El Hotel Constantin: un hotel con encanto

Hotel Constantin. Foto Bárbara

Hotel Constantin. Foto Bárbara

A final de octubre de 2008, estuve hospedada con unos amigos en este mismo lugar. Es un pequeño hotel con un encanto evidente; entonces la hiedra o vid del Canadá que cubre parte de la fachada estaba en su mejor momento, las hojas rojas encendían este rincón frente al canal de Craponne. Pero lo mejor estaba dentro: la simpatía y hospitalidad de sus dueños es algo que destacan los internautas de todos las nacionalidades; la acogida es calurosa y hace que te sientas como en casa. El desayuno, abundante  y variado, con unos cruasanes deliciosos que se disfrutaban más si cabe gracias a unas mermeladas caseras superiores; yo recordaba especialmente la de albaricoque, riquísima, hecha con el cariño con que se hacen las cosas en casa, despacio; unos embutidos de la tierra de lo mejor, el famoso salchichón de Arles y una especie de lomo embuchado que estaba de rechupete; el Camenber, se pueden imaginar…, fruta variada, etc. Del hotel se sale con las pilas puestas para no parar en todo el día. El código de la entrada te permite además entrar y salir con total libertad a cualquier hora del día y de la noche. Patrick y Véronique hacen que tu estancia sea muy agradable. ¡Y además nos obsequiaron con un tarro de mermelada de albaricoque y Véronique tuvo la gentileza de llevarnos en su coche a la estación para que no perdiéramos el enlace con Nimes! Merci infiniment!

Hotel Constantin, 59 Bd. de Craponne- 13200Arles

El Arco de Constantino y el canal de Craponne

Arco de Constantino y canal de Craponne

Arco de Constantino y canal de Craponne. Foto: Bárbara

El taxi nos dejó aquí, en el canal de Craponne, con el Arco de Constantino al fondo.

El 17 de agosto de 1554 el ingeniero del Rey Henri II,  Adam de Craponne, obtiene el permiso y la licencia de las autoridades competentes en Provence para derivar las aguas de la Durance para su provecho y uso de las gentes de La Roque, Lamanon, Salon y otros lugares…

La construcción del canal fue una obra de iniciativa privada, el resultado de un esfuerzo colectivo en la que participaron todas las clases sociales. La familia de Craponne, sus amigos de la nobleza de Salon y en particular Nostradamus fueron los grandes proveedores de fondos de esa empresa. Ni el Rey ni la Provincia intervinieron pecuniariamente.

En Arles, el canal de Craponne corre paralelo al boulevard  del mismo nombre, continúa a lo largo del boulevard George Clemenceau hasta el final del des Lices,  para continuar por la Avenue des Alyscamps, parada obligada pare ver el hermoso cementerio romano que pintaran Van Gogh y Gauguin.

El canal de Craponne. Foto: Bárbara

El canal de Craponne. Foto: Bárbara

Por la calle: Bolardos arlesianos

Bolardos arlesianos. Foto: Bárbara

Bolardos arlesianos. Foto: Bárbara

 

El pulso de una ciudad se toma en la calle, para ello hay que ir con los ojos bien abiertos y, mira por dónde, nos topamos con estos bolardos que rodean el Teatro de Arles, ojipláticos ellos; luego fuimos viendo más en distintos lugares y nos preguntamos por la autoría de ese asombro de bolardos. A la fecha de hoy seguimos sin conocer la identidad de quien tan bien avisa de todo lo que uno se puede encontrar por este bello lugar.

Bolardos Arlesianos. Foto: Bárbara

Bolardos Arlesianos. Foto: Bárbara

La Gare d’Arles y Van Gogh

La Gare d'Arles. Foto: Bárbara

La Gare d’Arles. Foto: Bárbara

A la Estación de Arles llegó Van Gogh en febrero de 1888 buscando la luz del Mediodía, el sur, la que iba a cambiar de forma definitiva el color de su paleta. Sin duda, entonces la estación no tenía ese aspecto; en París se habían instalado las primeras luces de gas y, si estas alumbraban la pequeña estación, apenas disiparían el ambiente gélido de su llegada. Nevaba y la gruesa capa dificultaba su avance hacia Arles a unos pocos kilómetros; solo, buscando en la pequeña ciudad una habitación donde alojarse. Pintó sus huertos helados hasta que los almendros en flor le insuflaron  el vigor que le era tan necesario;  luego la primavera, sin tardanza, estalló en mil colores.

