Archivos

Je suis Bruxelles

Rogier van der Weiden: "Descendimiento de la cruz"(detalle) Óleo sobre tabla, c. 1443. Museo del Prado.

Rogier van der Weiden: «Descendimiento de la cruz»(detalle). Óleo sobre tabla, c. 1443. Museo del Prado.

 

Cuando la percepción de Europa se encuentra en sus niveles más bajos, acrecentado por el abandono de los refugiados a su suerte, un nuevo golpe de los terroristas a su centro nos deja sin aliento. Sin duda a los yihadistas les molesta y mucho nuestro modo de vida, nuestra libertad, la libertad de expresión y la democracia que, sin ser modélicos, es por lo que hemos luchado muchas generaciones. Desgarra ver las escenas y el número de víctimas, y también, en los campos de los refugiados, a esos niños que se han pintado en la piel su rechazo al terror que imponen esos bárbaros; no quieren que se les confunda con ellos y que, ante el terror, se les meta a todos en el mismo saco. Ellos también huyen de ese terror. No lo olvidemos. Ahora es cuando necesitamos todos más Europa y la unidad de todos los pueblos.

HOY TODOS SOMOS BRUSELAS.

Los últimos años de Leonardo, palacio de Cloux

Leonardo da Vinci

Supuesto autorretrato de Leonardo anciano. Dibujo a la sanguina sobre papel, h. 1510-15. Biblioteca Real de Turín.

 

 

Amboise es un bellísimo enclave turístico de Francia donde se unen a las bondades paisajísticas de su enclave fluvial junto al Loire, su arquitectura, gastronomía y el palacio de Cloux (hoy llamados Clos Lucé), donde vivió el gran Leonardo sus últimos tres años. El genio del Renacimiento y de todos los tiempos nació el 15 de abril de 1452 en Vinci y murió el 2 de mayo de 1519 en el citado palacio, asistido por su amigo y protector el rey de Francia, Francisco I. Fue enterrado en la capilla de Saint-Hubert donde permanece. Amboise es, para los admiradores del genio de Leonardo, un lugar de obligado peregrinaje, donde recorrer las estancias del palacio es una aventura casi mística para sus devotos; la gran cama donde exhaló su último suspiro con el rey inclinado sobre el lecho está escenificado en una gran tela que nos habla de forma muy elocuente de la gran connivencia y complicidad que existió entre ambos. Hay que remontarse a tres años antes, cuando, tras la muerte de su gran protector Giuliano de Médicis, el pintor abandona Italia acompañado entre otros de su discípulo Melzi llevándose la Gioconda, el ambiguo S. Juan Bautista y Santa Ana, La Virgen y El Niño. A Amboise llega Leonardo más como amigo que como pintor, arquitecto y mecánico del Rey, que era como fue «contratado»; por ello en el palacio de Choux vivió más como un noble que como un empleado del rey. Curiosamente, a ambos les apasionaba la cocina y se cuenta que, entre el palacio del monarca y el de Cloux, un pasadizo secreto unía las dos residencias y que Francisco I lo recorría por las noches para disfrutar de  las recetas innovadoras del pintor, y que en esas noches gastronómicas ambos cocinaban con auténtico placer, aunque el servicio del palacio contara con cocinero propio. El comedor, con su amplia mesa, acogía a los invitados en jornadas «normales». Pronto la salud del genio se resintió y en 1517 su brazo derecho se le paralizó; no obstante siguió dibujando y haciendo bocetos para decorados de fiestas palaciegas, proyectos urbanísticos, drenaje de ríos…; dibujaba sobre temas bíblicos y apocalípticos y siguió trabajando sobre su Tratado sobre la Pintura, que quedó inacabado. A su discípulo le legó sus manuscritos, sus libros y dibujos, que este se llevó a Italia tras su muerte. Según su biógrafo Vasari, a su amigo el rey le vendió la Gioconda por 4000 piezas de oro. El recorrido por el palacio de Cloux se completa con una especie de museo al aire libre donde todos puede ver y manipular una serie de inventos que no hacen más que admirarnos de su visión precursora, de su enorme conocimiento de la ingeniería, de la mecánica, de la física y de todos los conocimientos portadores del Renacimiento; un lugar imprescindible para seguir su estela. Bellísimo autorretrato (supuesto) y uno de sus innumerables dibujos que me apasionan.

