Lobo lunar

 

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Por la boca de la lobera el frío entraba para quedarse. Lobo no dormía, sus ojos cerrados inútilmente seguían proyectando imágenes que su cerebro no podía procesar. Creyó que se moría, tenía la boca seca y pensó que tenía alucinaciones. Sus orejas tiesas oían sin querer todos los murmullos del bosque a muchos kilómetros de distancia; incluso el ligero vaivén de la hierba mecida por el viento o la caída de una simple bellota sobre el manto de las hojas. La oscuridad, la negrura de la noche no vino en su ayuda, seguía viendo imágenes que se producían a toda velocidad, tenía alucinaciones y no podía controlarlas. Quiso morir. Pero la muerte se incomoda si se la llama, la muerte es esquiva, caprichosa, terca y no hace favores a nadie. Lo supo esa terrible, larga noche. Al amanecer Lobo sintió como su cuerpo se arqueaba en convulsos espasmos; de pie, vomitó fatigosamente baba blanca y bayas rojas. Después, la muerte que había estado coqueteando por la lobera huyó como un fantasma pálido.

2 pensamientos en “Lobo lunar

  1. Magnífico texto, Bárbara… Y te lo digo como alguien al que la LITERATURA le ha rozado al menos un poco en su vida.

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