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Marc Chagall y la Estirga.

Marc Chagall: «El monstruo de Notre Dame». Óleo sobre lienzo. 1953. Colección privada.

La fascinación por la Estirga a través del tiempo es evidente. El pintor bielorruso Marc Chagall no pudo tampoco sustraerse a su poder evocador y enigmático. En el cuadro reproducido, el pintor hace sobresalir de manera elocuente a la Estirga (mi pobre quimera llamada injustamente monstruo) de la galería de Notre Dame dotándola de unas proporciones desmesuradas y teniendo por compañera a una paloma u otro pájaro diciendo pío pío (quizás un gorrión enorme). Es probable que el pintor conociera la foto de Brassaï. El cuadro en tonos azules muy chagallianos está construido con todos los elementos que caracteriza su obra; no faltan los personajes flotando ni un Sacré Coeur diminuto en el lateral izquierdo. Chagall es un pintor, diría que incalificable; por otra parte, de una singularidad y originalidad al margen de escuelas (lo suelen incluir en la llamada «escuela de París», en la que cabía de todo),  aunque  por el tratamiento temático pueda sugerirnos lo onírico y llevarnos al surrealismo, el tratamiento del color al fovismo y notarse al final el influjo del cubismo picassiano; su  falta de perspectiva y lo naïf se suman además al folclore ruso (de forma latente), dando como resultado final una obra sumamente expresiva, de una originalidad prodigiosa. El cuadro llamado «El monstruo de Notre Dame» se expuso recientemente en Madrid en la «Casa de las Alhajas» de Caja Madrid, exposición conjunta con el Museo Thyssen.

Leopold Sedar Senghor: poesía de la negritud

Luba (pueblo de Katanga y kasai). Apoyanuca. Copenhague, National Museet.

Senegalés ilustre, fue miembro del Consejo de Europa, diputado por Senegal en la Asamblea Nacional Francesa y ministro del gobierno francés.  Fue profesor en la Escuela Nacional de la Francia de Ultramar y, en 1960, primer  presidente de la República del Senegal. Nació en Joal (Senegal) en 1906, perteneciente a la tribu serere;  estudió en Dakar y en la Sorbona. Tras un periodo de rechazo anticolonial, fue vertebrador del concepto de la Negritud y del retorno a las fuentes africanas.

El regreso del hijo Pródigo (fragmento)

Y de nuevo mi corazón sobre el escalón de piedra, bajo

la gran puerta de honor;

Y se estremecen las cenizas tibias de Hombre con ojos de

centella, mi padre.

Sobre mi hambre el polvo de dieciseis años años de errabundez

y de la inquietud de todos los caminos de Europa.

Obras publicadas: Chants d’ombre; Hosties noires; Anthologie de la nouvelle poésie negre et malgache; Nocturnes; Negritud y humanismo, entre  otros.

Brochetas de riñones de cordero rebozadas

 

Picasso: «El hombre del cordero», escayola (vaciado a la romana).1943. Museo Reina Sofía, Madrid

No es esta una receta para prepararla todos los días por aquello del colesterol, pero tampoco hay que hacer caso a todo lo que nos dicen, miren si no lo que está pasando: no estamos en crisis, no nos han rescatado ni vamos hacia el «corralito» ni Mariano está mising… en fin.Y digo yo que, mientras podamos seguir haciendo la compra, vamos a darnos una alegría.

Ingredientes: 1/2 kg. de riñones de cordero. 150 gr. de tocino de jamón, 2 huevos, pan rallado, brochetas medianas de madera, vinagre en abundancia.

Limpiamos bien de pellejitos los riñones y los cortamos en rodajitas; en un recipiente lleno de vinagre los lavamos a conciencia, cambiando el vinagre varias veces hasta que queden limpios como una patena -es un decir-. Aclaramos con agua sin escatimar el líquido elemento. Los secamos bien. Ensartamos las rodajitas de riñón alternándolas con dados de tocino de jamón o bacón. Batimos los huevos, pasamos las brochetas por ellos y a continuación por el pan rallado. Freímos las brochetas en aceite muy caliente y las escurrimos en papel de cocina. Se pueden acompañar de una ensalada, una escalibada o  de un arroz pilaf o al curry.

Tesoros ocultos al descubierto.

