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Los amantes retratados: Auguste y Camille

Rodin: "Retrato de Camille Claudel".1886-89. Museo Rodin (París)

Rodin: «Retrato de Camille Claudel». 1886-89. Mármol. Museo Rodin (París)

 

Camille Claudel:" A. Rodin", retrato en bronce. 1892. Museo Rodin (París)

Camille Claudel: » A. Rodin», Retrato en bronce. 1892. Museo Rodin (París)

Ambos artistas, Auguste Rodin y Camille Claudel, hicieron el retrato del otro; curiosamente la cabeza delicadísima de ella contrasta con la fuerza del trabajo de Camille; esa forma de pellizcar el barro sin ahorrar aristas también lo encontramos en algunos trabajos de él, como en «La que una vez fue la bella mujer del herrero», extrahordinaria escultura que la podrían haber firmado cualquiera de los dos.

 

 

Camille Claudel o la vibración de la carne

Camille Claudel: "Cltho". 1893. Museo Rodin.

Camille Claudel: «Clotho», 1893. Museo Rodin.

 

Camille Claudel: "Torso de Clotho. 1893. Museo Rodin.

Camille Claudel: «Torso de Clotho. 1893. Museo Rodin.

 

Camille Claudel o la desdicha; difícilmente una vida puede ser tan terriblemente desgraciada. Camille, como Juana de Arco en la hoguera, el personaje que su hermano el escritor Paul Claudel recreara en su obra de teatro del mismo nombre, sufrió en vida todos los escarnios y tormentos que una mujer sensible de gran talento podría soportar. Nada se le ahorró; tuvo el infortunio de poseer el genio de un gran artista alojado en el cuerpo de una mujer y el desastre añadido de enamorarse de otro genio creador, Rodin. El impulso que Rodin infundió a la escultura moderna no es ajena al de Camille, ambos compartieron ideas estéticas, taller y trabajo, la pasión que no da tregua; vasos comunicantes donde no se sabe donde empieza y acaba la obra de cada uno. Rodin la traicionó con la que sería su mujer como persona y como artista al igual que su familia, que la internó en el manicomio de Montdesvergues donde permaneció durante treinta años hasta su muerte. Sola, incomunicada, abandonada. Puedo imaginar la locura sobrevenida y el dolor. Lo más paradójico es que la mayor colección de sus esculturas que se conservan se encuentren hoy en el Museo Rodin.  La que otorga vida al barro, a la piedra, muerta en vida, condenada como Juana de Arco a padecer todos los tormentos.

Y ambos, Rodin y ella, en sus creaciones, insuflando el temblor a la carne, porque en las esculturas más llenas de vida de Camille, como en estas de Clotho, la carne vibra, los músculos imperfectos, que los años deshacen, como inacabados muestran la flacidez, la crudeza del paso del tiempo, con un realismo totalmente actual, sin concesiones al preciosismo.

Alfons Mucha, modernista checo

 

Alfons Mucha: " Reverie" 1892

Alfons Mucha: » Reverie», 1892.

 

Alfons Mucha:"Las cuatro estaciones" 1900-

Alfons Mucha:»Las cuatro estaciones», 1900.

 

Alfons Mucha:" Savonnerie de Bagnolet", 1897.

Alfons Mucha:» Savonnerie de Bagnolet», 1897.

 

Pintor checo extraordinariamente dotado para el dibujo, Mucha es uno de los más conocidos artistas modernistas que vivió los años iniciales de penuria en Montmatre, donde conoció a Gauguin y se empapó del ambiente bohemio, y cuya fama posterior traspasó el atlántico exponiendo en N.Y. en 1905. El cartel que hizo para una obra de teatro de Sarah Bernhardt obtuvo tanto éxito que trabajó durante seis años para el teatro. Los encargos le llovieron por todas partes y en 1900 es requerido para participar en la Exposición Universal de 1900. En 1908 realiza su última gran obra modernista, la decoración del German Theatre de Munich. Desde 1910 hasta el 1928 dedica toda su energía a la pintura de veinte enormes lienzos que narran la Epopeya Eslava desde la Antigüedad y que entrega a la ciudad de Praga. A los 79 años es interrogado por la Gestapo, muriendo poco después.

 

 

El Modernismo catalán, Ramón Casas

Ramón Casas: "Sifilis", 80 x34. Museu Nacional d d'Art de Catalunya. Barcelona.

Ramón Casas: «Sífilis», 80 x34. Museu Nacional d’Art de Catalunya. Barcelona.

 

Ramón Casas: "Sombres Quatre Gats", 1898.

