Otro año, Noa

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Habrás dormido inquieta, soñándote vestida de pirata, surcando mares, oteando el horizonte con el catalejo, anotando en el cuaderno de bitácora las horas que faltan y yo buscaré plumas verdes para disfrazarme de loro y poder así posarme en tu hombro y decirte bajito al oído cuánto te quiero: ¡Felicidades, mi niña!!! Y tus párpados vencidos por el sueño serán mariposas que al romper el día emprenderán el vuelo hacia la fantasía…

El careo, Sofonisba y el Greco: Retrato de Giulio Clovio

Sofonisba Anguissola:

Sofonisba Anguissola: «Retrato de Giulio Clovio». 1556. Colección Eugenio Malgeri, Roma. Óleo sobre tela.

Hablar de la pintora italiana Sofonisba Anguissola es hablar de su padre, Amilcare Anguissola, un noble genovés que, remando contra corriente, quiso que sus hijas aprendieran el oficio que entonces estaba vedado a las féminas: la pintura y tuvieran una formación humanística. Durante el Renacimiento a las mujeres les estaba prohibido el ingreso en cualquier Academia de Bellas Artes y por supuesto el vivir en los talleres de los Maestros durante el aprendizaje, estudiar anatomía o pintar desnudos. Elena, Lucía y Sofonisba, tres de las seis hijas de Amilcare, destacaron pronto, pero fue Sofonisba la que, acompañada por su hermana Elena, fue a estudiar junto al maestro Bernardino Campi y luego con Gatti; con escasos veinte años Sofonisba marcha a Roma quedando, siempre gracias a su padre, bajo la protección y el cuidado de Miguel Ángel; durante dos años recibe las enseñanzas y las instrucciones del genio, de forma no oficial, claro. A los veintisiete años recomendada por el Duque de Alba, impresionado por los magníficos retratos que ya pintaba en Lombardía, entra a formar parte de la corte española como dama de compañía de la reina y como pintora de la corte. Su vida es una novela intensa en la que no falta ningún elemento para hacerla apasionante, pero esto no puede ser más que una breve pincelada.

Durante veinte años trabajó en España en estrecha colaboración con Alonso Sánchez Coello cuyo estilo influyó en ella y ella en otros grandes, de modo que sus obras se atribuyeron con frecuencia a Tiziano. Zurbarán o el Greco.

El  magnífico retrato que Sofonisba hizo al pintor miniaturista Giulio Clovio quince años antes que el del Greco, lo presenta como es habitual en ella en una actitud informal, rondando los sesenta años, tocado con un gorro, vuelta la cara hacia el espectador y mostrando un medallón.

Detalle de la cabeza del cuadro anterior.

Detalle de la cabeza del cuadro anterior.

Impresionante, bellísima cabeza del personaje de bondadosa y serena mirada con la barba primorosamente pintada. Abajo el retrato pintado por el Greco.

El Greco:

El Greco: «Retrato de Giulio Clovio», 1571-72. Óleo sobre lienzo, 62 x 84. Museo de Capodimonte, Nápoles.

El retrato de Sofonisba, lo pudo conocer el pintor en el palacio Farnesse, donde ambos coincidieron durante su estancia en Roma y el Greco se lo pudo hacer a Clovio en agradecimiento por su hospitalidad en momentos de dificultad económicas. En ambos retratos la disposición del personaje es la misma, solo varia el tocado y la sustitución del medallón por el libro que se considera la obra maestra de Clovio, «El libro de las Horas de la Virgen» en el que el miniaturista trabajó durante muchos años y que realizara para el cardenal Alejandro Farnesio.

Ambos retratos están ahí y sobran las palabras; con una expresión vulgaris diría que el de Sofonisba le da cien vueltas. Si Sofonisba hubiera nacido Sofonisbo, posiblemente su obra estaría en todos los museos del Mundo, catalogada y estudiada al máximo y aun así nos han llegado cerca de cincuenta obras con la desdicha de que parte de su legado se quemó en el incendio del Palacio Real de Madrid. Murió a la edad de 93 años considerada, no obstante, como una gran  artista, admirada y respetada por pintores como Anton Van Dyck. ¡Qué categoría no tendría para destacar en aquella época!

