El tierno beso de Picasso a su mujer, Jaqueline Roque. Otra de las fotos que D. Douglas Duncan hiciera a la pareja en escenas domésticas y cotidianas.
Ensaladas frescas de vegetales, de pasta o de legumbres para alimentarse bien cuando el calor apriete, es una apuesta segura de la dieta mediterránea. Receta fácil, económica que se puede dejar preparada de un día para otro.
Ingredientes: judías blancas de bote, 1/2 cebolleta, migas de bacalao, leche o nata, 1/2 puerro, 2 dientes de ajo, 1 zanahoria, 2 patatas, aceite de oliva, perejil.
Cocemos las patatas y la zanahoria y reservamos. Desalamos el bacalao o bien ya lo compramos desalado. Enjuagamos bien las judías blancas. Hacemos la brandada de bacalao de la siguiente manera: cocemos el bacalao desalado en agua durante 10 minutos; picamos la cebolleta y el puerro, los ajos y los rehogamos en una sartén con un poco de aceite; a continuación rehogamos también el bacalao, bajamos el fuego para añadir la leche o la nata a fin de obtener una mezcla cremosa. Pasamos todo por la batidora.
En un bol ponemos las judías blancas, la patata o patatas y la zanahoria cortada en cuadraditos; aliñamos con un poco de sal, y un chorrito de aceite de oliva. Regamos con la brandada de bacalao. y adornamos con perejil.
Para el niño tonto de su libro de cuentos «Los niños tontos», el mar era como una caracola, una gran caracola: «El niño se figuró que el mar era como estar dentro de una caracola grandísima, llena de rumores, cánticos, voces que gritaban muy lejos, con un largo eco. Creía que el mar era alto y verde».
Por eso le he puesto esta sombrilla al niño tonto…
«Él, que creyó el mar alto y verde, lo veía blanco, como el borde de la cerveza, cosquilleándole frío, la punta de los pies». Ella, Ana María tuvo ese libro en sus manos, por primera vez, en 1956. y ya entonces con sabia maestría desmigaba palabras como bolitas de pan sobre el mantel de las letras; unas letras brillantes como la luna de la niña que quería : «Si yo pudiera meter las manos en la luna… si yo pudiera lavarme la cara con la luna, y los dientes, y los ojos»; o como esas tristes, de ese otro cuento, de ese niño al que no le llegó el año, que no llegó a cumplir: «… «Pero el grito de los vencejos agujereó la corteza de luz, el color que era distinto a todas las cosas, y aquel año, nuevo, verde, tembloroso, huyó. Escapó por aquel agujero y no se pudo cumplir…»
Ya entonces, en 1956, ella tenía todos los medios mágicos para deslumbrarnos, sus cuentos, brevísimos algunos, eran ya pura poesía, aunque no soslayan la crueldad de ese mundo infantil, quizás porque la vida está tan presente en todos ellos, como ella está en nosotros. Y ella, tan viva, no ha muerto… pienso que se ha ido a pasear por otros mundos para enseñarnos otros juegos, porque ella sí que sabía jugar y desmigar las palabras sobre el mantel de las letras… In memoriam.
Ana María Matute: «Los niños tontos». Ilustraciones y sobrecubierta de José María Prim. Ediciones Destino, Barcelona, 1971.
Un año antes del nacimiento del genial pintor, su madre dio a luz a un niño que nació muerto y al que pusieron el nombre de Vincent. No mucho antes los niños nacidos muertos, con el dolor que eso suponía, no eran socialmente objeto de duelo, más bien al contrario, se pasaba de puntillas y se soslayaba el hecho. Pero, por entonces, en la burguesía se instaló un cambio radical, de modo que Anna, la madre del pintor, hizo instalar en el pequeño cementerio protestante, junto a la iglesia, en la tumba de su hijo una gran lápida con la inscripción de «Dejad que los niños se acerquen a mí», el año, 1852 y el nombre: Vincent van Gogh. Al año siguiente nació otro niño al que pusieron el nombre del hermano muerto: Vincent. Por tradición, los niños debían heredar los nombres de los abuelos y Anna, sometida a las normas más estrictas durante toda su vida, lo dio por hecho: su nuevo hijo debía llamarse Vincent Willem. Cuentan varios biógrafos que durante años, Vincent, para ir al colegio, tenía que pasar por delante del cementerio y ver la tumba con su nombre: Vincent van Gogh. Supongo que algo tremendo para un niño. Dalí fue otro caso parecido, tuvo que asumir el nombre heredado de su hermano muerto y de arrastrar toda su vida su sombra. Siempre he detestado el hecho de repetir los nombres dentro de una misma familia… ¡Dejad que los niños tengan la propia identidad que supone un nombre; para qué un infante tiene que recordar al abuelo o al padre o al tío, que a lo mejor eran insufribles!
Del largo poema de Mayakovski «Verlaine y Cezanne» extraigo estos versos:
En esto
se nos acerca
Paul Cézanne:
«Así le pintaré,
Verlaine»
Pinta.
Observo
la pintura fresca.
Monsieur,
perdón,
nuestros viejos
se ponían de mil colores
solo
con oír su nombre.
Una temporada
nuestro Dios
fue Van Gogh,
otra temporada –
Cézanne.
Dalí dijo: «Creo que el artista es el verdadero cosmólogo del mundo y que el pintor es el más imperialista de los artistas, porque está dominado por el ojo; el órgano de mayor jerarquía, el que domina las situaciones desde cualquier perspectiva.»
Me declaro adicta al chocolate, sin reparos, aunque mi fuerte no es la repostería; entre lo dulce y lo salado que quedo siempre con esto último. La mousse de chocolate es fácil y por tanto no me supone mayores problemas.
Ingredientes: 200 gr. de chocolate negro, 200 gr. de nata montada, tres huevos, 100 gr. de azúcar, virutas de chocolate para adornar.
Fundimos el chocolate al baño maría o en el micro. Batimos las yemas con el azúcar hasta que queden cremosas. Mezclamos el chocolate fundido con la nata. Agregamos las claras a punto de nieve con movimientos envolventes. Ponemos en un molde o en varios individuales y lo tenemos en la nevera durante dos o tres horas. Adornamos con virutas de chocolate. ¡Y a disfrutar!