Buganvillas

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Vacaciones, sol, playa y buganvillas color procesional. Arranca la primavera que avanza hacia el verano por el que muchos suspiran pensando en el dolce far niente… eso de «ganarás el pan con el sudor de tu frente» es una maldición; con lo bien que se está en plan contemplativo, pensando en las musarañas, sin dar palo al agua, dejándose ir como mecido por las olas…

Transparencias, Francis Picabia

Picabia: "Jesús y el delfín", 1928. Óleo sobre tela, 105 x 75.

Picabia: «Jesús y el delfín», 1928. Óleo sobre tela, 105 x 75.

 

Picabia: " Cordero místico y beso". 1927. Témpera sobre cartón, 48 x 62.

Picabia: » Cordero místico y beso», 1927. Témpera sobre cartón, 48 x 62.

 

Picabia: "Luscunia", 1928. öleo sobre panel, 149 x 139.

Picabia: «Luscunia», 1928. Óleo sobre panel, 149 x 139.

 

Después de la muerte del movimiento dadá, Picabia inicia la serie de Transparencias; esto suceda a partir de 1927. Las primeras de ellas las expone en la Riviera francesa, concretamente en el Club náutico de Cannes.  En esta serie de obras, el pintor de origen español superpone varias figuras o varias escenas sobre todo de temática española y otras de connotaciones del mundo clásico. En 1930, expone por primera vez en la galería del que será su marchante, nada menos que en la de L. Rosenberg. En esos años viaja constantemente y reside en Cannes y continúa exponiendo en el sur de Francia tanto como en París. Tras su serie de Transparencias sigue utilizando la figura y realiza retratos como el de Gertrud Stein y autorretratos, un género al que pocos pintores se han resistido. A partir de 1938 se instala en París; la ciudad de la luz persiste en ser el centro del mundo del arte; allí muestra sus trabajo «Paisajes del Mediterráneo», obras con reminiscencias de su época fauvista e incluso impresionista; un paso de reflexión hacia atrás que le impulsa a realizar a continuación obras abstractas; así es en casi todos los creadores con una larga trayectoria, Picasso en eso es un auténtico demiurgo. En años posteriores, instalado en Suiza, continúa investigando para llegar a realizar con su trabajo obras que se pueden considerar un precedente del arte Pop. Pero la vida sigue y su obra también.

Je suis Bruxelles

Rogier van der Weiden: "Descendimiento de la cruz"(detalle) Óleo sobre tabla, c. 1443. Museo del Prado.

Rogier van der Weiden: «Descendimiento de la cruz»(detalle). Óleo sobre tabla, c. 1443. Museo del Prado.

 

Cuando la percepción de Europa se encuentra en sus niveles más bajos, acrecentado por el abandono de los refugiados a su suerte, un nuevo golpe de los terroristas a su centro nos deja sin aliento. Sin duda a los yihadistas les molesta y mucho nuestro modo de vida, nuestra libertad, la libertad de expresión y la democracia que, sin ser modélicos, es por lo que hemos luchado muchas generaciones. Desgarra ver las escenas y el número de víctimas, y también, en los campos de los refugiados, a esos niños que se han pintado en la piel su rechazo al terror que imponen esos bárbaros; no quieren que se les confunda con ellos y que, ante el terror, se les meta a todos en el mismo saco. Ellos también huyen de ese terror. No lo olvidemos. Ahora es cuando necesitamos todos más Europa y la unidad de todos los pueblos.

HOY TODOS SOMOS BRUSELAS.

Idomeni, la otra frontera. (Los ojos de Khaled)

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Idomeni, la otra frontera

(Los ojos de Khaled)

 

 

            Estoy sola, perdida sin tus ojos en este tren que avanza hacia la noche. Y en este ir, la bruma confunde la línea del horizonte y transforma los campos en un mar inexistente. Taladraste mi cerebro: ¡Van a cerrar las fronteras, vete, Sara, vete!. Me empujas y me empujas y no quiero ir. Y me subes a este tren y ¡debo esperar a Houda! Sara, vete! Tu voz se apaga como una llama y ardo de dolor. Estoy sola, Khaled, perdida sin tus ojos en ese paisaje que se desliza. La máquina que silenciosa se dirige hacia el oeste tira de mi corazón que correría hacia el Este: hacia Macedonia… hacia ti, hacia vosotros.

