
Henri Rousseau : «Combate de un tigre y un búfalo». 1891. Óleo sobre lienzo, 46 x 55. Hermitage Museum.
Rousseau (1844-1910) vivió durante años de su trabajo en servicios de inspección aduanera, de ahí su apodo, pero a partir de 1893 abandonó su trabajo para dedicarse por completo a la pintura, haciendo retratos y enseñando música y pintura en su academia, aun sin tener ninguna preparación académica; con dificultad e ignorado, incluso ridiculizado por los críticos, se fue abriendo camino con un estilo puramente ingenuista, de representación detallista y unos colores al servicio de un lirismo poético muy personal. Desde 1905 crea sus extraordinarias escenas selváticas con fieras y una vegetación exuberante con flores y plantas imaginarias en un ambiente fabuloso poco cercano a la realidad. Su realidad soñada es la misma que alentó el arte de Chagall; se trata de un mundo ingenuo, naïf donde lo alegórico se combina con su esfuerzo para que sus obras sean reales por su minuciosidad; de hecho su realidad quería que fuera «vista» «presencial, cuando lo que consigue es que sea cada vez más visionaria. Admirado como revolucionario por los cubistas, su camino lleva a la pintura naïf a su más alta cota; lo onírico lo hermana con los surrealistas de forma inequívoca.



















