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Karl Marx, su tesis doctoral

Tengo entendido que últimamente Karl Marx ha vuelto a estar presente en tertulias sesudas. ¿Se están revisando sus textos quizá porque no se entendieron del todo o por el hecho de que el sistema predador del furioso capitalismo está llevando a la desesperación a capas de la sociedad -claramente a la clase media- que está desapareciendo en muchos países sumándose a la casi indigencia? ¿O acaso el fenómeno es algo tan frívolo y pasajero como una moda? Sea como sea, quiero traer aquí el primer trabajo que se conoce de él, su tesis doctoral, en el que se nos muestra el proceso de su evolución ante la filosofía, y que se presentó en Berlín en 1841 bajo el titulo de «Diferencia de la Filosofía de la naturaleza en Demócrito y en Epicuro». Una obra no muy extensa, acostumbrados como estamos hoy a tesis enormes, pues contando con el prefacio y los apéndices no va más allá de las 96 páginas. Este pequeño libro en extensión, que no en profundidad, es, me atrevo a decir, apasionante para los amantes de la filosofía.  Posteriormente el proyecto de Marx era ampliar el texto con el ciclo de la Filosofía epicúrea, estoica y excéptica y sus relaciones con toda la especulación helénica. Y se pregunta si no son esos sistemas el arquetipo del espíritu romano, la forma en que Grecia emigra a Roma.

Fue editado por Editorial Ayuso en Madrid en 1971.

Juana J. Marín Saura: El ovalado cerco de la luna

"En el lago". Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

«En el lago». Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

 

XXVI

 

 

 

La bruma, el desaliento, la niebla…

que durante semanas, meses,

constante e insistente nos cubría, Merlin,

hoy, finalmente, se retira

dejándonos ver el otro lado del mar.

 

 

 

La calma reina. Ya descansamos Lancelot,

la transparencia del lago es infinita

antes nuestras naves que regresan

destrozadas y abatidas

tras soportar, a merced de la suerte y del destino

la inclemencia de interminables días,

después de su lucha enorme por sobrevivir…

 

 

 

Fragmento del poema XXVI de «El ovalado cerco de la luna».

De la antología «Carta de navegación (Poesía 1975-2005). Del libro «El ovalado cerco de la luna» (2005). Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones, 2006.

Antonio Ungar: Tres ataúdes blancos

Quisiera que este comentario fuese brillante, ocurrente, divertido para rendir homenaje a un escritor que reúne todas las cualidades que hacen que un libro resulte inolvidable. Antonio Ungar nació en Bogotá en 1974 y en la actualidad vive en Jaffa; poco más sé de su biografía, cuestión nada relevante, por otra parte, pues su mejor carta de presentación puede ser cualquiera de sus obras. Escribe crónicas, cuentos y novelas; sus trabajos periodísticos se publican en distintos países y en 2005 obtuvo  el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. «Trece circos y otros cuentos comunes» reúne todos sus cuentos hasta la fecha; «Zanahorias voladoras» y «Las orejas del lobo» son dos de sus novelas. «Tres ataúdes blancos» fue premio Herralde de Novela en 2010 en su edición XXVIII.  «Las orejas del lobo» fue finalista del Courier Internacional al mejor libro extranjero publicado en Francia en 2008… Un autor joven con un gran talento.

Y siento que mi reseña no sea ni brillante ni ocurrente ni divertida, porque tengo un trancazo tremendo, las neuronas que estornudan todo el rato, las ideas pegadas las unas a las otras por tanta secreción nasal y mi alta estima, en los días en que me siento optimista, por los suelos; de modo que con esas condiciones poco se puede hacer salvo tomarme una infusión de tomillo para aliviar la garganta.

«Tres ataúdes blancos» es una crítica feroz de las dictaduras en países de América del Sur, de la corrupción del poder en una república llamada Miranda. El protagonista, un ser antisocial y solitario que se ve forzado a suplantar al dictador. Situaciones disparatadas, hilarantes, divertidisimas se suceden en esta novela que a través del humor denuncia la política y a los políticos sin escrúpulos. La gran capacidad de Ungar es que nos engancha desde la primera frase con una excelente escritura. El humor hay que saber trabajarlo, es muy difícil hacerlo bien, hay que ser un gran escritor para dominarlo. En este  frenético thriller  se suceden las aventuras y la realidad se muestra en toda su fragilidad;  Ungar es, sin duda, un malabarista. Esta es una obra brillante -él sí-, ingeniosa, maravillosamente escrita; cuando un libro así se termina se produce una situación de desánimo y surge el siguiente pensamiento pesaroso: ¿Cuándo volveré a leer, a disfrutar con un texto semejante…? El maestro Cortázar decía algo así sobre los libros, que los hay buenos y los hay, los otros, que se caen de las manos; este no se cae de las manos. Es una joya para lucirla en los parques leyéndola mientras se toma el sol, en los cafés, para enseñar a los amigos, para difundirla y agradecer el talento de un valor consagrado y en alza.

