Los gorriones.

Amelia se pasaba el día con la fregona en la mano; desde que habían instalado las placas solares en los tejados, los gorriones habían hecho sus nidos entre las tejas y las placas; calentitos, iban de un tejado a otro visitando a sus congéneres con una algarabía insoportable. Amelia, en el patio interior de su casa, se sentía invadida; ese patio era la envidia de sus vecinos, pues sus plantas crecían como una selva lujuriosa formando un espacio único, diseñado por ella con mimo a través de los años. Los gorriones se posaban en los tubos negros del vecino de arriba y la amenazaban, los muy ladinos, con sus cagadas; desde lo alto lanzaban sus excrementos y por la noche, si ella no estuviera al acecho con el mocho, el suelo estaría lleno de manchas negras y los cojines, todo el santo día en la lavadora. Tanto piar día y noche le llegó a resultar insoportable. Un día se cayó un polluelo y muerto tuvo que tirarlo a la basura; era horriblemente feo, pelado y deforme. Sintió nauseas y devolvió el desayuno. Amelia llegó a odiar no solo a los gorriones sino a todo tipo de animales con plumas; los mirlos, sin ir más lejos, con esos picos naranja, tan bonitos, a ella no la engañaban, eran aún peores que los gorriones porque el tamaño de sus mierdas eran XXL Amelia frotaba el suelo con furia y de tanta lejia las losas perdían el brillo. Un día decidió irse de caza y se compró una escopeta de perdigones.

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