Francis Picabia, dadaísta

Francis Picabia

Francis Picabia: «Retrato de Marie Laurencin, 1916-17. Tinta y acuarela sobre cartón, 56 x 45.

 

Francis Picabia

Francis Picabia:» He ahí a la mujer», 1915. Acuarela, gouache y óleo sobre papel. 73 x 48.

 

Francis Picabia

Francis Picabia:»Parade amoureuse, 1917. Óleo sobre lienzo, 96 x 73.

 

Francis Picabia

Francis Picabia:» El niño carburador», 1919. Óleo, esmalte, pintura metálica, pan de oro, lápiz y carboncillo sobre contrachapado. 176 x 101.

 

La aventura o trayectoria de toda una vida buscando un lenguaje propio es una línea, en la mayoría de los casos, sinuosa. El artista como explorador de los diferentes caminos donde el arte se desarrolla se ve asaetado por tentaciones a las que debe o bien dejarse sucumbir o sortear con mayor o menor éxito. El barniz que cualquiera de esas circunstancias deja en su obra es una vía en cualquier caso apasionante. El espectador, ante ese panorama deslumbrante, a veces se puede sentir abrumado o desconcertado. En el caso de Francis Picabia (París, 1879), pintor francés de origen español, se dan todas estos vericuetos, pero aquí veremos gráficamente solo uno de esos caminos. Así, el mismo pintor dice, hablando de sus principios: «El impresionismo fue el cordón umbilical que me permitió desplegar los pulmones, aprender a nadar». Por ello después, a partir de 1908, sus obras experimentan «tentaciones» por el fauvismo, el neoimpresionismo, el cubismo y la abstracción. A través del conocimiento de Duchamp entra en contacto con el grupo de Puteaux (que ya hemos visto recientemente) y expone en la «Sección de oro» donde presenta La Procesión, Sevilla, París y Figura triste (España y los toros, presente siempre en su obra). Así en 1915 comienza su periodo maquinista o mecanomórfico y, junto con Duchamp, abandera el movimiento dadaísta neoyorquino. Sus máquinas son como retratos y, a su través, muestran situaciones equivalentes a las humanas, destacando sus valores propios visuales y funcionales. En los años posteriores desarrolla su labor como guionista, editor y poeta. Participa en el movimiento dadaísta en Zúrich, invitado por Tzara. En 1927 comienza su periodo de transparencias, pero ese es otro tema que merece capítulo aparte. Su obra da mucho de sí.

Los refugiados rechazados por Europa

Homenage a los Refugiados. Puerto de Cartagena

Homenaje a las víctimas del terrorismo. Puerto de Cartagena. Foto: Bárbara

 

Homenaga a los refugiados. Puerto de Cartagena

Homenaje a las víctimas del terrorismo. Puerto de Cartagena. Foto: Bárbara

 

Homenage a los refugiados. Puertp de Cartagena. Foto: Bárbara

Homenaje a las víctimas del terrorismo. Puerto de Cartagena. Foto: Bárbara

Desconozco el autor de esta escultura, cuya fuerza nos habla de tantas cosas: emplazada bajo el sol y el cielo azul, al lado del mar, en el puerto, que evoca tantas rutas; no se puede ignorar por su imponente presencia. Un hombre derrotado, desnudo, cabizbajo, herido en su dignidad, recogido sobre sí mismo, con la mirada fija en el suelo, impotente. Cuando la vi, me sentí sobrecogida y golpeada. Y te tienes que parar, clavada en el suelo, y te dan ganas de abrazarla… mientras la gente pasea entre los barcos y las gaviotas.

Y SIENTO VERGÜENZA DE SER EUROPEA.