Durante la Segunda Guerra Mundial, un sinfín de obras de arte fueron destruidas o se les perdió la pista y, consecuentemente, se consideraron desaparecidas. Cuando la Alemania nazi invade Rusia, los daños ocasionados a su patrimonio fue considerable. Con la entrada de los aliados en la Alemania derrotada, se produce una dispersión de obras de arte por parte de los distintos estados vencedores; unos, con intención de salvaguardar las obras; otros, con el mismo interés aunque con el sentimiento de justa recompensa por los irreparables daños sufridos; y todos,  técnicos encargados de llevar a cabo esta acción, según las órdenes recibidas por sus respectivos gobiernos. El soviético encargó que, por vía férrea, fueran llevados a diversos museos rusos obras en poder de marchantes alemanes pertenecientes a diversas colecciones privadas -sin olvidar que el gobierno nazi antes había despojado a propietarios judíos de sus colecciones particulares-. Con la posterior guerra fría las cosas no sufrieron cambio alguno. En la primavera de 1995, en la ciudad de San Petersburgo se celebró una exposición, «Tesoros ocultos al descubierto», con la muestra, por primera vez, de 74 cuadros que han permanecido ocultos durante medio siglo en los almacenes del Museo Estatal del Ermitage. Estas obras, perfectamente cuidadas y conservadas, mantenían la frescura del momento en que fueron creadas. La mayoría estaban sin catalogar y poco o nada se sabía de ellas, dado que muchos marchantes guardaban obras de grandes pintores esperando la mejor ocasión y que el mercado les fuera favorable, a fin de obtener el precio más elevado. La relación de los artistas expuestos es impresionante: Delacroix, Corot, Renoir, Pissaro, Cézanne, Degas, van Gogh, Gauguin, Monet, Picasso, Matisse, Rouault, Toulouse-Lautrec y un largo etc. El libro «Tesoros ocultos al descubierto», editado por el Ministerio de Cultura de la Federación Rusa y el Museo del Ermitage (Ediciones Polígrafa en España, Barcelona  1995) de Albert Kostenevich, conservador de pintura moderna en el Museo Estatal del Ermitage, da fe de todo ello.

De paseo por el Louvre

Capitel persa. Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

Capitel persa,  visto de frente, de una columna de la Apadana  (sala de audiencias) del palacio de Darío I en Susa (circa 510 a. C.)

Brassaï, la Estirga y la paloma

Brassaï, foto de la Estirga de 1936.

Desde que existe la fotografía, la Estirga ha sido objeto de deseo de los artistas del carrete y de los simples aficionados. Gyula Halász era oriundo de Brassó, por eso el seudónimo de Brassaï que significa oriundo de Brassó. Se nacionalizó francés y, como saben hacer muy bien los franceses con los artistas e intelectuales de otros países, lo hicieron suyo como a Picasso y a otros tantos. Francia siempre ha sabido mimar la cultura y eso les honra. Son muy conocidas las fotos que hizo a Picasso, en su taller y en su ámbito familiar, así como las de otros artistas que triunfaban en París en los años treinta. El libro «Paris de nuit» lo convirtió en una celebridad. Fue nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia. Volviendo a la foto, la paloma se diría que tiene una relación simbiótica con la Estirga; de qué naturaleza, no sabemos, pero su «estar» es de una placidez  mayestática, nada luciferina ni diabólica. ¡Genial la foto!

Indignados: Sobre Siria y rompiendo una lanza a favor del periodismo.

Leonardo se sumaría a los indignados.

La última masacre en Hula lo único que viene a demostrar es que la vida humana no vale nada. Seguimos hablando de la crisis mundial y de cómo nos va afectando día a día; y es lógico y normal que así sea. Lo tremendo, si es que hay algo más tremendo que el acto de segar la vida de inocentes que están empezando a vivir o de ancianos que están acostumbrándose a encarar la muerte cercana, o la violación de mujeres, que es el acto más salvaje y repugnante que «un hombre» puede cometer, lo tremendo a secas es navegar por Internet y leer el odio con que muchos ciudadanos -sean pro o anti imperio americano, anti o pro palestinos, anti o pro judíos…- formulan sus opiniones, por cierto muy lícitas, analizando el tema de Oriente Medio, no con ponderación sino con ira. Pues sí, esta radicalización me ha llamado la atención y me ha indignado bastante, pues los unos echan la culpa a los otros -nada nuevo, por otra parte-: que si el régimen de El Asad tiene las manos manchadas de sangre, que lo mismo los opositores o los grupos terroristas de Al Qaeda, que si EE. UU. o el ejercito de liberación  sirio, que si Rusia y bla, bla, bla… Y, por cierto, aparte de decirse lindezas que rayan en el insulto personal -cosa que el anonimato de las redes favorece: uno puede ser muy gallito en la sombra-, lo más despreciable es que a pesar de que muchos lamenten la masacre de civiles, la ira de la mayoría se dirige contra el «otro» que representa una ideología diferente. Todos sabemos lo que está en juego en Siria, el gas y su situación geopolítica; situación que puede venir muy bien en caso de que se desnivele la hegemonía a favor o en contra de los países emergentes o del imperio americano, provocando una guerra que, como sabemos, en tiempos de crisis les sienta muy bien a  ciertos sectores financieros y no digamos a las empresas armamentísticas. Dicho esto, quiero romper una lanza en favor de los periodistas atacados últimamente en una campaña de desprestigio por unos y por otros, declarando que todos están desvirtuando y falseando la información sobre lo que está pasando en Siria, y olvidando a los que arriesgan su vida o mueren todos los días en conflictos bélicos en cualquier parte del mundo. No puedo pensar que todos sean corruptos ni mucho menos que la mayoría no viva su profesión como un servicio público, buscando la verdad para contárnosla.  Acabo diciendo lo de siempre: tanta represión, tanta muerte inútil, tanta sangre de inocentes… y ni una manifestación masiva en las calles. ¿Seguimos indignados en lo particular o somos capaces de trascender lo individual  para ir más allá?

