Cuando se juntan dos pompas de jabón
para formar un algo unido
no intercambian ni comparten trozo alguno
de sus internos espacios
Así debe ser
según las reivindicativas leyes
de la Física de antes
Del libro «Ensueños de la razón» ( 1986).
Cuando se juntan dos pompas de jabón
para formar un algo unido
no intercambian ni comparten trozo alguno
de sus internos espacios
Así debe ser
según las reivindicativas leyes
de la Física de antes
Del libro «Ensueños de la razón» ( 1986).
La inmensa mayoría de las veces, para alcanzar a tener un lenguaje propio, hay que «batir el cobre» -como decía van Gogh en las cartas a Theo- todos los días y durante años. En su intenso aprendizaje, Vincent dibujó incansablemente. En el museo de Ámsterdam se muestra una serie de dibujos sobre los campesinos, leñadores, y «comedores de patatas», pobres trabajadores del campo, alrededor de una mesa; de esa época son magistrales los de los zuecos de madera. De su experiencia cotidiana -como predicador del evangelio- viviendo junto a los mineros, de la penuria de estos, nos dejó plasmados en unos dibujos extraordinarios la injusticia social del momento. Con posterioridad, en su recorrido a pie por la costa de la Provenza, los dibujos de calles y rincones de pueblecitos marineros, como los que hiciera de Saintes-Maries, tienen claramente como sello esa forma de festonear los contornos con rayas paralelas o perpendiculares. Lo mismo ocurre con los paisajes de Montmajour y en general de todo Arles y los del Hospital de San Pablo en Saint Remy. Van Gogh recogía plumas de ave y cañas, que afilaba de manera que le permitieran dibujar al modo de Rembrandt. Como ejemplo, dos dibujos de Rembrandt que sin querer nos llevan a la manera de hacer de Vincent. Y al revés. Un viaje de ida y vuelta magnífico. El primer dibujo de Rembrandt lleva por título «Un almiar junto a una granja».
No todos tenemos la primavera que nos merecemos o que quisiéramos disfrutar; dependiendo de donde uno nace o de los avatares de la vida que nos lleva de un sitio a otro, a veces, envidiamos la primavera del «otro». Y ese otro puede gozar de una estación anegada en agua, de suaves temperaturas donde aún el calor está lejos y ni siquiera se le espera a corto plazo. Unos pocos serían felices con una primavera así, larga y tranquila, con tiempo para habituarse a lo inevitable. Otros desearían esa primavera que eclosiona de pronto con la celeridad del rayo, sin tiempo casi de guardar los calcetines. Hay lugares donde esta hermosa estación se ha dado a la fuga y ha dejado de respirar, no existe ya; en esos lugares se pasa del edredón al aire acondicionado literalmente de un día a otro. París aún tiene primavera y es de esas que me gustan, donde el aire huele a flores y los gorriones les quitan la comida a las palomas al vuelo.

Gauguin: «Autorretrato con nimbo». Óleo sobre lienzo. 79,6 por 51,7 cm. National Gallery of Art, Washington
Es posiblemente un autorretrato que cualquier pintor con sentido del humor y fina ironía hubiera querido hacer. La aureola de santidad sobre su cabeza quizá es lo primero que llama la atención. Este autorretrato lleva por título «Autorretrato con nimbo». Dos grandes masas de color conforman el cuadro, la parte superior en rojo, donde destacan dos manzanas, y la amarilla, en la que una serpiente que sostiene el pintor completa la idea de la tentación. La crítica religiosa se evidencia en esta simbología y en la intención de presentarse como «Tentador»; Gauguin se burla de sí mismo e ironiza sobre la imaginería cristiana. Choca también su expresión triste o melancólica o de resentimiento; se ha hablado de amargura por no tener el reconocimiento esperado de sus compatriotas. El cuadro está fechado en 1889, antes de partir hacia la Polinesia francesa.
Los «maestros» del Paleolítico usaban en su cocina pictórica el huevo y la sangre como aglutinantes y se ha visto que proteína de tan alta calidad les proporcionó una perdurabilidad de la que, en la actualidad, aún disfrutamos en lugares míticos como Lescaux, Altamira… Durante siglos se fue avanzando en la búsqueda de nuevos materiales que dieran respuesta a los nuevos retos; así, en los talleres renacentistas se tenían que moler los pigmentos para conseguir los colores (el azul, que se conseguía de la molienda de la piedra semipreciosa lapislázuli, era muy apreciado y caro); había que preparar las tablas de modo que el trabajo, anterior al hecho real de pintar, era ciertamente laborioso; después de las tablas preparadas se pasó al uso de los lienzos, siendo los más apreciados por su calidad los de lino. Luego vendrían las casas inglesas de pinturas de calidad que, ya de modo industrial, envasaban las pinturas en tubitos, que también eran caros; de ahí se pasó a los botes de pintura de litro de dudosa calidad, pero baratos.
A la generalidad de los pintores, experimentar en sus talleres es la parte más excitante y crea las expectativas necesarias para que el tiempo se detenga y brote el ansia alquímica de la creación. Antes, cuando se imprimaban las superficies, se hacía uno los colores (o lo hacía el aprendiz), el taller era una retorta y la obra final el oro alquímico. Ahora, se bate el bote, se abre, se remueve la pintura con la brocha y, pum, ya está. De todas formas la incorporación de clavos, maderas, trapos, escayola, excrementos y demás responde a esa necesitad del artista de sentirse alquimista. Experimentar. Crear de la nada y sentirse un demiurgo. Oh la la… Los momentos más increíbles los he pasado ensimismada durante toda la noche, trabajando hasta que la luz del día me decía que ya era hora de bajar de la nube.Y sin pecar de falsa modestia, era una nube alquímica.