Y siento vergüenza por ser europea. El gran mito de Europa se nos ha roto definitivamente. Ya se me rompió cuando Europa bombardeó la antigua Yugoslavia, mirando para otro lado, cuando se masacraba a los albaneses. Ahora, los miles y millones de refugiados que intentan salvar la vida claman, pero Europa, con su política de mercachifles, está sorda y ciega. Y me da vergüenza cada día, porque los vemos atrapados como animales y Europa solo sabe poner alambradas. Y pagar, eso sí, para que Turquía se las apañe !Qué Vergüenza! Y solo me viene a la mente la frase de «El año que vivimos peligrosamente», la que dice y martillea sobre el teclado con desesperación el fotógrafo, después asesinado: ¿Qué podemos hacer? ¿Qué podemos hacer? ¡Qué podemos hacer!

Rectificación: Buscando al autor de la escultura, me entero de que es un homenaje a las víctimas del terrorismo, pero es realmente lo mismo, salvo que este terrorismo es un terrorismo de Estado; la realidad es tan dolorosa la una como la otra; el desamparo, el mismo, las vidas que se pierden en el camino son las mismas. La magnífica obra es de  Víctor Ochoa.

 

Retratos de A. L. Coburn

A. L. Coburn: Matisse

A. L. Coburn: Matisse, 1913

 

A. L. Coburn: Ezra Pound

A. L. Coburn: Ezra Pound, 1913

 

A.L. Coburn: B. Sw

A.L. Coburn: B. Shaw, 1908

 

A. L. Coburn: Walt Whitman, 1891

A. L. Coburn: Walt Whitman, 1891

Si magníficas son las fotografías pictorialistas que Coburn hiciera de Londres, buenísimos son sus retratos; el de Walt Whitman es, por la luz y la atmósfera que enmarca el rostro venerable de patriarca, un retrato clásico, como si fuera más el resultado de una obra pictórica; su aspecto me recuerda al dibujo de Leonardo anciano. Muy bello el retrato de Ezra Pound, así como la fuerza magnética del premio Nobel B. Shaw. Respecto al retrato de Matisse paleta en mano y con su pulcra bata, debía ser la pose más natural de un pintor infatigable, pues así ha sido retratado en numerosas ocasiones.

 

 

Cubismo Órfico II – Grupo de Puteaux

Marcel Duchamp

Marcel Duchamp:»Dulcinea». 1911. Óleo sobre lienzo, 146 x 114. Museo de Filadelfia

 

Maecel Duchamp

Marcel Duchamp: «Jugadores de ajedrez». 1911. Óleo sobre tela, 102 x 102. Museo de Arte de Filadelfia

 

Siempre que hablo de Duchamp me acuerdo de Cortázar, es inevitable. El maestro Julio, atento a todas las vanguardias, apasionado del surrealismo, llamaba al pintor Marcelo Delcampo, castellanizando su nombre y apellido, con la gracia que le caracterizaba y no creo que con ánimo de ridiculizarlo, ya que este es una de las figuras claves del arte del siglo pasado y Cortázar, hombre cultísimo, conocía su trayectoria tanto como su obra. Duchamp se movió en las vanguardias mas rompedoras, pero en los años en los que el Cubismo Órfico (1911-1914) se manifiesta, formó parte del llamado Grupo de Puteaux, formado por artistas y críticos de arte, que toma su nombre de la localidad francesa donde murió Kupka, en las afueras de París, y que desarrolló un cubismo que se quiso enfrentar al cubismo de Montmartre; este grupo de tendencia más moderada giraba en torno a los tres hermanos Duchamp: Jacques (Villon), Raymond, que era escultor, y Marcel. Los Duchamp se reunían una vez por semana con amigos cubistas, entre ellos, Metzinger, Gleizes, La Fresnaye, Picabia, todos ellos con una concepción digamos «comedida» del cubismo. Jacques, hermano de Marcel, conocido como Jacques Villon, se dejó iniciar por este en el cubismo y desarrolló su especial forma de construcción  basado en la estructura piramidal que halló en los textos del gran Leonardo da Vinci y que él calificaba de «cubismo impresionista».

Por otro lado el cubismo de La Fresnaye, moderado ciertamente, se basa sobre todo en la superposición de los planos y de la técnica de Delaunay, sin abandonar por ello la composición tradicional con influencia de Cézanne. Lo mismo se podría decir de André Lhote en su intento de adaptar el cubismo al clasicismo. Pero no solo ellos, sino un gran número de artistas decidieron aprovechar ciertas técnicas y procedimientos del cubismo como un medio de avanzar por nuevos caminos de expresión. Al Grupo de Puteaux, aparte de los ya citados, hay que añadir a Picabia, Alexander Calder, Louis Marcoussis, Léger, Jeanne Rij-Rousseau y algunos más.

