Nicolás Flamel, el alquimista parisino

"En el espacio". Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

«En el espacio». Foto: Aurelio Serrano Ortiz.

París es una ciudad alquímica y no lo digo en sentido metafórico; en sus bibliotecas se encuentra el mayor número de volúmenes, tratados y ensayos que versan sobre la alquimia. París es egipcia, heredera de los ritos de Isis y del siglo de las luces. Pirámide de saberes y de coordenadas telúricamente poderosas que recibe las palabras, en la Edad Media, de los monjes alquimistas más célebres como Alberto Magno (El Doctor Universal), Tomás de Aquino (El Doctor Angélico), el médico Arnaldo de Vilanova, Roger Bacon… todos pasaron por la ciudad y la ciudad pasó por ellos.  En la persona de Nicolás Flamel, posterior cronológicamente a estos, nos encontramos con el primer adepto que podríamos llamar burgués. Se supone que nació en 1330, murió en 1417 y fue el primero que descubrió la piedra filosofal. Una máxima atribuida a Hermes Trismegistro dice así: «Si no descompones los cuerpos y no corporificas los incorporales, el resultado esperado será la nada». Según el autor de » Luces de la Alquimia», Arnold Waldstein: «La palabra alquimia viene del árabe al-kimiya, que procede del sustantivo egipcio khemi, negro, es decir, la materia original de la transmutación, el negro que se transforma en oro pasando por el blanco, lo que nos indica, de entrada, la relación de la alquimia con la espagiria y, por consiguiente, con la pintura». Y es muy curioso la distinción que se hace entre la alquimia como arte, como filosofía y como religión, pero de forma simultánea, no como etapas sucesivas, ya que eso va en contra del concepto de alquimia. Flamel fue un burgués en apariencia, que se enriqueció de tal forma que hasta el rey Carlos VI le hizo investigar. En el caso de Flamel la iniciación al arte hermético se hizo por iluminación en forma de visión que, de forma repentina, transformó al artesano bien instalado en adepto. Un libro de Abraham el Judío, que le fue revelado en sueños y que después compró por casualidad, fue el objeto de sus trabajos durante más de veinte años sin resultado. En un viaje a Santiago de Compostela como peregrino, se encuentra con el maestro Canches y este será quien le dará la llave de la materia primera. Tanto él como su mujer Pernelle se dedicaron a la Obra y a socorrer a los más desfavorecidos, creando 14 hospitales, tres capillas y restaurando cementerios, como el de Los Santos Inocentes de París.

En su libro Nicolás Flamel dice: «Habiendo construidos estas iglesias, cementerios y hospitales de esta ciudad, resolví hacer pintar en el cuarto arco del cementerio de los Inocentes (entrando por la puerta grande de la calle St. Denis, a mano derecha) las más auténticas y esenciales señales de arte aunque veladas con alusiones jeroglíficas a imitación del libro dorado del judío Abraham».

«Fue un lunes 17 de enero de 1382, hacia el mediodía, cuando en mi casa y con la sola presencia de Pernelle , lo hice. Al fin encontré lo que quería y lo conocí enseguida por el olor fuerte» Y dice que lo hizo otra vez el 25 de abril del mismo año; y luego, que lo hizo tres veces más con la ayuda de su mujer. Ambos, pareja de alquimistas, ofrecen una imagen de orden, de vida no ostentosa, sencilla, consagrada a los demás. ¿Era la suya una manera de ocultación del filósofo? La leyenda de Flamel , el mayor alquimista francés conocido, habla de que se le ha visto a él o a su reencarnación en distintas épocas y lugares, como relata Paul Lucas en el siglo XVII, quien afirmó haberlo visto en Asia Menor.

«Luces de Alquimia» de Arnold Waldstein de Espasa- Calpe S. A. Madrid, 1977.

«Libro de Nicolás Flamel que contiene la explicación de las figuras jeroglíficas que he mandado colocar en el cementerio de Los santos Inocentes de París».

Aviso a navegantes

 

Pont des Arts. Foto: Bárbara.

Pont des Arts. Foto: Bárbara.

Nuevo capítulo de la novela «Parisombra»  y  de cómo Niko Sureda y Michel tienen que deshacerse del cadáver del pintor mexicano y de su travesía por el Sena.

