto perfectamente capacitado para la reflexión, y aunque de perfil se palpó la grasa visceral, pensó que los juegos de asociaciones le funcionaban, de momento. Aun así se sintió andropáusico abrumado por la disminución de los estrógenos y pensó en las placas de adipocitos, en los ateromas que obstruían sus arterias… El reloj de cuco dio las tres y la lechuza en su nido en aquel claro del bosque hizo «chut». Una idea se iba abriendo paso en su cerebro acorchado: que, como ser pensante, un exceso de razonamiento no le tenía por qué perjudicar su cerco a las caperucitas.
Lobo Lunar
Rapsodia precoz que alcanzaba los linderos, Lobo reconoció a la legua los rasgos diferenciales; suspiró y después vomitó o suspiró las resinas y el ámbar dorado de los amaneceres, y decidió posponer el asunto para mejor momento; unos cuantos ciclos entre la manada y listo.
La vio venir adjetivando revuelos, ondas, remolinos rojos… el amor brujo y sus trenzas bajo lenguas de fuego; ¡uff, el cannabis de la abuelita traidora…! El clic en el cerebro y caput: listo para la siesta de la que no se volvía intacto.