Después de Nimes llegamos a Arles, la antigua capital romana de la Camarga. Un día espléndido nos dio la bienvenida y los restos de la ciudad romana, la muralla, el Arco de Constantino fue lo primero que vimos a modo de avance. Fundada por los griegos en el siglo VI a. C., fue conquistada por los celtas, los cuales le dieron el nombre de Arelate, y después por los romanos que la unió por medio de un canal al Mediterráneo. La ciudad prestó apoyo a Julio Cesar en su lucha contra Pompeyo y este, en agradecimiento, al salir victorioso le entregó Marsella (Massalia). En Arles se estableció la VI legión romana Ferrata y quedó formalmente configurada como colonia romana con el nombre de: «Colonia Ivlia Paterna Arelatensivm  Sextanorvm». Fue usada  como sede por los emperadores romanos en sus campañas militares. El emperador Constantino la tuvo como ciudad favorita. Constantino III se declaró emperador de Occidente y la nombró su capital en el 408.

¡Todo por ver: Las Arenas, Las termas de Constantino, Les Alyscamps, El Museo Departamental de Arqueología…!
La Gare d'Arles. foto: Bárbara.

La Gare d’Arles. foto: Bárbara.

La Boquería: La Catedral de los Mercados

La Boquería. Foto: Bárbara

La Boquería. Foto: Bárbara

Dos muestras de los  puestos coloristas, bodegones auténticos que se muestran en la llamada con justicia la Catedral de los Mercados; este en Barcelona es una fiesta para los sentidos, todo lo imaginable se encuentra en la Boquería, donde además se pueden tomar unas cañas con unas tapas fantásticas… ¿se puede pedir más?

La Boquería. Foto: Bárbara

La Boquería. Foto: Bárbara

La Casa Batlló

Detalle de la fachada de la Casa Batlló. Foto: Bárbara

Detalle de la fachada de la Casa Batlló. Foto: Bárbara

 

Una de las ventanas de la Casa Batlló, expresión fecunda del genio de Gaudí; las superiores son de menor tamaño por tener mayor luz natural. La fachada principal, situada en el Paseo de Gracia, es un conjunto de piedra y cristal con formas onduladas que revocó con mortero de cal y recubrió con trencadís de vidrios de colores y discos de cerámica. El salón principal de la parte noble tiene ventanas de madera que se abren con contrapesos lo que permite levantar todas las cristaleras para tener una visión panorámica. El tejado tiene forma de lomo de animal con grandes escamas tornasoladas. El mar, los elementos florales típicos del modernismo, no faltan en los detalles más mínimos, el mundo alegórico y orgánico de Gaudí se desarrolla como una gran ola; la total libertad que Don José Batlló dio al arquitecto hizo posible la espectacular y sorprendente obra; el dueño, un prestigioso hombre de negocios, quería una casa diferente y el genio de Gaudí transformó la materia en algo fabuloso que tiene respiración propia. Para conseguirlo se rodeó de los mejores artesanos de todos los gremios. La familia Batlló siguió viviendo en la casa hasta los años cincuenta, veinte años después del fallecimiento de Don José Batlló.

La luz de Gaudí

"La Sagrada Familia". Foto: Bárbara

«La Sagrada Familia, nave central, ábside y  lucernario del cimborrio central». Foto: Bárbara

 

De camino a la Provenza, pasar por Barcelona es parada obligada; aún llevo en la retina y en el corazón lo visto y lo vivido en esta ciudad maravillosa. La última vez que estuve en ella todavía no se había terminado el interior de la Sagrada Familia y no me defraudó en absoluto sino todo lo contrario, y eso que el exterior, fantástico, ponía el listón muy alto; por fuera es preciso sentarse y levantar la mirada hacia ese prodigio que parece un encaje, la piedra blanca de Garraf, extraordinariamente tallada, labrada parece un sueño hecho realidad. Gaudí utilizó generalmente seis tipos de piedra además de la ya citada: la piedra de Montjuïc, la de Lleida, la de Vilafranca, la de Figueres y el granito de ojo de serpiente del Maresme. Las cinco naves con el transepto de tres forman una cruz latina.