La función hace al órgano

Foto, Bárbara

Foto, Bárbara

Tenemos un dicho que afirma que «la función hace al órgano». En la foto vemos como una gran oreja perteneciente a esa enorme cabeza posada enfrente de la imponente iglesia de Saint Eustache parece haberse formado a fuerza de oír los insuperables y maravillosos sonidos salidos del órgano de dicha iglesia, uno de los de mayor calidad de Europa. Esta escultura, que encuentro fascinante es, además refugio y cobijo; esa mano te puede resguardar  de la  lluvia o de un sol implacable en un día en el que una se pierde andando alrededor de Les Halles.

Las marineras

"Marineras". Foto : Bárbara

«Marineras». Foto : Bárbara

 

Las marineras son un típico aperitivo que solo he visto y degustado en Murcia; ignoro quién las inventó, pero durante mucho tiempo las mejores las hacían en el bar «La tapa» ubicado en la plaza de las Flores. En la actualidad las hacen muy buenas en casi toda la ciudad. El secreto reside en la calidad de las anchoas y en la misma ensaladilla, que ha de ser buena y sabrosa. La feliz idea de poner sobre una rosquilla ensaladilla rematada por una anchoa parece una cosa que se le puede ocurrir a cualquiera, mas como todos los buenos inventos son el resultado del ingenio unido a la sencillez; como feliz fue la ocurrencia de poner un palito a los caramelos ¡et voilà, ya tenemos los Chupa-Chups! Tomarse una marinera en verano con una jarra de cerveza es una delicia que les recomiendo; cualquiera puede prepararlas en casa para los amigos. Pero les advierto de antemano que comerlas tiene su técnica; lo principal es que la rosquilla no se parta ni que la anchoa se nos vaya, al primer mordisco, entera a la boca: de modo que se tiene que coger con cuidado y partir con los dientes un trozo de la anchoa y de esta manera llegar hasta el final sin que sobre ni falte ninguno de los ingredientes.Algunos bares tienen la delicadeza de partir la anchoa en varios trozos, pero esto le quita  la gracia y solera de comerse una marinera como dios manda.  Advertencia: la clásica marinera no suele llevar aceituna y debe comenzar a comerse por el lado contrario a donde se unen los dos lados de la rosquilla.

Théophile Gautier

"La sonrisa del Buda". Foto: Bárbara.

«La sonrisa del Buda». Foto: Bárbara.

Poder leer a un autor en su propia lengua es un placer del que disfrutan los estudiosos de los idiomas o los que han tenido el privilegio de vivir en distintas culturas. Los países de habla derivada del latín tenemos una raíces comunes que facilitan la labor en varios países europeos, pero que en el caso de España está por demostrar, bien por vagancia congénita o por falta de interés; y esto teniendo ventaja; no obstante el caso se pone más peliagudo si nos adentramos en lenguas sajonas, ahí la cosa se complica; es sabido que del mismo modo que hay pueblos como los eslavos, que tienen una facilidad pasmosa para los distintos idiomas, otros como el nuestro carecen del llamémosle «estímulo» suficiente para adentrarnos en el mundo no latino. Aunque sé también que últimamente nuestros jóvenes más lanzados inmersionan en el japonés y el chino mandarín y quiero creer que no todos acuciados por la necesidad de volar como aves migratorias (la UE se está poniendo imposible), sino por el simple placer de leer a Confucio, por poner un ejemplo en su propia salsa. A mí, que me siento muy cerca de la filosofía budista, me supone una gran frustración no haber pasado del francés, que adoro, y del catalán, que encuentro que es la lengua más bonita para decir «palabras de amor» como dice Serrat.

Todo este largo preámbulo para decir que me sé de memoria trozos de «La muerta enamorada» de Théophile Gautier, relato que estudié en mis cursos de francés y que la he disfrutado y sigo disfrutando junto con otros relatos del mismo autor. El maestro Gautier, que nació en Tarbes (Francia) en 1811 y murió en París en 1872, fue además de narrador, poeta, fotógrafo, columnista y escritor de libros de viajes y fundador del Parnasianismo como reacción frente al Romanticismo. El parnasiano tiene por lema «el arte por el arte», aspirando a la belleza al margen de la moral. La altura literaria de Gautier es indiscutible; Baudelaire le dedicó su obra maestra «Las flores del mal» y Balzac y Victor Hugo fueron amigos y admiradores de su obra; este último escribió una sentida «Elegía a Théophile Gautier». Si quieren adentrarse en un auténtico relato de vampirismo, escrito con un estilo elegante, de gran belleza descriptiva con la hondura sicológica de un clásico, lean «La muerta enamorada» y, si pueden hacerlo en francés, mejor que mejor: un auténtico placer.

