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Calder en su estudio

Calder en su estudio

Calder en su estudio

 

El taller de un artista es fiel reflejo de su manera de trabajar. Los hay que son un modelo de pulcritud, véase el de Renoir en la Costa Azul francesa, el de Matisse o Monet por ejemplo, y otros en donde reina el caos como los de Picasso, el de Giacometti y este de Calder; el de Francis Bacon era el no va más del desastre, parecía el de alguien que padeciese el síndrome de Diógenes. Este de Calder, lleno de cachivaches, es el summun del chamarilero. Una mirada más pausada y atenta nos puede dar otras pistas; lo que a simple vista parece un desbarajuste, guarda un orden caótico que solo el creador sabe desentrañar; por ello no hay que dejarse engañar: el más completo caos guarda tesoros que en un momento determinado hacen saltar la chispa que hace posible que un trozo de cuerda, un alambre retorcido, la huella o restos de un color, un trozo de madera se conviertan por arte de magia del artista en algo importante.

Ensalada de arenques

Foto: Bárbara

Foto y receta : Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto y receta: Bárbara

 

Este es un plato que se hace casi solo y resuelve el eterno problema de: ¿qué hago mañana para comer?; es de esos que resuelve cualquier contingencia y tarda en hacerse no más de un cuarto de hora, el tiempo de cocer un arroz blanco y cinco minutos más. Si tenemos la precaución de tener en la despensa algunas latas y botes precocinados, improvisar una comida es bien sencillo. Y, a veces, improvisando el resultado está de rechupete. Personalmente me gusta mucho este invento y como no hace falta irse a Suecia para pescar los arenques… no digo más.

Ingredientes: 1 bote de arenques, un puñado de alcaparras, un poco de mostaza de Dijon y arroz blanco, una ramita de perejil.

Hervimos el arroz en abundante agua y una vez cocido lo pasamos por un chorro de agua fría para quitar el almidón. Lo escurrimos y en un bol, ponemos el arroz con un poco de mostaza, unas alcaparras y los arenques con su salsa que ya vienen troceado; removemos, adornamos con perejil et voilà!

 

Geranios

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Los geranios están ya en todo lo suyo. Recién estrenado abril y los pomos se abren como un estallido de carcajadas que inundan el jardín de color y de alegría. La primavera se acercará al verano  de frente y con paso decidido; los geranios ya coquetean sin disimulo.

Picasso antes de Gósol

Picasso y Fernande Olivier

Picasso y Fernande Olivier

 

Esta foto tan conocida de Picasso tiene la curiosidad de ser del día anterior al viaje de la pareja a Gósol; junto a ellos está Ramón Raventos y está fechada el sábado, 26 de mayo de 1906 y la firma Joan Vidal Ventosa.

Color nazareno

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Color nazareno, color procesional en una época estival en la que ya no se oyen los tambores sino el zumbido de las abejas y el calor permanece pegajoso como la savia de algunas plantas. Debe pasar la primavera toda y, después, en agosto, florecerán de nuevo. Yo las espero contando los días, deshojando el calendario…

Buganvillas

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Vacaciones, sol, playa y buganvillas color procesional. Arranca la primavera que avanza hacia el verano por el que muchos suspiran pensando en el dolce far niente… eso de «ganarás el pan con el sudor de tu frente» es una maldición; con lo bien que se está en plan contemplativo, pensando en las musarañas, sin dar palo al agua, dejándose ir como mecido por las olas…

Idomeni, la otra frontera. (Los ojos de Khaled)

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Idomeni, la otra frontera

(Los ojos de Khaled)

 

 

            Estoy sola, perdida sin tus ojos en este tren que avanza hacia la noche. Y en este ir, la bruma confunde la línea del horizonte y transforma los campos en un mar inexistente. Taladraste mi cerebro: ¡Van a cerrar las fronteras, vete, Sara, vete!. Me empujas y me empujas y no quiero ir. Y me subes a este tren y ¡debo esperar a Houda! Sara, vete! Tu voz se apaga como una llama y ardo de dolor. Estoy sola, Khaled, perdida sin tus ojos en ese paisaje que se desliza. La máquina que silenciosa se dirige hacia el oeste tira de mi corazón que correría hacia el Este: hacia Macedonia… hacia ti, hacia vosotros.

            Nunca debió ocurrir. Nunca de nuevo aquí; jamás en ningún lugar del mundo. La guerra, y yo lejos sin poder estar; lejos de la barbarie y queriendo estar con vosotros y sin poder. Y aun protegida por los cristales que lloran, aun así, oigo; y bajito, para no dolerme demasiado, acompaño a la voz que acuna el silencio de los gritos. Y me consuela cantarme, cantarte a pesar de los gritos que nunca dejo de oír. Y tú, mala madre, Europa, sin corazón, te pudres desde hace años, sin oídos, sin entrañas. La noche es un caracol ciego que repliega sus ojos; a mi pesar estoy en su centro, justo en la última vuelta de su concha, cuando la espiral se vuelve pequeña, porque no sé donde más podría estar tan a cubierto. Cuando cesa la canción, no sé para donde volverme. Afuera, frío; dentro, peor que la muerte, tan helada. Sola, sin tus ojos, perdida y loca por buscarte sin remedio, desesperada en este tren que avanza hacia la noche. Delante de mí, el cristal y la palabra FRONTERA; y el cristal donde se reflejan los inocentes como polillas desvalidas en las que late un corazón pequeño y caliente. Pienso en los niños; es por que pienso en los niños, que grito sin sonido para no despertar a los muertos, y me tengo que acunar, cogerme entre los brazos para poder soportarlo. ¡Y creímos estar a salvo de esa barbarie! Un olor hediondo avanza con este tren a gran velocidad, y los gritos de los niños, de las mujeres, de los ancianos. Ese coro que se repite, que se repite, que se repite: ¡Niños en Europa! Muertos. Asesinados. Muertos.

            Estoy sola, Khaled. Perdida. Sin tus ojos, estoy sola, Khaled, perdida sin tus ojos…

Barbara García Carpi

Del rosa al rojo

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

La primavera, como quien dice, ya está aquí; se renuevan los ciclos mientras seguimos absortos pensando que aún tenemos tiempo de vivir nuevas primaveras y tres nonagenarios en la familia celebrarán durante ella su novena década, y todos asistiremos gozosos a sus largos caminos recorridos. Las campanillas vuelven la mirada sobre sí mismas capaces de medir, con disimulo, el vestido deslumbrante de las otras y se complacen ensimismadas, y algunas hasta enrojecen de orgullo.

Picasso en «La Rotonde»

Jean Cocteau: Picasso, Pâquerette y Moïse Kisling.

Jean Cocteau: Picasso, Pâquerette y Moïse Kisling, 1916. París.

 

Jean Cocteau: Picasso, Pâquertte, Kisling y Max Jacob

Jean Cocteau: Picasso, Pâquertte, Kisling, Max Jacob y Manuel Ortiz

Picasso, con gorra de visera a cuadros en la primera foto de Jean Cocteau que, sentado en la famosa «La Rotonde», sita en el 99 del Boulevard de Montparnasse, comparte mesa con el también pintor Kisling y con Pâquerette su amante de turno. En la segunda, de la misma fecha, aparecen también Max Jacob y Manuel Ortiz.