Desde siempre me han gustado mucho las ilustraciones de Botánica; son dibujos limpios y bien definidos, con un sombreado espectacular, que hacen volar la imaginación. Recuerdo los álbumes de cromos de Nestlé que coleccionábamos de pequeños los niños de mi generación; eran unos cromos preciosos, en color, y recuerdo especialmente uno de un nenúfar blanco que me fascinaba. Este dibujo es de la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana (tomo 24), Espasa Calpe S. A., Madrid, 1924.
Tengo en mis manos un libro fascinante: «En Busca de Isis» de Jurgis Baltrusaitis. Editado exquisitamente por Siruela, lleva como subtítulo: «Introducción a la egiptomanía».y pertenece a la biblioteca azul (serie mayor) de Siruela. Para todo el que tenga interés en las antiguas religiones y sienta curiosidad por saber la influencia que Egipto ejerció en las diversas culturas de prácticamente todo el mundo, este es un libro imprescindible. Solo leyendo el índice uno se da cuenta de toda la sabiduría que el libro encierra; además, su extensa bibliografía, muy cómoda para el lector, que encuentra en cada página, nos abruma por su erudición. Baste citar el nombre de algunos capítulos: Teogonías egipcias de la Revolución, las Isis francesas, la Isis germánica, Egipto en la China, El Egipto de la Ópera y de los francmasones…¿Sabéis el porqué de las pirámides del Louvre?: pues porque en la isla de la Cité se construyó un templo dedicado a Isis y que la isla se asemeja a la barca en la que la diosa llegó… Ahí lo dejo, y repito que no es un cuento de hadas, que su exhaustiva bibliografía nos puede llevar a profundizar en el tema.
Edición original: Jurgis Baltrusaitis: «La Quête d’Isis. Essai sur la légende d’un mithe». Editorial Flammarion, 1985.
Simone de Beauvoir: «El Segundo Sexo», vol. 1 (de dos). Ediciones Siglo XX. Buenos Aires, 1972
El 14 de abril se cumplieron treinta años de la muerte de Simone de Beauvoir. ¿Cómo se puede glosar su figura sin dejarse algo en el tintero? Simone (1908-1986) no solo fue filosofa y, junto con el compañero de toda la vida Jean-Paul Sartre, activista social claramente comprometida con los nuevos valores que allá por los años sesenta y setenta ponían en tela de juicio el papel de la mujer en la sociedad, sino que fue también escritora, conferenciante y feminista, amén de fundadora de la Liga de los Derechos de la Mujer. Todo un programa de vida coherente expuesto y vivido con una claridad de pensamiento ajeno al de otros filósofos. Suya es la frase: «No se nace mujer; se llega a serlo». Ella descarta la idea de la mujer como ser incompleto: «la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino». Simone cree firmemente que lo que posibilita la liberación de la mujer es el trabajo, que la hace independiente del hombre para poder llegar a constituirse como ser autónomo. Defensora del amor, no tanto del matrimonio, no quiso unirse mediante un contrato con Sarte con el que estuvo toda su vida por que ello implicaba una relación distinta; la libertad entre ambos podía implicar relaciones con terceros que ellos consideraban como accesorios. Pocas veces se produce una vida más consecuente con los principios que ambos defendían. La filosofía existencialista de Sarte y de Simone de Beauvoir consideraba que la libertad es indisociable en el ser humano. En aquellos años, con el estallido de las revueltas del mayo del 68, se clama por la libertad sexual, la igualdad de género, el ecologismo y la paz. Son revoluciones libertarias que estallan en la Primavera de Praga, en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam, en la contracultura hippy, en la entonces Checoslovaquia…, radicalización de movimientos como el obrero y el estudiantil; una época convulsa después de la cual las cosas ya no serán las mismas, la rancia sociedad encorsetada estalla en mil pedazos. En 1949 sale a la luz su libro «El Segundo Sexo» en el que la filosofa, desde su posición feminista, dirige la mirada sobre algo tan imprescindible como la libertad. Un libro totalmente vigente aún hoy, que deberían conocer las nuevas generaciones donde se está reproduciendo, por desgracia, la violencia contra la mujer.