 

El desván de La Pedrera

Foto: Bárbara

Foto: Aurelio Serrano Ortiz

 

Foto: Aurelio Serrano Ortiz

Foto: Aurelio Serrano Ortiz

 

Foto: Aurelio Serrano Ortiz

Foto: Aurelio Serrano Ortiz

 

Foto: Aurelio Serrano Ortiz

Foto: Aurelio Serrano Ortiz

 

La última planta de la Pedrera de Gaudí ocupa 800 m2. y estaba pensada para albergar los lavaderos y otras zonas de servicios, con la finalidad, al mismo tiempo, de aislar el resto de la vivienda de los rigores del tiempo. El genial arquitecto se inspiró en la buhardilla de la masía catalana, pero con la novedad de los arcos parabólicos que no necesitan columnas ni muros de carga; en total 270 arcos que forman una estructura semejante a la de un barco; a otros les recuerda la columna de un animal; sea lo que sea en lo que se inspirase, el espacio es realmente soberbio; a la luz, al exterior se abren dos hileras de pequeñas ventanas. Los arcos catenarios están realizados en ladrillo plano. En 1953 fue remodelado por el arquitecto Francisco Barba, que tuvo la ocurrencia de hacer trece apartamentos, disparate que se solventó en 1996 cuando Caixa Catalunya compró el edificio, devolviendo el desván a su estado original, tal como Gaudí lo diseñó. Este espacio acoge en la actualidad una exposición permanente sobre Gaudí.

 

 

Cubismo Órfico I

Jean Metzinger:" danzante en un café" 1912. Óleo sobre lienxo 146x 114

Jean Metzinger: «Danzante en un café», 1912. Óleo sobre lienzo, 146 x 114

 

Robert Delaunay.1911

Robert Delaunay: «La Torre Eiffel», 1911

 

Robert Delaunay: "Roeee Eyffel. 1911

Robert Delaunay: «Torre Eiffel. 1911

 

El poeta, crítico de arte y amigo de todas las vanguardias, Guillaume Apollinaire, asistía atento a todo lo que se movía en el terreno artístico de París y, por tanto, no es de extrañar que fuera el primero que empleara el termino de Órfico para denominar, en primer lugar, la pintura de Delaunay. Apollinaire optó por el nombre derivándolo de Orfeo, personaje de la mitología griega que representa la unión de la música y de la poesía. Esta nueva corriente, el cubismo órfico, dotó de color al cubismo analítico de Braque y de Picasso, cuyas obras consideraba exentas de vitalidad y en exceso formalistas. El cubismo órfico solamente duró dos años, de 1911 a  1912. La primera exposición colectiva cubista se celebró en El Salón de los Independientes en 1911. En la famosa Galería de la Boétie de París se expusieron, en 1912, las obras resultado de esta nueva corriente que agrupó a Delaunay, Metzinger, Albert Cleizes, André Loth, Calder, Marcel Duchamp, Leger, Robert de la Frenaye…; las obras se expusieron bajo el nombre de Sección de Oro. Todos estos artistas de distintas procedencias, unos venían de Jinete Azul, otros del futurismo italiano y  algunos del cubismo,  se amparan bajo esta nueva corriente, reacción al cubismo analítico. Las grandes figuras del cubismo órfico son: Delanay, Kupka y Matzinger. Con el tiempo el cubismo órfico se convierte en algo específicamente francés, representado sobre todo por Delaunay y su mujer Sonia Delaunay, quienes condujeron la nueva pintura a la abstracción, objetivo en un principio impensable.

 

 

Leonardo: «La Virgen de Las Rocas»

Leonardo da Vinci: "La Virgen de Las Rocas". Óleo sobre tabla (transferido a lienzo en 1806), Museo del Louvre.

Leonardo da Vinci: «La Virgen de Las Rocas». Óleo sobre tabla (transferido a lienzo en 1806), 1497. Museo del Louvre, París.