Editorial Anagrama. Barcelona, 2010.

Aviso a navegantes

 "Llamador". Foto: Bárbara.

«Llamador». Foto: Bárbara.

Esta vez se me ocurre que nada mejor que un llamador florentino, así de espectacular, para avisar a los lectores que he empezado a colgar un cuento nuevo que lleva por título: «Nostradamus y el oficio de relojero»,  ambientado en la Provenza y dedicado al maestro Cortázar que la disfrutó.

Centenario del nacimiento de Camus

16 de noviembre de 1937

Dice él: «Hay que tener un amor -un gran amor en su vida-, porque sirve de coartada a las desesperaciones que nos abaten sin razón».

De Albert Camus : » Carnets. Mayo 1935- Febrero de 1942″. Editorial Losada, Buenos Aires, 1963.

Desde 1935 hasta su muerte en 1960, Camus escribió en sus «carnets» sus notas de viajes, citas, reflexiones literarias o sobre arte y filosofía, proyectos de novelas, conversaciones tomadas de aquí y de allá, diálogos de teatro…; no es propiamente un diario, pero si el latido de un creador que recoge lo que le rodea, lo que siente, lo que la intuición o la inspiración le urge a anotar para que nada que le afecte se pierda en el devenir de los días.

Sobre Julio Cortázar en Berkeley

Carles Gelí cierra su magnífico artículo del 10 de octubre en El País, publicado bajo el título  «Un cronopio en las aulas de Berkeley»,  con esa frase de Carles Álvarez: «Esas clases en Berkeley serán para Cortázar el último momento feliz de su vida». Magnífico artículo el de Carles Gelí desde Barcelona.

La ingente obra del escritor tiene dos ángeles guardianes: su mujer Aurora Bernárdez y Carles Álvarez. Su primera mujer, Aurora, que vive todavía en el domicilio  que compartieron en Montparnasse y en cuyo buzón aún se conserva el nombre de los dos, es la legítima depositaria de su legado literario; Älvares es el gran conocedor de su obra y editor de toda su correspondencia.

Cuando el maestro acepta impartir sus clases en la universidad de Berkeley, tenía 66 años, era en 1980 y nadie podía imaginar que moriría cuatro después. Su estancia en la Universidad americana fue como unas gratas vacaciones en compañía de su último gran amor, Carol Dunlop. El tiempo fue rácano con ellos; seis meses después de esas clases magistrales, Carol enfermó y murió en 1982 en París. La foto que publica el periódico es de la misma Carol Dunlop.

En 1980 Cortázar era ya todo un mito y a esas clases asistieron, además, alumnos venidos de distintos países sudamericanos, profesores y admiradores de su obra que ya eran legión.  ¡Qué enorme fortuna haber podido asistir a esas clases para escucharle descifrar las claves de su obra! A todos los cortazarianos y cronopios de este mundo que tengan curiosidad sobre el porqué aceptó dar esas clases en una universidad imperialista, para todos los detalles en donde se muestra su personalidad iconoclasta, les remito al artículo de Gelí y, con su permiso, copio la frase resumen que Julio Cortázar dirigió a su amigo Guillermo Schavelzon: «Les dejé una imagen de rojo tal como se puede tener en los ambientes académicos de los USA…».

Esto es solo un apunte, una pincelada para abrir boca: lo mejor es leerse el artículo y comprar el libro editado por Alfaguara, «Clases de Literatura. Berkeley, 1980» transcripción de las cintas, de gran calidad, grabadas posiblemente por un alumno y que llegaron a manos de Aurora Bernárdez en 2005 y con la inestimable labor de Álvarez, encargado de la edición.

