Berenjenas rellenas con sardinas salmuerizadas

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

Los productos de la huerta están en su mejor momento; aprovechemos sus beneficios culinarios y dietéticos.  La berenjena, ese manjar primordial en la cocina de todo el arco mediterráneo, ha inspirado tantos platos como la imaginación es capaz de producir: en tortilla, rebozadas, asadas, rellenas, en revueltos, en ensaladas… de modo que se ha visto que casan bien con carnes, huevos, pescados, mariscos, pastas; solo basta pensar en una deliciosa mousaka,  en una fresquita escalivada o en una fantástica lasaña para darse cuenta de su versatilidad. En este caso, y para el fin de semana, hacer una buena cantidad de ellas rellenas nos puede resolver un entrante, un primero o incluso un plato único acompañada de una ensalada veraniega que nos recarguen de vitaminas. Las sardinas en salmuera siguen el mismo proceso que las anchoas y resultan deliciosas con un punto de sabor más fuerte que estas; en los supermercados es fácil encontrarlas.

Ingredientes: Berenjenas de tamaño mediano, puerro, cebolleta, perejil, pan rallado, 1 diente de ajo, queso rallado (cualquier tipo va bien, pero a mi me gusta el parmesano), aceite de oliva y filetes de sardinas en salmuera.

Partimos las berenjenas por la mitad, les hacemos unos cortes en la pulpa y las ponemos boca abajo en un recipiente con agua y sal abundante para que suelte el amargor. Pasado un tiempo, las vaciamos con un sacabolas; reservamos la pulpa. Metemos las mitades en una bandeja al horno a 200 grados hasta que estén hechas. Mientras picamos el ajo  y el perejil; troceamos muy fino el puerro y la cebolleta y la pulpa de las berenjenas. En una sartén con un poquito de aceite de oliva salteamos el puerro bien picado y la cebolleta; cuando comiencen a tomar color, añadimos la carne de las berenjenas también picadita. Rehogamos todo. Rellenamos las berenjenas con esto y por encima cubrimos con la mezcla de pan rallado, ajo y perejil, por encima unos filetes de sardina con un poco de su aceite y por último queso rallado. Metemos al horno solo para gratinar el queso. Si caliente están muy buenas, frías me entusiasman, de modo que siempre hago bastantes para que queden para la cena. ¡Este es uno de los muchos placeres que nos depara el verano!

Un lápiz nuevo

 

 

 

La imagen de la chica  sesentera con las puntas de la melena hacia arriba, ligero cardado y aires mundanos con esa boquilla kilométrica de femme fatale, nos recuerda que ya existía «Desayuno con diamantes» en aquellos años de una España aún casposa que se reinventaba hacia la modernidad. La chica «Yeyé» estaba de moda y el turismo nos invadía en oleadas veraniegas con chicas en bikini, que sorprendía a los catetos de los pueblos costeros. El «landismo» se tuvo que inventar; esta vez la economía iba de la mano de un cambio radical en los usos y costumbres de la población. Y la modernidad de entonces quedó fijada en la publicidad a través de anuncios como este, en el que lo de menos es que lápiz llevara acento o no, lo increíble es que condensa una época, con tan pocos elementos y con una eficacia indudable- «Sensación rosa», reza el anuncio, el color del verano;  entonces hasta la pantera era rosa… y Mancini le ponía música.

El sol de julio

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

El sol ya lo tenemos y muchos preparan sus vacaciones; listas las maletas con los bañadores, las toallas de baño, los protectores solares… Por su parte, los limoneros ofrecen sus frutos dorados para refrescar los gin tonics, las sangrías, los mojitos a falta de limas …, para sazonar los calamares a la romana, las gambas a la plancha, las paellas… ¡El sol ya lo tenemos y los limones también! A todos los que se van de vacaciones que se lo pasen muy bien.

El beso

 

 

El  tierno beso de Picasso a su mujer, Jaqueline Roque. Otra de las fotos que D. Douglas Duncan hiciera a la pareja en escenas domésticas y cotidianas.

 

Bárbara Carpi: «Dona»

Bárbara Carpi: "Dona". Técnica mixta sobre lino. 1984. Foto: Bárbara.

Bárbara Carpi: «Dona». Técnica mixta sobre lino. 146 x 114. 1984. Foto: Bárbara.

 

Formó parte de la exposición «Tendencias» y fue mi homenaje  personal y muy especial a la cultura catalana por la que siento una gran admiración y respeto.

Ensalada de judías blancas con brandada de bacalao

Foto: Bárbara.

Foto: Bárbara.

Ensaladas frescas de vegetales, de pasta o de legumbres para alimentarse bien cuando el calor apriete, es una apuesta segura de la dieta mediterránea. Receta fácil, económica que se puede dejar preparada de un día para otro.

Ingredientes: judías blancas de bote, 1/2 cebolleta, migas de bacalao, leche o nata, 1/2 puerro, 2 dientes de ajo, 1 zanahoria, 2 patatas, aceite de oliva, perejil.

