Picasso y la Lisístrata de Aristófanes

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En 1934 aparece en N.Y. una versión de la Lisístrata de Aristófanes publicada por la asociación de bibliófilos estadounidenses, ilustrada con seis grabados de Picasso al modo neoclásico del pintor. La edición, como no cabía ser menos, es reducida y exclusiva. Aristófanes estrena su obra en Atenas en el año 411 en plena guerra del Peloponeso entre espartanos y atenienes que venía enfrentando a todo el mundo heleno desde hacía veinte años. El nombre de Lisístrata, que significa «la que disuelve los ejércitos», ya es toda una promesa de su contenido antibelicista; la guerra parecía no tener fin y las hostilidades entre las dos potencias griegas conllevaba una devastadora destrucción que abarcaba  toda la cuenca oriental del Mediterráneo. Curiosamente esta obra, ilustrada por Picasso, se estrena en vísperas de que estallara en España la guerra civil y en un periodo de entreguerras mundiales. Estos tres primeros grabados, como los otros tres restantes, se caracterizan por la simplicidad de las líneas y el equilibrio en la composición. En el primer grabado aparece Lisístrata convenciendo en asamblea tanto a espartanas como a atenienses para que se abstengan de tener relaciones sexuales con sus maridos hasta que ellos no pongan fin a las hostilidades. En el segundo, aparece un encuentro erótico frustrado, siguiendo las directrices marcadas por Lisístrata. Y en el tercero se muestra la desesperación de los hombres ante una huelga insólita. Toda una solución.

 

Aurelio Serrano Ortiz, dibujante

DIBUJO AURELIO

Aurelio Serrano Ortiz, dibujo a lápiz sobre papel

De la serie «Línea sobre el plano». 17-04-2018.

Lo etéreo, la ingravidez, la elasticidad son términos a los que me llevan los dibujos de esta serie, donde el espacio se define por el aire que circula a través de esas masas que se estiran según los ejes que, a la vez, doblan sin hacerlo el plano sobre el que se asientan. Plasticidad llevada a su máxima expresión: sencillamente magníficos.

 

Cuento carcelario

El orden de los números

 

Benicio miraba la superficie blanca del dado. Lo lanzaba contra la pared y así mataba el rato. Benicio Allegue escupió y el salivazo dejó colgando un hilo de baba que al trasluz se mantuvo quieto. Antón más quieto que la baba que colgaba frente a su cara, más quieto que el semen de un muerto, se rascó de pronto la entrepierna. Benicio le lanzó el dado con rabia y dijo: «subnormal». Entonces el mar bramó y la espuma batió el islote; Antón se lo imaginó como una ubre que flotaba en medio de la nada, en un mar de leche blanca que lanzaba en las rocas su espuma rizada, pero tiesa, como almidonada. Lo cierto es que aquello era un jodido islote que solo flotaba para sustentar a los penados. Y sintió el mar con dolor; lo único que sentía ya era aquel mar furioso, que estaba tan presente, tan cercano, tan inaccesible y el aire salado que curtía los rostros incluso allá dentro. Y lo sintió en su piel que se había vuelto más sensible que sus ojos, que apenas distinguían nada. Aquella mañana parecía, tras la puerta cerrada, como si el mundo diera sus últimos suspiros; se adivinaban acontecimientos inciertos y el trasiego de mudanzas. Benicio recogió el dado del suelo. Afuera los ruidos se sucedían, pero nada tenían que ver con los sonidos habituales que marcaban las guardias y las comidas. Benicio apretó su mano para sentir en su puño cerrado el orden de los números. El bramido del mar le sobresaltó más que el chirrido del cerrojo; el sargento Servando Espeleta le observó con regocijo. De modo que era cierto -pensó- el mar hablaba a su manera y su canto era lúgubre. «Miserere novis, coñonovis, per seculam culovis, et seculovis et coñovis…» y soltó una carcajada que le sobresalto más que todos los sonidos de la tierra. Apretó el puño y  lanzó el dado sobre un desconchón de la pared y este, rodando, se plantó en un seis. Lo miró como si nunca antes lo hubiera visto. Y se lo guardó en el bolsillo. El gallo de la veleta de la torre marcaba el tiempo: soplaba la tramontana. Antón se impacientaba; a las seis les daban un café caliente con un chusco de pan duro de la víspera, pero ese día algo no marchaba bien; abrió su boca desdentada para decir: «Me cago en sus muertos, tengo hambre». Y se sopló el brazo de abajo a arriba espantando moscas imaginarias. El sargento lo miró con desprecio. Benicio tuvo la certeza de los números y que su rutina era lo único soportable. Benicio como un mono se encaramó hasta los barrotes y acertó a ver un barco de mercancías que tendría que pasar la cuarentena en la isla del Lazareto. De un salto volvió al suelo. Condescendiente el sargento lo observaba sin prisa. Volvió a lanzar el dado. Antón lo miró sin verlo y dijo: «un seis». ¿Y tú que sabes, cabronazo? Volvía a salir un seis. y Benicio, incrédulo, se precipitó a recogerlo. Respiró fuerte, agitado, y se paró a escuchar como alguien corría por el patio central. Al instante, el sargento Servando Espeleta dejó el paso al guarda que los sacó de la celda. El reloj de la torre dio las seis. En el patio del penal cuatro hombres de cara a la pared esperaban su llegada, la orden, y el ruido de los fusiles. Benicio se puso firme y dijo su jaculatoria: «misererenovis…! Ese día fueron seis los ejecutados, que cayeron desmadejados sobre la tierra reseca. Las primeras luces se habrían paso en un cielo azul cobalto oscuro. El dado rodó desde la mano, ahora abierta, del último fusilado hasta la puntera de uno de los zapatos del sargento Espeleta. Un seis, negro y rotundo llenando toda la cara del dado fue lo que vio Benicio antes de que sus cuencas se volvieran para mirar hacia adentro por toda la eternidad.

