En Micenas, Heinrich Schliemann creyó descubrir la tumba de Agamenón en la quinta tumba. Hasta allí le había llevado un sueño que marcó toda su vida de la mano de Homero y de la Ilíada, donde se narran las hazanas gloriosas del rey camino de Troya. Una máscara de oro cubría un rostro increíblemente bien conservado. Tras el descubrimiento, el arqueólogo telegrafió al rey de Grecia: «He visto el rostro de Agamenón» Se murió creyéndolo. Fue en la acrópolis de Micenas, en el año 1878, cuando el arqueólogo prusiano pensó estar ante el cuerpo de Agamenón, pero investigaciones posteriores la datan trescientos años después de la época en que se cree que vivió este rey. Sin embargo, por la gran difusión y el impacto del hallazgo ha conservado su nombre. El descubrimiento que dio fama a Schliemann consta de un conjunto de seis tumbas de fosa vertical, el llamado círculo A, que contenía 18 individuos y unos riquísimos ajuares funerarios; las tumbas son de guerreros nobles, las cantidades de objetos de oro, espadas, joyas de exquisito diseño así lo demuestran; no todos los cuerpos llevaban máscara de oro. El descubrimiento, que era la primera representación del arte micénico, mostraba un pueblo dado al lujo, con una gran tradición comercial y con influencia del arte cretense. Micenas sigue rodeada de misterio y su inexplicable extinción, en un mito que nos atrae enormemente.
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El periodo Ming
El periodo Ming (1368-1664) se caracteriza por su espíritu libre e independiente; se abandona la policromía brillante y apuesta por los colores suaves, desvaídos, como lavados, con apenas contrastes, como en «La Portadora de Ofrendas» con verdes jade y azules translúcidos, rosas apagados y algún toque marrón. Todo en esta pintura mural parece surgir de un mundo marino, de algas y espuma. El rostro de dibujadas cejas, boca menuda y óvalo perfecto de esas mujeres chinas, que parecen muñecas de una impostada belleza, esas tan queridas por los poetas, aquí, en sus ojos entornados, se adivina el escepticismo y la poderosa fuerza de la mujer oriental.
Santa María del Mar (Barcelona)
He dejado pasar los meses para despojar de la memoria todo lo superfluo, que sea la emoción y solo ella lo que quede de aquella sensación tras traspasar la puerta. Me he olvidado de los datos, de las fechas, de nombres y posibles benefactores si los hubo, de quién eran las tierras, de todo. Hasta quiero olvidar toda la literatura que la circunda, que la nutre o quizás la distorsione. Ahora, pasados los meses, me queda la emoción, el asombro ante la grandiosidad despojada de todo artificio u ornamento, la magia de esta otra catedral de Barcelona; esa que en su interior se eleva majestuosa e íntima, de una sobriedad elocuente que habla de los hombres de la mar que la fueron elevando con su esfuerzo, su sangre y su fatiga; esa otra Catedral al margen de los poderosos. Si creyera en los milagros, creería que Santa María del Mar es el resultado de un milagro hecho por los estibadores del puerto, por los marineros, que portaban las piedras a sus espaldas un día tras otro. Santa María del Mar es por la voluntad de unos hombres rudos; lo que dejaron está en el aire, se siente en la garganta y alegra el corazón. Traspasar esa puerta y sentir algo indescriptible es lo que me queda de esa primera visita que había deseado desde que supe de ella; sentirlo en compañía de tres personas maravillosas, un regalo inolvidable.
Kuan Lin, el Caronte chino
Pintura de la época T’ang que comprende desde el 618 al 906 en la que predomina la figura como elemento predominante y donde reside el ch’i-yün o estado de ánimo del personaje. Kuan Lin viene a ser el Caronte clásico que acompaña a las almas de los difuntos hacia las mansiones celestes. No obstante el movimiento de las vestiduras, el rostro muestra una serena placidez. Este estandarte que se haya en el Museo Británico posiblemente sea una copia hecha en el periodo Ming de otra pintura desaparecida, aunque otros lo atribuyen a la época T’ang; sea como sea, la espiritualidad del rostro reconforta por su elegante sobriedad.
