No solo contra la libertad de expresión, va más allá, es un ataque contra todas las formas de libertad en un país laico donde el acto religioso se mantiene como lo que debe ser, una expresión íntima y personal que permite a los ciudadanos la convivencia social con respeto y sin injerencias ni presiones. Es un ataque directo al corazón de la democracia. Es la barbarie de la intolerancia, del fanatismo religioso en nombre de la ira. Y me pregunto en nombre de qué dios… En nombre de dios, el hombre, durante siglos, ha cometido los actos más aberrantes, brutales y sangrientos para doblegar, esclavizar, someter, atemorizar… y se ha hecho en nombre de todos los dioses, de todas las religiones. Los dioses de la ira son los que el hombre ha instrumentalizado a través de los torquemadas.
Recuerdo la mezquita de París como un lugar hermoso, de paz y de sosiego, donde la conversación reposada se mezcla con el té bajo los árboles llenos de pájaros que vuelan libres desde las salas interiores, intercalando luz y sombra con sus trinos.
¿Será posible que algún día cada uno lleve su creencia, si la tiene, en su interior y sea capaz de demostrarla en actos de amor? Hoy por hoy nada más tranquilizador que un ateo.
Hoy todos deberíamos decir muy alto: Je suis Charlie.