Esta no es la primera vez que me detengo en la poesía de Juana J. Marín Saura, esta vez con ocasión de una lectura poética que se celebró recientemente en la Galería de Arte Babel de Murcia. Juana respiró su poesía con su voz dulce de mujer valiente y luchadora que, como Frida, sabe que cada día debe ganar la batalla con su cuerpo esbelto y menudo que navega contra el dolor y que ella transmuta en olas regeneradoras de vida. Porque Juana sabe como nadie ganar el tiempo al tiempo, tornar la angustia en risa sonora, y por ello oímos al escucharla un cascabel de cristal con dureza acerada o diamantina; Juana no endulza porque es dulzura, no engaña, cada palabra que brota de ella es cierta, como que nació poeta y solo respira versos claros y meridianos. Su sabiduría viene de siglos, de ese lugar donde reposan las palabras con sonoridad ancestral, allí donde los poetas las rescatan para que los libros sigan siendo lo que son: un regalo de la inteligencia y de la sensibilidad que hace al mundo más habitable. De su libro «Del azul» traigo solo unos versos, pero en el enlace que os dejo tenéis su voz y el poema entero de L’Illa, que me encanta, amén de otros del mismo libro.
Henri Michaux: Sin título, 1955. Acuarela y gouache sobre papel Arches, 37 x 56.
Henri Michaux: «Composition», 1959. Tinta china sobre papel japonés, 42 x 58.
Henri Michaux es una figura controvertida de las letras francesas. Aunque nacido belga, obtuvo la nacionalidad francesa en 1954 y, diez años después, es galardonado con el Gran Premio Nacional de las Letras francesas. El mundo de Michaux, poblado de palabras e imágenes, está influido por El Bosco, Lautréamont, William Blake y Goya, además de los surrealistas y de Jarry. Realidad extrema y pesadilla, ironía, sarcasmo y desgarrado lamento son algunos de los ingredientes de su poética, del que ha sido considerado uno de los grandes poetas del siglo pasado. El mundo sensorial experimentado por Michaux en una busqueda interior sin fin se veía potenciado por las drogas, como la mescalina o el cannabis, volcando sus experiencias en libros como «Les grandes épreuves de l’esprit», «Misérable miracle» y «L’infinit turbulent». Viajero infatigable, su posición y relación con el mundo físico es igualmente registrado y analizado en una visión paralela. Artista independiente y sin adscripción a movimiento alguno es una nota suelta de absoluta libertad y soledad buscada. Enigma y secreto que él cultivó, presiden su vida, y su primer libro, «Qui je fus», publicado en 1927, ya desconcertó tanto a los lectores como a la crítica; tuvieron que pasar treinta años para que Gäetan Picon lo considerara uno de los cuatro grandes de la última poesía francesa junto a René Chard, Francis Ponge y Jacques Prevért. Pero Michaux no solo fue un poeta, sino que la pintura forma parte, desde mediados de los cuarenta, de su quehacer, creando un universo que tiene a Miró como inspiración y el automatismo surrealista como un medio para una ejecución rápida, concentrada de signos, manchas que derivarán en la abstracción. No es extraño que admirara la caligrafía japonesa y que inventara su propia caligrafía en un nuevo lenguaje. La poesía deliberadamente prosaica y su combinación con dibujos dieron un impulso renovador al panorama artístico en el que iba alternando sus exposiciones con sus breves «plaquettes» poéticas como esta:
Yo era una palabra que intentaba avanzar a la velocidad del pensamiento.
Las amigas del pensamiento estaban presentes. Ni una quiso apostar por mí, y
eran más de seiscientas mil que me miraban riéndose.
Lo dijo Juan Ramón Jiménez en este poema en prosa:
CENIZA DE RABINDRANAZ TAGOR
Estando yo un día en la playa que yo sé, cogí con mi mano la espuma de una ola que me gustó, una como fresca ceniza de nácar, que se quedó en mi palma.
