
Cuando el pintor llega al sur, a Arles en octubre de 1888, con mal tiempo, frío y nieve tiene que esperar a que los almendros florezcan para sentir que de verdad está en su Japón. Hemos visto en Matisse su atracción por el sur y para tantos otros artistas en que la luz, el exotismo, la naturaleza diferente suponen un foco nuevo desde donde explorar para ir hacia adelante; Vincent no es ajeno a ese influjo. Desde el principio el objeto de sus cuadros serán los huertos nevados, pero también desde el principio siente que encontrar modelos que quieran posar para él será un problema que solo con el tiempo puede resolver pintando el retrato de los escasos amigos que irá haciendo, como al cartero Joseph Roulin y a la familia de este, labradores, ancianos… hasta las prostitutas de un lupanar de Arles se niegan a posar porque estaba mal visto, salvo una que, tras una sesión y cobrando el posado por adelantado, no vuelve más.
En septiembre de 1888 hace amistad con el subteniente del regimiento de los zuavos instalado en Arles; su amistad supondrá para Vincent un regalo cálido, una proximidad que necesitaba; el retrato que hace de su amigo Milliet es un magnifico óleo sobre tela, hoy en el Rijksmuseum Kröller-Müller.
El exotismo del traje de los zuavos lo plasma el pintor en junio del mismo año en dos óleos sobre tela que realiza en su estudio, «El zuavo» y «El zuavo sentado»; en este último, de cuerpo entero, se aprecia perfectamente el gorro tipo fez con una borla negra, llamado chechia, los voluminosos pantalones en rojo, la chaquetilla corta sin cuello, un chaleco (gilet), la faja de lana (la ceinture) y las polainas blancas; los turbantes, que también llevaban, eran de distintos colores según el lugar de origen de los distintos regimientos, así los de Argel eran rojos, los de Orán blancos…
El cuadro reproducido, «El Zuavo», supone un muestrario del dominio del color y un refinamiento estético que traspasa la tela; sobre ese fondo verde intenso destaca el rojo del gorro con la borla negra, la chaqueta oscura con arabescos en ocres y amarillos y ese color azul celeste del fagín. La fuerza de los rasgos duros, raciales de ese rostro donde todos los colores del cuadro está presentes es, aparte de una obra maestra, la síntesis de ese precepto que anunció Picasso: que los colores presentes en una obra, estén en toda la superficie del cuadro.
El uniforme de los zuavos se mantuvo así hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial y como curiosidad, el padre de Camus, muerto en el frente francés, servía en un regimiento de los zuavos.
Vincent van Gogh, «El zuavo». Óleo sobre tela. 65 x 54 cm. Ámsterdam, Rijksmuseum Van Gogh.