Juan Gris antes del cubismo

Juan Gris:" Sifón y botellas"

Juan Gris:» Sifón y botellas»

Este bodegón de Juan Gris, pintado en 1910, un óleo sobre cartón y tela de 57 x 48 cm. propiedad de Georges González Gris, es la muestra palpable del buen hacer del pintor cuando, como tantos otros, buscaba su propio camino; son sin duda los años de experimentación que cualquier artista, desde la asunción de lo anterior y lo circundante, da el paso que lo lleva a otra cosa. Hay pintores de los que, cuando se ven sus balbuceos, uno se lleva una decepción, esperando ya una calidad que no aparece; no es el caso de Gris o eso es una apreciación que delata mi admiración por su obra. Personalmente me recuerda a un Bores  en la limpieza y «soledad»  de los elementos de la composición. Después vinieron este y todos los demás.

Juan Gris: "La ventana del pintor". 1925

Juan Gris: «La ventana del pintor». 1925

La luz en el Mediterráneo

Bárbara: "Serie pareos"

Bárbara: «Serie pareos»

 

Bárbara: "Serie pareos"

Bárbara: «Serie pareos»

 

De nuevo aquí asomada a esta ventana de comunicación sin limites rellenando el cuaderno de bitácora del día a día y de nuevo mi agradecimiento por las muestras de cariño.

Bajo la sombrilla

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Ya me gustaría estar ahí, en una tumbona, bajo una sombrilla, pero esta semana pasada la tensión arterial me ha jugado una mala pasada y agosto lo voy a pasar de médicos y demás zarandajas; por ello pido disculpas por el retraso en contestar a los amigos que me honráis con vuestros comentarios. A todos los que toméis las vacaciones ahora mis mejores deseos. Espero, no obstante, volver pronto (esto engancha que da gusto).

Una extrordinaria excepción: Sofonisba Anguissola

Sofonisba Anguissola:

Sofonisba Anguissola: «La dama del armiño». Óleo sobre lienzo. 62 x 50. Pollok House, Glasgow.

Este extraordinario retrato de la infanta Catalina Micaela, la segunda hija de Felipe II e Isabel de Valois fue realizado en Italia alrededor de 1591 por la pintora italiana Sofonisba Anguissola. Durante mucho tiempo se atribuyó su autoría a el Greco. Gracias a los estudios e investigaciones llevadas a cabo desde comienzos del siglo XX, pero sobretodo en las tres últimas décadas en las que se comenzó a cuestionar que fuera del pintor cretense, fue la labor de María Kusche la que definitivamente dejó bien claro la autoría del cuadro; sería muy prolijo detallar punto por punto todos los datos que, en la conferencia en El Prado en 1999 «Felipe II, un Principe del Renacimiento», desmontan la falsa autoría. La magnífica obra ni es del Greco ni el armiño es armiño -que es lince- ni la dama lo es, sino infanta.

El hecho extraordinario es que una pintora del Renacimiento tuviera la oportunidad de llegar  a trabajar durante veinte años como retratista en la corte de Felipe II y que después desarrollara su trabajo en Italia. El arte ha relegado a un papel secundario durante siglos a las mujeres artistas y esta injusticia se debe ir corrigiendo, en los museos, mediante exposiciones monográficas. En el Museo de El Prado hay alrededor de 1.700 0bras expuestas y alrededor de 3.800 en los fondos.  En los últimos años muchas cosas han cambiado en la gran pinacoteca. Según Judith Ara, coordinadora general de conservación hay 52 mujeres representadas desde el siglo XVI hasta el XX, Pero se está corrigiendo el hecho de que de las 76 obras solo cuatro obras hayan estado expuestas, las de: Artemisia Gentileschi, Clara Peeters y Sofonisba Anguissola.  Sea bienvenida la nueva política de los museos, ya iba siendo hora.