En el Henares

Rincón del Henares. Foto: Bárbara.

Rincón del Henares. Foto: Bárbara.

Envidio a todo ser viviente cuyo elemento natural es el agua. Dicen que la vida surgió en el mar y debe ser así cuando tantas veces lo añoro; me he sentido anfibio, pez, medusa, estrella de mar o una simple lapa agarrada a las rocas. Y cuando veo a los patos ( en general todos los palmípedos que se deslizan lo son por mi ignorancia) me entra un sentimiento grande de nostalgia y otra cosa que no dudo en calificar de pura envidia. Me paro a contemplar su ir y venir tan elegante, su condición de seres libres no sujetos a horarios ni a hipotecas que veranean todo el año sin pagar por ello. Los miro y me digo que el mundo está mal repartido.

Oda a la cebolla

"Cebolla". Foto: Bárbara.

«Cebolla». Foto: Bárbara.

Esta preciosidad de cebolla ha pesado al nacer un kilo ciento cincuenta gramos. Dos hermanas suyas de peso similar han terminado en el horno; se han asado en su jugo llenando la cocina de un perfume indescriptible. Un simple aliño indumentario -¡ah, Machado!-, a base de aceite de oliva extra y un vinagre de manzana han hecho las delicias de mi estómago, que en verano disfruta de todas las maravillas que da la huerta. Como ciudadana tengo al inicio del calor el sentimiento frustrante que me produce el asfalto: añoro la tierra húmeda tras el riego de las tomateras, los cogollos de lechuga, los pimientos de distintas tallas y colores, las flores de los calabacines… un sinfín de olores y sabores que me trasporta a la infancia. Una infancia menorquina enormemente feliz entre pruneros y buganvillas; entre patos que nadaban en la alberca; entre escupiñas y bogamarins…

Pero la oda a la humilde cebolla, su elogio más bello lo hizo nuestro gran poeta Miguel Hernández cuando compuso «Nanas de la cebolla».

No tengo huerta, pero sueño con ella todos los veranos.

«NANAS DE LA CEBOLLA»

La cebolla es  escarcha

cerrada y pobre:

escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla,

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

En la cuna del hambre

mi niño estaba.

Con sangre de cebolla

se amamantaba.

Pero tu sangre,

escarchada de azúcar

cebolla y hambre.

Hermosos y duros versos que el poeta desde la cárcel dedicaba a su hijo, al recibir una carta en la que su mujer le decía que no comía más que pan y cebolla. Fue durante la guerra civil.

¡Salvemos Alepo! : Bernard-Henri Lévy

Ciudadela de Alepo

Alepo, en el imaginario universal, evoca las grandes caravanas que hacían la Ruta de la Seda, las aventuras de hombres arriesgados, el sueño de espíritus aventureros en busca de lo desconocido…, lugar de encuentro, encrucijada de caminos donde desde siempre han convivido distintas lenguas, culturas y religiones. Alepo, que forma parte declarada del Patrimonio de la Humanidad, inspiración de poetas, Alepo leyenda y realidad, Alepo, pasado y presente.  Y un  presente desgarrador…

El filósofo francés Bernard-Henri Lévy, colaborador del periódico «El País», publicaba el domingo 23 de junio un magnífico artículo sobre la situación en Siria bajo el título arriba mencionado. La operación anunciada de Bachar el Asad para la reconquista de Alepo, en manos de los rebeldes, supone una batalla sin tregua y se duele y teme que eso conlleve la aniquilación de la ciudad. Al margen de la inoperancia de los estados que podrían dar un giro al estatu quo, su falta de intención resolutiva, su inmovilidad provocan que las fuerzas del gobierno se enroquen fortaleciendo y reubicando las tropas a fin de prepararse para la «recuperación» de Alepo. Bernard-Henri Lévy hace una encendida defensa de la ciudad; Alepo es de todos viene a decir: ¡Salvemos Alepo!

El filósofo francés nos recuerda que «…fue de los hititas y de Alejandro Magno, de los romanos y de los califas, de los omeyas y de los fatimíes, de Saladino y de los mongoles…; han convivido en ella árabes, turcos, kurdos, judíos, venecianos, armenios, maronitas, griegos ortodoxos, cristianos siríacos…

¿Es que las «naciones civilizadas», a través de sus organismos internacionales, son incapaces de detener la posible destrucción de un lugar de cultura y convivencia como es Alepo? Me formulo preguntas con respuestas agoreras en vista de los terribles antecedentes; Bernard-Henri Lévy se lamenta de la destrucción de la Biblioteca de Sarajevo, de los también destruidos Budas de Bamiyán, de los manuscritos sagrados de Tombuctú. La destrucción de todos estos tesoros es un dolor, una pérdida irrecuperable para el Patrimonio de todos, pero lo es más la de miles, millares de víctimas inocentes. Fotografía de la Ciudadela de Alepo, declarada Patrimonio de la Humanidad.

