
Foto: Bárbara.
En casa de mis abuelos había una cocinera que guisaba como los ángeles -es un decir, claro-, se llamaba Roseta y de entre todas las salsas que ella bordaba había una prodigiosa que hacía para el cordero y que yo utilizo como un comodín; es un todo terreno que se adapta igual de bien para una carne o un pescado; es la bendita salsa fricandó. El domingo pasado tenía previsto hacer un bacalao con salsa de tomate y sus pimientos correspondientes y entonces me di cuenta de que la salsa de tomate iba a quedar escasa; remedio: la salsa fricandó. Si hacen esta receta, ya me contarán…
Ingredientes: Cuatro cucharadas de salsa de tomate, mejor si es casera y si no de bote, pero de calidad, un trozo hermoso por comensal de bacalao en su punto de sal, 1 cebolla, 1 cucharada colmada de harina, 1 vasito de vino blanco, pimientos rojos y verdes, aceite de oliva, y sal.
Primer paso, cortar en trozos los pimientos limpios y secos; los freímos en un buen aceite de oliva virgen -el aceite es fundamental para cualquier buen frito- y los depositamos escurridos en una cazuela. Secamos bien los trozos de bacalao, los rebozamos con harina y los freímos en el mismo aceite de freír los pimientos; dejamos que el papel de cocina absorba todo el aceite posible y reservamos. Hacemos la salsa poniendo en otra cazuela la cebolla cortada menuda y rehogamos, añadimos la salsa de tomate y, cuando estén hechas, rehogamos la harina para que no quede cruda; vamos dando vueltas y, cuando se forme una masa espesa, añadimos agua y dejamos que hierva, añadimos sal y el vaso de vino blanco. Cuando la salsa tenga la consistencia necesaria, la vertemos sobre el bacalao y los pimientos. Dejamos a fuego lento y, cuando se mezclen todos los sabores, listo para comer. Una recomendación para cualquier pescado: no hay que hacerlo mucho, de modo que en la sartén deben estar poco tiempo. ¡Buen provecho!