Ramón Casas: «Sombres Quatre Gats», 1898.

 

Ramón Casas: "Ramón casas y Pere Romeu en un automóvil" 1901

Ramón Casas: «Ramón casas y Pere Romeu en un automóvil», 1901.

 

Ramón Casas era ya un pintor consagrado cuando Picasso lo conoció en Els Quatre Gats y quedó tan impresionado que trató de emularlo en aquellos años. Pintor de un colorismo exquisito, dominó el dibujo, el óleo y el cartel al estilo Toulouse-Lautrec. La trayectoria de Casas es perfectamente lógica, su afán de trasladar la realidad más inmediata y cotidiana lo decanta por estudiar en París con Carolus-Duran; allí coincide con el espíritu impresionista, sobre todo con el hacer de Manet y Degas, aunque nunca utilizara el divisionismo y su afán se centrara sobre todo en la figura. En el estudio de Carolus, el trabajo exahustivo sobre la anatomía lo lleva a los temas españoles y a la disección de Velázquez como eje de su estudio; después lo haría directamente en el Museo del Prado. Además de representar lo mejor del modernismo Catalán, Ramón Casas fue un cronista de su época, reflejo de la alta burguesía catalana y comprometido con los acontecimientos más relevantes de final del siglo. Fruto de su inquietud es el Club Automovilístico de Cataluña del que fue fundador.

Fantásticos los carteles, reflejo de aquella Barcelona que, como aquel París bohemio, nos hace soñar; el perrito del último cartel, subido a la cesta del camping, nos evoca el espíritu aventurero de las primeras excursiones en automóvil.

 

Turner, el paisajista enamorado de las atmósferas

 

W. Turner: " El incendio de las Cámaras de los Lores y  de los comunes". Óleo sobre lienzo, 03 x 123.  Philadelphia Museum of Art.1835.

W. Turner: » El incendio de las Cámaras de los Lores y de los Comunes». Óleo sobre lienzo, 92 x 123. Philadelphia Museum of Art. 1835.

 

W. Turner: "Castillo de Rochester y puente". 1830. Láspiz y acuarela sobre papel. 1830. Tate Gallery.

W. Turner: «Castillo de Rochester y puente». 1830. Lápiz y acuarela sobre papel. 1830. Tate Gallery.

 

W. Turner: "Barcos en la laguna, cerca de Venecia" 1840.Acuarela sobre papel, 24 x 30. Tate Galley, Londres.

W. Turner: «Barcos en la laguna, cerca de Venecia» 1840. Acuarela sobre papel, 24 x 30. Tate Gallery, Londres.

 

El pintor romántico W. Turner inaugura, se puede decir así, la forma nueva, moderna, de ejecutar la siempre difícil técnica de la acuarela. Desde joven sintió predilección por ella y su amor por el paisaje le decantan hacia ella, que va a ser el medio apropiado para plasmar las distintas atmósferas, la lluvia, el aire que lo envuelve y lo singulariza. Los lavados que el agua permiten sobre el papel, la fusión de los colores difuminando los contornos.y la precisión que la ejecución conlleva, sin posibles rectificaciones, requieren un dominio que Turner consiguió. El pintor viajó y vivió en Francia y en Italia, sintiendo fascinación por Venecia, como no podía ser menos; la belleza, los cambios de luz, la atmósfera envolvente que Visconti nos traslada magistralmente a través de los ojos del profesor Gustav von Aschenbach en «Muerte en Venecia», asociados con el adagio de la quinta sinfonía, toda esa belleza está perseguida, buscada por Turner en sus acuarelas y aun en sus óleos de madurez, como el de arriba, y con parecidos resultados.

El careo, Sofonisba y el Greco: Retrato de Giulio Clovio

Sofonisba Anguissola:

Sofonisba Anguissola: «Retrato de Giulio Clovio». 1556. Colección Eugenio Malgeri, Roma. Óleo sobre tela.

