El Duomo baila o cambia de color según la luz: ¡siempre maravilloso!
Y empezó a llover…
Henri Rousseau I

Henri Rousseau: «La encantadora de serpientes» . Óleo sobre lienzo. 169 x 190. Musée d’Orsay (París)
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Henri Rousseau: «La jungla ecuatorial» .1909. Óleo sobre lienzo. 140 x 129. National Galery of Art Washington.
Henri Rousseau, apodado «el Aduanero» nació en Laval en 1844 y murió en París en 1910, fue un pintor francés que suscitó la admiración de Gauguin, Degas, Picasso y Apollinaire entre otros muchos que formaban parte de la vida cultural y de vanguardia de aquellos años venturosos. Aunque denostado por la crítica en un principio, fue aceptado como un creador original por los grandes que entonces triunfaban en París. Picasso fue un buen coleccionista de su obra y una muestra de ello es el autorretrato del pintor hoy en el Museo Picasso de París. A su muerte, sus amigos encargaron a Brancusi la ejecución de su lápida sepulcral, según palabras de Brassaï, el pintor catalán Ortiz de Zárate, que vivía en Montparnasse, grabó en ella el poema que Apollinaire le dedicó:
Inscripción para la tumba del pintor Henri Rousseau, aduanero
Gentil Rousseau tú nos escuchas
Te saludamos
Delaunay su mujer el señor Queval y yo
Deja entrar nuestro equipaje exento de derechos a las puertas del cielo
Te llevaremos pinceles telas y colores
A fin de que tu ocio sagrado allí en la luz real
Lo consagres a pintar como cuando hiciste mi retrato
La cara de las estrellas
El crítico y poeta, el teórico de las vanguardias parisinas Apollinaire fue su gran defensor y descubridor, su amigo fiel que permitió que su extraordinaria obra naïf se diera a conocer. Rousseau descansa muy cerca de la tumba de su amigo Alfred Jarry.
Billie Holiday
Billie Holiday, única e inigualable es la voz del jazz que transmite la intensidad de sus vivencias con unos tintes vocales insuperables; para Sinatra y muchos de sus admiradores de todo el mundo era la «Voz» del siglo pasado. Admiradora a su vez de Louis Amstrong dedicó su difícil vida al jazz. Ella dijo: «Cuando se es pobre, se crece deprisa»; su madre la trajo al mundo el 7 de abril de 1915 en Baltimore; rodeada de miseria, se dedicó durante un tiempo a la prostitución; aquella niña que con diez años fue violada, lanzada a la calle, sustrajo lo peor de la vida y lo vertió en desgarrado aliento, en poner sentimiento en sus canciones, porque sabía del sufrimiento. Nos queda su arte. Murió de cirrosis en julio del 59 a causa del alcohol y de las drogas. Su forma de decir las canciones, arrastrando las vocales, matizando los tonos y susurrando las notas que Lester Young hacía brotar para ella del saxofón y del clarinete, nos ha embriagado en canciones como «Strange Fruit» -considerada la mejor canción del siglo XX por Times en 1999- y las extraordinarias «God bless the child», «I love you Porgy» y «Fine and Mellow». Su voz junto a las de Sarah Vaunghan y Ella Fitzgerald forman el trío femenino más grande que ha dado el jazz. Grabó más de doscientas canciones, ese es su legado, su riqueza inmaterial. Cuando murió, su cuenta estaba casi en números rojos…, pero nos sigue haciendo ricos a todos con su arte insuperable, íntimo y profundo, dotado de una calidez que en ella sí provoca el milagro de hacer de la voz humana el más imponente de los instrumentos musicales.
Máscara de oro de Agamenón
En Micenas, Heinrich Schliemann creyó descubrir la tumba de Agamenón en la quinta tumba. Hasta allí le había llevado un sueño que marcó toda su vida de la mano de Homero y de la Ilíada, donde se narran las hazanas gloriosas del rey camino de Troya. Una máscara de oro cubría un rostro increíblemente bien conservado. Tras el descubrimiento, el arqueólogo telegrafió al rey de Grecia: «He visto el rostro de Agamenón» Se murió creyéndolo. Fue en la acrópolis de Micenas, en el año 1878, cuando el arqueólogo prusiano pensó estar ante el cuerpo de Agamenón, pero investigaciones posteriores la datan trescientos años después de la época en que se cree que vivió este rey. Sin embargo, por la gran difusión y el impacto del hallazgo ha conservado su nombre. El descubrimiento que dio fama a Schliemann consta de un conjunto de seis tumbas de fosa vertical, el llamado círculo A, que contenía 18 individuos y unos riquísimos ajuares funerarios; las tumbas son de guerreros nobles, las cantidades de objetos de oro, espadas, joyas de exquisito diseño así lo demuestran; no todos los cuerpos llevaban máscara de oro. El descubrimiento, que era la primera representación del arte micénico, mostraba un pueblo dado al lujo, con una gran tradición comercial y con influencia del arte cretense. Micenas sigue rodeada de misterio y su inexplicable extinción, en un mito que nos atrae enormemente.