De  mi libro «Cuentos de Sanvián»

Matisse y James Joyce

 

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Para los devotos lectores del «Ulysses» de James Joyce y que al mismo tiempo sientan pasión por el arte, poseer una edición de la novela ilustrada por Matisse debe ser toda una joya. En 1935 el pintor recibió el encargo de ilustrar la novela más famosa y discutida del escritor irlandés que transcurre en Dublín en un solo día. El «Ulysses», ya lo sabemos, no es de lectura fácil; el caso es que Matisse no quiso leer el libro, por las razones que fuesen y fue directamente a la fuente: la «Odisea» de Homero. Este dato, curiosamente, añade una peculiaridad a esta edición de coleccionista. No era la primera vez que Matisse se volcaba en ilustrar un libro muy conocido; con anterioridad había ilustrado «Las flores del mal» de Baudelaire mas esta vez el regreso a casa del personaje –Stephen Dedalus- parte de un libro clásico de cuya autoría se tienen serias dudas. George Macey, el editor norteamericano que tuvo la feliz idea de unir a Joyce y a Matisse en esta «odisea», debió prever el precio desorbitado que la edición primera, que constaba de 1.000 copias firmadas por el artista y 250 firmadas por Joyce, alcanzaria en el mercado.

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Monet, fotografiado con sus nenúfares

 

 

 

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Monet en Giverny. Fotografía coloreada

Monet en su ardín de Giverny al lado de sus nenúfares y, detrás, el puente japonés que hizo construir para pintarlo tantas veces. Así mismo hizo desviar un afluente del Sena para poder plantar sus especies acuáticas

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Monet en su estudio

Diego Rivera cubista

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Marinero almorzando, 1914

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Paisaje zapatista (El guerrillero), 1915

La época cubista de Diego Rivera coincide con su estancia en Madrid y París. Gracias a una beca, el muralista mexicano viaja a Europa y se impregna de lo que allí se está fraguando. Y aunque él con posterioridad no da importancia a ese periodo que abarca desde 1907 a 1921, en realidad el conjunto cubista de su obra se centra entre 1913 y 1918, la crítica cada vez más tienen en consideración estas obras por su indudable calidad. La relación entre Picasso y Rivera tuvo sus altibajos debido a una posible «copia» por parte del malagueño de la forma en que el mexicano pintó las hojas de los árboles de su cuadro «Paisaje zapatista», aunque después, pelillos a la mar, Rivera en su biografía se confiesa agradecido por tener a Picasso como amigo. El cubismo de Rivera posee la singularidad del color, apartándose de los colores apagados propios del movimiento y que defendían Picasso y Braque, y se acerca a las tonalidades encendidas que propondría Juan Gris en Nature morte et paysage, Place Ravignan, aunque son menos conocidas que las sombrías naturalezas muertas del autor. Se puede considerar que el cubismo de Rivera se aparta de lo establecido, es heterodoxo y en realidad una mezcla del cubismo sintético, analítico y del movimiento futurista. El pintor investiga sobre la cuarta dimensión, el eterno problema del tiempo en relación al espacio; pero su interés costumbrista subyace desde siempre. De esta etapa cubista con personalidad propia son «Terrasse du Café» y «Retrato de Martín Luis Guzmán». Después, sobre 1915, Diego Rivera se confiesa desilusionado al considerar que el cubismo había perdido su carácter subversivo.

Picasso trabajando

 

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Picasso en su taller

 

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Picasso trabajando  y Jacqueline leyendo

En la primera fotografía, primer plano de Picasso en plena faena, luciendo piernas y trasero; en la segunda con su última mujer Jacqueline.