Van Gogh buscaba cañas y plumas de ave para dibujar como Rembrandt. Y fue en la casa amarilla donde crecieron sus girasoles, como no podía ser menos; catorce cuadros alquímicos que ofreció a Gaugin como homenaje de admiración.
Klimt usaba papeles dorados y pan de oro en su periodo más alquímico.
Tàpies usó los polvos de mármol para hacer las superficies más hermosas.
Picasso hizo de la retorta su mejor arma, mezclando acuarelas con pastel, pastel con óleo…. no hubo experimento sin hallazgo glorioso.
Dalí hizo de las avispas el oro líquido de sus metáforas.
La «cocina» de los pintores es sumamente interesante; particularmente me apasiona y es un tema que da para mucho.
La gran revolución en la llamada cocina de los pintores se produce en el siglo XX. Cuando hablo de «cocina de los pintores», me estoy refiriendo a lo que se produce en sus estudios y no evidentemente a la revolución culinaria encabezada por los cocineros vascos y catalanes -a propósito, desde hace cuatro días tenemos el mejor restaurante del mundo; enhorabuena al Celler de Can Roca-. Dicho esto, me ciño a lo que se cuece en los talleres, estudios o ateliers. Cada pintor tiene su propia cocina, su forma de hacer y de experimentar con las distintas técnicas y materiales. Desde Altamira, por quedarme en el suelo patrio, las condiciones de las cuevas y los aglutinantes, así como los pigmentos que utilizaron, permitieron que sus pinturas hayan llegado hasta nosotros. Cuando el estudio de la práctica del arte pasa a depender de las academias y escuelas de Bellas Artes, las distintas disciplinas se apoyan en tratados y libros que los alumnos se aprestan a estudiar. Desde los años cincuenta hay un volumen imprescindible: me refiero al de Max Doerner » Los materiales de pintura y su empleo en el arte» (Editorial Reverté S. A. Barcelona, 1977), que es el resumen de las conferencias que el profesor dio, durante diez años, en la Academia de Bellas Artes de Munich. Desde 1957, el autor actúa como profesor en el Seminario de la Técnica de la Pintura fundada por Oskar Kokoschka.
El libro, exhaustivo, resuelve cualquier duda sobre imprimación, colores, aglutinantes, pintura al pastel, al óleo, al temple, pintura mural, técnicas, fenómenos cromáticos. conservación, restauración…, en fin, todo lo que un aspirante a pintor debería saber. Pero eso ya es cosa del pasado desde el momento en que «la obra de arte» no busca la permanencia en el tiempo. Desde que se añaden materiales perecederos, como cartones, papeles de periódicos, pinturas industriales, la obra se convierte en algo perecedero y su conservación algo de locos. Las vanguardias, a partir de los años 20, por cierto fantásticas y rompedoras de verdad, es ya obra museística y no lo que se hace ahora como un remedo sin sentido de aquella. Después del arte povera, la pintura es un valor efímero. No digo que esté mal, pero es lo que hay. De todo ello se deduce que lo que se cuece hoy en los talleres, estudios o ateliers es una cocina particular donde cada cual cocina con sus propias recetas. Los conservadores de los museos se pueden ver en un buen aprieto cuando tengan que «restaurar» y «conservar» las obras de los maestros del siglo XX en adelante.
La casa de Isla Negra, preñada de vida, de recuerdos, era una casa que celebraba la amistad de la manera más hermosa que uno se pueda imaginar, escribiendo el nombre de los amigos, con tiza, en las vigas. Como prueba esta foto y estos textos del poeta:
Escribí con tiza los nombres de mis amigos muertos, sobre las vigas de rauli (…).
LOS NOMBRES
No los escribí en la techumbre por grandiosos, sino por compañeros.
(…)
Por qué se fueron tan pronto? Sus nombres no resbalarán de las vigas. Cada uno de ellos fue una victoria. Juntos fueron para mí toda la luz. Ahora, una pequeña antología de mis dolores.
Del libro de Pablo Neruda «Una casa en la arena». Editorial Lumen, Barcelona. 1966.

Rembrandt: «Mujer desnuda sentada girada a la izquierda». Lápiz y aguada con tinta china. Museo del Louvre.
Los amigos seguidores de este blog saben que tengo la manía de rastrear buscando relaciones y posibles influencias entre unos artistas y otros, teniendo en cuenta que el ansia de conocer y de aprender directamente de los maestros es una constante en todas las épocas. Repasando un libro magnífico de dibujos de Rembrandt -«Drawings of Rembrandt», editado en N.Y. en 1965 por Dover Publications, Inc.- me he encontrado con este dibujo de un desnudo que podría estar firmado por cualquiera de los maestros del siglo XX. La formación académica de Picasso es indudable, solo es preciso ver sus dibujos de estudiante y sus primeros cuadros regidos por los cánones clásicos; sin duda su padre, profesor de dibujo, le aconsejó bien. Picasso conocía concienzudamente a los grandes pintores flamencos, italianos, franceses e indudablemente a los españoles; es sobradamente conocida su admiración por Velázquez. Lo admirable es que, durante toda su longeva vida activa como pintor, su diálogo con los grandes maestros fue constante. Este hermoso dibujo de Rembrandt tiene, si se fijan, la fuerza tremenda, casi robusta, escultórica de las mujeres de Picasso de su época neoclásica. Recuerdo el bellisimo conjunto de tres mujeres en la fuente realizado en sanguina que fue expuesto en la exposición de «Picasso y los Maestros» realizada en París hace unos años. Las proporciones de ese dibujo eran poco frecuentes; si acaso en el Renacimiento. Aquel dibujo de Picasso me impactó por su limpieza de ejecución, su belleza y su maestría.