Virginia Woolf: «Entre Actos», su última novela

Portada de la primera edición española. Barcelona 1976

Portada de la primera edición española. Barcelona 1976

Siempre me he preguntado hasta qué punto una obra póstuma, sin retocar, sin pulir, a veces solo un borrador tiene que ser dada a la imprenta. Las editoriales, cualquiera de ellas, que tuvieran la oportunidad de publicar una obra inédita de un autor consagrado no dudarían en hacerlo. Los herederos legales tienen ante sí un gran  dilema ; y yo me pregunto si la mayoría de las veces los guardianes del legado de una obra se cuestionan si el autor hubiese querido verla publicada; ¿se respeta la voluntad de los autores que sin duda nada pueden objetar o priman los resultados económicos? Y si me lo cuestiono es porque considero que nadie querría ver publicada una obra incompleta e inacabada, máxime si, en la trayectoria de un autor, la experimentación es una constante que impulsa los esfuerzos en una dirección que, como en el caso de Virginia Woolf, siguiera la «stream of consciousness» que iniciara Dorothy Richardson, igual camino que recorierron Faulkner y Joyce. Con todo ello no quiero decir que considere que «Entre Actos» sea una obra menor, pero sí cabe preguntarse qué habría añadido, borrado, soslayado…, porque hay algo nuevo en esta novela: ¿un sentimiento trágico o el fatalismo que la llevó al suicidio en el río Ouse?

Dicho todo lo cual confieso que esta obra póstuma siempre me ha gustado; la he leído y releído y, como todas las de la autora de «Orlando», me gusta mucho cómo está escrita. En sus últimas novelas: «Las olas» y «Los años» el tema del paso del tiempo está omnipresente, pero es en su obra capital, «Orlando» donde el tiempo se convierte en el sujeto, el verbo y el predicado. Si «Orlando» la hubiese firmado un hombre, estoy segura que hoy figuraría como uno de los grandes hitos de la literatura inglesa de todos los tiempos. Y lo es sin ningún género de duda, aunque todavía muchos intelectuales confiesen que no la han leído.

Virginia Woolf nació en 1882 y se suicidó en 1941.  Junto a su marido Leonard Woolf, con el que se casó en 1912, fundó la Hogarth Press, lo que permitió la publicación de obras vanguardistas de autores como Joyce. En 1915 Virginia publica su primera novela «The Voyage Out». Formó parte junto con Roger Fry, Lytton Strachey, J. M. Keynes, E. M. Forster, del grupo de Bloomsbury -nombre del barrio londinense algo bohemio donde residían-, círculo de intelectuales, pintores, escritores donde las emociones estéticas eran, además, el motor de las relaciones y afectos personales. Alrededor de las hermanas Stephen, Vanessa y Virginia se aglutinó el brillante círculo que tanto influyó en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX.

Última hora: «la marca Picasso»

Pablo Picasso : Fragmento del "Guernica".

Pablo Picasso : Fragmento del «Guernica».

Cuando la fama de Picasso alcanzó cotas mundiales, se cuenta que una firma del pintor estampada en una servilleta servía para pagar una cena; un dibujo firmado, realizado sobre la marcha, unas vacaciones en lugares de moda de la Costa Azul, por poner un ejemplo, … Solo su presencia ya era un regalo que distinguía el lugar o el establecimiento. Sea como sea, su fama en vida fue enorme y aun ahora sus talleres son sitios a los que suelen acudir  los nostálgicos y los admiradores. El famoso Bateau-Lavoir en Montmartre, lugar de peregrinación, fue devorado por el fuego a principio de los años setenta y de él solo queda la puerta de entrada y una vitrina-recordatorio; cierto que queda la plaza, la fuente y unos bancos donde sentarse para disfrutar de la pendiente, la cual le confiere categoría de plaza «cubista».

El pasado lunes 22, el pariódico «El País» publicaba un artículo muy interesante, que traigo aquí, dado que durante el verano muchos nos relajamos y desconectamos, cosa saludable, pero que hace que algunas noticias curiosas se nos escapen. En dicho artículo, titulado «Tiembla el hogar del Guernica», firmado por Ana Teruel desde París, se comenta la situación en que se encuentra el taller sito en la avenida de los Grandes Agustinos en el que Picasso pintó el Guernica en 1937; en el número 2 de dicha calle hay una placa que pone: «Pablo Picasso vivió en este edificio de 1936  a 1955. Aquí pintó el Guernica en 1937». En este palacete, Balzac escribió su obra «La obra maestra desconocida», asunto este que influyó favorablemente en el pintor a la hora de decidir instalarse. Por este taller pasaron los intelectuales amigos, como Prévert,  Hemingway,  Barrault -que había sido su inquilino anterior-, etc. Ahora los dueños del estudio quieren remozar el palazete con idea de alquilarlo. A los curiosos que quieran más información les remito al artículo de Ana Teruel, realmente bueno.