Hablar de la pintora italiana Sofonisba Anguissola es hablar de su padre, Amilcare Anguissola, un noble genovés que, remando contra corriente, quiso que sus hijas aprendieran el oficio que entonces estaba vedado a las féminas: la pintura y tuvieran una formación humanística. Durante el Renacimiento a las mujeres les estaba prohibido el ingreso en cualquier Academia de Bellas Artes y por supuesto el vivir en los talleres de los Maestros durante el aprendizaje, estudiar anatomía o pintar desnudos. Elena, Lucía y Sofonisba, tres de las seis hijas de Amilcare, destacaron pronto, pero fue Sofonisba la que, acompañada por su hermana Elena, fue a estudiar junto al maestro Bernardino Campi y luego con Gatti; con escasos veinte años Sofonisba marcha a Roma quedando, siempre gracias a su padre, bajo la protección y el cuidado de Miguel Ángel; durante dos años recibe las enseñanzas y las instrucciones del genio, de forma no oficial, claro. A los veintisiete años recomendada por el Duque de Alba, impresionado por los magníficos retratos que ya pintaba en Lombardía, entra a formar parte de la corte española como dama de compañía de la reina y como pintora de la corte. Su vida es una novela intensa en la que no falta ningún elemento para hacerla apasionante, pero esto no puede ser más que una breve pincelada.

Durante veinte años trabajó en España en estrecha colaboración con Alonso Sánchez Coello cuyo estilo influyó en ella y ella en otros grandes, de modo que sus obras se atribuyeron con frecuencia a Tiziano. Zurbarán o el Greco.

El  magnífico retrato que Sofonisba hizo al pintor miniaturista Giulio Clovio quince años antes que el del Greco, lo presenta como es habitual en ella en una actitud informal, rondando los sesenta años, tocado con un gorro, vuelta la cara hacia el espectador y mostrando un medallón.

Detalle de la cabeza del cuadro anterior.

Detalle de la cabeza del cuadro anterior.

Impresionante, bellísima cabeza del personaje de bondadosa y serena mirada con la barba primorosamente pintada. Abajo el retrato pintado por el Greco.

El Greco:

El Greco: «Retrato de Giulio Clovio», 1571-72. Óleo sobre lienzo, 62 x 84. Museo de Capodimonte, Nápoles.

El retrato de Sofonisba, lo pudo conocer el pintor en el palacio Farnesse, donde ambos coincidieron durante su estancia en Roma y el Greco se lo pudo hacer a Clovio en agradecimiento por su hospitalidad en momentos de dificultad económicas. En ambos retratos la disposición del personaje es la misma, solo varia el tocado y la sustitución del medallón por el libro que se considera la obra maestra de Clovio, «El libro de las Horas de la Virgen» en el que el miniaturista trabajó durante muchos años y que realizara para el cardenal Alejandro Farnesio.

Ambos retratos están ahí y sobran las palabras; con una expresión vulgaris diría que el de Sofonisba le da cien vueltas. Si Sofonisba hubiera nacido Sofonisbo, posiblemente su obra estaría en todos los museos del Mundo, catalogada y estudiada al máximo y aun así nos han llegado cerca de cincuenta obras con la desdicha de que parte de su legado se quemó en el incendio del Palacio Real de Madrid. Murió a la edad de 93 años considerada, no obstante, como una gran  artista, admirada y respetada por pintores como Anton Van Dyck. ¡Qué categoría no tendría para destacar en aquella época!

Juan Gris antes del cubismo

Juan Gris:" Sifón y botellas"

Juan Gris:» Sifón y botellas»

Este bodegón de Juan Gris, pintado en 1910, un óleo sobre cartón y tela de 57 x 48 cm. propiedad de Georges González Gris, es la muestra palpable del buen hacer del pintor cuando, como tantos otros, buscaba su propio camino; son sin duda los años de experimentación que cualquier artista, desde la asunción de lo anterior y lo circundante, da el paso que lo lleva a otra cosa. Hay pintores de los que, cuando se ven sus balbuceos, uno se lleva una decepción, esperando ya una calidad que no aparece; no es el caso de Gris o eso es una apreciación que delata mi admiración por su obra. Personalmente me recuerda a un Bores  en la limpieza y «soledad»  de los elementos de la composición. Después vinieron este y todos los demás.

Juan Gris: "La ventana del pintor". 1925

Juan Gris: «La ventana del pintor». 1925

Una extrordinaria excepción: Sofonisba Anguissola

Sofonisba Anguissola:

Sofonisba Anguissola: «La dama del armiño». Óleo sobre lienzo. 62 x 50. Pollok House, Glasgow.

Este extraordinario retrato de la infanta Catalina Micaela, la segunda hija de Felipe II e Isabel de Valois fue realizado en Italia alrededor de 1591 por la pintora italiana Sofonisba Anguissola. Durante mucho tiempo se atribuyó su autoría a el Greco. Gracias a los estudios e investigaciones llevadas a cabo desde comienzos del siglo XX, pero sobretodo en las tres últimas décadas en las que se comenzó a cuestionar que fuera del pintor cretense, fue la labor de María Kusche la que definitivamente dejó bien claro la autoría del cuadro; sería muy prolijo detallar punto por punto todos los datos que, en la conferencia en El Prado en 1999 «Felipe II, un Principe del Renacimiento», desmontan la falsa autoría. La magnífica obra ni es del Greco ni el armiño es armiño -que es lince- ni la dama lo es, sino infanta.