Sin saber por qué, una idea se me hizo en un instante palabra, palabra segura, natural; y yo dije en alto: «Es ceniza de Tagor».
(…)
En el mar del mundo están esas cenizas de Tagor. ¿Por qué no hubieron de venir hasta mi mano, que ayudó a dar forma nuestra española al ritmo de su inmenso corazón?
Rebindranaz Tagore: «Obra escojida». Aguilar, Madrid, 1965. Traducción de Zenobia Camprubí, con un colofón lírico de Juan Ramón Jiménez.
Nota: En todo momento he respetado la particular ortografía de Juan Ramón Jiménez.
Este libro, es «mi libro», el que desde los quince años estuvo en mi mesilla durante años y él ha sido consejero, maestro y guía, fuente de sabiduría y belleza; sé que es uno de los referentes filosófico y moral que hace que el mundo sea mejor. De modo que, gracias al poeta, cuando contemplo la espuma del mar diversa, cambiante, siempre diferente creo, también, que es parte de sus cenizas vertidas al Ganges y desde su desembocadura al mar del mundo, a todos los océanos; saber que él nos alienta rizando la espuma es más que una idea: es un sentimiento que me hace ir detrás de las olas.
Dos fragmentos de la poesía de Arp. En el primero todo gira alrededor de su mujer, la también artista surrealista, Sophie Taeuber. Bello y largo poema que me entusiasma.
SOPHIE SOÑABA SOPHIE PINTABA SOPHIE DANZABA
Danzabas la aurora que desborda a la tierra.
Danzabas el jardín estremecido al alba.
Danzabas en el paisaje enguantado de la luna
con los gnomos traviesos de la sombra.
Danzabas el desnudo que pierde su juguete de aire,
Bárbara Carpi. Oleo sobre papel. Carpeta instrumentos musicales, París 2007.
Imprescindible este autorretrato del propio escritor americano a través de las cartas que durante quince años, los más fructíferos de su carrera, le envía a su amiga, amante y confidente, la también escritora Anaïs Nin. Estas «cartas» escritas en papeles de cualquier tipo -en sobres, en menús…- sin ánimo de ser publicadas posteriormente, nos dan cuenta del Miller ser humano en sus batallas diarias para sobrevivir como escritor en aquel París anterior a la guerra y de ese mundo en lo que todo pasaba en la Ciudad Luz. En ellas nos encontramos con el escritor tenaz, divertido. escandaloso, fascinado por el viejo continente, por su «madre, amante y musa»: Francia. Dos sensibilidades, Anaïs y Henry, unidas por su imperiosa necesidad de expresarse, de publicar sus respectivas obras y el estímulo que ambos artistas se procuran. El excelente escritor cobra aquí una dimensión distinta a la del libertino y escandaloso autor de relatos eróticos que sin duda lo fue para aquellos años en la convencional Norteamérica. Su lenguaje desinhibido, directo, explícito, demasiado explícito para muchos, se nos revela con una personalidad cautivadora y vitalista y cuya receptora, Anaïs, no le anda a la zaga en cuando a sensibilidad y categoría intelectual.
El autor de «Trópico de Cancer» y «Trópico de Capricornio», termina con»Primavera Negra», la trilogía que dedica a Anaïs. La sordidez en las relaciones humanas, la poesía y el sexo se aúnan en estas obras que palpitan de vida. Esta última fue publicada en París en 1936.
Acabo de releer «Días Tranquilos en Clichy» , publicada en 1940 en París y después reescrita en 1956 y finalmente publicada eb EEUU tras muchas vicisitudes, tachada de inmoral. El descaro y, repito, la poesía se enlazan con elementos rabelaisianos; la gran diferencia entre un relato erótico o pornográfico, para mí a estas alturas, estriba en que esté escrito por un mal o por un excelente escritor, ese es el caso de Miller junto con el gran Rabelais.