La luz del interior, modulada por las distintos vidrieras, ofrece una sinfonía de colores, un arco iris en azules, verdes, violetas…; y para escuchar, ver y sentir esa melodía gaudiana hay que volver a sentarse para dejarse inundar por el aura del genio catalán y sentir su espíritu en un abrazo inolvidable.

Velázquez: Boceto del dios Apolo

Velázquez: boceto del dios Apolo

Velázquez: boceto del dios Apolo. Óleo sobre lienzo, 36×25 cm. Colección particular. N.Y.

 

Muchos pintores quisieran al final de su producción poder realizar un boceto como este; el término «abocetado», que designa un estudio rápido, realizado con ligereza para un posterior trabajo más complejo, alcanza una dimensión diferente cuando los bocetos están realizados como este, como los de Leonardo, Miguel Ángel o Rembrand, y valen por sí mismos lo que una «obra» terminada; su calidad así lo manifiesta con la impronta de lo genial. Esta cabeza de Apolo, realizada sobre tela, para la «Fragua de Vulcano», está pintada en Roma en 1630, es un boceto donde se ve la impresión que le causara la visión de los pintores venecianos, quizás más que en su obra terminada. La factura de esta cabeza revoluciona el concepto pictórico y la técnica que se refleja en la libertad de la pincelada, la ligereza, el aire que la envuelve; el menos es más aquí se ejemplariza. Bellísimo boceto resuelto con cuatro pinceladas.

Safo (III)

Fresco pompeyano del cuarto estilo. Museo Arqueológico de Napoles

Fresco pompeyano del cuarto estilo. Museo Arqueológico de Nápoles

 

Con el cálamo sobre los labios y la tablilla de cera, el rostro pensativo de la joven, en este supuesto retrato de Safo, del siglo I d.c., al margen de que la represente o no, es ciertamente hermoso. El fresco, en el Museo Arqueológico de Nápoles, es conocido como La Gioconda de la Antigüedad; desconozco el porqué, pero es de destacar la mirada de unos ojos ¿excesivamente grandes? que miran al espectador. En la Antigüedad clásica la figura de Safo se nos antoja compleja y fascinante; por un lado, si ella, en vez de nacer en la aldea de Eresos, en la isla de Lesbos, lo hubiera hecho en Atenas, tendría que haber sido una cortesana para tener acceso a la cultura y a las artes, pues solo a ellas les era permitido, de modo que hubiera estado condenada a vivir una oscura vida dentro del hogar; por suerte para todos los autores venideros que adoraron sus poemas, como Virginia Woolf, Platón, Baudelaire, Lord Byron, Ezra Pound y un largo etc., nació en una isla abierta a todas las culturas, a todas las influencias y donde las mujeres tenían el mismo derecho que los hombres, por lo que pudo dirigir su Academia al modo de la de Platón, donde se impartía danza, música, poesía, literatura; ella creó ritmos y metros nuevos, y hay que tener en cuenta que las composiciones entonces  estaban destinadas  a ser cantadas, bailadas, acompañadas por la flauta o por la lira y que ella, una excelente bailarina, coreografiaba, componía la música… ay, fuente de inspiración para la gran Isidora Duncan. Existe una especie de nebulosa sobre su vida debido en parte a que la sabemos por fuentes indirectas, de personas que no la conocieron en vida; aun así se sabe que era de familia acomodada, que se dedicó también a los negocios y a la política, que tuvo amantes tanto masculinos como femeninos, que se casó y tuvo una hija, todo ello bastante habitual en Lesbos. La fama de Safo, el mito Safo, el fenómenos Safo, a la que Platón llamó la Décima Musa, ha llegado hasta nuestros días a pesar de que su obra nos llega fragmentada. Su poesía intimista y sencilla la escribió en aeólico frente a la poesía épica del momento y desde la pasión revolucionaria del subjetivismo femenino. y fueron posteriormente copiadas a través del tiempo hasta que el Papa Gregorio VII ordenó quemar sus manuscritos por inmorales (con la Iglesia hemos topado). Sus obras más famosas son Oda a Afrodita, Oda a las Nereidas y Adiós a Atthis.

Marguerite Yourcenar en su libro «Fuegos» le dedica un hermosísimo relato titulado «Safo o el suicidio», cuya lectura recomiendo por su excelsa dosis de desgarrada poesía.