Gabriele Münter

 

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Autoretrato, 1909

El expresionismo alemán no contó con demasiadas mujeres en sus filas; Gabriele es una de las pocas artistas que se unió a dicho movimiento. Nació en Berlín en 1877 y fue primero alumna y después compañera sentimental de Wassily Kandinsky. Antes del estallido de la Primera Guerra Mundial participó activamente en distintos movimientos artísticos como el Jinete Azul (Der Blaue Reiter). Estudió en la escuela de dibujo de Düsseldorf  y posteriormente, en 1901, en la escuela de Phalanx donde Kandinsky le dio clases convirtiéndose en su colaboradora. Juntos viajan por Italia, Austria, Bélgica, Túnez, volviendo a Múnich, donde se establecen. En el pueblo bávaro de Murnau se compró una casa, lugar de encuentro con el pintor, con Marianne Werefkin y Alexef von Jawlensky en los veranos siguientes a 1909. En 1909 y 1910 expone con la Neue Künstiervereinigung de Múnich. Y participa en las exposiciones y en el almanaque de Der Blaue Reiter. Al comienzo de la Primera Guerra Mundial  se traslada con su pareja a Suiza y más tarde sola a Copenhague. Al poco tiempo su relación con Kandinsky terminaría y ella opta por regresar a Murnau una vez finalizada la guerra. Ya en 1927 su vida se une al historiador de arte y filósofo Johannes Eichner hasta la muerte de este. El arte de Münter evolucionó hacia la simplificación de las formas, como se percibe claramente sobre todo en sus paisajes. Tras la Segunda Guerra Mundial, una vez reivindicado el expresionismo alemán, es cuando se comienza a valorar el trabajo de esta artista que, como muchas otras, vivieron a la sombra de sus parejas durante demasiado tiempo y el tiempo es, precisamente lo que está haciendo que las cosas, por derecho, se pongan en su lugar.

Münter Gabriele, Der blaue See

El lago azul

Toulouse- Lautrec, en Picardía

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El artista retratado por su amigo de la infancia Maurice Guibert en las playas de Le Grotoy en Picardía en unas imágenes poco habituales. Los últimos años de la vida del pintor fueron de locura y juergas continuas quizás apurando lo que le quedaba de una existencia de por si dolorosa. Su sentido del humor queda patente en todas y cada una de las fotos que le hizo Guibert disfrazado o riéndose hasta de su sombra.

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Matisse y Lydia Delectorskaya

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«Le Rêve», 1935. Modelo Lydia D.

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«Grand nu couché», 1935. Modelo Lydia D.

Algunos se preguntarán quién fue Lydia Delectorskaya y qué papel jugó en la vida de Matisse. Fue simplemente una modelo, como Hélène Galitzine, o su amante, como sospechaba madame Matisse, o fue el detonante para que el matrimonio se divorciara. Las cosas a veces son más sencillas de lo que parecen. Lydia, es cierto, acompañó los últimos veinte años del pintor, más concretamente desde 1932 a 1954. En principio Lydia fue su ayudante de taller; después, modelo y secretaria. Emigrante de su Siberia natal, se presenta, en 1933, como modelo y lo fue en más de cuarenta pinturas. Curiosamente, a iniciativa de madame Matisse, es contratada como modelo y ayudante de su estudio. Lydia siempre ha manifestado, no obstante, que su relación con el pintor fue siempre platónica. Lo cierto es que Matisse encuentra en ella la inspiración que plasma desde 1934 en un pastel, «Jeune femme au corsage bleu (Retrato de Lydia)», después un óleo, «Le Chale écossais», «Les Yeux  bleus» y una serie de dibujos. Un año más tarde «Le Rêve» inicia el principio de una larga colaboración; durante los últimos meses de ese año hace posar a Lydia y a Hélène juntas. Otra curiosidad es que cuando ella tiene 25 años y él 65, Lydia empieza a darse cuenta de la importancia del trabajo del pintor y comienza a valorarlo. Madame Matisse, con razón o sin ella, se siente traicionada y pide el divorcio en 1939. Cuando Matisse es operado de un cáncer se convierte también en enfermera y se instalan en Vence donde sigue posando para él en: «Nu Rose», «Interieur Rouge», «Madame L. D., vert, jaune et bleu»… Una exposición retrospectiva en Filadelfia obliga a Lydia a desplazarse muchas veces; en el año 1949 tiene una entrevista con la secretaria del Museo de Arte Moderno de París a fin de organizar una exposición. De modo que ella se convierte en indispensable y él continua con los trabajos para la capilla del Rosario de Vences y les «découpages de papiers colorés» preparados por ella. Es ella también quien le ayuda a realizar estos últimos grandes trabajos. Matisse muere el 3 de noviembre a los 84 años y Lydia, el mismo día, abandona el Régina y no asiste a los funerales. Posteriormente publica dos obras como testimonio de su colaboración con él: «L’apparente facilité, Henri Matisse», editado por A. Maeght y diez años más tarde, «Henri Matisse, contre vents et marées: peintures et livres ilustrés de 1939 à 1943», editado por Hansma, París. Ella repartió las obras que Matisse le había regalado y vendido entre diversos museos, favoreciendo a los rusos. Muere el 16 de marzo de 1998 a la edad de 88 años. Es indudable el gran papel que Lydia jugó en la vida tanto del Matisse hombre como del artista.