Por todo: !Salvemos Alepo!

 

Marguerite Duras y Francis Bacon

F.Bacon: "Estudio de corrida ", 1969.

F.Bacon: «Estudio de corrida «, 1969.

La recopilación de los artículos de prensa de los escritores se publican en libros que suelen tener el interés añadido de su calidad literaria, amén de ser el reflejo de una época concreta. Bajo el título de «Outside» se publicó la recopilación de cincuenta y nueve artículos de la autora francesa escritos entre los años 1957 y 1979. La temática es diversa y difícil de unificar, pues se refieren lo mismo a seres anónimos que a personajes del mundo de las artes o conversaciones en torno al racismo, la marginación, la injusticia… En realidad son relatos breves, donde la calidad poética contribuye a enmarcar los temas tratados contribuyendo a la lectura sosegada. María Callas, Sartre, Aki Kuroda, Bataille, B. Bardot  respiran, girando en el mismo tiempo con unos obreros argelinos, por ejemplo,  contraponiendo sus distintas realidades; una realidad de hemeroteca realmente interesante.

En una muy inteligente entrevista que M. Duras hace a Francis Bacon la autora le pregunta:

-«La noción de progreso en la pintura, ¿Es una falsa noción?

-Es una falsa noción. Tome la pintura paleolítica del norte de España -no me acuerdo del nombre de la gruta-. Ahí se encuentran, en las figuras, movimientos que nunca han sido mejor captados. El futurismo está «completamente» allí. Es la escenografía perfecta del movimiento».

Estoy completamente de acuerdo con esta afirmación. Bacon trató la temática del movimiento en una serie de obras magníficas como «Figura en movimiento», «Surtidor de agua» , «Estudio de corrida I» y «Segunda versión de Estudio de corrida I».

Publicado en la Quinzaine littéraire, 1971.

¡»Apio verde tuyú», Maestro Cortázar!: cincuenta aniversario de la publicación de «Rayuela».

Portada de Rayuela de 1968

Portada de Rayuela de 1968

Otro Maestro, este del periodismo,  el tinerfeño Juan Cruz escribe hoy en «El País» sobre el aniversario de la publicación de «Rayuela»; como siempre es una delicia leerlo [Aviso a los cortazarianos: también se anuncia que mañana, día 26, se publicará en «elpais.es» un extra sobre «Rayuela»]. Somos millones los rayuelistas, antiguos  y nuevos, que hoy nos tenemos que felicitar por el libro que cambió nuestra percepción de la realidad. El mismo Cortázar dice respecto a «Rayuela»: «La idea central de «Rayuela» es una especie de petición de autenticidad total del hombre». La obra que se basamenta en distintos niveles, que rompe con unos valores, con un tipo de cultura tradicional occidental atiende a una idea de inocencia o de ingenuidad del personaje Oliveira, que no es un personaje al uso, «intelectual», sin ser por ello en absoluto un ignorante, sino dotado de una visión nueva del mundo. Al modificar las raíces lingüísticas se dinamita la razón y los valores tradicionales en una crítica que busca un lenguaje nuevo. El lenguaje filosófico y las ideas siempre interesaron a Cortázar, que las confrontó con  la filosofía oriental, situando al hombre en el centro, en el centro que siempre busca o el salto fuera del tiempo…

Cortázar consideraba que «Rayuela» era un libro muy argentino, porque una característica de los argentinos es la incertidumbre, pero por eso mismo se tiene la posibilidad de explorar cosas nuevas, moverse en muchas direcciones. La razón, el sistema filosófico occidental está cargado de certidumbres; respecto a eso dice: «a un francés le cuesta mucho inventar». «En la Argentina cuando se tiene talento…. mire usted Borges como se largó por su camino…»

Aparte del juego que el Maestro nos propone en cuanto a posibilidades a la hora de enfrentarnos a su lectura, la irreverencia, el ataque a la seriedad, el sentido del humor son piezas clave en la obra que proviene de su influencia anglosajona, la cual reconoce abiertamente.

Se ha dicho todo sobre «Rayuela» o casi todo. Solo me cabe felicitarme como rayuelista.