La categoría de los pinceles de esta genial pintora no necesita comentarios, basta con que observemos con detenimiento el retrato, que es admirable. ¡Y esto es solo el aperitivo!

Los troncos secos

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Foto: Bárbara

Foto: Bárbara

 

Los nudos de la madera son como señales de tráfico, redondas ellas, para que las plantas se paren justo ahí o para seguir creciendo a su aíre según les venga en gana: son, la verdad, bastante anárquicas.

Bárbara Carpi, autorretrato

Bárbara Carpi:

Bárbara Carpi: «Autorretrato». 1996. Óleo sobre lienzo. Colección privada.

Tenía entonces 22 años, todo hay que decirlo, y venía de vivir mi primera experiencia parisina, casi nada. Muy gauguiniano y con acentos vangoghianos, que era lo que entonces me apasionaba. Retratarse a uno mismo tiene la dificultad añadida de no caer en la tentación edonista de embellecer lo que la naturaleza nos ha dado. No era esa, pues, mi intención, pero en todo caso los colores de esos dos pintores, a los que todavía adoro, favorecen a cualquiera. En mi descargo, también, ¿quién no ha tenido unos bonitos 20 años?.

Ensalada de cous-cous y setas

Receta y foto: Bárbara

Receta y foto: Bárbara

 

 Tanto ir de acá para allá con  los venecianos me ha abierto el apetito. El cous-cous es un elemento que casa bien con casi todo. Esta receta veraniega es tan sencilla que no nos complica las vacaciones, y tanto recién hecha como del tiempo está buena y se hace en un santiamén.

Ingredientes: Setas de cardo, cous-cous (de ese tipo ya casi hecho), pimienta, aceite de oliva virgen extra, mantequilla, hierbabuena y vinagreta con vinagre de Módena y miel (la venden ya hecha)

Limpiamos las setas con un paño limpio, nunca debajo del grifo, que es un pelín  sacrilegio. Las cortamos en juliana y las salteamos en una sartén con sal y pimienta; las reservamos. Hacemos el cous-cous siguiendo las instrucciones del paquete, en unos 5 minutos estará listo. Mezclamos con las setas y agregamos las hojas de hierbabuena picadas o no (yo las prefiero enteras). Regamos, sin pasarse, con la vinagreta hecha con la miel y el vinagre de Módena. Esta tontería a mí me encanta. Si queremos aligerar la receta podemos sustituir la mantequilla por aceite de oliva; respecto de la miel es cuestión de no poner mucha cantidad, lo justo para que aporte ese punto dulce. Para los amantes del picante, se puede dar un toque a las setas con un poco de ajo y guindillas. ¡Buen provecho!

Un hermoso Tintoretto

Tintoretto: "Dama enseñando el pecho". Óleo sobre lienzo. 61 x 65. Museo del Prado , Madrid.

Tintoretto: «Dama enseñando el pecho». Óleo sobre lienzo. 61 x 65. Museo del Prado, Madrid. 

 

Este hermoso retrato de Tintoretto es mi preferido. Cuantas veces he visitado la pinacoteca de El Prado siempre he tenido que contemplarlo en una cita ineludible. Un cuadro se puede analizar de formas muy diversas: situándolo en la historia, formal, conceptual y analíticamente, viendo su estado de conservación, los pigmentos utilizados, las posibles arrepentimientos, los reentelados, craquelados… Mas ese análisis, uniendo, centrando, aclarando, definiendo, nada tiene que ver con el sentimiento que en nosotros provoca. Cuando lo veo, la emoción me clava en el suelo y es como si me dijese a mí misma: «Otra vez puedo disfrutar de toda su belleza», como si temiera que fuera la última vez.  Es de un clasicismo tan actual, que resulta arrebatador, su intemporalidad es sorprendente y la suavidad que trasmite el ropaje de la dama lo hace con la textura de la seda. La armonía de color se extiende desde el fondo hasta la carne en unos cálidos tonos rosados, conjugando los mismos pigmentos en una sinfonía tonal prodigiosa. Entonces puedo marcharme feliz.