Friso del altar de Pérgamo
En el Pergamonmuseum de Berlín, hoy cerrado para su restauración, se encuentra el monumento más notable, el Altar de Zeus, obra monumental dedicada a Zeus y a Atenea Victoriosa. El friso del altar de Pérgamo fue esculpido entre 183-174 a. C. (en las fechas siempre hay ligeras discrepancias), en Asia Menor, en tiempo de Eumenes II, monumento conmemorativo de las victorias del monarca y representa la Gigantomaquia, la lucha entre dioses y gigantes, un tema dramático tratado con frecuencia en la mitología griega. La cabeza de Alcioneo aquí representada es la del caudillo de los gigantes, hijo de Gea, la diosa de la tierra, de la cual recibe su invulnerabilidad. Atenea lo levanta del suelo sujetándolo por los cabellos a fin de que pierda el poder que emana del contacto con ella: su trágico fin se percibe en el dolor de su rostro; su madre intercede por él inútilmente; la imagen del vencido es de un gran patetismo, que recuerda a Escopas, demostrando la lucha del hombre contra su destino. Atenea no accede a las súplicas de Gea para que perdone la vida de su hijo. Bellísima batalla cosmogónica la representada en el friso, tema muy utilizado en la cerámica griega desde la época arcaica y motivo ornamental en las metopas del Partenón.
Fue el ingeniero alemán Carl Humann quién dirigió los trabajos en la acrópolis. En 1930 se abrió al público el Museo de Pérgamo que acoge la reconstrucción del altar y las 132 placas con los relieves encontrados, estatuas, bustos, inscripciones y diversos elementos arquitectónicos. La base del altar estaba decorada por un friso escultórico de 120 metros de largo por dos con veintiocho metros de altura; sobre esta base se alzaba una doble columnata de orden jónico. El altar se elevaba sobre una plataforma casi cuadrada, en lo que era el patio central de una estructura mucho mayor.
Un dato curioso: durante la II Guerra Mundial, el contenido del Museo de Pérgamo fue custodiado en la Unión Soviética hasta que el museo, seriamente dañado por los bombardeos, fue rehabilitado.
Gustav Klimt: Obras simbólicas, marañas humanas
En la primavera de 1908 se exponen en Praga algunos cuadros de Klimt; en el verano se abre la primera manifestación oficial del grupo de artistas que, en 1905, se aleja de la Secesión Vienesa, llamado también «grupo Klimt»; en ella también expone Oskar Kokoschka. Ese mismo año inicia «Vida y Muerte» en su primera versión con el fondo de oro; con posterioridad lo cambia radicalmente por un tono verde azulado, tal como apareció en la Exposición Internacional de Roma (1911), y acentúa el volumen de la maraña humana. En Roma obtiene el primer premio ex aequo junto con Zuloaga y Szinyei Merse. La obra, sin vender durante tiempo y en el estudio del pintor, sufrió una transformación intermedia en 1911 y otra más radical en 1915, que es cuando la da por terminada tal como aparece aquí.
En marzo de 1913 participa en la exposición de la Liga de los artistas austriacos, con sede en Budapest. En este año termina «La Virgen», que luego es expuesta en la XI Exposición Internacional de Arte de Munich. Los elementos geométricos de esta gran obra simbólica son como el magma que une los cuerpos enmarañados en una gran geoda cuyo volumen se acentúa por la incorporación de caras y cuerpos alrededor de ella; el concepto, la»idea» prima en ese periodo según una concepción decimonónica (pintura del pensamiento). Inagotable la obra de Klimt, que en este momento está inmerso también en el paisaje.