Las acuarelas de Rodin

Rodin: «Femme en bleu». Musée Bourdelle. Paris.

François-Auguste Rodin, nacido el 12 de noviembre de 1840, contemporáneo pues de los impresionistas, es considerado el padre de la escultura moderna. Estudioso de la anatomía humana al modo clásico, que no de lo que se hacía en lo académico al uso, es sin duda el único seguidor de Miguel Ángel, el único discípulo capaz de seguir al Maestro sin por ello ajustarse a los cánones clásicos, sino amoldándolos en función de la expresibilidad  que en cada caso necesita Después de su viaje a Italia, en 1875, dijo refiriéndose a Miguel Ángel: «Es él el que me ha permitido escapar de la escultura académica». Según  palabras de Yvon Taillander, Rodin «es grande tanto por lo que ha destruido como por lo que ha creado». Aunque durante un tiempo tuvo que hacer trabajos decorativos de subsistencia, al alcanzar la fama y el reconocimiento su vida cambió hasta el punto de que vivió en el Hotel Biron, lugar donde se ubica en la actualidad su museo. Paseando por sus bonitos jardines, en primavera y verano, entre rosales y frondosos árboles, sus obras nos acompañan en un recorrido sorprendente. Poder contemplar el «Pensador» admirando al tiempo el colorido de las flores que lo circundan es un regalo; el canto de los pájaros nos conduce hasta el «Balzac», de imponente factura, de fuerza titánica y allí los gorriones o las abubillas, bajo el sol,  campan a sus anchas; y desde más acá, bajo la sombra protectora de las ramas, «Las puertas del Infierno» o  «Los Burgueses de Calais» a ras de suelo nos conmueven no solo por su grandiosidad sino también por su proximidad. Sorprende también ver, entre semana, a tantas mamás con sus niños que juegan a la pelota; pregunté y resulta que el jardín del Museo es público, cosa impensable por otras latitudes. Al fondo del Jardín unas tumbonas de teca comodísimas invitan al descanso; sobre ellas un entramado de hojas altísimas conforma una bóveda reconfortante, reparadora, fresca -ahora, conseguir una tumbona para la siesta después de comer en el restaurante «Le jardin de Varenne», es casi imposible-. Dentro del Museo nos esperan «El beso» y, una de mis preferidas, «La que fue hermosa mujer del herrero», terrible descripción de los estragos que en el cuerpo deja el paso del tiempo. «La Catedral» es otra pieza de inigualable belleza.

Sobre la relación que mantuvo el genio con Camille Claudel, prefiero pasar de puntillas, pues me parece detestable. ¡Nadie es perfecto, sin duda! Rodin pintó y sus acuarelas, magnificas todas, anuncian a un Matisse y a un Dufy. En ellas se muestra como un genial colorista que amaba, en su juventud, el colorido veneciano y que acudía al Louvre como copista siendo adolescente.

Imágenes del libro de Yvon Taillandier «Rodin». Ed. Flammarion, Paris, 1966.

Rodin: «Femme vue de dos». Musée Rodin, Paris.

Picasso y Matisse: el pintor y la modelo

Matisse, dibujo a pluma, 1937.

