La fascinación por la Estirga a través del tiempo es evidente. El pintor bielorruso Marc Chagall no pudo tampoco sustraerse a su poder evocador y enigmático. En el cuadro reproducido, el pintor hace sobresalir de manera elocuente a la Estirga (mi pobre quimera llamada injustamente monstruo) de la galería de Notre Dame dotándola de unas proporciones desmesuradas y teniendo por compañera a una paloma u otro pájaro diciendo pío pío (quizás un gorrión enorme). Es probable que el pintor conociera la foto de Brassaï. El cuadro en tonos azules muy chagallianos está construido con todos los elementos que caracteriza su obra; no faltan los personajes flotando ni un Sacré Coeur diminuto en el lateral izquierdo. Chagall es un pintor, diría que incalificable; por otra parte, de una singularidad y originalidad al margen de escuelas (lo suelen incluir en la llamada «escuela de París», en la que cabía de todo), aunque por el tratamiento temático pueda sugerirnos lo onírico y llevarnos al surrealismo, el tratamiento del color al fovismo y notarse al final el influjo del cubismo picassiano; su falta de perspectiva y lo naïf se suman además al folclore ruso (de forma latente), dando como resultado final una obra sumamente expresiva, de una originalidad prodigiosa. El cuadro llamado «El monstruo de Notre Dame» se expuso recientemente en Madrid en la «Casa de las Alhajas» de Caja Madrid, exposición conjunta con el Museo Thyssen.