Velázquez y la gastronomía
Velázquez, que pintó esta maravillosa obra que incluye uno de los mejores bodegones de todos los tiempos, con solo diecinueve años, muestra su maestría no solo en la técnica, además resume con pocos ingredientes el summun de todos los grandes cocineros, la quinta esencia, la cumbre de la gastronomía: los huevos fritos. Sin olvidarnos del principio de todas las cosas «el huevo cósmico», del de Colón y, bajando a los del gallinero, los más humildes de gallina, fritos con patatas, son para Ferrán Adriá, Arzac y el resto de los más ilustres chefs, el no va más de sus papilas gustativas. Lo mismo da que decostruyan lo que sea, hagan espumas. cocinen al vapor…, al final la joya son los huevos fritos. Pintado en 1618, este óleo sobre lienzo de 99 x 169, ha suscitado la siguiente polémica, para mí absurda: ¿los huevos, se están cociendo, escalfando o friendo? Los que opinan que se están escalfando o cociendo, ¿será porque los huevos no tienen puntillas?… eso dependerá del grado de calor que haya alcanzado el aceite en el momento de sumergirlos.. Para mí va a misa el título: «Vieja friendo huevos». Si lo dijo el maestro, punto.
Liquidada la tonta polémica, cualquier blog sobre alta gastronomía debería tener este magistral bodegón como cabecera y fuente de inspiración para y sobre todo poner las cosas en su justo sitio.
El realismo y el populismo del cuadro es indudable, destacando la suciedad del velo que cubre la cabeza de la anciana, el aspecto del muchacho, los cacharros de cobre, la cebolla roja, el melón, la botella de vidrio… Las figuras destacan sobre un fondo neutro en pardos y negros, reinando los blancos soberbiamente matizados. Algunos doctos opinan además que esta obra se anticipa al impresionismo, al levantar el plano de la mesa y el hornillo utilizando así una doble perspectiva. La pincelada suelta del Velázquez maduro de las Meninas, por ejemplo, aquí es medida, pequeña y minuciosa. Soberbia obra del naturalismo tenebrista que no se puede calificar de juventud porque la maestría es evidente ya, y uno de los mejores bodegones españoles de todos los tiempos.
Epicuro: Exhortaciones
Joaquín Carpi y Ruata y el Monasterio de Santa María de Sigena, hoy en el MNAC (Barcelona)
Las bellas pinturas que cubrían los muros de monasterio de Sigena se perdieron durante el verano de 1936 junto con su artesonado, biblioteca y otros elementos muebles; solo se salvaron las de la Sala Capitular, que hoy se pueden contemplar en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (fotos adjuntas). Las pinturas de esta Sala Capitular constituyen el más extraordinario conjunto europeo de pinturas murales de entorno al 1200. En cada uno de los intradós de cada arco se han inventariado catorce retratos de los antecesores de Cristo gracias a fotografías anteriores al incendio. Con posterioridad, Karl Schuller sugiere que podría haber habido ochenta, dieciséis por cada arco, pues los situados en la parte de abajo, podrían haber sido sustituidos por ménsulas en el siglo XVII. En el siglo XIX, otros retratos situados en la base de los intradoses se vieron afectados por la humedad y otros agentes medioambientales y, para su restauración, el Monasterio encargó al pintor Joaquín Carpi y Ruata los trabajos pertinentes. Esto, saber que mi bisabuelo contribuyó a la restauración de esos retratos y que toda la belleza de esas pinturas murales se encuentran en el MNAC de Barcelona me llenan de emoción y, antes que tarde, espero poder verlas in situ.
El Monasterio de Santa María de Sigena (Huesca)
En la provincia de Huesca se encuentra, en Villanueva de Sigena, el Monasterio de Santa María, de estilo románico tardío y luego cisterciense. Fue panteón real de la corona de Aragón y se fundó en 1188 por Doña Sancha, esposa del primer rey de Aragón, Alfonso II.
La iglesia monástica es una parte del gran monasterio; tiene planta de cruz latina con transepto más largo en su lado norte por el añadido del panteón real. La nave es de gran altura, con bóveda apuntada y rematada en ábside de tambor. La portada del templo consta de catorce arquivoltas que le otorga un especial ritmo geométrico.
La sala capitular constituye el ejemplar más completo de pinturas de salas capitulares anteriores a 1250 de las que han llegado a nosotros, como las de la catedral de Puy, la abadía de Bauweiler, la catedral de Worcester o el monasterio de Lavaudieu.
Un hecho a destacar es que fue en Villanueva de Sigena donde nació Miguel Servet, descubridor de la circulación menor de la sangre, que fue condenado a muerte como hereje por Calvino en 1553.


















