El puente de Mantes lo pintó Corot una docena de veces desde su juventud, desde distintos ángulos, manteniendo la robustez de los elementos geométricos; este, realizado al final de su vida, destaca por su luminosidad y la atmósfera peculiar que caracterizan todas sus obras. En sus obras paisajísticas se percibe el aire, la frescura, la sensibilidad hacia la naturaleza y, aunque su concepto de paisaje sea clásica ciñéndose al de Poussin, avanza en la manera de sentir a la naturaleza. Moreau-Nélaton publicó el libro «Corot raconté par lui-même» donde se vierte esa relación del pintor con ella. Théophile Gautier emitió el juicio siguiente sobre el arte de Corot: ¡Qué talento más singular el de Monsieur Corot. Tiene ojo, pero no le sigue la mano; ve como un artista consumado, y pinta como un niño!». Siempre se habló de la ingenuidad de Corot que, por más que busco, no encuentro… y si es así, es penetrante, sagaz y luminosa.









