Esta preciosidad de cebolla ha pesado al nacer un kilo ciento cincuenta gramos. Dos hermanas suyas de peso similar han terminado en el horno; se han asado en su jugo llenando la cocina de un perfume indescriptible. Un simple aliño indumentario -¡ah, Machado!-, a base de aceite de oliva extra y un vinagre de manzana han hecho las delicias de mi estómago, que en verano disfruta de todas las maravillas que da la huerta. Como ciudadana tengo al inicio del calor el sentimiento frustrante que me produce el asfalto: añoro la tierra húmeda tras el riego de las tomateras, los cogollos de lechuga, los pimientos de distintas tallas y colores, las flores de los calabacines… un sinfín de olores y sabores que me trasporta a la infancia. Una infancia menorquina enormemente feliz entre pruneros y buganvillas; entre patos que nadaban en la alberca; entre escupiñas y bogamarins…
Pero la oda a la humilde cebolla, su elogio más bello lo hizo nuestro gran poeta Miguel Hernández cuando compuso «Nanas de la cebolla».
No tengo huerta, pero sueño con ella todos los veranos.
«NANAS DE LA CEBOLLA»
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.
Hermosos y duros versos que el poeta desde la cárcel dedicaba a su hijo, al recibir una carta en la que su mujer le decía que no comía más que pan y cebolla. Fue durante la guerra civil.