Leonardo

Leonardo da Vinci: «La Virgen de Las rocas». Óleo sobre tabla, 189 x 120, 1506- 1508, Nationale Gallery. Londres.

 

Estas dos versiones de la Virgen de las Rocas y las vicisitudes de ambas rodean la obra de cierta aura de misterio. Leonardo, que entonces vivía en Milán, recibe el encargo de hacer el frontal de un retablo de parte de la Cofradía franciscana para la iglesia de San Francesco Grande. El caso es que la primera  (comenzada en 1843), realizada por Leonardo, nunca se llegó a entregar, bien por desavenencias dinerarias o por que la obra no gustó a dicha cofradía por desavenencias de contenido; la obra, hoy en el Louvre, parece ser que finalmente se vendió a Luis XII, rey de Francia. La segunda parece ser una réplica completada por los hermanos De Predis. La réplica de una obra se generalizó, en los distintos talleres, durante el siglo XVI, gracias a Tiziano. La réplica del original podía suponer variaciones, estar ejecutada por el autor o bien dirigida por él. Formalmente, la digamos original, es una obra que no se ciñe al contenido clásico cristiano; Leonardo obraba más de acuerdo con la naturaleza que con contenidos puramente de religión. La primera versión es más monumental que la segunda; en la primera predominan los colores oliva metalizados, en la segunda destacan los azules que idealizan el paisaje. Los rasgos delicados de la Virgen con la barbilla muy perfilada es el modelo renacentista ideal del pintor, un modelo juvenil de rasgos serenos que tiene en los cabellos bien definidos otra característica de la época. Por mediación de las manos de la Virgen, Leonardo equilibra el conjunto nada convencional y oscuro en su significado, y con ese gesto lleno de ternura humaniza lo que en principio era un encargo de la Virgen con el Niño y ángeles. La Virgen de rodillas tampoco se ceñía a la idea original. El paisaje rocoso es otra aportación brillante de Leonardo, que con la técnica del sfumato consigue difuminar los contornos para crear una atmósfera irreal o de sueño; el sfumato permite lo que siglos después Picasso repetía tozudamente: «Cada uno de los colores deben estar en todas partes a la vez»; en definitiva se trata de armonizar el conjunto. Finalmente reseñar que el dibujo del agua que fluye, que el gran Leonardo dibujara, según él se asemeja a los rizos en el cabello y las espirales del agua tienen semejanza con el crecimiento espiral de algunas plantas. Rocas, agua, plantas, naturaleza toda que Leonardo reverenciaba. Dominio total y absoluto de la luz y de la sombra.

Gertrude Stein a través de … otros ojos

Picasso: "Gertrude Stein"- Óleo sobre lienzo.

Picasso: «Gertrude Stein»- Óleo sobre lienzo, 1905-6. Museo Metropolitano de N.Y.

 

Gertrude Stein fotografiada por Coburn

Gertrude Stein fotografiada por Coburn

 

Aunque en su momento ya subí el cuadro que Picasso hiciera a su amiga y mecenas norteamericana Gertrude Stein, ahora me encuentro con la fotografía que Coburn le hiciera en 1917. A Stein los pintores  que trabajaban en París a principios del siglo pasado le deben mucho; su labor a favor del arte de vanguardia ahí está. Sobre ella y Picasso se cuenta lo siguiente: una vez finalizado el retrato alguien le dijo a Picasso: «No se le parece», a lo que este contestó sin inmutarse: «Ya se le parecerá». Respuesta que puede sorprender, pero que tiene mucha enjundia. El retrato, una vez que la fotografía permite acercarse lo más fielmente a la realidad, se libra del lastre del «parecido» y son otros valores los que entran en juego, la captación de la personalidad, el cómo y los valores intrínsecos de la obra y, como consecuencia, el retrato se libra de embellecer al retratado. La dureza del retrato de Gertrude hay que encajarlo en el momento estilístico en que se hizo y ese rostro, casi máscara de ella, es sumamente elocuente en cuanto a su fuerte personalidad. Con la mirada limpia, ajena a los prejuicios es como mejor se puede acceder a cualquier obra. Ustedes juzgaran.