Cocemos las patatas y la zanahoria y reservamos. Desalamos el bacalao o bien ya lo compramos desalado. Enjuagamos bien las judías blancas. Hacemos la brandada de bacalao de la siguiente manera: cocemos el bacalao desalado en agua durante 10 minutos; picamos la cebolleta y el puerro, los ajos y los rehogamos en una sartén con un poco de aceite; a continuación rehogamos también el bacalao, bajamos el fuego para añadir la leche o la nata a fin de obtener una mezcla cremosa. Pasamos todo por la batidora.

En un bol ponemos las judías blancas, la patata o patatas y la zanahoria cortada en cuadraditos; aliñamos con un poco de sal, y un chorrito de aceite de oliva. Regamos con la brandada de bacalao. y adornamos con perejil.

 

Ana María Matute, el adiós no, un hasta siempre.

"Hojas en la sombrilla", foto: Bárbara

«Hojas en la sombrilla», foto: Bárbara.

 

 

Para el niño tonto de su libro de cuentos «Los niños tontos», el mar era como una caracola, una gran caracola: «El niño se figuró que el mar era como estar dentro de una caracola grandísima, llena de rumores, cánticos, voces que gritaban muy lejos, con un largo eco. Creía que el mar era alto y verde».

Por eso le he puesto esta sombrilla al niño tonto…

«Él, que creyó el mar alto y verde, lo veía blanco, como el borde de la cerveza, cosquilleándole frío, la punta de los pies». Ella, Ana María tuvo ese libro en sus manos, por primera vez, en 1956. y ya entonces con sabia maestría desmigaba palabras como bolitas de pan sobre el mantel de las letras; unas letras brillantes como la luna de la niña que quería : «Si yo pudiera meter las manos en la luna… si yo pudiera lavarme la cara con la luna, y los dientes, y los ojos»; o como esas tristes, de ese otro cuento, de ese niño al que no le llegó el año, que no llegó a cumplir: «… «Pero el grito de los vencejos agujereó la corteza de luz, el color que era distinto a todas las cosas, y aquel año, nuevo, verde, tembloroso, huyó. Escapó  por aquel agujero y no se pudo cumplir…»

Ya entonces, en 1956,  ella tenía todos los medios mágicos para deslumbrarnos, sus cuentos, brevísimos algunos, eran ya pura poesía, aunque no soslayan la crueldad de ese mundo infantil, quizás porque la vida está tan presente en todos ellos, como ella está en nosotros. Y ella, tan viva, no ha muerto… pienso que se ha ido a pasear por otros mundos para enseñarnos otros juegos, porque ella sí que sabía jugar y desmigar las palabras sobre el mantel de las letras… In memoriam.

Ana María Matute: «Los niños tontos». Ilustraciones y sobrecubierta de José María Prim. Ediciones Destino, Barcelona, 1971.

Solsticio de verano

Foto: Bárbara.

Foto: Bárbara.

 

La fiesta pagana del fuego, el fin de un ciclo, la vida renovada, la alegría y el culto a la tierra… la fiesta de S. Juan. Y las flores que nos recuerdan ese circulo.

Van Gogh: el otro Vincent muerto.

Van Gogh: "Autorretrato con sombrero de paja". Óleo sobre cartón (40x 32),1887.

Van Gogh: «Autorretrato con sombrero de paja». Óleo sobre cartón (40x 32),1887.

Un año antes del nacimiento del genial pintor, su madre dio a luz a un niño que nació muerto y al que pusieron el nombre de Vincent. No mucho antes los niños nacidos muertos, con el dolor que eso suponía, no eran socialmente objeto de duelo, más bien al contrario, se pasaba de puntillas y se soslayaba el hecho. Pero, por entonces, en la burguesía se instaló un cambio radical, de modo que Anna, la madre del pintor, hizo instalar en el pequeño cementerio protestante, junto a la iglesia, en la tumba de su hijo una gran lápida con la inscripción de «Dejad que los niños se acerquen a mí», el año, 1852 y el nombre: Vincent van Gogh. Al año siguiente nació otro niño al que pusieron el nombre del hermano muerto: Vincent. Por tradición, los niños debían heredar los nombres de los  abuelos y Anna, sometida a las normas más estrictas durante toda su vida, lo dio por hecho: su nuevo hijo debía llamarse Vincent Willem. Cuentan varios biógrafos que durante años, Vincent, para ir al colegio, tenía que pasar por delante del cementerio y ver la tumba con su nombre: Vincent van Gogh.  Supongo que algo tremendo para un niño. Dalí fue otro caso parecido, tuvo que asumir el nombre heredado de su hermano muerto y de arrastrar toda su vida su sombra. Siempre he detestado el hecho de repetir los nombres dentro de una misma familia… ¡Dejad que los niños tengan la propia identidad que supone un nombre; para qué un infante tiene que recordar al abuelo o al padre o al tío, que a lo mejor eran insufribles!