            Nunca debió ocurrir. Nunca de nuevo aquí; jamás en ningún lugar del mundo. La guerra, y yo lejos sin poder estar; lejos de la barbarie y queriendo estar con vosotros y sin poder. Y aun protegida por los cristales que lloran, aun así, oigo; y bajito, para no dolerme demasiado, acompaño a la voz que acuna el silencio de los gritos. Y me consuela cantarme, cantarte a pesar de los gritos que nunca dejo de oír. Y tú, mala madre, Europa, sin corazón, te pudres desde hace años, sin oídos, sin entrañas. La noche es un caracol ciego que repliega sus ojos; a mi pesar estoy en su centro, justo en la última vuelta de su concha, cuando la espiral se vuelve pequeña, porque no sé donde más podría estar tan a cubierto. Cuando cesa la canción, no sé para donde volverme. Afuera, frío; dentro, peor que la muerte, tan helada. Sola, sin tus ojos, perdida y loca por buscarte sin remedio, desesperada en este tren que avanza hacia la noche. Delante de mí, el cristal y la palabra FRONTERA; y el cristal donde se reflejan los inocentes como polillas desvalidas en las que late un corazón pequeño y caliente. Pienso en los niños; es por que pienso en los niños, que grito sin sonido para no despertar a los muertos, y me tengo que acunar, cogerme entre los brazos para poder soportarlo. ¡Y creímos estar a salvo de esa barbarie! Un olor hediondo avanza con este tren a gran velocidad, y los gritos de los niños, de las mujeres, de los ancianos. Ese coro que se repite, que se repite, que se repite: ¡Niños en Europa! Muertos. Asesinados. Muertos.

            Estoy sola, Khaled. Perdida. Sin tus ojos, estoy sola, Khaled, perdida sin tus ojos…

Barbara García Carpi

Los últimos años de Leonardo, palacio de Cloux

Leonardo da Vinci

Supuesto autorretrato de Leonardo anciano. Dibujo a la sanguina sobre papel, h. 1510-15. Biblioteca Real de Turín.

 

 

Amboise es un bellísimo enclave turístico de Francia donde se unen a las bondades paisajísticas de su enclave fluvial junto al Loire, su arquitectura, gastronomía y el palacio de Cloux (hoy llamados Clos Lucé), donde vivió el gran Leonardo sus últimos tres años. El genio del Renacimiento y de todos los tiempos nació el 15 de abril de 1452 en Vinci y murió el 2 de mayo de 1519 en el citado palacio, asistido por su amigo y protector el rey de Francia, Francisco I. Fue enterrado en la capilla de Saint-Hubert donde permanece. Amboise es, para los admiradores del genio de Leonardo, un lugar de obligado peregrinaje, donde recorrer las estancias del palacio es una aventura casi mística para sus devotos; la gran cama donde exhaló su último suspiro con el rey inclinado sobre el lecho está escenificado en una gran tela que nos habla de forma muy elocuente de la gran connivencia y complicidad que existió entre ambos. Hay que remontarse a tres años antes, cuando, tras la muerte de su gran protector Giuliano de Médicis, el pintor abandona Italia acompañado entre otros de su discípulo Melzi llevándose la Gioconda, el ambiguo S. Juan Bautista y Santa Ana, La Virgen y El Niño. A Amboise llega Leonardo más como amigo que como pintor, arquitecto y mecánico del Rey, que era como fue «contratado»; por ello en el palacio de Choux vivió más como un noble que como un empleado del rey. Curiosamente, a ambos les apasionaba la cocina y se cuenta que, entre el palacio del monarca y el de Cloux, un pasadizo secreto unía las dos residencias y que Francisco I lo recorría por las noches para disfrutar de  las recetas innovadoras del pintor, y que en esas noches gastronómicas ambos cocinaban con auténtico placer, aunque el servicio del palacio contara con cocinero propio. El comedor, con su amplia mesa, acogía a los invitados en jornadas «normales». Pronto la salud del genio se resintió y en 1517 su brazo derecho se le paralizó; no obstante siguió dibujando y haciendo bocetos para decorados de fiestas palaciegas, proyectos urbanísticos, drenaje de ríos…; dibujaba sobre temas bíblicos y apocalípticos y siguió trabajando sobre su Tratado sobre la Pintura, que quedó inacabado. A su discípulo le legó sus manuscritos, sus libros y dibujos, que este se llevó a Italia tras su muerte. Según su biógrafo Vasari, a su amigo el rey le vendió la Gioconda por 4000 piezas de oro. El recorrido por el palacio de Cloux se completa con una especie de museo al aire libre donde todos puede ver y manipular una serie de inventos que no hacen más que admirarnos de su visión precursora, de su enorme conocimiento de la ingeniería, de la mecánica, de la física y de todos los conocimientos portadores del Renacimiento; un lugar imprescindible para seguir su estela. Bellísimo autorretrato (supuesto) y uno de sus innumerables dibujos que me apasionan.

