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Fuente Caputa II

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Fotografías: F. Torres Monreal

Sorprende en un paisaje bastante árido encontrar de repente, como surgido de la nada, este nacimiento de aguas cristalinas. Encontrar el lugar no era fácil, pero a la vista de las fotografías mereció la pena y si, además, se hizo en compañía de amigos entrañables, el resultado fue un día para recordar.

A orillas del río Bernesga II

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Río Bernesga. Foto: Bárbara

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Río Bernesga. Foto: Bárbara

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Río Bernesga. Foto: Bárbara

A su paso por la ciudad de León, el río Bernesga deja rincones que el paseante recorre sin dificultad, disfrutando de sus recodos llenos de flores, escuchando el ligero susurro de sus aguas tranquilas.

 

5 rue Lagrange

 

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5 rue Lagrange. París. Foto: Bárbara

En este edificio rosa, el número 5 de la rue Lagrange, viví en París en el año 1972. Entonces todo el edificio era una residencia para chicas, que llevaban unas monjas que por cierto solo exigían que se cumplieran los horarios de modo que, si a las doce no entrabas, ya no lo podías hacer hasta el día siguiente. Y, claro, más de una noche nos quedamos a dormir «à la belle étoile» bajo los puentes de París, cantando y disfrutando de la vida. Cuando veo esta foto, vienen a mí muchos recuerdos y añoro a todas las amigas que compartimos esa experiencia inolvidable; teníamos todo el día por delante para recorrer los museos, sentarnos en los cafés del Barrio Latino, para recorrer Montmartre, para buscar las librerías de Montparnasse, para visitar la Cinemateca, recorrer en los cementerios las tumbas de nuestros poetas preferidos, escuchar música en les caves… celebrar en las calles la fiesta del 14 de julio… buscar gangas en el mercado de las pulgas… Me acuerdo de ti, Manola, Toñi, Mamen, Cari y sobre todo de Julia, que se marchó demasiado pronto. La rue Lagrange está al lado de Notre Dame, solo nos separaba de ella el pequeño puente metálico, «Le pont aux Double». Para todas ellas, este recuerdo nostálgico. Al cabo de los años, leyendo del maestro Cortázar su novela «El Perseguidor», me di cuenta de que además esta calle es muy literaria, pues en ella sitúa el domicilio de su personaje principal, Johnny Carter. Y no me extraña nada, pues está en el corazón del Barrio Latino y tiene en su ADN todo el embrujo de la bohemia parisina.

Cabo de San Antonio

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Cabo de San Antonio (Denia) Foto: Bárbara

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Cabo de San Antonio (Denia). Foto: Bárbara

Si hay algo que echo en falta todos los días es el mar. El hecho de haber vivido en dos islas durante años y haber nacido en un puerto de mar me ha condicionado de tal manera que cuando vuelvo a estar cerca de él siento que hasta respiro mejor; ese olor a salitre que todo lo impregna crea adicción. Y en ese sentido me siento totalmente dependiente.

Ventanas y contraventanas en Florencia

 

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Foto: Bárbara. Florencia

Cuántas vidas, cuántas personas hay detrás de las ventanas, no solo de los palacios, de las antiguas logias, sino en las casas habitadas por personas normales y corrientes. La ventana que nos abre, amplía la mirada al exterior, qué gran avance.  Y qué decir del gran invento árabe de las celosías, que te permiten observar sin ser visto. Este fundamento de la privacidad, ha tenido, gracias al ingenio, otros modos de ver sin que el observado se dé cuenta; las mirillas de las puertas sin ir más lejos. En algunos lugares, el derecho de admisión se fundamenta hoy en la mirilla y los habitantes abren la puerta al intruso según les venga en gana. Pero hay muchas formas más de observar sigilosamente, detrás de un tapiz estratégicamente situado, lo hemos visto en celuloides añejos de aventuras… Yo recuerdo que de pequeña me apasionaba tirar del separador de unos libros del despacho de mi abuelo, detrás de los cuales había una ventanita desde donde se veía el hall de entrada y desde allí el abuelo decidía si recibía al intruso o no. Fantástico invento que hacía volar mi imaginación.

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Foto: Bárbara. Florencia

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Foto Bárbara. Florencia

Palomas fiorentinas

 

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Foto: Bárbara

Estas palomas, en la plaza de Santa María Novella, en Florencia, se solazan, dichosas de estar donde están, de eso no me cabe la menor duda. Las palomas en todas partes del mundo gustan de pasear por los diversos monumentos, arrullando a los que ya no están; les da lo mismo de quien se trate, si son figuras yacentes o estatuas ecuestres de militares o caudillos triunfantes, ellas no hacen distingos, son absolutamente indiferentes o bien demócratas  desde el tiempo de los romanos. Hasta hace poco eran el símbolo de la paz  y hasta los pinceles más cotizados las pintaban con cariño y esmero, pero últimamente su halo de inocencia y bonhomía ha ido desapareciendo, y una idea perversa ha ido calando entre las gentes; ahora se les considera como ratas voladoras que con sus excrementos ensucian y corroen los edificios y todo lo que encuentran a su paso. Yo me resisto, vamos que me niego, y sigo pensando que son las amigas de los que ya no están y que con sus arrullos  les dan los buenos días y les acompañan en su soledad. ¡Romántica que es una!