Tortilla de patatas malagueña
En este país, la tortilla de patatas, junto con la paella, es un comodín, algo que gusta a casi todo el mundo; algunos a la clásica le añaden rodajas de chorizo, cosa que a mi parecer enmascara el auténtico sabor de la patata. La tortilla de patatas tiene que saber a patatas, luego vienen los matices. Desde niños saboreamos la buenísima de mamá o de la abuela, la una con cebolla o sin ella; o la de mi tía Jose, que la bordaba con cebolla dorándola hasta darle un brillante tono marrón. Esta variante de Málaga es mi preferida; hay que tomarla fría y mejor de un día para otro. Una advertencia: abstenerse los que no les guste el ajo, porque la gracia de esta tortilla radica en el ajo y el perejil.
Ingredientes: patatas, dos o tres dientes de ajo, sal, aceite de oliva, un puñado de perejil y tres huevos (la cantidad depende del tamaño de la tortilla).
Pelamos y lavamos las patatas, las cortamos en rodajas más bien finas y, cuando el aceite de la sartén esté caliente, las introducimos manteniendo la temperatura unos cinco minutos; a continuación bajamos el fuego y las sacamos cuando estén blandas y hechas. Para que suelten el aceite sobrante, las ponemos en un escurridor de verduras. Mientras, picamos los dientes de ajo con cuchillo, si lo hacemos con el leonardo quedan demasiado pequeños los trozos -el ajo se debe notar-. Picamos el perejil. Ponemos en el bol donde batiremos los huevos, el ajo y el perejil. Batimos y agregamos las patatas bien escurridas de aceite. En una sarten ponemos unas gotas de aceite; cuando esté bien caliente añadimos el contenido del bol, dejamos que se cuaje por ese lado y le damos la vuelta, bajamos el fuego para que no se queme y vuelta y vuelta… Caliente está buena, pero lo suyo es dejarla enfriar en la nevera. Deliciosa. y sanísima con todas las bondades del ajo y del perejil.
De mi estancia en el País Vasco me traje el gusto de presentar las tortillas de patatas con los pimientos de Padrón o simplemente italianos verdes; la razón del porqué era compensar la falta de cítricos, pues los pimientos tienen también mucha vitamina C… ¡qué sabia la tradición culinaria!
El periodo Ming
El periodo Ming (1368-1664) se caracteriza por su espíritu libre e independiente; se abandona la policromía brillante y apuesta por los colores suaves, desvaídos, como lavados, con apenas contrastes, como en «La Portadora de Ofrendas» con verdes jade y azules translúcidos, rosas apagados y algún toque marrón. Todo en esta pintura mural parece surgir de un mundo marino, de algas y espuma. El rostro de dibujadas cejas, boca menuda y óvalo perfecto de esas mujeres chinas, que parecen muñecas de una impostada belleza, esas tan queridas por los poetas, aquí, en sus ojos entornados, se adivina el escepticismo y la poderosa fuerza de la mujer oriental.
Oso y Duna: amigos inseparables
¿Contemplando el panorama?
Oso y Duna, un golden retriever y una labrador retriever, se han vuelto inseparables, no paran de jugar y de hacerse carantoñas; a eso le llamo yo un «mordisquillo cariñoso».
Gracias a la gentileza de sus respectivos dueños, Pilar, Alex y Natalia podemos disfrutar de esas imágenes estupendas que nos acercan más a esos nobles animales, sin duda los más fieles compañeros del hombre.
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Santa María del Mar (Barcelona)
He dejado pasar los meses para despojar de la memoria todo lo superfluo, que sea la emoción y solo ella lo que quede de aquella sensación tras traspasar la puerta. Me he olvidado de los datos, de las fechas, de nombres y posibles benefactores si los hubo, de quién eran las tierras, de todo. Hasta quiero olvidar toda la literatura que la circunda, que la nutre o quizás la distorsione. Ahora, pasados los meses, me queda la emoción, el asombro ante la grandiosidad despojada de todo artificio u ornamento, la magia de esta otra catedral de Barcelona; esa que en su interior se eleva majestuosa e íntima, de una sobriedad elocuente que habla de los hombres de la mar que la fueron elevando con su esfuerzo, su sangre y su fatiga; esa otra Catedral al margen de los poderosos. Si creyera en los milagros, creería que Santa María del Mar es el resultado de un milagro hecho por los estibadores del puerto, por los marineros, que portaban las piedras a sus espaldas un día tras otro. Santa María del Mar es por la voluntad de unos hombres rudos; lo que dejaron está en el aire, se siente en la garganta y alegra el corazón. Traspasar esa puerta y sentir algo indescriptible es lo que me queda de esa primera visita que había deseado desde que supe de ella; sentirlo en compañía de tres personas maravillosas, un regalo inolvidable.
Bárbara Carpi: poema
Poemas de Nina
En el quai
(III)
Te vas y el aire
y la carne dolorida;
dentro de la noche
escucho tus pasos que se alejan
y los míos ya siempre
en otras direcciones.
De «Los poemas de Nina», libro inédito de poemas de Bárbara Carpi.
«Las Hoces» de la exposición «En torno a Zóbel». Cuenca, 1987.
