El hecho extraordinario es que una pintora del Renacimiento tuviera la oportunidad de llegar  a trabajar durante veinte años como retratista en la corte de Felipe II y que después desarrollara su trabajo en Italia. El arte ha relegado a un papel secundario durante siglos a las mujeres artistas y esta injusticia se debe ir corrigiendo, en los museos, mediante exposiciones monográficas. En el Museo de El Prado hay alrededor de 1.700 0bras expuestas y alrededor de 3.800 en los fondos.  En los últimos años muchas cosas han cambiado en la gran pinacoteca. Según Judith Ara, coordinadora general de conservación hay 52 mujeres representadas desde el siglo XVI hasta el XX, Pero se está corrigiendo el hecho de que de las 76 obras solo cuatro obras hayan estado expuestas, las de: Artemisia Gentileschi, Clara Peeters y Sofonisba Anguissola.  Sea bienvenida la nueva política de los museos, ya iba siendo hora.

La categoría de los pinceles de esta genial pintora no necesita comentarios, basta con que observemos con detenimiento el retrato, que es admirable. ¡Y esto es solo el aperitivo!

Un hermoso Tintoretto

Tintoretto: "Dama enseñando el pecho". Óleo sobre lienzo. 61 x 65. Museo del Prado , Madrid.

Tintoretto: «Dama enseñando el pecho». Óleo sobre lienzo. 61 x 65. Museo del Prado, Madrid. 

 

Este hermoso retrato de Tintoretto es mi preferido. Cuantas veces he visitado la pinacoteca de El Prado siempre he tenido que contemplarlo en una cita ineludible. Un cuadro se puede analizar de formas muy diversas: situándolo en la historia, formal, conceptual y analíticamente, viendo su estado de conservación, los pigmentos utilizados, las posibles arrepentimientos, los reentelados, craquelados… Mas ese análisis, uniendo, centrando, aclarando, definiendo, nada tiene que ver con el sentimiento que en nosotros provoca. Cuando lo veo, la emoción me clava en el suelo y es como si me dijese a mí misma: «Otra vez puedo disfrutar de toda su belleza», como si temiera que fuera la última vez.  Es de un clasicismo tan actual, que resulta arrebatador, su intemporalidad es sorprendente y la suavidad que trasmite el ropaje de la dama lo hace con la textura de la seda. La armonía de color se extiende desde el fondo hasta la carne en unos cálidos tonos rosados, conjugando los mismos pigmentos en una sinfonía tonal prodigiosa. Entonces puedo marcharme feliz.

Los «ingrávidos» de Tintoretto

Tintoretto: "El origen de la Vía Láctea". Circa 1575.

Tintoretto: «El origen de la Vía Láctea». Circa 1575. Óleo sobre lienzo. 149 x 168. National Gallery, Londres.

 

Tintoretto: Venus, Baco y Ariadna". 1578. Oleo sobre lienzo. Palacio Ducal, Venecia.

Tintoretto: «Venus, Baco y Ariadna». 1578. Óleo sobre lienzo. Palacio Ducal, Venecia.

 

Tintoretto debía tener complejo de Ícaro -es una licencia socarrona-, pues en sus composiciones en diagonal o en zig-zag gustaba de colocar cupidos, angelotes que volaban -eso es lo que se espera de ellos-, pero, y ahí viene lo curioso, es que se saltaba las leyes de la gravedad con personajes que, por muy dioses o diosas que fueran, volaban con una gracilidad asombrosa. Dos ejemplos: en el Nacimiento de la Vía Láctea todos, animales y personas, flotan en el éter, salvo la diosa Hera esposa de Zeus de cuyo pecho brota la leche (en la tradición cristiana la Virgen María), origen de la Vía Láctea; Hermes, el mensajero de los dioses le había colocado a Hércules cuando ella se encontraba dormida para que así obtuviera la inmortalidad ya que este era hijo bastardo de Zeus y la mortal Alcmena. La leche se derramó cuando retiro bruscamente de su pecho al niño. En el cuadro de abajo, Ariadna flota que da gusto, posando ligeramente su mano en la diosa Venus mientras sostiene una corona sobre la cabeza de la deidad. Dos magistrales obras donde destaca el hermoso color propio de la escuela veneciana.