
Fotografía de Fina Torres tomada en la casa del poeta en Santiago tras su muerte.
El premio Nobel de Literatura Pablo Neruda falleció el 23 de septiembre de 1973, desde entonces sus restos descansaban en Isla Negra junto a los de su querida esposa y compañera Matilde Urrutia. La casa de Isla Negra, frente al mar, frente al Pacifico Sur, que Pablo y Matilde poblaron de libros, de objetos variopintos relacionados con travesías marinas, como los mascarones de proa -allí reinaban «María Celeste», «La sirena», «La novia», «El jefe comanche», «La medusa», «La Cymbelina»…-. En aquella casa donde «el mar se cuela de noche por agujeros de cerraduras, por debajo y encima de puertas y ventanas» -dijo Neruda-, de paredes de piedra donde las vigas de madera sostienen el nombre escrito de sus amigos con tiza blanca… Ellos, Pablo y Matilde, hicieron de esa casa, arrullada por las olas, el hogar al que sus admiradores de todo el mundo nos asomábamos a través de sus memorias. Isla Negra, paraíso al que llegó tras muchas vicisitudes. Isla Negra, frente al mar de sus sueños, con la bandera azul donde un pez atraviesa los vientos…
Hace unos días, a petición de la familia y a instancias del juez encargado de determinar la verdadera causa de la muerte del poeta, acaecida a los doce días del golpe de Pinochet, sus restos fueron exhumados a fin de esclarecer los hechos. Pablo Neruda, enfermo de cáncer de próstata, fue trasladado a Santiago para recibir atención médica en la clínica de Santa María. Manuel Araya, que fue chófer del poeta, sostiene que fue asesinado durante su estancia en dicha clínica, donde también falleció en extrañas circunstancias, años después, el expresidente Eduardo Frei. Manuel Araya sostiene que pudo ser asesinado por medio de una inyección, que su asesinato tuvo que ver con los golpistas que habían perpetrado el asalto a la Casa de la Moneda. Su militancia política, su conocida labor en favor de los obreros, su activismo a lo largo de toda su vida, su compromiso por las libertades y su conocida amistad con Salvador Allende hacían del Premio Nobel chileno una presencia molesta para la dictadura de Pinochet. Tras su muerte su casa de Santiago fue asaltada y saqueada por una turba de simpatizantes del nuevo régimen ante la pasividad de los militares; quemaron los libros en la calle, destrozaron obras de arte y mancillaron lo que él representaba.
Y quisieron acallar la voz de uno de los mejores poetas del siglo XX. Pero su voz, y eso no terminan de entenderlo los dictadores, como todas las voces del pueblo no se las puede enmudecer con la muerte, porque sus ecos están en nuestra memoria. ¡Y Gutemberg se alió contra el olvido!
Esperaremos el resultado de los análisis del equipo que en EEUU lleva a cabo para saber si, a la ignominia de los asesinatos perpetrados por la dictadura chilena, hay que sumar el del hermano que clamó contra la tiranía en el continente americano y en España, que vivió nuestra realidad como la suya, dejándonos unos versos impagables.