Del rosa al rojo

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

La primavera, como quien dice, ya está aquí; se renuevan los ciclos mientras seguimos absortos pensando que aún tenemos tiempo de vivir nuevas primaveras y tres nonagenarios en la familia celebrarán durante ella su novena década, y todos asistiremos gozosos a sus largos caminos recorridos. Las campanillas vuelven la mirada sobre sí mismas capaces de medir, con disimulo, el vestido deslumbrante de las otras y se complacen ensimismadas, y algunas hasta enrojecen de orgullo.

Francis Picabia, dadaísta

Francis Picabia

Francis Picabia: «Retrato de Marie Laurencin, 1916-17. Tinta y acuarela sobre cartón, 56 x 45.

 

Francis Picabia

Francis Picabia:» He ahí a la mujer», 1915. Acuarela, gouache y óleo sobre papel. 73 x 48.

 

Francis Picabia

Francis Picabia:»Parade amoureuse, 1917. Óleo sobre lienzo, 96 x 73.

 

Francis Picabia

Francis Picabia:» El niño carburador», 1919. Óleo, esmalte, pintura metálica, pan de oro, lápiz y carboncillo sobre contrachapado. 176 x 101.

 

La aventura o trayectoria de toda una vida buscando un lenguaje propio es una línea, en la mayoría de los casos, sinuosa. El artista como explorador de los diferentes caminos donde el arte se desarrolla se ve asaetado por tentaciones a las que debe o bien dejarse sucumbir o sortear con mayor o menor éxito. El barniz que cualquiera de esas circunstancias deja en su obra es una vía en cualquier caso apasionante. El espectador, ante ese panorama deslumbrante, a veces se puede sentir abrumado o desconcertado. En el caso de Francis Picabia (París, 1879), pintor francés de origen español, se dan todas estos vericuetos, pero aquí veremos gráficamente solo uno de esos caminos. Así, el mismo pintor dice, hablando de sus principios: «El impresionismo fue el cordón umbilical que me permitió desplegar los pulmones, aprender a nadar». Por ello después, a partir de 1908, sus obras experimentan «tentaciones» por el fauvismo, el neoimpresionismo, el cubismo y la abstracción. A través del conocimiento de Duchamp entra en contacto con el grupo de Puteaux (que ya hemos visto recientemente) y expone en la «Sección de oro» donde presenta La Procesión, Sevilla, París y Figura triste (España y los toros, presente siempre en su obra). Así en 1915 comienza su periodo maquinista o mecanomórfico y, junto con Duchamp, abandera el movimiento dadaísta neoyorquino. Sus máquinas son como retratos y, a su través, muestran situaciones equivalentes a las humanas, destacando sus valores propios visuales y funcionales. En los años posteriores desarrolla su labor como guionista, editor y poeta. Participa en el movimiento dadaísta en Zúrich, invitado por Tzara. En 1927 comienza su periodo de transparencias, pero ese es otro tema que merece capítulo aparte. Su obra da mucho de sí.

De una extraña belleza

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Nunca la había visto antes; entre las otras plantas destacaba por su sobriedad y rareza; nada en su color llamaba la atención, pero sus pesadas hojas, carnosas, reinaban por su quietud elegante mientras a su alrededor las palmeras se desentumecían tan solo con una leve brisa…

Picasso en «La Rotonde»

Jean Cocteau: Picasso, Pâquerette y Moïse Kisling.

Jean Cocteau: Picasso, Pâquerette y Moïse Kisling, 1916. París.

 

Jean Cocteau: Picasso, Pâquertte, Kisling y Max Jacob

Jean Cocteau: Picasso, Pâquertte, Kisling, Max Jacob y Manuel Ortiz

Picasso, con gorra de visera a cuadros en la primera foto de Jean Cocteau que, sentado en la famosa «La Rotonde», sita en el 99 del Boulevard de Montparnasse, comparte mesa con el también pintor Kisling y con Pâquerette su amante de turno. En la segunda, de la misma fecha, aparecen también Max Jacob y Manuel Ortiz.