Nicolás Flamel, el alquimista parisino

"En el espacio". Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

«En el espacio». Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

París es una ciudad alquímica y no lo digo en sentido metafórico; en sus bibliotecas se encuentra el mayor número de volúmenes, tratados y ensayos que versan sobre la alquimia. París es egipcia, heredera de los ritos de Isis y del siglo de las luces. Pirámide de saberes y de coordenadas telúricamente poderosas que recibe las palabras, en la Edad Media, de los monjes alquimistas más célebres como Alberto Magno (El Doctor Universal), Tomás de Aquino (El Doctor Angélico), el médico Arnaldo de Vilanova, Roger Bacon… todos pasaron por la ciudad y la ciudad pasó por ellos.  En la persona de Nicolás Flamel, posterior cronológicamente a estos, nos encontramos con el primer adepto que podríamos llamar burgués. Se supone que nació en 1330, murió en 1417 y fue el primero que descubrió la piedra filosofal. Una máxima atribuida a Hermes Trismegistro dice así: «Si no descompones los cuerpos y no corporificas los incorporales, el resultado esperado será la nada». Según el autor de » Luces de la Alquimia», Arnold Waldstein: «La palabra alquimia viene del árabe al-kimiya, que procede del sustantivo egipcio khemi, negro, es decir, la materia original de la transmutación, el negro que se transforma en oro pasando por el blanco, lo que nos indica, de entrada, la relación de la alquimia con la espagiria y, por consiguiente, con la pintura». Y es muy curioso la distinción que se hace entre la alquimia como arte, como filosofía y como religión, pero de forma simultánea, no como etapas sucesivas, ya que eso va en contra del concepto de alquimia. Flamel fue un burgués en apariencia, que se enriqueció de tal forma que hasta el rey Carlos VI le hizo investigar. En el caso de Flamel la iniciación al arte hermético se hizo por iluminación en forma de visión que, de forma repentina, transformó al artesano bien instalado en adepto. Un libro de Abraham el Judío, que le fue revelado en sueños y que después compró por casualidad, fue el objeto de sus trabajos durante más de veinte años sin resultado. En un viaje a Santiago de Compostela como peregrino, se encuentra con el maestro Canches y este será quien le dará la llave de la materia primera. Tanto él como su mujer Pernelle se dedicaron a la Obra y a socorrer a los más desfavorecidos, creando 14 hospitales, tres capillas y restaurando cementerios, como el de Los Santos Inocentes de París.

En su libro Nicolás Flamel dice: «Habiendo construidos estas iglesias, cementerios y hospitales de esta ciudad, resolví hacer pintar en el cuarto arco del cementerio de los Inocentes (entrando por la puerta grande de la calle St. Denis, a mano derecha) las más auténticas y esenciales señales de arte aunque veladas con alusiones jeroglíficas a imitación del libro dorado del judío Abraham».

«Fue un lunes 17 de enero de 1382, hacia el mediodía, cuando en mi casa y con la sola presencia de Pernelle , lo hice. Al fin encontré lo que quería y lo conocí enseguida por el olor fuerte» Y dice que lo hizo otra vez el 25 de abril del mismo año; y luego, que lo hizo tres veces más con la ayuda de su mujer. Ambos, pareja de alquimistas, ofrecen una imagen de orden, de vida no ostentosa, sencilla, consagrada a los demás. ¿Era la suya una manera de ocultación del filósofo? La leyenda de Flamel , el mayor alquimista francés conocido, habla de que se le ha visto a él o a su reencarnación en distintas épocas y lugares, como relata Paul Lucas en el siglo XVII, quien afirmó haberlo visto en Asia Menor.

«Luces de Alquimia» de Arnold Waldstein de Espasa- Calpe S. A. Madrid, 1977.

«Libro de Nicolás Flamel que contiene la explicación de las figuras jeroglíficas que he mandado colocar en el cementerio de Los santos Inocentes de París».

Aviso a navegantes

 

Pont des Arts. Foto: Bárbara.

Pont des Arts. Foto: Bárbara.

Nuevo capítulo de la novela «Parisombra»  y  de cómo Niko Sureda y Michel tienen que deshacerse del cadáver del pintor mexicano y de su travesía por el Sena.