El tema del pintor y la modelo es bastante recurrente en la pintura del pasado siglo. Henri Matisse, en el año 1935, se dibuja a sí mismo en la madurez, con su barba y sus gafas que le daban un aspecto de pulcro profesor, en el acto de retratar a las modelos. Nunca tuvo Matisse aire de pintor bohemio. Picasso, en los años treinta, en la célebre » Suite Vollard», trata el tema del escultor en su estudio y ya, con una edad más avanzada -sobre el año 1963 en Mougins-, comienza a tratar el tema del pintor y su modelo de forma obsesiva, llegando a realizar un centenar de aguafuertes, grabados, dibujos y óleos sobre lienzo. Ambos debieron sentir la necesidad de recrear el cuadro dentro del cuadro y, en el caso de Matisse, él, el pintor, se convierte en actor retratado en el momento de pintar a la modelo. No estoy segura de si Picasso se retrataba a sí mismo o a un «pintor arquetipo». La actividad artística vista desde fuera convierte al observador en un «voyeur» que «ve» lo que se desarrolla en el interior del taller, participando pasivamente de su actividad creativa. La imagen, por su naturaleza estática, es un gran hermano congelado. Picasso admiraba la obra de Matisse al que consideraba el más interesante, el que tendría mayor proyección en el futuro. La linea pura, exquisita del dibujo de Matisse es consecuencia del despojamiento de lo superfluo.

El dibujo de Matisse  forma parte del libro «Matisse Line Drawings And Prints» de Dover Publications, N.Y., 1979.

Indignados: «Todos somos Dimitris» de Javier Valenzuela.

Indignado ante la situación actual.

Magnífico y admirable artículo del siempre certero y sensible analista Javier Valenzuela el que publica hoy «El País». El veterano periodista nos acerca a la crisis griega -que es la de todos los países del sur- a través de su ajustada visión de la crítica situación que vive una Europa desconcertada, tomando además de la mano al comisario Jaritos, personaje del novelista policiaco Petros Márkaris, quien en su última novela, «Con el agua al cuello», nos sitúa en 2010. Este personaje va viendo el enriquecimiento de los distintos estamentos, el pelotazo inmobiliario, el todo vale, el despilfarro…  y la estupefacción del hombre corriente de la calle ante un proceso alarmante al que ningún poder nacional ni puso ni pone coto. El paralelismo de lo que sucede con España es escalofriante. El periodista se hace la misma pregunta que nos hacemos los ciudadanos de a pie: ¿Cómo se ha llegado ahí? Y yo me pregunto también -como todos: españoles, portugueses, italianos, griegos- qué pasa con los responsables. ¿No haría falta un Tribunal Internacional para Asuntos Económicos donde juzgar a tanto criminal que se han enriquecido a costa de pueblos enteros. ¿Pedir esto es una ingenuidad por mi parte?, supongo que sí. El recorte de los servicios sociales, de las pensiones; el despido de funcionarios, de médicos, de enseñantes; el cierre de empresas; la asfixia de los autónomos…  tiene que quedar impune? ¿Hasta cuándo la inyección de dinero a los bancos?

Valenzuela nos habla del suicidio de aquel jubilado griego, que nos conmocionó. Cuando nos enteramos del suicidio  de Dimitris Christoulas de  77  años ante el Parlamento griego denunciando su precaria situación, fue como el aldabonazo que nos hizo ver realmente hasta qué punto la situación estaba destrozando la vida de los más débiles. Hay que leer el artículo. Yo no soy periodista ni tengo la capacidad ni el saber hacer de Valenzuela, pero me siento obligada como ciudadana a denunciar, desde esta pequeña parcela de opinión, algo que es aterrador de por sí y por las proporciones que día a día está adquiriendo. ¿Hasta dónde van a llegar los mercados financieros? En alguna manifestación he visto pancartas con guillotinas -soy pacifista convencida-, pero la reflexión de muchos es que a los franceses les fue muy útil a la hora de remediar el hambre del pueblo que no solo pasaba hambre sino que moría de hambre, mientras unos pocos, nobleza y monarquía, vivían en el más escandaloso de los lujos versallescos. No quiero ser alarmista, pero el hecho de que los jubilados no puedan vivir con dignidad en una sociedad avanzada denota no solo que quienes la gestionan son unos desalmados, sino que están perpetrando un auténtico terrorismo de Estado y, cuando la gente pierde la esperanza en el futuro de ellos y de sus hijos, los conflictos sociales pueden estallar en las calles. De hecho lo que se está produciendo es una brecha cada vez mayor en las clases sociales, soportando la clase media todo el peso de la crisis provocada por la usura de los de siempre.

Javier Valenzuela termina su brillante artículo así: «Los del sur no deberíamos dejar solos a los griegos. Todos somos Dimitris». Gracias, señor Valenzuela.