En Nimes

 

 

 

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Gare de Nimes. Foto: Bárbara

A la salida de la gare de Nimes, una se encuentra con un paseo bordeado de árboles y justo a mano izquierda con un bar brasserie que nos llamó mucho la atención: Les Fleurs du Malt que nos hizo sonreír pensando en Baudelaire y su archifamosísima obra «Les fleurs du Mal» y nos acordamos inmediatamente de nuestro querido amigo el catedrático de la Universidad D. Francisco Torres Monreal, gran conocedor de la obra de Baudelaire. Pero en definitiva el asunto tenía que ver con con las flores de malta y la cerveza.

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Foto: Bárbara

Cuisinière Parisienne

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«Cuisinièr Parisienne». Éditions Stéphane Bachès, Lyon, 2007.

Precisamente mi parisina preferida, mi querida Elena, me regaló este delicioso libro de cocina comprado en los bouquinistes del Sena. Este libro de viejo está lleno de  las recetas tradicionales francesas como la que aquí reproduzco de la deliciosa y reparadora sopa de cebolla que se servía de madrugada en Les Halles a los trasnochadores, amantes de la noche parisina y a los trabajadores del mercado que terminaban su jornada.

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«La sopa gratinada de les Halles»

Ocho cebollas grandes partidas, medio litro de caldo de pollo, una nuez grande de mantequilla, veinticinco gr. de gruyère o de comté rallado, cuatro rebanadas de pan tostado y una cucharada sopera de Jerez.

Empezamos por rehogar la cebolla cortada en rodajas finas a fuego lento en una cacerola con la mantequilla, removiendo hasta que la cebolla quede translúcida, apenas dorada. Calentamos  el caldo de pollo, le añadimos el Jerez y la cebolla. Dejamos que borbotee unos doce minutos, el tiempo de preparar cuatro cuencos individuales de porcelana con los trozos gruesos de pan y la sopa de cebolla; espolvoreamos con el queso rallado. Metemos los cuencos en el horno precalentado hasta que la superficie quede gratinada y bien dorada. Esta sopa se servía en todos los bistrots bordeando Les Halles, para reponer a los trabajadores después de una larga noche de trabajo.

Hay que aclarar que Les Halles era el antiguo mercado central de París y que hoy día es un espacio moderno lleno de tiendas, restaurantes, boutiques… En la deliciosa película «Irma la dulce» protagonizada por Jack Lemon y Shirley MacLein, en la que ambos dan vida a un gendarme y a una prostituta, se refleja perfectamente ese ambiente del París canalla y nocturno, alrededor de les Halles. En definitiva un espacio lleno de vida que se ha perdido para siempre; una pena. La vida moderna arrasa con todo y cualquier lugar del mundo hoy se parece tanto a otro, que a veces viajar no cambia tanto el paisaje. Bon appetit!!!

Reunión de gárgolas y quimeras

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Catedral de Orleans. Foto: ARSO

Las rachas de viento de los días pasados me traen murmullos y susurros de la Estirga que al cabo del tiempo he logrado, no sin grandes esfuerzos, descifrar o eso me digo para animarme. Eso sí, me tengo que poner casi en trance auditivo, porque si no es casi imposible. Y, como el sonido racheado no es factible de subirlo o bajarlo a voluntad, la mitad del mensaje se me escapa y la mayoría de las veces el resultado es un puro disparate sin sentido. Ayer, cuando la mañana se abría paso y el viento aullaba sin descanso, creí entender algo así como: «Reuniónnnn de zoooo r… r..os… uuu… perdiooo… uuu…nn… Y, por más que agucé el oído, nada. Pero hoy, por suerte, he recibido esta postal de Orleans que lo explica todo. La remitía la Estirga y me daba cuenta de lo siguiente: «Reunión de zorros, perdición del gallinero», en clara alusión a este cónclave de gárgolas en la Catedral de Orleans.

Gracias de nuevo a ARSO.

 

 

Una gárgola diferente

 

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Catedral de la Santa Cruz de Orleans. Fotografía: ARSO

A estas alturas del blog los seguidores sabrán de mi debilidad confesada por la amplia familia de las gárgolas, quimeras… y que, de entre todas ellas, la Estirga de Notre Dame es con mucha diferencia la más mía. Mi preferencia viene de lejos, aunque debo confesar que en aquel verano lejano de 1972 no tuve el placer de conocerla; fue mucho después, en mis escapadas parisinas, cuando subí a las torres y cuando adopté su eterna visión del Parvis, del Sena y del pequeño jardín de Sant Julian le Pauvre, de los tejados que sobrevuela en noches inciertas. Esta gárgola frailuna es a todas luces sorprendente y aunque no sé si pertenece a su familia, si es un mero adorno o cumple su función de desaguar, la adjunto para que vea que esta de Orleans es cuanto menos curiosa. Gracias a ARSO por su aportación.