Los nudos de la madera son como señales de tráfico, redondas ellas, para que las plantas se paren justo ahí o para seguir creciendo a su aíre según les venga en gana: son, la verdad, bastante anárquicas.
Me han regalado esta higuera verdal, esa que da higos y no brevas, y desde que llegó no paro de mirar los higos, que se asoman por la ventana del comedor; por la noche, con la fresca -es un decir-, desde la tumbona la observo y me siento como una niña con zapatos nuevos. Los árboles, esos seres vivos que nos acompañan, son el mejor regalo que una puede recibir.
La hoja del plátano, así ondeando al viento como una bandera vegetal para saludar y dar las gracias a todos los amigos y seguidores de la Estirga Burlona que lo han hecho posible. Sé de buena tinta que ella, subida a una de las torres de Notre Dame, está muy contenta observando a los miles de turistas que en el Parvis esperan su turno para subir hasta lo alto. Y desde allí os manda un beso y yo, emocionada, un millón de gracias.
Lo más natural para que nos acompañen durante el verano son los materiales que la naturaleza nos brinda, las fibras vegetales y la madera de los troncos de viejos árboles que han cumplido su ciclo vital. Nada como ellos para no sentirnos tan urbanitas y recobrar el latido que nos ata a la tierra. Se inaugura el mes de junio y el día 21 a las 6:38 de la tarde, el solsticio de verano nos llama a la fiesta.
Cuándo subo una foto es que no tengo tiempo para nada, la cosa es así y para qué disimular. Oigo estornudar a la vecina por aquello de las alergias o de la fiebre del heno y pienso en mi afección: «fiebre pictórica o de estudio» con el pincel en la mano… causa los mismos estragos y remite a su voluntad… , me digo resignada.
No sé si porque este invierno ha sido raro, muy lluvioso para estas latitudes o si yo tengo un año más, el caso es que encontrarme por primera vez con esta Nepenthes Alata, planta carnívora procedente de Borneo, Sumatra, Australia o Nueva Guinea, me alegra como si esto fuera una fiesta. Las variedades gigantes pueden llegar a engullir hasta pequeños monos, prefiero no pensarlo y contemplar la belleza y curiosidad de las «jarras» donde los insectos atraídos por el perfume y el néctar se adentran en la capucha sin posible retroceso…
De la maceta cuelga la Nepenthe, que necesita un sustrato liviano y que drene bien, si no las raíces se pudren. Me voy del vivero, tras este hallazgo, más contenta que unas pascuas.